jueves, 4 de enero de 2018

CRÍTICA: “ORPHELINE” (Arnaud des Pallières, 2016)


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   Amo Francia y amo el cine francés, pero actualmente se está volviendo tan surrealista y sofisticado que ya ni lo entiendo. Del tal Arnaud des Pallières, cuya carrera comienza allá por 1997 con el drama histórico Drancy Avenir, sólo había visto otro drama de época ambientado en el siglo XVI titulado Michael Kohlhaas, que protagonizado por Mads Mikkelsen nos cuenta la historia de un mercader de caballos que tras una injusticia se toma cumplida venganza.

  
   El director galo nos presenta ahora esta película centrada en las vidas de cuatro personajes femeninos que pueden ser uno solo. Una niña que vive en el campo y cuyo juego del escondite tendrá inesperadas consecuencias. Una adolescente atrapada en una sesión de huidas, hombres y contratiempos, porque cualquier cosa le parece mejor que su desolado hogar familiar. Una joven que se muda a París en un momento al borde del desastre. Y finalmente, una mujer adulta de éxito que se pensaba a salvo de su propio pasado. Poco a poco estos personajes se unen para formar un solo protagonista.  

  
  Película de narrativa muy fragmentada, lo que en realidad Orpheline cuenta es la azarosa historia de una mujer infeliz y maltratada, un periplo vital errático y desgraciado desde su desventurada infancia, un recorrido en el que se ha visto humillada, chantajeada y vejada. Pero la función resulta irritante por dos cuestiones fundamentales: su absurda estructura fragmentada y el hecho de utilizar cuatro actrices diferentes dotando a la trama de un componente farragoso innecesario. Sobre todo si las desaprovechadas actrices son Adèle Exarchopoulos, Adèle Haenel, Gemma Arterton y Solène Rigot.


    Entendemos que la historia tiene su origen en un terrible trauma de la infancia, con la consiguiente deriva melodramática, que la criatura fue maltratada por el padre era niña, y que todo lo demás tiene que ver con la dificultad de ser mujer en ambientes nada favorables. Pero Orpheline no llega nunca a atrapar la atención del espectador porque Arnaud des Pallières atomiza el eje narrativo e incluso atmosférico para construir una serie de cuadros episódicos sobre la maldición de ser mujer en un entorno machista y opresor, en donde la figura de la madre está ausente, ya que las cuatro protagonistas carecen de ella y sólo tienen el refugio de la siempre inquietante y perturbadora figura paterna.


        Orpheline está impregnada de abusos, soledad, sexo y muerte, pero nunca se deja claro si la osadía de las féminas que protagonizan la historia se eleva como un canto visceral feminista o representan la abominación de ese discurso por el castigo que sufren todas ellas lejos del tenebroso refugio del macho. Como reflejos en una habitación de espejos, las cuatro desdichadas protagonistas caminan con la herida de la orfandad, no sólo de la madre, sino de cualquier referente que les sirva de guía en su ciega trayectoria. Cuando Renèe, el personaje interpretado por Adeèle Haenel, decide tener su hijo, intuimos que concluye su itinerario de madurez, pero con la opción narrativa escogida por Arnaud des Pallières uno no puede estar seguro de nada.   


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