sábado, 18 de julio de 2026

TRAS 40 AÑOS DE SU ESTRENO, MI DEFENSA DE “9 SEMANAS Y MEDIA”


    Desde hace cuatro décadas, 9 semanas y media (Adrian Lyne, 1986) ha sido reducida a un puñado de imágenes convertidas en iconos de la cultura popular: la nevera abierta, la venda en los ojos, el hielo sobre la piel, la canción de Joe Cocker, el cuerpo desbordante de sensualidad de Kim Basinger y su striptease. Sin embargo, esa simplificación ha ocultado el verdadero valor de una obra más compleja, incómoda y amarga de lo que se suele reconocer.

    No estamos ante una película que celebre el erotismo como un paraíso. Lyne no filma el deseo con intención de embellecerlo, por el contrario, intenta mostrar cómo puede convertirse en obsesión, dependencia y pérdida de identidad. John y Elizabeth no representan una fantasía romántica: forman una pareja incapaz de establecer una relación equilibrada porque el poder, la manipulación y la vulnerabilidad acaban imponiéndose al amor.

  Quienes la tildan de superficial suelen quedarse en el envoltorio estético. Precisamente ahí reside una de sus mayores logros. La fotografía sofisticada, la tenue iluminación y la sensualidad de cada plano funcionan como un espejismo. La película seduce al espectador del mismo modo que John seduce a Elizabeth, para revelar después el vacío emocional que se esconde tras esa fascinación. La belleza visual no contradice el discurso: lo refuerza.

    Kim Basinger nos regala una interpretación extraordinariamente valiente. Su personaje atraviesa un proceso de transformación que va de la curiosidad a la entrega y de la entrega a la destrucción emocional. Mickey Rourke, por su parte, compone una figura magnética precisamente porque nunca resulta del todo comprensible. Su atractivo nace de su misterio, pero también de su inquietante incapacidad de amar sin dominar.

   Vista hoy, 9 semanas y media alcanza una dimensión incluso más interesante. En una época en que se debate sobre los límites del consentimiento, las relaciones de poder y la manipulación afectiva, la película invita a reflexionar sin ofrecer respuestas fáciles. No moraliza, pero tampoco glorifica lo que muestra. Quizá su mayor virtud sea esa ambigüedad. No pide aprobación ni condena; no lo necesita, exige que el espectador soporte el desarrollo de una relación que se mueve continuamente entre el placer, el dolor y la humillación.

    Así, ha llegado el momento de dejar de pedir perdón porque a uno le guste 9 semanas y media. Durante demasiado tiempo se la ha tratado con una condescendencia impropia de una obra que marcó el imaginario visual de los años 80 y que, cuarenta años después, sigue despertando debates. Se le acusa de estilizada y frívola, de publicitaria, videoclipera y vacía. Pero esas críticas suelen revelar más los prejuicios de quien las formula que las verdaderas cualidades de la película.

   Adran Lyne comprendió hace ya muchos años algo que sus propios detractores parecen ignorar: el cine también puede expresar ideas a través de la textura de la imagen, de la luz, de la música y del cuerpo. No todo debe ser verbalizado. Hay películas que piensan mediante el diálogo y otras que piensan mediante sensaciones. 9 semanas y media pertenece a esa segunda categoría.

  Resulta curioso y hasta sospechoso que se desprecie su sofisticación estética cuando esa misma sofisticación es celebrada en cineastas europeos considerados intocables. Si el deseo se filma con solemnidad es arte; si se filma con sensualidad y vocación popular pasa a ser frívolo y vacuo. Esa doble vara de medir ha perseguido a Adran Lyne durante toda su carrera. Además, quienes reducen la película a un catálogo de fantasías sexuales parecen olvidar su desenlace. No existe triunfo, ni felicidad, ni exaltación del juego erótico. Lo que queda es el desgaste psicológico, la imposibilidad de amar y la constatación de que la obsesión acaba devorando cualquier posibilidad de intimidad auténtica. Estamos ante una nueva crónica de un fracaso y no ante una celebración.

    Mickey Rourke y Kim Basinger forman una de las parejas más magnéticas del cine de la modernidad precisamente porque nunca llegan a entenderse. La química entre ellos nace del conflicto permanente, del deseo mezclado con miedo, de la atracción contaminada por el desequilibrio. Pocas películas han captado con semejante intensidad esa contradicción. Quizá el mayor pecado de 9 semanas y media fue convertirse en un fenómeno popular. Su éxito hizo que muchos dejaran de verla para consumir únicamente sus imágenes más icónicas. La cultura popular acabó devorando a la propia película.

   Reivindicarla hoy no significa negar algunas lagunas narrativas. No obstante, 9 semanas y media merece ser vista de nuevo libre de prejuicios morales y tópicos críticos. Porque detrás de su erotismo existe una amarga historia sobre el poder, la dependencia emocional y la soledad. Y porque Adrian Lyne filmó esa tragedia con una elegancia visual que sigue siendo inimitable. No es un simple clásico del cine erótico, es una tragedia sentimental disfrazada de fantasía sexual. Esa capacidad de engañar a primera vista y revelar, con el paso de los años, una profunda melancolía sobre el deseo y la imposibilidad de poseer al otro es la razón por la que sigue siendo una película viva, provocadora y digna de ser reivindicada. Desde la vasta y eterna Extremadura: ¡Felices 40! 


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