domingo, 9 de julio de 2017

CRÍTICA: “BABY DRIVER” (Edgar Wright, 2017)


"BABY DRIVER" êêêê 


   Tras una década trabajando en series para la televisión británica, Edgar Wright debutó en la gran pantalla con la espléndida comedia Zombies party (2004), una sátira desternillante que alumbró un nuevo nombre clave para el género en la década venidera y en la que contó ya con el protagonismo de los que iban a ser sus dos actores fetiches: Simon Pegg y Nick Frost. Intérpretes a los que requeriría su concurso para su siguiente e igualmente magnífico film, Arma fatal (2007) una parodia absolutamente hilarante. Recomendable resulta también Scott Pilgrim contra el mundo (2010) que aunque un peldaño por debajo de las citadas representó su salto a Hollywood y se impone como una comedia juvenil muy aseada. Tras dejarles cuerda larga durante tres añitos, vuelve a contar con Pegg y Frost  para la que es para este cronista su película más floja hasta la fecha, Bienvenidos al fin del mundo (2013) comedia en tono de ciencia ficción sobre unos amigos que se reúnen después de 20 años para tratar de terminar un maratón alcohólico.

      
   Era presumible que el director inglés fuera llamado a firmar una película que marcara época. Ese día ha llegado. Baby Driver sigue a Baby (Ansel Elgort) un joven y talentoso conductor con cara de bueno y especializado en fugas que depende de su banda sonora personal para ser el mejor en lo suyo. Cuando conoce a la chica de sus sueños, Debora (Lily James) ve una oportunidad de abandonar su vida criminal y realizar una huída limpia. Pero después de ser forzado a trabajar para un jefe de una banda criminal, Doc (Kevin Spacey) deberá dar la cara cuando un golpe fallido amenaza su vida, su amor y su libertad.

   
     Simplemente, la sensación del verano, o como dirían los puristas, el auténtico sleeper de la temporada. Un film de acción pura y dura que se apoya en un sólido libreto del propio Wright y que no ofrece ningún respiro al espectador con secuencias adrenalínicas de persecuciones de coche. Pero Baby Driver va mucho más allá y la acción queda integrada en el ritmo de la banda sonora en una fusión perfecta. El guionista y realizador británico es muy listo, y sabe que los cinco primeros minutos de una película resultan cardinales para captar la atención del público, y a ello se aplica con una primera escena que deja el listón muy alto y manteniendo el mismo nivel durante todo el metraje. Si hay un calificativo que se puede aplicar a la nueva propuesta del director es el de chispeante, un refrescante cóctel veraniego que mezcla comedia, thriller, romance y acción para mantener al espectador sentado al borde la butaca. Gran parte del éxito es debido a la exquisita recopilación musical que incluye temazos del rock, soul, funky, hip hop… que se acoplan magistralmente a la frenética acción en una labor de montaje virtuosa.


     Un as del volante que demuestra su habilidad trabajando para unos atracadores de bancos en sus infernales huidas no es precisamente una premisa original. Sin embargo, Wright imprime un ritmo endiablado a un relato que derrocha romanticismo y convierte el estilo videoclipero en un arte de irresistible fascinación, reformulando clásicos del género como Driver, French Connection, Calles de fuego, Ronin y Drive para adaptarse al zeitgeist o espíritu de unos tiempos en donde todo pasa a una velocidad de vértigo, y a Baby no le quedará más remedio que poner todo su empeño para que su amor no sea efímero.

   
  Estamos ante una producción muy cuidada, de gran calidad tanto técnica como artística, pero sin pretensiones y de un tono desenfadado en donde actores como Kevin Spacey Y John Hamm ponen su sabiduría al lado de bellezas como Eiza González y Lily James. Pero es un superlativo Ansel Elgort quien borda su papel de chico silencioso e imperturbable que a raíz de la traumática muerte de sus padres en accidente tiene un constante pitido en los oídos que ahoga con unos auriculares continuamente encajados en sus orejas. La vida pasa a su alrededor sin que apenas le interese nada salvo la banda sonora con la que anima las horas y sus excitantes huidas en coche, y sólo se comunica con el anciano que le adoptó cuando se quedó huérfano. Su insustancial vida dará un giro cuando conoce a Debora… y todo comienza a tener sentido.


      Con gran devoción por Walter Hill (el film le regala una dedicatoria) cuyo estilo visual y narrativo empapa toda la cinta, así como el universo Tarantino (quien también tiene una mención en las dedicatorias) y las esencias románticas de sus amores a quemarropa, una genial miscelánea rebosante de alicientes y una estética apabullante que cautivará a los amantes de la velocidad, el idilio teen con resonancias ochenteras y los aficionados a la buena música. Si no ves esta peli en una sala de cine te arrepentirás siempre.


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