Tras
haber dirigido la irregular Scanners en 1981, David Cronenberg nos presentó una de las más
influyentes películas de culto de todos los tiempos, Vídeodrome (1983), cuya trama sigue a Max Renn (James Woods), un
programador televisivo que descubre una señal pirata llamada “Videodrome” que
emite unos contenidos ultraviolentos que parecen ir más allá del puro
entretenimiento. A medida que se adentra en su origen, la película abandona
cualquier anclaje con la realidad convencional y se sumerge en un territorio
alucinatorio donde la carne se transforma y la percepción se fragmenta.
Con Videodrome estamos ante una de las
obras más perturbadoras y visionarias del cine de la década de los 80, y
probablemente la expresión más pura de las obsesiones temáticas del director
canadiense: la fusión entre tecnología, cuerpo y mente. Cronenberg no busca
ofrecer respuestas claras, sino provocar una experiencia sensorial e
intelectual.
Su famoso
concepto de “la nueva carne” se despliega en imágenes que aún hoy resultan
inquietantes: televisores que respiran, cuerpos que se abren como si fueran
máquinas, y una constante ambigüedad entre lo real y lo inducido. Lejos de resultar un mero
shock visual, estos elementos funcionan como metáfora de la influencia de los
medios sobre la psique.
James Woods ofrece una actuación intensa y progresivamente alterada,
sosteniendo el relato incluso cuando se vuelve deliberadamente confuso. Deborah
Harry (una
de mis musas inmortales) aporta el contrapunto enigmático que refuerza el tono de
erotismo peligroso que impregna toda la película
Lo que más
fascina de Videodrome es su capacidad profética. En plena era de
pantallas omnipresentes y adictivas, algoritmos y consumo compulsivo de
contenido, sus reflexiones sobre la manipulación mediática y la disolución de
las identidades resultan más actuales que nunca. No es una película fácil ni
complaciente, pero su osadía formal y conceptual la convierten en una imprescindible
e imperecedera cult movie.
INTÉRPRETES: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Massimo
Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani.
GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 133 minutos / PAÍS: Italia /
AÑO: 2025
Nome considero un fan del cine
del director napolitano Paolo Sorrentino. De hecho, sólo dos películas de su
filmografía han dejado poso en mi saturada memoria cinéfila: Las
consecuencias del amor y La gran belleza. Su última obra, La Grazia, se presenta como una
prolongación de sus inquietudes estéticas y temáticas habituales, pero acaba
revelándose como un ejercicio de estilo que se aproxima más a la reiteración
que a la innovación. La película insiste en los motivos recurrentes del realizador:
la decadencia moral, la contemplación del vacío existencial en las élites y la
estetización de la melancolía, aunque sin lograr fusionarlos en una propuesta
dramática verdaderamente significativa.
La Grazia nos presenta a Mariano De
Santis
(Toni Servillo) presidente -ficticio- de la República italiana y veterano
político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre
varias e importantes decisiones que tiene que tomar, en particular sobre si
aprueba o no una ley de la eutanasia, planteándose un gran dilema moral.
Desde un prisma formal, La Grazia mantiene la sofisticación
visual característica de Sorrentino: encuadres calculados, movimientos de cámara
coreografiados con precisión y una puesta en escena que privilegia lo
ornamental.Sin embargo, esta cuidada
superficie visual termina operando como un envoltorio que encubre la fragilidad
del desarrollo narrativo. La estructura dramática se percibe como dispersa, con
episodios que parecen acumularse sin una progresión clara, lo que diluye el
impacto emocional y reduce la capacidad de la función para sostener el interés
del espectador.
El eje dramático -la
decisión sobre la aprobación de una ley sobre la eutanasia- es, en teoría un
punto de partida de gran densidad ética y política. No obstante, el film opta
por un tratamiento que optimiza lo atmosférico y lo introspectivo en detrimento
de un auténtico desarrollo del conflicto. Podríamos decir, que la película
desplaza el dilema de la eutanasia del terreno deliberativo hacia una dimensión
casi abstracta, donde la decisión se convierte en un pretexto para explorar el
estado anímico del protagonista. Así, el conflicto pierde concreción y se
diluye en una serie de escenas contemplativas que apenas articulan las
implicaciones reales de la ley.
Por ello, el dilema se presenta como una
carga existencial casi privada, desconectada de sus consecuencias colectivas. Es
precisamente en este vacío donde la interpretación de Toni Servillo -al parecer
no hay más actores para este director- adquiere relevancia. Su encarnación del
presidente logra sugerir, a través de gestos mínimos, silencios y meditaciones,
el peso de una decisión que el guión no intenta dramatizar plenamente. Servillo
introduce una tensión interna -una lucha entre deber institucional y conciencia
personal- que apenas está esbozada en la escritura, elevando así la densidad
del personaje por encima del material que lo sustenta.
La Grazia constituye un caso
paradigmático de oportunidad desaprovechada: un conflicto potencialmente
trágico que queda subordinado a la lógica estilística de Sorrentino. Tal vez
lo que yo me esperaba era un incisivo estudio sobre el poder, la
responsabilidad y los límites de la acción política, y lo que me he encontrado
es una meditación estética que, aunque sugerente en lo formal, resulta
insuficiente en su dimensión ética y narrativa.
INTÉRPRETES: Catherine
Deneuve, Yvonne Furneaux, Ian Hendry, Patrick Wymark, John Fraser, Valerie
Taylor.
GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 105 minutos / PAÍS: Reino
Unido / AÑO: 1965
Roman
Polanski
nos presentó en Repulsión (1965)una de las instrospecciones más brillantes de la psicología humana en el
cine europeo de los años 60. Protagonizada por Catherine Deneuve dando oxígeno
a CarolLedoux, una joven y bella mujer belga que vive con
su hermana Helen (Yvonne Furneaux) en un apartamento en Londres. Carol
experimenta sentimientos de atracción y repulsión hacia los hombres; por eso
para ella resulta tan incómoda la relación que mantiene su hermana con un
hombre casado. Cuando la pareja se marcha de vacaciones, Carol sufre una
progresiva desconexión de la realidad, sufre alucinaciones, su mente se desquicia
y esto se convierte en el verdadero núcleo del relato.
Desde
sus primeros compases, Polanski construye una atmósfera opresiva a través de la
repetición de los gestos cotidianos y una puesta en escena aparentemente
sencilla, pero profundamente calculada. El apartamento donde transcurre gran
parte de la acción deja de ser un espacio físico para transformarse en una
extensión del deterioro mental de la protagonista. Grietas en las paredes,
manos que emergen de la nada y sonidos amplificados convierten lo cotidiano en
una pesadilla sensorial. Esta fusión entre espacio y psique anticipa elementos que el propio
Polanski desarrollaría más tarde en su llamada “trilogía del apartamento”,
junto con La semilla del diablo y El
quimérico inquilino.
Más allá del terror psicológico, Repulsión puede leerse como una
reflexión sobre la represión sexual, la alienación urbana y la vulnerabilidad
femenina en un entorno hostil. Polanski evita explicaciones claras sobre el
pasado de Carol, lo que intensifica la ambigüedad de la función y obliga al
espectador a enfrentarse a una experiencia inquietante, casi claustrofóbica.
Aunque su ritmopueda parecer pausado para
el público actual, la película lo compensa con una tensión creciente que
culmina con un desenlace tan perturbador como inevitable. Repulsión no busca asustar de manera
convencional, sino proyectar una profunda desestabilización. El conflicto
de Carol con los hombres (atracción/repulsión: ambivalencia afectiva hacia el
objeto del deseo) puede tener su origen en la infancia. El elemento clave que suele
señalarse es la famosa fotografía familiar que aparece en el final: mientras el
resto posa con normalidad, la joven Carol mira fijamente a un hombre adulto (presumiblemente
una figura paterna) con una expresión grave.
Ese detalle ha llevado a muchos analistas a
interpretar que pudo haber existido una experiencia traumática temprana,
posiblemente relacionada con abusos o, al menos, con una vivencia turbadora de
la sexualidad masculina. Pero Polanski refuerza esa ambigüedad evitando mostrar
cualquier explicación directa. Y en este sentido, sigue siendo una obra maestra
del horror psicológico, tan relevante hoy como en el momento de su estreno.
Psycho
killer, ópera
prima de Gavin Polone,es
un thriller de terror bastante curioso, sobre todo por su larga gestación y la
expectativa generada al estar escrito por el guionista de Se7en. La historia sigue a una
policía de la patrulla de carreteras Jane Archer (Georgina Campbell), cuyo
marido, perteneciente al mismo cuerpo policial, es asesinado en su presencia tras
parar a un vehículo cuando se encontraba en un control. A partir de ahí, inicia
una obsesiva persecución para capturarlo y descubre que el criminal, Psycho
Killer (James
Preston Rogers) no es un asesino cualquiera, que está vinculado a rituales y
símbolos satánicos dejando a su paso un reguero de cadáveres y tiene un plan
mucho más grande (y destructivo) que simplemente matar.
Esencialmente
estamos ante un duelo psicológico (también físico) entre el asesino y la mujer policía
deseosa de vengar el asesinato de su marido, con una historia que juega con
elementos de la road movie, el thriller criminal y el terror satánico.Psycho Killer es un proyecto maldito: el
guión se escribió alrededor de 2007. Estuvo casi 20 años en desarrollo. Pasó
por varios directores y versiones antes de rodarse. Sabemos que este tipo de
proyectos largos y suspendidos en el tiempo suelen generar muchas expectativas,
pero acaban generando problemas creativos.
La función está muy influenciada por
thrillers siniestros como Se7en: historia de asesino serial, thriller de persecuciones,
y el intento de aportar una lectura psicológica, pero con elementos del slasher.
El
resultado no es convincente pero tampoco tan desdeñable, aunque se entiende la
decepción por tratarse de un guionista de culto, ser un proyecto largamente
esperado, contar con una premisa potente (asesino ritualista más venganza), y
una estética oscura. Estamos de acuerdo en que el resultado es el de un thriller genérico, con
perfiles de personajes poco desarrollados y sin la fuerza psicológica de otras
obras míticas del género.
Lo mejor lo encontramos en
la sugerente premisa, un punto de partida que debería haber dado mucho más
juego. Además, el toque de rituales y simbolismo satánico sugiere algo más
ambicioso que el típico slasher. Sobre el papel, existía un potencial para
crear un thriller siniestro con identidad, Si la película se sostiene con cierta
dignidad es gracias a Georgina Campbell, que aporta gravedad, hace creíble la
obsesión del personaje herido íntimamente y eleva algunas escenas que en el
guión son bastante flojas. Sin ella, el film se habría derrumbado casi por
completo.
También encontramos destellos de
atmósfera. La película crea cierta inquietud, insinúa algo perturbador y juega
acertadamente con el fuera de campo. Que Andrew Kevin Walker haya firmado el
libreto resulta chocante, tiene talento para mucho más: los personajes son
arquetípicos, los diálogos son funcionales, sin filo ni personalidad, sin apenas
profundidad psicológica. Un thriller de estas características triunfa o pierde por el carisma de
su villano… y aquí falla: motivaciones difusas o poco interesantes, presencia
convencional sin aristas y nada icónico con el uso trillado de una máscara.
Nunca llega a dar miedo ni transmitir fascinación.
También el tono resulta inconsistente sin
saber a qué atenerse: ¿thriller psicológico? ¿Slasher? ¿Terror ocultista? Una mezcla
de todo sin una integración consistente con el componente satánico que actúa
más como una ocurrencia que como algo plenamente pensado. No hay complejidad
moral y abundan los clichés. Centrándonos en el ritmo, hay tramos largos sin
tensión, la investigación avanza con poco dinamismo y escenas que apenas sugieren.
Es decir, para un metraje de 91 minutos, la acción se siente un poco pesada.
Dirigiendo la mirada a la dirección de
Gavin Polone, observamos una puesta en escena bastante genérica (tanto como el
título), sin un estilo visual identificable y sin momentos realmente
memorables. Coincidiremos en que no existe nada que esté mal ejecutado,
pero tampoco hay nada destacable. Psycho Killer es el clásico
tipo de película que debería haber sido mucho mejor de lo que finalmente es
porque contaba con una buena base, una sólida actriz protagonista y un gran
escritor detrás.
Sin embargo, el guión de Andrew Kevin Walker
carece de alma, el villano es poco carismático y cuenta con una dirección muy
convencional. Si te gusta el género, seguro que tendrás curiosidad y tampoco te
quedará la sensación de haber perdido el tiempo, de que te han estafado. Psycho
Killer se deja ver, pero se olvida al instante. No nos extrañemos de que dentro
de varias décadas sea reivindicada como una auténtica cult movie. Pero yo no lo veré.