En Últimos días de la víctima (1982), quinto largometraje de uno de mis directores argentinos favoritos, Adolfo Aristarain, adapta la novela homónima de José Pablo Feinmann, dando lugar a una de las aportaciones más relevantes del cine negro argentino de los años ochenta. Aristarain construye un relato de una precisión casi quirúrgica, pues además de que la violencia imprime un sólido recurso dramático, también actúa como expresión de un universo degradado, dominado por la desconfianza, la soledad y la ausencia de escrúpulos.
Federico Luppi, uno de los mejores actores argentinos de la historia, compone un personaje extraordinario dando oxígeno a Raúl Mendizabal, un asesino profesional que convierte el asesinato en una actividad metódica desprovista aparentemente de conflictos éticos. Su interpretación, contenida y de una frialdad inquietante, evita cualquier tentación de convertir al protagonista en una figura romántica. Mendizabal es, ante todo, un profesional de la muerte, atrapado en una maquinaria criminal cuyas dimensiones terminarán escapando a su control.
Aristarain administra la información con notable economía narrativa, articulando la intriga mediante una puesta en escena sobria, una planificación funcional y una atmósfera de amenaza permanente. Bajo la eficacia del mecanismo policial late, además, una reflexión sobre la alienación del individuo y la progresiva disolución de su identidad en una sociedad regida por intereses opacos.
Lo que imprime personalidad a la película es la normalización burocrática del asesinato. Raúl Mendizabal no actúa como un criminal dominado por impulsos, sino como un trabajador meticuloso que planifica, observa y ejecuta sus encargos con la misma frialdad que cualquier trabajador en su vida profesional. Aristarain despoja así al asesinato de cualquier dimensión épica o espectacular, convirtiéndolo en una rutina laboral.
La película proyecta su modernidad en la
ausencia de una frontera moral nítida entre la vida ordinaria y el crimen
profesional. Y Luppi es fundamental para transmitirlo. Su hermetismo y su economía
gestual construyen un personaje cuya aparente seguridad esconde una progresiva
vulnerabilidad. El asesino acostumbrado a estudiar a sus víctimas,
acaba convertido él mismo en objeto de observación y persecución. Esta
inversión de perspectivas es uno de los grandes aciertos de Aristarain: el
cazador descubre que también puede ser cazado, sin abandonar el tono áspero ni
recurrir a sentimentalismos. La película así va más allá del thriller
convencional para acercarse a una visión profundamente pesimista de la
condición humana. Su sequedad formal, su rigor narrativo y la magnífica
interpretación de Luppi convierten a Últimos días de la víctima en una obra de referencia
del género negro latinoamericano.

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