martes, 16 de octubre de 2018

CRÍTICA: "LA SOMBRA DE LA LEY" (Dani de la Torre, 2018)


Érase una vez en Barcelona
LA SOMBRA DE LA LEYêêê
DIRECTOR: DANI DE LA TORRE.
INTÉRPRETES: LUIS TOSAR, MICHELLE JENNER, VICENTE ROMERO, ERNESTO ALTERIO, MANOLO SOLO, ADRIANA TORREBEJANO, PACO TOUS.
GÉNERO: THRILLER / ESPAÑA / 2018 / DURACIÓN: 126 MINUTOS.


    Dani de la Torre contaba con un guión de Alberto Marini para su ópera prima El desconocido (2015) pero no fue hasta que se subió al proyecto Luis Tosar que pudo conseguir financiación para aquel digno thriller que, contando también con el concurso de Javier Gutiérrez, narra el fatídico día del ejecutivo de un banco al que han colocado una bomba debajo del asiento en el trayecto que va de su casa al colegio con sus hijos. Deberá reunir una jugosa cantidad si no quiere que el coche vuele por los aires con ellos dentro.  Tres años después nos presenta esta lujosa producción ambientada en la convulsa Barcelona de los años 20.    

    
   La acción del film nos sitúa en 1921en Barcelona, año del Desastre de Annual. España vive tiempos de agitación y caos. Son los años del plomo, fruto de los violentos enfrentamientos callejeros entre policías, matones y anarquistas. El gansterismo y los negocios ilegales están instalados en la sociedad. En esta situación de disturbios, Anibal Uriarte (Luis Tosar) es un policía de la Brigada de Información que es enviado desde Madrid a Barcelona para colaborar en la detención de los culpables del robo de armas de un tren militar. Anibal no encuentra mucho apoyo allí y enseguida comienzan los enfrentamientos con el corrupto inspector Rediú (Vicente Romero). Pero Anibal no tarda en entrar en contacto con los bajos fondos de la ciudad y los grupos anarquistas más radicales. Allí conocerá a Sara (Michelle Jenner) una joven luchadora revolucionaria, un encuentro con consecuencias inesperadas para ambos.


     Con un espectacular diseño de producción, una superlativa labor de vestuario y una fantástica ambientación, Dani de la Torre, un director cinéfilo amante del cine negro americano, firma esta exuberante producción de tono multirreferencial (Érase una vez en América, Camino de perdición, La Brigada del Sombrero, Muerte entre las flores, Los Intocables de Elliot Ness son homenajeadas en algunas escenas) que no termina de cuajar debido a las múltiples subtramas que a pesar de quedar finalmente bien hilvanadas dejan muy difuminados a los personajes que las protagonizan. Relato criminal y político de una de las épocas más tormentosas de la historia de la populosa e industrial ciudad de Barcelona, en donde policías corruptos, burgueses y obreros hacían la guerra por su cuenta chapoteando en un lodazal de sangre en lo que seguramente fue el germen de la Guerra Civil. La sombra de la ley logra envolverte en la atmósfera de la época para respirar el caos en que estaba sumida la ciudad, las revueltas obreras, las drásticas intervenciones de la policía, el pistolerismo anarquista y ese grupo zafio de policías matones que dibujan a brochazos Vicente Romero, Ernesto Alterio y un Luis Tosar más contenido.  

     
   Más inclinada por la crónica negra gansteril que por la fidelidad del relato histórico, la película se sostiene más por elementos estéticos que por el pedestre mensaje sobre el idealismo como pilar para aunar fuerzas y dinamitar los cimientos de una sociedad corrupta hasta la médula, tomando como escenario una ciudad en donde el anarquismo siempre gozó de cierta efervescencia. Los locos años 20 fueron aquí más violentos que en ninguna otra parte del país, y sólo una década antes se había vivido la Semana Trágica derivada de la decisión del gobierno de Maura de enviar a los reservistas del ejército padres de familia a las posesiones españolas en Marruecos. Dani de la Torre es un gran creador de imágenes, sabe filmar muy bien las secuencias de acción y planifica metódicamente cada escena, pero su película de acaba de digerir bien esa mixtura de géneros (cine de gánsteres, relato político-social y drama romántico), tal vez debido a la dispersión de una historia cuyos golpes de efecto resultan reiterativos y algunos personajes prescindibles. Aun así, una película aseada que se ve con facilidad.

martes, 9 de octubre de 2018

CRÍTICA: "OLA DE CRÍMENES" (Gracia Querejeta, 2018)

Sin pizca de gracia, Querejeta
OLA DE CRÍMENESê
(Gracia Querejeta, 2018)
   

   Con una filmografía que consta de media docena de títulos, (recordemos que debutó en 1992 con el largometraje Una estación de paso) y cuyo mayor logro a nivel crítico lo obtuvo el drama adolescente Héctor (2004), Gracia Querejeta nos presenta ahora esta fallida comedia titulada Ola de crímenes, cuyo argumento sigue a Leyre (Maribel Verdú), una ama de casa divorciada que vive cómodamente hasta que su hijo adolescente mata en un arrebato a su padre y exmarido (Luis Tosar). Ella decide hacer lo imposible por ocultar el feo asunto, desatando una ola de crímenes en Bilbao. Mientras, la nueva esposa del difunto (Paula Echevarría) y su implacable abogada (Juana Acosta) tratan de ocultar  la jugosa trama de corrupción en la que se movían. Pero no habían contado con la perseverancia de dos inspectores de la ertzaintza (Antonio Resines y Raúl Peña).

   
   Producida por una canal de televisión que me produce grima citar, Ola de crímenes no es seguramente la película que a Gracia Querejeta le hubiera gustado firmar, pero así está el patio del cine español, en donde es difícil que te produzcan otra cosa que no sea una comedia pedorra y burda por el miedo a no comerte un rosco en la taquilla. Pero este cine alimenticio, puramente crematístico, sólo provoca hastío en el espectador mínimamente exigente, que no encuentra sentido a tantas situaciones estúpidas y diálogos zarrapastrosos que pretendidamente están ideados para resultar cómicos, pero que lo único que provocan es vergüenza ajena. 


    Aun contando con intérpretes solventes como Maribel Verdú, Antonio Resines y cameos de Luis Tosar, Javier Cámara y Raúl Arévalo, que nos regalan actuaciones olvidables, Ola de crímenes es una comedia chusca que jamás encuentra  el ritmo ni el tono por la deriva de un guión pésimo, un cóctel que mezcla sin concierto ni sentido la corrupción, el maltrato psicológico, el sexo y la violencia para conformar una comedia negra tonta plagada de histrionismo y con un tufo a discurso ya muy desfasado.

CRÍTICA: "VENOM" (Ruben Fleischer, 2018)


Tom Hardy cómo único aliciente
 VENOM  êê
(Ruben Fleischer, 2018)
    

   El director Ruben Fleischer debutó en el año 2009 con Bienvenidos a Zombieland, resultona comedia sobre un mundo plagado de zombis que ganó el Premio del Público en el Festival de Sitges. Antes de esta gamberrada convertida en un placer culpable, había dirigido un par de cortos y realizado alguna incursión en la televisión. Su siguiente película, 30 minutos o menos (2011) contaba con el mismo protagonista, Jesse Eisenberg, pero el resultado quedó muy por debajo de su ópera prima. Decente podemos considerar su incursión en el thriller con Gángster Squad: Brigada de élite (2013), película con un gran reparto coral encabezado Por Josh Brolin, Sean Penn y Ryan Gosling que nos traslada a Los Ángeles de 1949 para seguir a una brigada especial de la policía de Los Ángeles en su lucha por destruir el imperio creado por el mafioso Mickey Cohen.


  Venom nos presenta al periodista Eddie Brock (Tom Hardy) que lleva tiempo intentando desenmascarar al científico al frente de la Fundación Vida, Carlton Drake (Riz Amed). Esa obsesión ha hecho que pierda su trabajo y su relación con su novia Ann (Michelle Williams). Un día, en los laboratorios de Drake, el ente alienígena Venom se fusiona con el cuerpo de Eddie, y el periodista adquiere unos increíbles superpoderes que le permite hacer cualquier cosa que se le antoje. Empujado por la cólera, Venom obliga a Eddie a luchar por controlar sus habilidades al mismo tiempo que le hace sentirse poderoso, siendo conscientes de que necesitan mutuamente para conseguir lo que quieren.


     Venom es poca cosa, tan poca cosa que si no fuera por el magnetismo que desprende siempre el actor británico Tom Hardy, se quedaría en nada. Con secuencias de acción pésimamente rodadas, unos efectos digitales pobres y una cutre labor de maquillaje, la primera película protagonizada por esta especie de némesis de Spider-Man creada por el historietista David Michelinie y el artista canadiense Todd McFarlane en 1984, decepciona tanto en su torpe guión como en su desafortunado diseño de producción, cuestión que para una producción sobre un personaje Marvel siempre suele ser un lastre importante. Y es que sus responsables, con Ruben Fleischer a la cabeza, en ningún momento se toman el invento en serio (lo cual no tiene que ser malo necesariamente), y sin embargo, tratan de crear una metáfora hilarante sobre la lucha interior de dos personalidades antitéticas; la más cerebral y temerosa del reportero y la visceral y expeditiva del parásito con resultados paupérrimos. El simbionte, que siempre tiene hambre, está creado con varios trazos gruesos digitales, un penoso CGI hace que incluso en algunos momentos vislumbremos el croma. Así, la función nunca encuentra el tono cómico que pretende en muchos momentos ni resulta espectacular en las atropelladas secuencias de acción. El buen actor Riz Ahmed está muy desdibujado como villano, Michelle Williams tiene un papel insustancial y las escenas poscréditos nos llevan a pensar que será imposible que la secuela sea peor que este film seminal.