domingo, 5 de febrero de 2012

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS


Desde las cloacas a la redención
NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS êêêê
DIRECTOR: ENRIQUE URBIZU.
INTÉRPRETES: JOSÉ CORONADO, HELENA MIQUEL, JUANJO ARTERO, RODOLFO SANCHO, PEDRO MARÍA SÁNCHEZ.
GÉNERO: THRILLER / ESPAÑA / 2011  DURACIÓN: 96 MINUTOS.    
   
   El último trabajo del director bilbaíno  Enrique Urbizu eleva el listón de excelencia en el que se situaron las anteriores La caja 507 (2001) y La vida mancha (2002), y de nuevo con su actor fetiche, un espléndido José Coronado en plena madurez, nos plantea un policíaco negrísimo que supera incluso el nivel medio de calidad de los thrillers hollywoodienses. Este es el camino que debe seguir el cine español para competir con otras cinematografías y alejarse de todas esas mierdas de comedias absurdas, irreales, sin la más mínima gracia y que producen vergüenza ajena.

       NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS es cine negro apegado a la realidad social y política que nos presenta a un inspector de policía, Santos Trinidad (José Coronado), un hombre cincuentón que a altas horas de la madrugada y con bastantes copas de más entra en un local de alterne de Madrid cuando están cerrando. Sólo quiere tomar una última copa que le niegan porque, aducen, el local ya está cerrado. Es entonces cuando surge la violencia y comienza un tiroteo que da como resultado tres cadáveres: los del dueño del local y dos empleados, si bien un cuarto se escapa. Asignado a la división de personas desaparecidas, Santos Trinidad borra meticulosamente sus huellas y se lleva las grabaciones de la cámara de seguridad, iniciando así la caza del cuarto hombre, un colombiano que como sus compañeros muertos parece implicado en el tráfico de drogas. Mientras tanto la juez Chacón (Helena Miquel), avanza en la investigación del triple crimen del puticlub con la ayuda del policía judicial Leiva (Juanjo Artero). En una tupida maraña de de policías corruptos, traficantes de drogas y células de terroristas islámicos, Santos Trinidad y la juez Chacón no tardarán en darse cuenta de que es algo mucho más peligroso que un simple caso de drogas lo que tienen entre manos, y solo el veterano inspector de policía parece capaz de impedirlo, siempre que la juez Chacón no consiga detenerle a él antes.
      
      La mejor película de Urbizu hasta la fecha goza de una sombría luz creada por Unax Mendía para retratar con amenazador realismo las entrañas del Madrid del extrarradio, ese microcosmos sórdido está reflejado en el poderoso libreto de Michel Gaztambide para tejer una trama alambicada, magnética y de una espesa negrura. NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS (sugerente título tomado de un versículo del profeta Isaías), narra una descarnada, turbia, mugrienta historia con dos líneas narrativas paralelas que acabarán desembocando en un clímax desasosegante y devastador, y el espectador se sumerge vivamente en sus profundidades para, guiados por la empatía que desprende ese antihéroe contemporáneo, cruzar todas las líneas rojas dentro de un paisaje urbano laberíntico donde la corrupción, la desidia, la incompetencia y los distintos conceptos de la ley anticipan una tragedia de dimensiones shakesperianas. Auténtica joya del neo-noir, Urbizu, con pulso enérgico, trenza con habilidad el encaje de bolillos que propone el guión y sitúa la cámara con mano maestra para conseguir unos encuadres prodigiosos, recoger el latido del lumpen, la vida suburbial y crear una tensión que emana de la densa e inquietante atmósfera que envuelve a los personajes. Acomodados en la butaca asistimos a un cuarto de hora inicial que va a marcar el pálpito del relato, siguiendo el devenir cotidiano de un inspector alcohólico y asqueado, que con su amiga del calibre 38 provocará una masacre imprevisible en la quietud de la noche.     

      Y clavados en la butaca, quedamos absolutamente hipnotizados por la magistral interpretación de José Coronado dando oxígeno a un atractivo y vicioso perdedor, incapaz de detenerse ante el lento itinerario de la burocracia para imponer por su cuenta y riesgo la justicia natural. Putero, alcohólico, nihilista, insubordinado, camorrista… que mantiene contra viento y marea una moral intacta para cumplir con lo que él entiende que es su deber. El idilio con su arma y el ron, su inabarcable soledad, su deambular por los bajos fondos con la firmeza de un loco para abrazar una catarsis purificadora, la ansiada expiación que como pago por los abusos y pecados cometidos hacen de él una figura singular entre los suyos y la fauna urbana. Pero que el espectador no se equivoque, pues aunque la película comienza y termina don dos impactantes balaseras, no estamos ante una película de acción, la trama, que se bifurca en dos direcciones tiene mucha más profundidad filosófica que la simple pirotecnia, desarrollando una tensión in crescendo  en ambos flancos que, insisto, confluirán en un final amargo y desolador, en donde como un puzzle imantado acabarán encajando todas las piezas. Estamos, junto con Secuestrados (Miguel Ángel Vivas, 2010), ante la mejor película española del año, un film visceral repleto de sensaciones que perduran, de una violencia seca y contundente, con nuestro protagonista perdiendo vida a borbotones en su implacable objetivo de dar caza a los malvados. El azar, su desprecio por la vida, por un mundo degradado y repugnante, le exigirá un último aliento para levantar las sucias enaguas de una justicia podrida e ineficaz. 

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