“SAYARA” (Can Evrenol, 2024) êêê
Sayara es una de esas películas que parecen diseñadas para ser descubiertas con asombro por el espectador al cine extremo. Dirigida por cineasta turco Can Evrenol (Baskin), parte del esquema reconocible rape & revenge, pero su interés reside en cómo convierte la venganza en una auténtica trituradora moral y física. La protagonista es una joven turcomana llamada Sayara (Doygu Kocabiyik) que trabaja de limpiadora en un gimnasio. Cuando su hermana Yonca (Özgül Jozar) es violada y asesinada por un grupo de hombres pertenecientes a una clase privilegiada, la justicia deja en libertad a los asesinos. El padre de uno de ellos tiene conexiones políticas, y el caso termina prácticamente enterrado. Sayara decide entonces aplicar su propia justicia.
Realizada en tres semanas con un presupuesto de guerrilla, lo interesante de la función es que Evrenol no utiliza la violencia como espectáculo, sino para hablar de la impunidad, el machismo, la corrupción y la desigualdad de clases. Sayara es una inmersión sin concesiones en el cine de venganza, pero si algo distingue su película de otras propuestas rape & revenge es su voluntad de ensuciar el subgénero, de arrancarle cualquier posibilidad de épica y devolverlo a un territorio inquietante donde la violencia no redime: mancha y contamina.
Sayara pertenece a ese tipo de personajes cinematográficos condenados a permanecer invisibles hasta que una injusticia los obliga a hacerse visibles mediante la violencia. Cuando su hermana es asesinada y los responsables quedan protegidos por su posición social, Sayara comprende que las autoridades no van a impartir justicia. Entonces comienza la transformación. Evrenol filma esa transformación con una crudeza deliberadamente física. Los cuerpos dejan de ser superficies heroicas para convertirse en carne apaleada, huesos, sangre y dolor.
El gore de Sayara no busca únicamente provocar repulsión; funciona como una materialización brutal de aquello que el sistema pretende ocultar. Cada golpe, acuchillamiento, mutilación o asesinato parecen revelar algo que permanecía fuera de campo: la violencia estructural que precede a la violencia ejercida como venganza por la protagonista. Resulta sugerente que Can Evrenol no convierta a Sayara en una vengadora convencional y elimine la elegancia de gran parte del cine de explotación reciente. Su violencia resulta en cierto modo torpe y desagradable, aunque finalmente, eficaz y poderosa. Debajo de su superficie gore de sangre y vísceras, se puede sacar una reflexión perturbadora: cuando la ley protege a los poderosos, la venganza puede convertirse en el único idioma que los marginados sienten que pueden hablar.
El padre de Sayara, un antiguo militar
traumatizado por los crímenes que cometió en la guerra, la entrenó de pequeña para
proteger a su familia cuando él ya no estuviera. Ese juramento solidifica el
sentido brutal de la venganza adquiriendo un carácter ritual, donde la sangre
se vuelve material, táctil y pegajosa, casi insoportable. El
espectador tras el visionado de Sayara puede pensar que la familia no es un regalo, sino un
sacrificio. Comprende perfectamente las razones de la protagonista y, al mismo
tiempo, se siente turbado por aquello en lo que acaba convirtiéndose: la víctima
acaba asumiendo el papel del verdugo y la justicia propia termina reproduciendo
la misma lógica de violencia que pretende castigar. Los ríos de sangre derramados no son la
recompensa de la venganza, sino el alto precio a pagar. Cuando ya no hay lugar para la redención, lo que se impone es la inmolación.




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