miércoles, 7 de diciembre de 2016

“WHITE GIRL” (Elizabeth Wood, 2016): SEXO, DROGAS Y AUTODESTRUCCIÓN


WHITE GIRL êêê

      
     Rompedora e inquietante ópera prima de Elizabeth Wood que nos cuenta la historia de Leah (Morgan Saylor) una hermosa adolescente con el cabello rubio platino y una sonrisa encantadora, que busca el placer en todas sus formas. En el verano, antes de iniciar el segundo curso universitario, empieza a drogarse con su compañera de habitación y su jefe, el director de una revista para la que trabaja temporalmente. Pero además, tiene tiempo de ligar con un tractivo camello puertorriqueño, Blue (Brian “Sene” Marc). Juntos comienzan a traficar vendiendo coca a los ricachones blancos, con lo que ganan un dineral y disfrutan de la vida. Pero la euforia termina abruptamente un día cuando Blue es detenido y encarcelado. Leah hará todo lo posible para que Blue salga de la cárcel, está sola pero tiene en su poder una considerable cantidad de coca.

     
      Si soy sincero, hacía tiempo que no veía una actriz que, tal vez sin pretenderlo, me resulte tan sexy en una película en la que su personaje tiene un carácter (in)conscientemente tan autodestructivo. Y es que Morgan Saylor (la Dana Brody de la serie Homeland) derrocha sensualidad y talento dando oxígeno a una universitaria neoyorquina que antes de comenzar el nuevo curso lectivo se lanza con voraz desenfreno a una montaña rusa de adicciones y emociones fuertes tan locas e imprevisibles como peligrosas: el sexo, el alcohol, las drogas, la fiesta, las malas compañías que encuentra entre los pandilleros latinos traficantes y un abogado abusador sin escrúpulos, conforman los ingredientes y el paisaje humano de un relato para el que adivinamos un fatal destino.
        
  
    White Girl comienza fuerte con una escena en la que el jefe de Leah, Kelly  (Justin Bartha) requiere su concurso para que le de su opinión sobre unas obras de arte que tiene en su despacho. Una excusa para obligarla a practicarle una felación, algo que a Leah no parece molestar en exceso pero que, pesar de la ambiguedad con que se desarrollan los hechos, representa una violación en toda regla. A partir de ahí, las drogas y la promiscuidad marcan las agotadoras jornadas de la joven estudiante que aparece en escenas de sexo explícito aunque difuminadas con filtros, movimientos epilépticos de cámara o zonas de penumbra. Cabe destacar el gran trabajo de la preciosa Morgan Saylor que en una interpretación desatada pone toda la carne en el asador para que su personaje resulte creíble, si no como estereotipo de la generación del nuevo milenio, al menos sí el de una joven que inicia un excitante itinerario, no exento de ingenuidad y experimentación, y poco a poco se interna en el oscuro, amenazante y peligroso territorio por donde discurre la vida de yonquis y camellos.

      
    Elizabeth Wood arriesga lo justo con su transgresora mirada al universo de cierta juventud desnortada y sin referentes, una juventud que no sabe qué hacer con su libertad en su tránsito por una vida banal y llena de desencantos, pero que lejos de resultar tan devastadora como Kids (Larry Clark,1995) en su denuncia sobre las constantes de un mundo alienante que da la espalda a los pequeños dramas cotidianos, lo fía todo a un juego de seducción temerario en una aventura urbana al límite y sin mucho futuro. White Girl se queda en un intento atractivo por captar el latido acelerado de una juventud que quiere vivirlo todo deprisa como si no hubiera un mañana. Sin coartadas morales, sin importar si con ello ponen en riesgo sus vidas. Por supuesto, las consecuencias casi siempre son demoledoras. 


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