lunes, 30 de julio de 2012

VIOLENCIA DE GÉNERO: CINE-ESPEJO DE LA DEFORMACIÓN


CINE-ESPEJO DE LA DEFORMACIÓN
(Apuntes sobre la  violencia de género en el cine)     

     Desde la mítica Gilda (1946), excelente película de Charles Vidor que resume perfectamente todas las constantes del cine negro, muy popular, por otra parte, por la destacada y corrosiva escena de la bofetada que el personaje de Glenn Ford da al de Rita Hayworth cuando ésta finaliza la magnífica canción Put the Blane on Mane, el cine, como expresión artística y transgresora, ha sido, en demasiadas ocasiones, el reflejo de las aberraciones, los vicios y la decadencia de una sociedad invitada a asistir desde una butaca, en la semioscuridad de una sala, a los mil rostros de la deformación humana, convirtiéndose a la vez en espejo y pulsión de un tiempo cuya dimensión todo lo destruye: la fe, la esperanza, el amor, la memoria.
     
      Si la desbordante carnalidad de la Hayworth, estereotipada femme fatal que se desprende sinuosamente de los largos guantes como preámbulo de un sensual striptease, emerge aún hoy en día como uno de los mayores iconos referenciales para millones de cinéfilos, fetichistas y mitómanos que intercambian miradas cómplices ¿cómo puede uno reaccionar ante esa enfermedad moral devastadora llamada conceptualmente violencia de género? No sé si el terrorismo machista, la violencia doméstica o no doméstica, salvaje e irracional, física o psicológica, ha quedado bien plasmada (entiéndase de manera seria y creíble) en sus múltiples representaciones o punteados fílmicos, pues no se trata de hacer un vano y sesudo ejercicio de memoria, no obstante, me asaltan inquietantes recuerdos.
      
      En una de mis películas de cabecera, Caído del cielo (Out of the blue, 1980), una cinta de culto dirigida e interpretada por el outsider Dennis Hopper, auténtico loser del cine independiente norteamericano, la violencia se eleva como la catarsis definitiva y purificadora en el ambiente de un intenso y desolador drama rural. Calificada por cierta crítica como el último film de la era punk-rock, el maldito Hopper plantea, en una atmósfera infernal, la desesperada situación de una joven atrapada en la encrucijada de su pequeña ciudad y su asfixiante entorno familiar, compuesto por un padre ex presidiario y alcohólico y una madre trastornada y drogadicta, que descargan sobre ella su rabia y frustración. 
     
      Este originalísimo film, que analiza de manera clínica los registros más bajos del ser humano –incluido abusos sexuales del padre a la hija-, se impone como un canto exasperado del no future, un tratado de comportamientos absurdos alejado del tan cacareado “sueño americano”, que va a desembocar en un pavoroso final, congruente para una situación sin salida. Nueva vuelta de tuerca, otra flamígera y nada piadosa mirada del autor de Easy Rider sobre los abismos de la existencia.
     
      La maté porque era mía es el revelador título  de una película francesa (en el original Tango, 1992) que dirigida por el prestigioso Patrice Leconte en clave de comedia negrísima y un tanto estrambótica, tiene como tema central la eterna guerra de los sexos, proyectando un discurso misógino y provocador, nada correcto políticamente desde un punto de vista ideológico y que basa todo su efecto en el alto nivel de su elenco –Philippe Noiret, Richard Bhoringer, Miou Miou- y sus inflamables diálogos.
     
      El neozelandés Lee Tamahori irrumpió con fuerza con su musculosa Guerreros de antaño (Once were warriors, 1994) un film difícil de digerir que fue un gran éxito en su país de origen, adaptación de la novela de Alan Duffy ambientada en el barrio neozelandés de Auckland, enclave de maoríes, guerreros que tiempo atrás –de ahí su título- fueron famosos por su bravura (entiéndase crueldad, bestialidad, intransigencia). Aunque la película pueda ser indicativa de algunos rasgos de la cultura y servir de aproximación a la vertiginosa degeneración de la etnia, donde la mujer es un objeto bajo la bota sexista que puede ser maltratada sin compasión en escenas durísimas e impactantes, al final se vacía en una prédica estéril e ideológicamente pueril. Verdaderamente esos bestias o son muy de antaño o son de otro planeta.
     
      Mas reciente es Irreversible, película escándalo en el Festival de Cannes dirigida por el argentino afincado en Francia Gaspar Noé. Protagonizada por la bellísima Monica Belucci y su pareja Vincent Cassel, el film está contado al revés con una virtuosa utilización del flash-back que nos introduce a bocajarro en una angustiosa pesadilla: la delirante búsqueda llevada a cabo por dos amigos, Cassel y Albert Dupontel, por los antros más infectos y gores de la noche parisina del responsable de la violación y el asesinato de la compañera del primero de ellos, la preciosa y escultural Alex (Belucci), a quien la maldita ruleta de la vida le ha deparado el peor de los destinos: morir en un sórdido subterráneo peatonal una noche cualquiera tras una insufrible agonía de casi diez minutos.

      Tachada estúpidamente de fascista por algunos críticos asustadizos que demuestran así su excepcional concepto de la tolerancia y su falsa progresía (el soplapollas de Carlos Boyero se descolgó con que Noé, además de un mal cineasta era una mala persona, cuando ni siquiera le conoce), el film es una introspección totalmente válida y realista sobre la capacidad destructora-depredadora del hombre y la venganza como un mecanismo que adquiere su propia lógica. Citando a Immanuel Kant “en el arte se debe mostrar todo, a pesar del horror que nos pueda despertar”. Si la película estuviera estructurada y narrada de forma lineal, acompañada del recurso de la elipsis, tal vez no hubiera resultado tan molesta, entonces ¿qué nos asusta?, ¿la vida misma?, tal vez ¿nosotros mismos?, ¿el embalaje de la verdad? Un artista es un hombre libre de inventar y diseñar ficciones, una de sus funciones es tratar los problemas de su tiempo y denunciar sus males. Y al que no le guste lo que ve, que se arranque los ojos… o las gafas, Boyero.

      Últimamente el cine español ha tratado el tema de la violencia de género con bastante fortuna, hablemos primero de la magistral ópera prima de Benito Zambrano, Solas (1999). El director andaluz encontró por fin financiación para su guión en el productor Antonio Pérez, y con un presupuesto de  100 millones de pesetas de las de entonces  y cuatro semanas de rodaje, su film se convierte en la auténtica sorpresa de la temporada, exhibida en la sección Panorama del Festival de Berlín, se hace con el premio de un público que, puesto en pie, la ovaciona durante más de cinco minutos.
     
      El director lebrijano nos sitúa en la Sevilla de 1999, donde una mujer de pueblo (María Galiana) llega a la ciudad para acompañar a su marido en el hospital donde está ingresado con motivo de una intervención quirúrgica. En la ciudad vive su hija María (Ana Fernández) que abandonó el pueblo hace tiempo huyendo del pasado para malvivir en la gran urbe en permanente estado de frustración y nerviosismo. Madre e hija se ven forzadas a compartir piso y convivir durante varios días hasta que el padre se recupere. Poco a poco vamos conociendo a todos los personajes: la madre, una mujer abnegada, de una bondad infinita, atenta y rebosante de cariño. La hija, desilusionada, corroída por los trabajos precarios, el alcohol y un embarazo no deseado. El marido, un individuo machista y celoso, de un carácter agrio e insoportable. El vecino, un anciano solitario cuya única compañía es un perro y que entabla una verdadera amistad con la madre.

      Solas es una película sensible y descarnada que, como bien indica su título, su principal soporte argumental es la soledad y la incomunicación. La soledad de unos personajes que naufragan y se ahogan –unas veces en alcohol, otras en lágrimas- en la realidad de su propia existencia. Madre e hija buscan un resquicio donde encontrarse y romper el muro de silencio que hace años les separa, atravesar la espesa niebla que les impide mirarse. Al compartir ese apartamento sin vistas, de ventanas tapiadas, donde la televisión es una carcasa vacía llena de lucecitas, a las dos mujeres les ha llegado la hora de de liberar sus sentimientos de la pesada condena, de borrar paisajes de una memoria desolada y crear espacios donde puedan entenderse.
     
      La carga emocional aumenta en ese enclave de marginación, arrabal de miserias cotidianas, cuando cada personaje ha de tomar un nuevo aliento para enfrentarse al brutal dilema diario que les ha tocado vivir. María porque busca la ayuda y comprensión del tipo que la ha dejado embarazada, pero de ese animal sólo recibe amenazas y desprecio. La madre, con una vida de sacrificios a su espalda, al lado de un marido que la maltrata y del que tiene que seguir soportando insultos y humillaciones: hueles a macho, le dice el amargado marido desde la cama del hospital. Está también el vecino, un anciano viudo que a raíz de la amistad que entabla con la madre, y más tarde con la hija –a la que aconseja que no aborte porque quiere ser el abuelo de su hijo-, comienza a ver un destello de luz. Con Solas, Benito Zambrano realizó una gran ópera prima que se nos aparece como un juego de espejos demasiado común, al visionarla nos invade la sensación de verdad que tienen los dramas más universales. La congoja de la memoria sentida, la derrota y el deterioro por los intentos de escapar de las encerronas que nos tiene preparado el maldito destino.
     
      Pero la cámara del director andaluz percibe, del mismo modo y con sorprendente habilidad, la fortaleza moral de los personajes que forman el triángulo interpretativo, que rozan la perfección por su franqueza y sencillez… Y aunque el final se nos antoja un tanto utópico, el simbólico crepúsculo que apaga el día al mismo tiempo que se apaga la vida de la madre sufriente  -en un hermoso plano que capta su dulce sonrisa-  nos indica que estamos ante todo un descubrimiento. Si toda la película es entendida como una hermosa loa a la maternidad, la atípica pareja que camina por el cementerio haciendo arrumacos al recién nacido, nos enseña que su mensaje último debe ser, más que ninguna otra cosa, un canto a la esperanza.

      Muy correcto fue también el debut en la dirección del alicantino Javier Balaguer, que mete el dedo en la herida y no se cansa de hurgar en ella durante la hora y media larga de metraje de que consta Solo mía (2001), película que tiene como tema central lo que eufemísticamente llamamos violencia doméstica, como si los salvajes que la practican pudieran ocupar algún lugar en ese ámbito, como si las vejaciones psíquicas y sexuales, el daño físico que en demasiadas ocasiones acaba con la víctima en el cementerio, formaran parte natural de un lote en las listas de bodas junto a los electrodomésticos. Es de agradecer el respeto y el esfuerzo de todos los que han hecho esta película necesaria que viene a ocupar un inmenso vacío temático en el panorama del cine español, puesto que, hasta la fecha, ningún film lo había tocado de forma monográfica. La película nos narra la relación entre un publicista de éxito (Sergi López), y una secretaria de su empresa (Paz Vega), que deciden enseguida formalizar su situación y tener su primer hijo. Parecen la pareja ideal, sin embargo, pronto empiezan los reproches, las bofetadas y la primera paliza llega cuando ella es admitida en la universidad. Asustada, pero todavía enamorada, confiesa su drama a una pareja de amigos de su marido, que le ofrecen ayuda, refugio y consuelo. Tras sufrir la primera humillación sexual, pondrá su caso en manos de un abogado.
     
      Inteligente propuesta de Balaguer que, sin caer el tópico de focalizar el asunto en un contexto de marginalidad, precariedad económica o drogadicción, concluye con la acertadísima reflexión de que el problema de los malos tratos domésticos no depende en exclusiva del estatus, aunque a veces influya, sino que es un problema básicamente educacional. El realizador alcoyano, que llevó a cabo una gran labor de documentación, nos muestra la paulatina destrucción de la convivencia dosificando los alarmantes síntomas que desembocan, irremediablemente, en estallidos de cólera, violencia y desatada crueldad. Solo mía funciona porque logra captar el aura temible y oscuro de la opresión y el escarnio, alejándose del regodeo facilón de la violencia explícita sin, al mismo tiempo, obviar la brusquedad de la tragedia. La cámara persigue obsesivamente a los protagonistas marcando el ritmo de la fatalidad, las brutales transformaciones y el paisaje después de la batalla. Buenas y emocionales interpretaciones y una canción, “Solo mía”, trágico bolero que canta Clara Montes: Eres mía, solo mía, mía para quererte, mía para romperte, eres mía, solo mía.

      Un par de años después, la directora Icíar Bollaín nos sorprendió con una sentida crónica que pretendía ser demoledora hasta en su título, Te doy mis ojos (2003). Con un libreto propio y de su colaboradora Alicia Luna, el film nos narra el infierno por el que pasa Pilar (Laia Marull) que en una fría noche de invierno huye de su hogar acompañada de su hijo. Pero su marido, Antonio (Luis Tosar) corre enseguida a buscarla porque, tras el drama, surge siempre su vana zalamería: “sin ti no puedo vivir”, “Eres mi sol”, e incluso dice “que le ha dado sus ojos”. Un friso desolador, ciertamente terrorífico, en el que quedan retratados todos los personajes, la pulsión del miedo, la humillación y el desgarro. El hogar convertido en una cárcel, una sala de torturas psíquicas y humillaciones sexuales donde el dolor empobrece a la pobre Pilar, que ya no puede seguir viviendo con su enemigo.

      Te doy mis ojos es, para este cronista, una película inferior a la anterior, aun con eso contiene una atmósfera progresivamente agobiante que logra en algunos momentos reflejar las tensiones que generan nuestras miserias cotidianas. Bollaín lo ha intentado en varias ocasiones, y aunque agradecemos su interés, todavía no ha conseguido una película redonda sobre el tema de los malos tratos contra la mujer, su mayor acierto en esta nueva incursión es no haberse dejado llevar por el fácil maniqueísmo tratando de comprender las razones que llevan al lobo-hombre a devorar a la mujer que ama y que le ha dado todo. El problema reside en el tono enfático de unas escenas especialmente construidas para subrayar la moraleja final, en una tosca puesta en escena que no está en ningún momento a la altura del trabajo de sus protagonistas (excelentes Marull y Tosar) obligados a dar oxígeno a una pareja del montón que obliga al espectador a reflexionar  sobre por qué una mujer es capaz de pasar por ese potro de torturas intentando encontrar por el camino algún rastro de aquel hombre del que un día se enamoró; y por otro, las razones y el impulso irrefrenable que llevan a un hombre a agredir injustificadamente a la mujer de la que sigue estando enamorado.

      Al quedar claras las consecuencias, el film no se regodea en la violencia explícita (aunque resulte brutal la escena del balcón), intentando diseccionar la lucha interior que se desata en cada uno de los personajes, de tal modo que la fractura en sus vidas se advierte como inevitable. Mas si a ese don nadie anodino, fracasado y abominable, Luis Tosar le confiere un cierto halo de humanidad, que no hace que el espectador sea condescendiente con él, mucho menos ante su egoísmo y ceguera cuando Pilar se decide a denunciarle y éste sólo acierta a preguntar dónde están los golpes y las heridas que ella denuncia, sin apreciar si abatimiento, el alcance de su aflicción, la devastación psíquica y espiritual que progresivamente ha venido sufriendo. Con sus muchos defectos, Te doy mis ojos es una película necesaria porque conecta al espectador con la enfermedad endémica de una sociedad incapaz de encontrar soluciones reales, pedagógicas y penales, para una lacra consustancial a la propia naturaleza del depredador.
     

      Cada año se incrementa el número de mujeres muertas  víctimas de los malos tratos. Apocalípticos datos los que arrojó el año 2007, estímulo sólo para el asco y la infinita tristeza
       
(Artículo del autor del blog sobre la violencia de género publicado en el libro colectivo  “Somos dos con dignidad”, editado por Manuel Ramos López).    

miércoles, 25 de julio de 2012

LA FOTO HIPNÓTICA: SHARON STONE


      Alguien a través de la red que conoce bien mi gran afición por el cine me recomendó la compra de un Blu-Ray, aparato eficaz al máximo en la optimización de imágenes siempre que el visionado se realice en una pantalla LCD con resolución Full HD 1080. Si bien ya había verificado su calidad visual, decidí comprobar de manera algo más sugerente para qué sirve esto de la alta definición y las enormes prestaciones del invento. De modo que me fui a dar un paseo en moto con la intención de hacer una parada en una tienda donde había visto en ese formato la película Instinto Básico (Paul Verhoeven, 1992). Ya en casa, entrada bien la noche, con la familia roncando (el éxtasis de la felicidad), compruebo la calidad de imagen llegando velozmente al único paisaje (El-Monte-de-Venus) que en esos momentos me interesa: pauso el Blu-Ray en la famosa escena del cruce de piernas que se produce durante el interrogatorio en la comisaría y avanzo fotograma a fotograma, fotograma a fotograma y… ¡Sorpresa! En un instante glorioso cae uno de mis últimos mitos: ¡¡¡El vello púbico de color miel y los genitales de Sharon Stone se aprecian al límite de detalles posible!!! ¡Qué gran gozo! ¡Qué útil es esto del Blu-Ray y la HD!

      Por cierto, aunque se alzó dos veces con el Golden Raspberry a la Peor Actriz por Entre dos mujeres y El especialista en 1994, y por Instinto Básico 2 en 2006, Sharon Stone se merecía más que nadie el Oscar por su interpretación de la femme fatal desquiciada y drogata Ginger en Casino (Martin Scorsese, 1995), papel por el que estuvo nominada y ganó el Globo de Oro a la Mejor Actriz. Yo no lo he olvidado, como tampoco olvidaré el cruce de piernas de la perversa Catherine Tramell y su terrorífico picahielo, que pasó a formar parte de forma instantánea de la historia del cine. Y como me siento feliz, eufórico, animoso, salgo a la calle a gritar y me tropiezo con unos niños que juegan al gua mientras se comen los mocos y con una legión de parados que me miran atónitos rascándose los huevos –creerán que es una apuesta o una de esas bromas televisivas, o peor, tendrán la confirmación de cómo las partículas radiactivas de la mina de El Lobo pueden convertir a un tipo supuestamente cabal en un gilipollas-, me trae sin cuidado, no me corto y grito: ¡Oh Sharon, Dios bendiga las tierras de Meadville que te vieron nacer! ¡Dios bendiga tus 54 años cumplidos y tus 150 de cociente  intelectual! ¡Dios bendiga los mundos perdidos que escondes en tu pubis! Porque hoy, Día Mundial de la Celulitis Incrustada, ya sólo creo en ti y en mi Blu-Ray.

lunes, 23 de julio de 2012

LAS FOTOS HIPNÓTICAS: SOPHIE MARCEAU


       Como se me hace imposible olvidar a mis sagradas musas francesas, por las que siempre he sentido debilidad, abro hueco en esta sección  para dar paso a mi amada SOPHIE MARCEAU (París, 17 de noviembre de 1966), una de las actrices más queridas de Francia que debutó a los 14 años en el film La Boum (Claude Pinoteau, 1980), todo un exitazo que tuvo una secuela y la convirtió en ídolo juvenil en su país.  Sólo tres años más tarde recibió el Premio César a la actriz más prometedora del cine francés. Su matrimonio con el director experimental de origen ucraniano Andrzej Zulawski le llevó a estar a sus órdenes en un par de ocasiones, en el violento drama L´amour braque (1985) y en el drama de época La note bleue (1991).

        Fue tras su intervención en la popularísima y oscarizada Bravehearth (Mel Gibson, 1995) que le llegó el éxito internacional, proyección que no desaprovechó engrosando su filmografía con títulos como Anna Karenina (Bernard Rose, 1997), El sueño de una noche de verano (Michael Hoffman, 1999) y siendo chica Bond en la peli número 19 de la saga El mundo nunca es suficiente (Michael Apted, 1999). Después del fracaso como realizadora en sus dos únicos films dirigidos (La disparaue de Deaville y Parlez moi d´amour), ha seguido protagonizando títulos como el resultón thriller El secreto de Anthony Zimmer (Jérôme Salle, 2005), la comedia de relaciones familiares LOL (Lisa Azuelos 2008) y la cinta bélica de espionaje Espías en la sombra (Jean-Paul Salomé, 2008). Sophie Marceau tiene dos hijos, uno fruto del matrimonio con Zulawski y otro de su relación con el productor norteamericano Jim Lemley. En la actualidad, esta hija de un camionero, es pareja del también actor Christopher Lambert.   

      Te contaré, Sophie, al igual que otras legendarias bandas musicales de las décadas de los 60 y 70, tengo que agradecerle a King Crimson que hiciera más llevaderos todos aquellos años de mierda de mi infancia. Tal vez pocos lo adivinaran pero fui un niño triste, solitario, con tendencia al malditismo y amante de la más sublime decadencia. Los maravillosos refugios del cine, los libros, los cómics y la música jamás lograron liberarme de un estado opresivo de melancolía, si acaso profundizaron más en mi aislamiento y aflicción, pero, joder, cómo me gustaba. King Crimson nos regaló “Epitaph”, para este cronista uno de los mejores temas musicales de la historia que con el gran Robert Fripp a la guitarra y cantado por Greg Lake (que sin fuerzas para soportar el caudillaje de Fripp pronto abandonó el grupo para formar Emerson, Lake & Palmer), está incluido en su álbum debut “In the court of Crimson King” (1969): “Confusión es mi Epitafio / Al tiempo que me arrastro por un sendero viejo y agrietado / Si lo logramos, podemos sentarnos y reír / Pero me temo que mañana estaré llorando / Sí, me temo que mañana estaré llorando”. Te deseo lo mejor, Sophie, ya sólo eres un viento lejano, una excusa para mi desahogo, con palabras convertidas en hielo, la revolución pendiente y la eterna soledad de los campos. ¡Amorea mortus sum! 

EL DICTADOR


Moraleja: Fina es la línea que separa estas democracias de las dictaduras
EL DICTADOR
DIRECTOR: LARRY CHARLES.
INTÉRPRETES: SACHA BARON COHEN, BEN KINGSLEY, ANNA FARIS, ANTHONY MANGANO, JASON MANTZOUKAS.
GÉNERO: COMEDIA / GRAN BRETAÑA / 2012  DURACIÓN: 83 MINUTOS.   
  
      
       Este tío me puede, Sacha Baron Cohen es uno de los pocos cómicos que con su mordaz timing cómico hace batir mis mandíbulas con carcajadas atómicas, explosivas. Siempre con Larry Charles detrás de las cámaras, a Baron Cohen le debemos aquella genial pieza del disparate con el título imposible de Borat: Lecciones culturales de América para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán (2006), que en formato de falso documental basaba todo su corrosivo ingenio en las preguntas que un tipo absolutamente detestable hacía a todo tipo de personas mientras viajaba por el país. Algo más floja –aunque muy superior a la media coetánea- fue aquel artefacto titulado Brüno (2009), que con Cohen metido en la piel de un estrafalario reportero gay ponía patas arriba el ridículo mundo de los diseñadores de alta costura. Ahora el tándem Charles/Cohen nos presenta EL DICTADOR, una sátira en forma de dardo venenoso dirigido a los políticos que creen estar al frente de una democracia real y a los regímenes totalitarios que gobiernan sus países con mano de hierro.
     
      Veamos: El General Almirante Haffaz Aladeen (Sacha Baron Cohen) es el dictador de un país norteafricano rico en petróleo llamado Wadiya. Su tío Tamir (Ben Kingsley) es su jefe de seguridad. Corren nuevos tiempos y Aladeen está siendo presionado por Occidente para que su país sea inspeccionado por un inspector del Consejo de Seguridad de la ONU, pero para evitar que entre en sus instalaciones secretas, Tamir convence a Aladeen para que vaya a dar explicaciones ante las Naciones Unidas, donde también se las tendrá que ver con los furiosos ciudadanos exiliados de su país.

      El DICTADOR no es una película para los amantes de la comedia refinada y la corrección política. Alejada de los territorios del falso documental –aunque no de la improvisación y los gags espontáneos- remueve conciencias causando ofensas, porque este anarcómico traspasa en ella todas las fronteras de la ética y la buena moral, convirtiéndose en el martillo pilón de esta grotesca sociedad bienpensante y esa enorme estafa llamada estado del bienestar. De la trituradora de su humor heavy no se salva nadie, ni los países occidentales que con la manta de la democracia cubren el pelaje de una legión de sinvergüenzas y chorizos, ni la tiranía de todos esos países árabes u orientales cuyos gobiernos viven rodeados de un deslumbrante lujo asiático mientras mantienen a sus pueblos en la más absoluta miseria. Como José Tomás, el torero más cojonudo y valiente de la historia, Cohen se adentra en un terreno que nadie más se atreve a pisar, dejando pudriéndose al sol cadáveres de fundamentalistas religiosos, políticos progres que tras su máscara amable esconden una voracidad sin límites por la notoriedad, el dinero y el confort, la ignorancia supina del pueblo llano cagándose en todos los absurdos códigos y costumbres que rigen en nuestra sociedad

      Sexo y escatología para salpimentar el desastre de un fraude global, para lo que surca todos los tabúes y prejuicios imaginables, mostrando un espejo deformante por el que desfilan terroristas, judíos, pedófilos, machistas, homosexuales, racistas y la radiografía certera de unos políticos que provocan en el espectador el asco por su profesión e incita a la reflexión: en una sociedad madura e inteligente estos tíos no sería competentes ni para limpiar urinarios públicos. Sacha Baron Cohen es un bestia, y cuanto más salvaje más me gusta, su humor zafio, mezquino, obsceno e insultante desprecia el tono cándido de las comedias de nuevo cuño, transformándole en un kamikaze capaz de entregarse a la causa de levantar las enaguas de las democracias parlamentarias con sus falsos estados de derecho, que sólo en las formas difieren de las dictaduras más férreas y crueles. Ahí está ese discurso final demoledor, moraleja que hace daño, como la verdad desnuda, y a ello se prestan un listado de caras conocidas, como Anna Faris, John C. Reilly, Megan Fox o Edward Norton, a los que hace entrar por el aro de su espíritu ácido y gamberro. Homenaje a El gran dictador (1940) de Chaplin, EL DICTADOR queda alejada de la altura alcanzada con Borat, pero se eleva como una cruda sátira de la encrucijada actual, el pozo de mierda en que nos movemos, su indignación y mala leche insufla energía, vitalidad. 

domingo, 22 de julio de 2012

WOLF CREEK: UNA PELI QUE DA MUCHO MIEDO


WOLF CREEK
DIRECTOR: GREG MCLEAN.
INTÉRPRETES: NATHAN PHILLIPS, CASSANDRA MAGRATH, KESTIE MORASSI, JOHN JARRATT, GORDON POOLE..                                    
GÉNERO: TERROR, AUSTRALIA, 2007 DURACIÓN: 99 MINUTOS.     
     
      Uno tiene que tener poderosas razones para ver una película de terror como la que nos ocupa. Personalmente, es un género que siempre me ha entusiasmado tanto en su versión literaria como cinematográfica, del mismo modo, y aunque pueda resultar paradójico, se puede optar por ver un film tan terrorífico como WOLF CREEK como terapia catártica para intentar diluir la espeluznante realidad que nos imponen las noticias diarias, y los programas subiditos de morbo que descuartizan los casos más sangrientos de la actualidad... Así, esa cruda y desoladora realidad va siendo fagocitada en los anchos páramos de nuestra insaciable/enfermiza imaginación. Estrenada en nuestro país con dos años de retraso, Greg Mclean ha compuesto (producido, escrito y dirigido) una de las más espectaculares, ásperas y atroces óperas primas que este cronista ha tenido la oportunidad de ver en muchos años, tal vez desde Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1988). Presentada en el Festival de Cine Independiente de Sundance, la función no se para a reformular el género con moderneces e innecesarios giros argumentales, el cineasta australiano se inclina acertadamente por seguir los tópicos y la tradición del terror rural norteamericano, cambiando el paisaje de la América profunda por los vastos territorios del desierto australiano: tres amigos mochileros, Kristy (Kestie Morassi), Ben (Nathan Phillips) y Liz (Cassandra Magrath) viajan por Australia con la intención de llegar a Wolf Creek, un enorme y antiquísimo cráter dejado por un meteorito. Una vez visitado el lugar y preparados para el regreso, se dan cuenta de que los relojes se han parado y el coche no funciona, por allí aparece un simpático lugareño, Mick Taylor (John Jarratt) que se ofrece para ayudarles ,y, evidentemente, ellos creen tener solucionado su pequeño contratiempo. No se imaginan lo que Mick les tiene preparado, pues sus problemas no han hecho sino comenzar.


     
      Inspirada, al parecer, en las hazañas de un asesino psicópata australiano de los ños 90, y bajo la influencia de films tan dispares como Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1976) pequeño film de culto en el que el afamado director de las antípodas nos presentaba a un grupo de colegialas de visita al gran peñasco de Hanging Rock, desapareciendo misteriosamente cuatro de ellas y una maestra al encaramarse a la roca, y, cómo no, tocada por el influjo y la sombra alargada de esa obra maestra del terror naturalista titulada La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), WOLF CREEK aglutina todos los códigos estético-narrativos para armar una pesadilla rebosante de un feroz magnetismo, una pirámide del horror en la que quedan perfectamente marcadas las escalas del in crescendo y el clímax brutal: presentación fiestera del agradable trío Danone, ambientación telúrica y alarmante, encuentro con los zafios palurdos, aislamiento del medio, asesino magnífico, campechano y de risa absurda (personaje burdo y pueblerino al que podemos considerar el anti-cocodrilo Dundee) y ración justa de casquería, delirio y sadismo para crear desasosiego entre el respetable. Con una planificación sencilla y directa, con resonancias al cine de terror setentero, que daba rienda suelta al tradicional enfrentamiento entre dos culturas; la rural que se resiste a ser engullida por los nuevos ritos de la sociedad del bienestar; y la urbana, que expone frívolamente las claves de su conducta, no será extraño que tachándola de gratuita los críticos de siempre la pongan a parir, pero por mí se pueden ir ellos a parir panteras, porque Mclean nos presenta, haciendo uso de un estilo cercano al cinema-verité, el último ejemplo de esa cosmogonía del terror anclada en el principio de los tiempos, tan espantosamente cruel como cercana.
 

viernes, 20 de julio de 2012

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: MALAS TIERRAS


MALAS TIERRAS
(BADLANDS)
Drama - EE. UU. - 1973 - 94 Minutos.
DIRECTOR: TERRENCE MALICK
INTÉRPRETES: MARTIN SHEEN, SISSY SPACEK, WARREN OATES, RAMON BIERI.
     
    Tras licenciarse en el American films Institute, MALAS TIERRAS es el debut de Terrence Malick en la dirección. Con sólo cuatro películas en 34 años -se le conoce como el J. D. Salinger del cine- para el casting de La delgada roja (1998), un alegato antibelicista sumamente poético, casi hubo puñetazos para trabajar a sus órdenes, y los que lo lograron tuvieron que rebajar mucho sus salarios en pos de trabajar con el mítico director de culto, lo que da una idea de lo que representa esta leyenda viva para el mundillo cinematográfico norteamericano. Cineasta excéntrico -al igual que su espejo literario- no concede una entrevista desde el estreno de su ópera prima, y tan difícil como eso es obtener una foto suya. En 1978 rueda su segundo film, Días del cielo, un drama sobrio y realista ambientado en la segunda década del pasado siglo que cuenta con la presencia de un casi debutante Richard Gere. Con esta película gana al premio al Mejor Director en el Festival de Cannes y on Oscar a la Mejor Fotografía para el español Néstor Almendros. Con su último film, El nuevo mundo (2006) he tenido más éxito de crítica que de público.
      
     Ambientada en el middle-west americano, BADLANDS es un film admirable inspirado en unos trágicos sucesos reales ocurridos en 1958, por los que dos jóvenes de Lincoln (Nebraska), Charlie Starkweather y Caril Ann Fugate, se situaron a temprana edad al margen de la ley, convirtiéndose en los fugitivos más buscados del país y dejando un reguero de once asesinatos absurdos. Starkweather, un individuo descarado y sin moral, fue condenado a morir en la silla eléctrica, y cuando alguien le preguntó por qué lo había hecho, el adolescente libertino que soñaba con ser vaquero contestó: “supongo que matar tenía para mí cierta emoción”.
      Típica película de auto-cine, de una luminosidad deslumbrante, a medio camino entre el thriller y la road-movie adolescente, expresa ya lo que será una constante en el cine de Malick: el predominio de la naturaleza sobre el hombre. Imágenes del edén para historias tristes, grandes extensiones de paisajes polvoriento, la naturaleza virgen que eleva su belleza con imponentes crepúsculos y cegadores amaneceres, la noche serena con su manto de silencio, sólo roto por algún disparo lejano. El hombre, aislado en su concepto banal de la existencia, es allí insignificante.  Por eso a Kit Carruthers (Martin Sheen) un joven solitario que trabaja de basurero, le gusta el campo, porque allí se siente solo, con la única compañía de Holly (Sissy Spacek) una inconsciente quinceañera de posición más acomodada. Juntos han empezado una huida hacia adelante que comenzó, trágicamente, con el asesinato del padre de Holly, papel que encarna el gran Warren Oates, y que irá degenerando en una lucha infernal, donde los acontecimientos les acabarán rebasando ampliamente.
       
      Terrence Malick, aun cambiando radicalmente de registro argumental, siempre nos cautivará con la misma poesía visual, su cámara está siempre dispuesta para captar la esencia del medio y proyectarla sobre nuestros errores y defectos. Una cosmovisión natural que poseen los genios y que, en cualquier caso, sirve para enseñarnos que valores como la libertad y la paz siempre han formado parte de la creación, desde el principio de los tiempos están ahí, y no es difícil encontrarlos. Por el contrario, es el hombre, con sus eternos dilemas morales, tinieblas interiores y ridículo egocentrismo, quien degrada el universo, logrando imponer una voluntad tan cruel e ínfima como su propia existencia.


      MALAS TIERRAS es una película fría, desoladora, de narrativa lacónica y esplendorosa fotografía que encumbró a sus dos jóvenes protagonistas (pocos años después Martin Sheen sería la estrella de Apocalipse Now y Sissy Spacek alcanzaría un notable éxito con Carrie) que asumió perfectamente la herencia de aquellos jóvenes outsiders magistralmente retratados por J. H. Lewis y Nicholas Ray. Así, nos encontramos otra vez con un relato de perdedores huyendo hacia ninguna parte. Estamos, una vez más, en la carretera, siguiendo el rastro de una serie de crímenes sin sentido, enmarcando sofismas de una juventud desarraigada y desorientada de finales de los años cincuenta. Cuando Kit es detenido tras dejar su camino sembrado de cadáveres, uno de los policías, al observarle detenidamente, le dice que se parece a James Dean, Kit sonríe, pero es un héroe de pacotilla, el verdadero Charles Starkweather dijo: “si me van a freír en la silla eléctrica, que Caril se siente en mis rodillas”. Un film legendario.