jueves, 27 de abril de 2017

ES IMPOSIBLE NO ENAMORARSE DE ALEXIS REN


   La modelo estadounidense Alexis Ren (Santa Mónica, 23 de noviembre de 1996) obtiene su merecida fama gracias a las redes sociales, y a partir de que su popularidad se difunde en internet ha protagonizado muchas campañas y acaparado muchas portadas de revistas. Actualmente vive en Los Ángeles (la ciudad de las estrellas y los sueños) y es de ascendencia Croata y alemana.


     Su padre es abogado y su madre fue una experta nutricionista. Alexis es la tercera de cinco hermanos y estudió en casa en lugar de la escuela. En cualquier caso, esta cuestión importa poco y su fuente de ingresos es su innegable belleza. Su momento más triste fue cuando a su madre le diagnosticaron un cáncer terminal de colon. Murió en enero de 2014. Aunque la fama total le llegó a través de la red, Alexis comenzó su carrera de modelo con 13 años para Brandy Melville, tras ser descubierta en su tienda. Después de unos meses trabajando como independiente, fue fichada por la agencia Model Management a los 14 años.


       Fue entonces cuando comenzó a posar para firmas importantes y revistas como Swimsuit Magazine. Se hizo muy famosa en Tumblr gracias a una sesión de fotos de Lucas Passmore. El nuevo impulso le sirvió para aparecer en diversas publicaciones y en campañas para Reef & Hurley y Penta Water. En el verano de 2014, desfiló por primera vez para la marca Sahara Ray en Los Ángeles.


     En octubre de ese mismo año firmó con Chic en Australia y también fue contratada por Calvin Klein. Actualmente tiene millones de seguidores en Instagram, sus posados en bikini han hecho que Alexis Ren sea una de las modelos más conocidas y solicitadas por todas las marcas. Alexis vivió un romance con Jay Alvarrez que terminó en 2016, y todavía recordamos la campaña que protagonizaron juntos para la marca española Pull & Bear que acabó consagrándolos como la pareja del momento. Pero ya se sabe que el amor puede ser tan intenso como fugaz.



miércoles, 26 de abril de 2017

CRÍTICA: “DÉJAME SALIR” (Jordan Peele, 2017)


GET OUTêêêê


SIMPLEMENTE, LA MEJOR PELÍCULA DE LO QUE VA DE AÑO

     Sé que muchos aficionados no tendrán la posibilidad de ver Get Out en una sala de cine en un país en donde el tema de la distribución cinematográfica es para echarse a llorar. Los que sí tengan esa suerte se encontrarán con una de las mejores óperas prima de los últimos años, pues el debutante Jordan Peele se muestra tan sagaz, atrevido e inspirado que nadie diría que el comediante afroamericano de la serie Comedy Central ha pergeñado prácticamente solo esta original película. Pero así es, partiendo de  un excelente guión propio, Peele sorprende a propios y extraños con una perturbadora cinta de gran calado social y un humor absolutamente corrosivo.

     
     La normalidad parece presidir la relación del joven afroamericano Chris (Daniel Kaluuya) con su novia Rose (Allison Williams). Forman una pareja interracial muy enamorada, algo que a nadie debería extrañar en nuestros días, pero por si acaso él le comenta a su novia que se lo tenía que haber comentado a sus padres. Y es que Rose ha invitado a Chris a pasar un fin de semana en la casa de campo familiar para que conozca a sus futuros suegros, Missy (Catherine Keener) y Dean (Bradley Whitford). Al principio, Chris piensa que el comportamiento excesivamente complaciente de los padres de su novia se debe a la cortesía y el nerviosismo por la relación interracial de su hija, pero a medida que pasan las horas, una serie de señales y comportamientos cada vez más inquietantes le llevan a descubrir una verdad inconcebible.


    El arranque de Déjame salir le puede hacer pensar al espectador más cinéfilo que se encuentra ante una amable comedia de tensiones raciales al estilo de la clásica Adivina quién viene esta noche. Nada más lejos de la realidad, porque si bien el retrato de una juventud tolerante y sin prejuicios en contraste con la generación de sus padres que han tenido que edulcorar su carácter reaccionario para adecuarlo a los nuevos tiempos está presente en el primer tramo de la función, el talento y la mala baba de Jordan Peele van borrando poco a poco las sonrisas artificiales de amabilidad (que sólo son la fachada impostada con la que muchos racistas saludaron la llegada al poder de Obama), para descubrirnos la verdadera y terrorífica faz que se esconde detrás de ellas. Y es que en una sociedad tan racista como la norteamericana la complacencia es sólo una postura más, una máscara que esconde el verdadero rostro del desprecio y el odio.


      Sería obsceno por mi parte desbrozar detalles interesantes de la trama de esta espléndida película impidiendo así que sea el espectador quien se deleite descubriendo sus múltiples hallazgos. Porque doy fe de que serán testigos de una experiencia cinematográfica diferente, una mezcla de terror y comedia mordaz que se impone como una contundente denuncia social sobre uno de los más ignominiosos estigmas de una sociedad en donde la xenofobia se muestra tan permeable que empapa cualquier sistema de trasmisión cultural, social y tradicional.

    
   La pericia de Peele reside en cómo va extendiendo la sospecha  de que algo enfermizo y siniestro esconde la blanca y anglosajona novia del protagonista y su turbador clan familiar, en la sibilina e hiriente forma de mostrar que hay algo alarmante que aflora por encima de la hospitalidad y en cómo van acomodando sus aparentemente irrelevantes comentarios siempre entonados con un punto de soberbia y malicia… y sobre todo, en la forma en la que el joven Chris se ve paulatinamente envuelto en una atmósfera malsana, en el modo extraño en que los sirvientes (negros, por supuesto) y la numerosa comitiva que acuden a la casa para brindar, se comportan; los primeros porque parecen tener anulada la voluntad víctimas permanentes de un asombroso estado de hipnosis; y los otros porque parecen miembros de un sórdido y delirante culto. Antes del desquiciado e impredecible clímax final, todo el mundo ha comprendido el maquiavélico mensaje que el director ha querido alojar  en la mente del espectador, pero es tan aterrador y produce tanta vergüenza que una indescriptible mueca queda congelada en nuestros rostros mucho tiempo después. Una película que glorifica este maravilloso arte llamado cine. 


lunes, 24 de abril de 2017

CRÍTICA: “JOHN WICK: PACTO DE SANGRE” (John Stahelski, 2017)


JOHN WICK: PACTO DE SANGREêêê
    
    
    El director de estos artefactos, Chad Stahelski, es un conocido especialista de cine. De hecho, fue quien sustituyó a Brandon Lee durante el rodaje de El Cuervo (1994) cuando un desgraciado accidente acabó con la vida del actor y se decidió continuar con el rodaje. Ha trabajado en infinidad de películas como especialista, coordinador de dobles y realizador de segunda unidad. El binomio que ahora forma con Keanu Reeves en esta franquicia se fraguó hace ya tiempo cuando Stahelski actuó de doble del intérprete en películas como Matrix y Constantine.


     Como la primera entrega, que estuvo codirigida junto con David Leitch y titulada John Wick: Otro día para matar, esta secuela es otro menú con ensalada de tiros y hostias que comienza donde lo dejó la primera: El legendario asesino John Wick (Keanu Reeves) se ve obligado a salir de su retiro por un exsocio que planea obtener el control de un misterioso grupo de asesinos. Obligado a ayudarlo por un juramento de sangre, John emprende un viaje a Roma con la firme intención cumplir la deuda y enfrentarse a los más peligrosos asesinos del mundo.
  
   
   Diluido el factor sorpresa del film seminal, por John Wick: Pacto de sangre sobrevuela una pegajosa sensación de déjà vu que no será perceptible para los espectadores que no tuvieron la oportunidad de ver la película original (que ni siquiera se llegó a estrenar en las salas de nuestro país), pero para los  que si la vimos, set pieces como la de la discoteca de Roma nos ha hecho evocar una secuencia muy parecida que formaba parte de aquella. Con su mujer fallecida por causas naturales, toda la violenta odisea que Wick emprende en la primera entrega se resume en la devastadora venganza del implacable asesino de quienes le robaron su preciado coche y mataron a su perro.


     Aquí se cambia de escenario y por fin recupera su auto, aunque de nada le servirá porque lo dejará para el desguace, pero el estilo, la parquedad de diálogos y la atmósfera se mantienen en un relato en el que se hace imposible hacer un recuento de cadáveres. Un patrón conceptual que es el santo y seña de esta saga: diálogos cortos y directos sin momentos para la reflexión, infinitos disparos a bocajarro, una persecución tras otra (atención a la que se produce en unas  catacumbas) y la venganza como única lógica.
  

     Enmarcada dentro del cine de acción pura y dura, Stahelski  y su guionista Derek Kolstad visitan lugares comunes del género con esa máxima que dice que los códigos secretos del sindicato de asesinos son tan sagrados como el amor evocador de Wick a su desaparecida mujer, la única razón por la que dejó atrás un pasado de violencia y perdición; lugares comunes en donde la traición se paga cara y las cuitas se resuelven a tiro limpio. En el film también nos encontramos a una red de mendigos (cuyo líder es Laurence Fishburne) que esconden un poder secreto en la sombra y que ayudarán a John Wick (tan nihilista, solitario, melancólico y autodestructivo como siempre) cuando un contrato de siete millones de dólares pongan precio a su cabeza y miles de asesinos de cualquier pelaje le tengan en el punto de mira.

    
    Y el invento, a pesar de lo ridículo y excesivo de la propuesta, funciona. Sin dar ningún respiro al espectador y como si de un frenético videojuego se tratara desarrolla una acción muy física, visceral y con algunas briznas de humor que son como un bálsamo entre tanta muerte a quemarropa. A destacar esa escena del tiroteo con silenciador en la escalera mecánica del metro, en la que Wick se enfrenta a Cassian, el guardaespaldas de Gianna D´Antonio, un sibilino tiroteo que pasa desapercibido para los transeúntes que les rodean.