sábado, 16 de diciembre de 2017

BILLIE FAIERS, DESDE LA HÚMEDA CAMPIÑA INGLESA


   La modelo de glamour inglesa Billie Faiers (Brentwood, Essex, 15 de enero de 1990) es más conocida por protagonizar el reality show británico The Only Way is Essex, programa con el que irrumpió en escena en 2010. Muy activa en las redes sociales, donde tiene millones de seguidores, sus padres se divorciaron cuando ella era joven. Faiers es madre de dos hijos fruto de su unión con Greg Shepherd, con quien se comprometió en 2013. También tiene una hermana menor muy conocida llamada Sam, protagonista de la serie Towie.

  
   Billie es además dueña de la boutique Minnies, y apareció también en el reality de su hermana Sam, pues las dos han estado siempre unidas por un vínculo muy estrecho, como se puede apreciar en algunas fotos subidas en su cuenta de Twitter e Instagram, en las que se las ve muy felices jugando en la playa de pequeñas. A Billie le encanta ser madre y le agradece a la vida ese don con mucha alegría. De hecho, cuando nació su hijo Arthur subtituló una foto así: “Bienvenido al mundo, nuestro hermoso bebé, te queremos más de lo que las palabras pueden expresar, eres verdaderamente perfecto en todos los sentidos”. ¡Qué tierno!


   Mucho rollo estoy yo metiendo aquí como simple excusa para rellenar un espacio en donde sólo deberían figurar las fotos de Billie. The Only Way is Essex seguía la vida cotidiana de unas pocas personas que vivían en Essex, personas de diferentes campos de la vida social y laboral que nos presenta al promotor de un club, a una aspirante a modelo, a una banda de chicas, camareros, etc. Por último, diremos que ella participa en el diseño y modelado de la ropa de su boutique, en la que es posible comprar cualquier prenda de su línea de ropa a través de su web.




miércoles, 13 de diciembre de 2017

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "ESPARTACO" (Stanley Kubrick, 1960)


    El 7 de marzo de 1999 los incansables teletipos escupían la noticia al mundo: había muerto Stanley Kubrick, uno de los últimos genios vivos del llamado Séptimo Arte. La noticia, por inesperada, dejó consternados a todos los que, de un modo u otro, sentimos que parte de nuestra personalidad se fraguó bajo el preciado y precioso estigma cinematográfico. Kubrick es ya un mito, lo fue en vida, de la cual hizo siempre un misterio impenetrable, de él se cuentan mil y una anécdotas, y casi todas ellas tienen que ver con la meticulosidad enfermiza con que afrontaba sus trabajos. Los que han trabajado a sus órdenes se quejan de los abusos a que los sometía en su búsqueda obsesiva de la perfección, que acabó dotando, como apuntó Jack Nicholson, de una nueva dimensión a la palabra “puntilloso”, e incluso como declaró Malcolm McDowell: “su calidad humana nunca estuvo a la altura de su talento”. Además de su metódico sistema de trabajo, de sus manías en todo lo que concierne al rodaje de un film, sabemos también que era una persona muy aprensiva, un hipocondriaco con un miedo bárbaro a lo desconocido, a ese agujero negro que se abre después de la muerte, por lo que se negaba a viajar en avión, debido a las escasas posibilidades que existen de sobrevivir a un accidente. Moverse en automóvil tampoco es que le entusiasmara, pero su chófer sabía que, con el director neoyorquino a bordo, la velocidad máxima no debía exceder de 50 km/h. Desde principios de los sesenta -concretamente desde el rodaje de Lolita (1962)- vivía recluido en Gran Bretaña, acompañado de su mujer y sus tres hijas habitaba una mansión al norte de Londres, su vida familiar, si hacemos caso de lo que dice su tercera mujer, Christiane, era ascética, relajada y sencilla, pues sus mayores excentricidades eran jugar al ajedrez y sentarse a escuchar música clásica. A sus 70 años murió dejándonos sólo 13 películas, un testamento fílmico reducido pero incomparable del que muy pocos pueden presumir.
   
    
   Sinopsis: el esclavo Espartaco (Kirk Douglas) logra huir de su humillante confinamiento en donde era obligado a luchar a muerte contra otros esclavos por el general romano Marco Crasso (Laurence Olivier). Tras ponerse al frente de un ejército de esclavos y derrotar a los romanos se refugia en las montañas, allí se le unen la esclava Varinia (Jean Simmons) y Antonino (Tony Curtis) un esclavo disidente de Crasso. Su idea de abandonar Italia es abortada por el terrible jefe romano, que anhela llegar a lo más alto del poder. Con Espartaco abatido y su ejército masacrado, Crasso obliga a Antonino y a Espartaco a enfrentarse en una lucha mortal, y Espartaco mata a su fiel amigo siendo él al final crucificado. En el umbral de la muerte, su última mirada será para su mujer y su hijo que, liberados, se alejan de Roma.



    Con un extraordinario libreto escrito por el guionista de izquierdas Dalton Trumbo -incluido en la “blacklisted” del inquisitorial senador McCarthy y su tristemente famosa caza de brujas- la insurrección del esclavo Espartaco se nos presenta a la vez como gran espectáculo hollywoodiense y película de compromiso ético, nítida en su mensaje contra la opresión y la tiranía. Rodada parcialmente en nuestro país, representa el último trabajo de Kubrick con Kirk Douglas, quien declaró “Kubrick es un cabrón con talento”, poniendo así fin a su relación profesional, también personal con el cineasta. El rodaje, ni que decir tiene, fue largo y tortuoso. El film lo comienza Anthony Mann -hay quien piensa que las mejores secuencias fueron rodadas por él- pero las desavenencias hicieron que Douglas, que además de protagonista era el productor de la cinta, le pusiera de patitas en la calle. El que en algún momento el director de El Resplandor renegara de ella se debe a que, como él mismo confesó, jamás tuviera el control absoluto del film, fue, desde luego, el único trabajo en que, a la fuerza ahorcan, se permitiría ese lujo. Espartaco, que irrumpió como una nueva puesta de largo del peplum, un género al que, salvo contadísimas excepciones, nunca le he dedicado mis mejores atenciones, tuvo un presupuesto de 12 millones de dólares, recaudando la excelente cifra de 20 millones en dos años, alzándose con cuatro estatuillas y contando con un reparto de primera fila.
    
  
   El guión adapta la novela homónima de Howard Fast, un militante comunista que acabaría convirtiéndose en apóstata y que en primera instancia se encargó de elaborar el guión, con un tratamiento tan pésimo que a Douglas le pareció inadaptable. Posteriormente le sería encargado a Trumbo que, a pesar de ocupar un puesto destacado en la siniestra “lista negra”, seguía activo utilizando múltiples seudónimos. La singular conjunción de escritor y guionista unidos por una misma doctrina política enfatizó el carácter marxista de la historia y los personajes, a Kubrick eso le daba igual, pues ni mucho menos le entusiasmaba el trabajo de Trumbo, y todavía menos le gustaba el final, en el que nuestro héroe mata con la espada a Antonino para evitarle el sufrimiento inhumano de la crucifixión, mientras él se eleva al altar de la inmortalidad envuelto en un halo de sacrificio heroico. 


    Estamos ante la primera y colosal superproducción de un Kubrick con 32 años, inexperiencia que se nota en las no demasiado logradas escenas de movimientos de masas y, sobre todo, en la batalla final, que probablemente rodadas bajo el influjo proletario de los maestros rusos -muy dados en esta cuestión a la rigidez militarista- queda ahogada en su medida planificación por la composición de excesivos planos generales, ignorando los punteos de los detalles y sin entrar en el fragor cercano de la contienda. Mucho más interesante son las escenas de interiores y el cruce de relaciones interpersonales que van a ir abonando el camino aciago de nuestro trágico adalid. Con todo, Espartaco es un film ejemplar, donde la lucha del esclavo rebelde contra los poderosos romanos le confiere una épica trascendencia, un oscuro y hasta enfermizo romanticismo. A destacar el tratamiento musical fatalista a cargo de Alex North, la exquisita luz de Russell Metty, Charles Laughton como el sardónico Graco y Laurence Olivier como el brutal fascista Crasso. Ah, jueguen ustedes a adivinar si algunos de los miembros de las centurias romanas llevan relojes de pulsera, cuentan que, tanto en Quo Vadis? como aquí, los fallos de raccord (este tipo de error, bastante frecuente en el cine, se denomina anacronismo) son importantes.

lunes, 11 de diciembre de 2017

CRÍTICA: "SUBURBICON" (Gorge Clooney, 2017)




SUBURBICONêêê
  

   Nos tenemos que remontar al año 2002 para recuperar el debut del actor George Clooney detrás de la cámara con la aceptable comedia Confesiones de una mente peligrosa, basada en la azarosa vida de Chuck Barris, empresario del mundo del espectáculo de día y asesino de la CIA por la noche. Su siguiente película, Buenos días, buena suerte (2005) es un excelente film que cuenta la batalla que tuvieron que librar un periodista de la CBS y su productor contra el anticomunista senador Joseph McCarthy. Clooney baja mucho el listón con la insustancial comedia romántica Ella es el partido (2008), pero recupera la inspiración para firmar Los idus de marzo (2011) adaptación de una obra teatral sobre el jefe de prensa de un candidato del Partido Demócrata que comprobará hasta dónde se está dispuesto a llegar para alcanzar el éxito político. No me gustó nada Monuments Men (2014) fallida incursión en el cine bélico sobre un grupo de historiadores anglosajones que tienen la misión de recuperar las obras de arte robadas por los nazis.


    Ahora, George Clooney nos sumerge en una atmósfera neo-noir para narrar una historia inspirada en hechos reales que nos sitúa a finales de los años 50 en una zona residencial de casas similares y espaciosas en donde aparentemente reina un ambiente agradable. Sin embargo, la armonía del lugar se derrumba cuando una tranquila familia afroamericana se instala en la parcela. En entonces cuando los vecinos comienzan a organizar asambleas para pasar después a la acción directa. Finalmente, se descubrirá que el apacible barrio no es tan idílico como parece y tras la fachada de sus amplias casas se esconde una realidad plagada de violencia, venganza y traiciones.

  
   Como buen simpatizante del Partido Demócrata, Clooney casi siempre se muestra interesado por cuestiones sociales que, aunque universales (la persecución ideológica, la corrupción política, el racismo) han marcado el convulso devenir de su país. En mi humilde opinión, en la sociedad actual se margina más por la pobreza que por la raza, pero cuando se juntan ambos elementos, la respuesta xenófoba y supremacista puede ser letal. Con un guión claramente identificable de los hermanos Coen, el actor y director nacido en Kentucky firma una salvaje sátira de tono costumbrista cuyo eje lo forma una familia típicamente norteamericana que nos mostrará un reverso tenebroso. Al mismo tiempo, comprobaremos cómo a la acomodada comunidad blanca del exclusivo barrio residencial se le hace insoportable que una pacífica familia afroamericana habite una casa del barrio.

    
   Suburbicon, sexta película de su director, contiene ese sesgo pintoresco y caricaturesco que imprimen los Coen a muchos de sus personajes, además de un humor cáustico que se extiende como una mancha de petróleo por el estado de las cosas en los Estados Unidos, la visión liberal sobre el estilo de vida norteamericano, el palurdo moralismo de la middle class, tan pagada de sí misma, y el perpetuo racismo que todo lo pringa de manera ignominiosa… y criminal.


    En realidad, la urbanización que vemos recreada en Suburbicon es una fiel reproducción de las siete grandes urbanizaciones planificadas por Levitt & Sons después de la Segunda Guerra Mundial, constructora encabezada por Abraham Levitt y sus hijos Alfred y William. En la de Pennsylvania se puso la primera piedra en 1952 y se terminó en 1959. Todos estos centros residenciales suburbanos que cuentan con una gran simetría, casas similares con jardín y calles impolutas, daban cobijo a familias de raza caucásica (es decir, blancos rosaditos), algo que constaba como una cláusula en los contratos de venta y alquiler. Repugnante, ¿verdad? Al parecer esta es la parte del film que no estaba en el libreto original que los Coen escribieron en 1985 después de su ópera prima Sangre Fácil (1984), y tal vez, como aportación propia, la que más le interesa a Clooney para subrayar uno de los males endémicos de los Estados Unidos y hurgar en la herida del racismo que no deja de sangrar. Claro, está la otra historia, la de un niño que ve cómo dos tipos asaltan su casa y asesinan a su madre (Julianne Moore en un doble papel de madre y tía del chico). Pero aún más extraño le resultará el comportamiento del padre (Matt Damon).


   No estamos ante una película redonda, incluso me atrevería a decir que, obviamente, tendrá mejor acogida crítica en Europa que en Estados Unidos, pero Suburbicon tiene las suficientes aristas para horadar la conciencia social en los tiempos actuales, y funciona más en su incisiva denuncia que en la banal intriga policíaca. Aunque como ocurre siempre con algo salido de la desbordante imaginación de los hermanos Coen, el absurdo se alterna con lo trágico y la hilarante comedia con el lacerante drama.