miércoles, 29 de agosto de 2012

CANON LITERARIO: SOY SÁNCHEZ DRAGÓ, HOY NO HABLO DE CINE


      Son muchos los lectores que, a través de la dirección de correo electrónico que figura en el margen derecho de la cabecera de la página -y supongo que debido a mi esporádica sección Mis películas favoritas, a las citas y textos que suelo mencionar en mis críticas cinematográficas- constantemente me animan a confeccionar un canon literario en el que queden reflejadas mis obras favoritas. Es una misión ardua y extremadamente selectiva, porque seguramente hablamos de miles de libros que, en mi promiscua condición de lector voraz e inasequible al sueño y al cansancio, han hecho y hacen más llevadero mi tránsito por este valle de lágrimas y sonrisas verticales, habiendo alcanzado todas ellas el estatus de obras de cabecera. 

       Lo que he considerado más conveniente ha sido realizar una primera selección sin alejarme mucho en el tiempo para así acotar un periodo corto y  cercano, con la intención de que si algún lector tiene intención de adquirir alguno de los textos seleccionados, y contando con la mala política de descatalogación y fondo general que actualmente tienen las editoriales y librerías, le sea más fácil localizarlos.  A lo peor mis gustos nada tienen que ver con los de el común de los mortales y se me tache de injerencia y oscurantismo,  quien me conoce más íntimamente sabe de mi fobia por los best-sellers de diseño y los libros-churros convertidos en simples y ortopédicas operaciones comerciales -lease El código Da Vinci-, pero ya que ustedes han insistido, aquí queda expuesto un listado de algunos de mis libros más apreciados...  y no olviden nunca que una de mis nociones más claras de la felicidad doméstica es una familia dormida y un buen libro.
       
      1- SIGFRIDO, de Harry Mulisch (Tusquets)
A través un alter-ego, Rudolf Herter, Mulisch nos presenta un musculoso texto sobre la inquietante ficción de una Eva Braun embarazada de Hitler que da a luz un varón llamado Sigfrido, como el mítico, fuerte y bello héroe de las leyendas escandinavas y germánicas. Un hecho que, por supuesto, se mantiene en el más absoluto de los secretos. Cuando la segunda gran guerra da sus últimos coletazos, todo terminará en una tragedia de tintes wagnerianos, como apunte de esa idea sobre la banalidad del Mal ingeniada por mi querida filósofa judía Hannah Arendt. Una nueva obra maestra del- me vale la redundancia-  maestro holandés.
        
      2- FELICES COMO ASESINOS, de Gordon Burn (Anagrama)
Los asesinatos cometidos por el matrimonio Fred y Rosemary West en la casa de los horrores (25 de Cronwell Street, Gloucester, Inglaterra). Burn, uno de los mejores columnistas ingleses, crea una obra de no ficción que también indaga en el enigma del Mal, una investigación angustiosa y terrorífica que, como bien escribe Brian Masters, obliga al lector a abrir una ventana, salir a pasear, escuchar música... y aun así eres incapaz de desprenderte del olor del mundo fétido narrado. Una obra espeluznante, en la que cada detalle está plenamente justificado.
       
      3- AMÉRICA, de James Ellroy (Ediciones B)
Primera novela de la Trilogía Americana del escritor nacido en Los Ángeles y autor de otras obras maestras como La Dalia Negra, L.A. Confidencial y Mis rincones oscuros. Considerado, con toda justicia, el mejor escritor actual de novela negra y haciendo un uso magistral de su prosa punzante, descarnada y adictiva, Ellroy documenta el submundo de la América de los 50 y 60 mostrando el escenario, la sangre y las bambalinas.
       
     4- SIN DESTINO, de Imre Kertész (El Acantilado)
La historia del año y medio de la vida de un adolescente en diversos campos de concentración. Aunque el autor húngaro vivió esa experiencia en sus carnes, no es un texto autobiográfico, sin embargo, la precisión quirúrgica con que Kertész describe la triste e hiriente realidad de los campos de exterminio, la hacen una de las más grandes novelas del siglo XX. Dolorosa ironía y  grafismo demoledor.
     
      5- MOTEROS TRANQUILOS, TOROS SALVAJES, de Peter Biskind (Anagrama)
Su título hace referencia a dos películas legendarias, Easy Rider (Dennis Hooper, 1969) y Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980). La primera, marca el inicio de una nueva era en Hollywood, la de una generación -Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg, De Niro, Al Pacino, Nicholson- que se convirtieron en los nuevos dueños de la meca del cine. El segundo film, de principios de los 80, clausura esa última época dorada de Hollywood. El periodista Peter Biskind escribe una crónica salvaje sobre una generación de exaltada y sublime creatividad viciada por las drogas, el sexo y el rock and roll, haciendo un recorrido alucinante por el Hollywood de los 70. Para un cinéfilo obsesionado con esta década -como es mi caso- el libro resulta de lectura obligada, pues se ha convertido en referencia para millones de estudiosos del tema.
     
       6- LIBRA, de Don DeLillo (Ediciones B)
DeLillo se mete en la piel del magnicida Lee Harvey Oswald para hacer una precisa introspección sobre su pensamiento ¿qué le pasó por la cabeza en el momento de apretar el gatillo? Oswald jamás supo que su muerte estaba programada como parte de una conspiración al más alto nivel. El enigma Kennedy, un cabeza de turco y una época fascinante.
       
      7- LAS MÁSCARAS DEL HÉROE, de Juan Manuel de Prada (Valdemar)
Probablemente la mejor novela española de las últimas décadas (muy superior, por ejemplo, a Soldados de Salamina, La sombra del viento y La catedral del mar). El autor nacido en Baracaldo, demostrando una exquisita madurez para su insultante juventud, nos invita en su primera novela a un viaje por el fracaso de una generación de perdedores, un relato coral que es a la vez una crónica de vidas atormentadas en medio de la sordidez, y que murieron desangradas de tinta o de sangre. Imprescindible.
       
      8- EL ADVERSARIO, de Emmanuelle Carrére (Anagrama)
Todo en la vida de Jean-Claude Romand era mentira. El 9 de enero de 1993 mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres e intentó, sin éxito, suicidarse. Mentía desde los 18 años, se hacía pasar por médico de la Organización Mundial de la Salud, estafó a sus padres y  amigos, a punto de verse descubierto, decidió eliminar a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Una historia real que conmocionó toda Francia y que supone un viaje al corazón del horror. Ha leído varias veces esta excelente obra de Carrére.
       
      9- LA INFORMACIÓN, de Martin Amis (Anagrama)
Los temas recurrentes del escritor británico, la amistad y la rivalidad, en este caso de dos escritores, conforman el núcleo narrativo de una de las más grandes joyas publicadas el pasado siglo. Con su lenguaje y estilo depurados profundiza en lo efímero de la felicidad, el fracaso la sensación de vacío y la muerte. ¡ Qué bueno es este libro!.
       
      10- AMPLIACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA, de Michelle Houellebecq (Anagrama)
La primera y mejor novela -para mí- del autor de Las partículas elementales y Plataforma. A través de la vida de un antihéroe, un ingeniero informático hastiado de su trabajo, el escritor francés crea todo un retablo decadente sobre el campo de batalla de la uniforme sociedad actual, con sus perdedores en el ámbito económico y sexual. Un escupitajo certero en el ojo de nuestro absurdo modelo de sociedad del bienestar. 
 
      Venga, a leer, alejénse del estercolero catódico con su orla de semen y sangre, a ver si subimos la media nacional, que vienen tiempos de braserito y recogimiento... y, por favor, absténganse aquellos lectores que sólo tienen como faro y guía las listas de los más vendidos. Nada de lo anteriormente expuesto les servirá. Lo siento.

martes, 28 de agosto de 2012

FOTOGRAMAS EN LA RETINA: ÁTAME



        
      En opinión de este crítico, ÁTAME (Pedro Almodóvar, 1990) es, con diferencia, la mejor película del polémico director manchego, un cineasta que todavía no ha visto cuajada su obra maestra y que, mucho me temo, si sigue por el camino emprendido en sus últimos trabajos, jamás lo logrará. Átame no es un film magistral, pero sí una cinta chispeante, peculiar y deshinibida que nos narra la historia de Ricky (Antonio Banderas), un huérfano que ha pasado toda su vida en instituciones sociales y reformatorios. Ricky está absolutamente fascinado por Marina (Victoria Abril), una actriz con problemas con las drogas que trabaja como actriz en películas pornográficas baratas. Un día Ricky la rapta dispuesto a hacer todo lo posible para que Marina corresponda a su amor. La animadversión inicial de la mujer y sus vanos intentos de huir, irán dejando paso a una relación en donde brotará el verdadero amor.    

       Es curioso que la escena que más se recuerda de esta sugestiva y desvergonzada cinta sea esa en la que Victoria Abril en la bañera practica juegos eróticos con un buzo de juguete que funciona a pilas, y que, como vemos en los fotogramas que ilustran el artículo, explora su “bajo vientre”. Aunque la secuencia es atrevida y original no puede restar protagonismo a un relato que es mucho más; de un romanticismo absolutamente desgarrador que evoluciona entre el drama y la comedia y que toca todas las fibras sensibles del espectador, con sus protagonistas dando una clase magistral de interpretación. Una función donde la poética urbana alcanza su máximo esplendor cotidiano, moviéndose entre el crudo naturalismo y la más dulce inocencia, con diálogos inteligentes ligados a un guión que desarrolla como eje una obsesión enfermiza y concluye con una aplastante lógica. Con reminiscencias a El Coleccionista (William Wyler, 1965), esta excelente fábula llena de personajes pintorescos, soledades, obsesiones, tormentos y toques de humor geniales pasará con letras de oro a la historia del cine español. Insisto, el mejor Almodóvar.

miércoles, 22 de agosto de 2012

CRÍTICA: LOS MERCENARIOS 2


Ruido, furia y humo
LOS MERCENARIOS 2
DIRECTOR: SIMON WEST.
INTÉRPRETES: SYLVESTER STALLONE, JASON STATHAM, ARNOLD SCHWARZENEGGER, JEAN-CLAUDE VAN DAMME, CHUCK NORRIS, BRUCE WILLIS.
GÉNERO: ACCIÓN / EE. UU. / 2012  DURACIÓN: 102 MINUTOS.   
           
      Sylvester Stallone es, le pese a quien le pese, una leyenda viva del cine. No ya porque su debut cinematográfico con la inolvidable Rocky (John G. Avildsen, 1976) acaparara 3 Oscar partiendo de un libreto suyo y con el potro italiano como eficaz protagonista, también, cómo no, porque su imagen forma parte del imaginario colectivo de toda una generación que vio representada en él la figura de action-hero que el cine de acción necesitaba. Tras varios años de arrastrarse por producciones pedorras, Stallone reverdeció viejos laureles con Rocky Balboa (Sylvester Stallone, 2006) y Los Mercenarios (Sylvester Stallone, 2010), film que con un presupuesto de 80 millones de dólares acabó recaudando 274. La sorpresa fue mayúscula para todo el mundo menos para él, que venía observando que el público estaba cansado de peleas coreográficas y el abusivo uso del ralentí y los efectos infográficos, demandando una acción pura y dura, donde los combates viscerales, secos, violentos, tremendamente físicos, sirvieran como aproximación y homenaje a aquellos actioners de la vieja guardia.
     
      En esta secuela Sly logra reunir de nuevo a la crème de la crème de aquellos tipos rudos (faltan algunos como Mickey Rourke, que sí apareció en la primera, y Steven Seagal, con el que seguro contará para la próxima entrega), un equipo de mercenarios formado por Barney Ross (Sylvester Stallone), Lee Christmas (Jason Statham), Yin Yang (Jet Li), Gunnar Jensen (Dolph Lundgren), Toll Road (Randy Couture), Hale Caesar (Terry Crews), Billy El Niño (Liam Hemsworth) y Maggie (Yu Nan), que vuelven a aceptar una misión prácticamente rutinaria que les ofrece el Sr. Church (Bruce Willis). Pero algo sale mal y uno de sus compañeros muere a manos del retorcido Jean Vilain (Jean-Claude Van Damme), que junto con su ayudante Héctor (Scott Adkins), lidera un grupo de mercenarios en poder de un peligroso tesoro: cinco toneladas de plutonio para uso militar. Ross y los suyos se enfrentará a ellos con ahínco para vengar la terrible muerte de su colega y evitar una catástrofe nacional. Empresa para la que contará con la ayuda de viejos compañeros de armas como Trench (Arnold Schwarzenegger) y el veterano Booker (Chuck Norris).

      Stallone, concentrado ahora en su papel, deja que sea el británico Simon West (Con Air) el que en esta ocasión se encargue de la tarea de dirigir a esta banda de destroyers con sus infinitos egos. El aficionado debe comprender que no estamos ante una obra cumbre del realismo poético francés. No, estamos en el terreno de las explosiones, las tremendas balaseras y las ostias sin h y sin consagrar. LOS MERCENARIOS 2 cumple con la  misión que se impone, sin atenuar la violencia desplegada en la peli seminal, toneladas de testosterona para hacer progresar una historia trilladísima que tiene como mayores estímulos el desfile de gloriosas momias, los cambios de escenarios y el humor autoparódico. Ya saben, todos esos chistes malos y las características frases lapidarias como lenguaje cortante y sarcástico que utilizaban todos aquellos tipos duros en su época dorada. West sabe ser equitativo y sirve a cada estrella momentos para el lucimiento (aunque el bueno de Stallone se lleva algunas de propina), tampoco se corta en el arranque de la cinta, aliñando una ensalada de tiros como preludio para lo que nos espera: una película sin más pretensiones que hacer caja e, insisto, que homenajea a los films de acción de serie B de los 80 y 90, tan desprejuiciada como para no darse cuenta de su carácter caricaturesco.   

       Nunca he sido fan de esas pelis ni de sus anabolizados protagonistas, por lo que la nostalgia no tiene en mí una naturaleza depresiva, pero como creo que LOS MERCENARIOS 2 es al mismo tiempo una película desmitificadora en tanto que se burla de los códigos y claves que hicieron célebre este tipo de cine, nada me cuesta recomendarla a ese público que cansado de ñoñeces busque el entretenimiento puro y duro con dosis elevadas de acción, casquería y violencia gratuita. Ahí tenemos la aparición estelar de Chuck Norris para elevar hasta el infinito la hipérbole de los millones de chistes que ha generado. Cualquier excusa puede ser buena para armar una espectacular orgía de sangre; la venganza por el compañero caído o el siniestro complot de unos mercenarios terroristas. No faltan las referencias a míticos films como Terminator, Rambo o La jungla de cristal, y por si fuera poco, dos mitos del género, Stallone y Van Damme, se enfrentan en una contundente pelea a cara de perro. Lo que más  me hace dudar de la verosimilitud del invento es la edad media del elenco (Stallone tiene ya 66 años), un detalle sin importancia que me hace pedir la jubilación para todos estos viejos vendedores de humo.


martes, 21 de agosto de 2012

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: DELIVERANCE

Mis películas favoritas
DEFENSA (DELIVERANCE)
DIRECTOR: JOHN BOORMAN.
INTÉRPRETES: BURT REYNOLDS, JOHN VOIGH, NED BEATTY, RONNY COX.
GÉNERO: ACCIÓN / EE. UU. / 1972  DURACIÓN: 105 MINUTOS.    
   
     Dirigida por el británico John Boorman y basada en la primera novela (Liberación, 1970) del extraordinario poeta norteamericano James Dickey (un relato que, por cierto, ha servido de inspiración a muchos autores contemporáneos y que hace unos años fue reeditado por la editorial Destino), DEFENSA narra la brutal aventura sufrida por cuatro amigos, Lewis (Burt Reynolds), Ed (John Voigh), Bobby (Ned Beatty) y Drew (Ronny Cox), que durante un fin de semana deciden bajar en canoa por el río Cahula antes que el bellísimo y salvaje paraje quede inundado por las aguas de una presa que se va a construir. Todo transcurre con normalidad, los amigos se entretienen el primer día observando el precioso enclave situado en los montes Apalaches e ironizando sobre la rara idiosincrasia de los aldeanos. Pero al día siguiente son asaltados y agredidos violentamente por dos lugareños, comienza así una terrible pesadilla para los amigos cuyo final puede ser la muerte.


       Sólo era un niño pero recuerdo bien la especial turbación que produjo en mí este magistral film, todavía no acababa de entender bien su mensaje último, el crescendo brutal como esencia de su trasfondo argumental, sin embargo, quedé fascinado por el modo en que Boorman había diseñado secuencias tan feroces y humillantes como la de la sodomización de Bobby, por el magnetismo visual de un paisaje inhóspito de naturaleza virgen, subrayado con una atmósfera tan envolvente como agobiante. DELIVERANCE, film de un intenso ritmo y desafiantemente violento, desarrolla un argumento que encierra muchas de las obsesiones y constantes temáticas del realizador de Excalibur, y se nos presenta, a través de un tratamiento descarnado, como un certero discurso sobre el insalvable abismo existente entre dos culturas, la urbana y la rural, civilizaciones que cohabitan no muy lejos la una de la otra, mas tienen un modo muy diferente de subsistencia y de encarar la vida.

       Los nativos hillbillies (término que se usa en Estados Unidos para denominar a los peculiares lugareños de las zonas más remotas, rurales y montañosas como los Apalaches), habitantes de comunidades endogámicas, cerradas y dueños de una violencia animal reposada durante años – a veces durante toda la vida- y que estalla en un instante, han tenido excelentes aproximaciones en las obras de distintos cineastas (recuérdese Perros de paja de Sam Peckinpah, Furtivos de José Luis Borau, Pascual Duarte de Ricardo Franco, Terciopelo azul de David Lynch, El séptimo día de Carlos Saura). Empero la película de Boorman no trata sólo de reflejar ese hecho, pues se atisba un interés por demostrar cómo la naturaleza, lejos de ser un lugar idílico, puede convertirse en demasiadas ocasiones en un campo de minas, en una peligrosa y mortífera trampa, y como frecuentemente y de manera festiva e inconsciente, el hombre de ciudad cree estar preparado para invadir frívolamente sus dominios, como si de un juego se tratara, por puro entretenimiento.



       Es por eso que la película también se puede ver como una llamada de alerta a todos esos exploradores y aventureros de salón que, sin apenas experiencia, se lanzan alocadamente a romper la rutina con grandes dosis de emoción practicando deportes de riesgo. La brillante iluminación de Vilmos Zsigmond eleva admirablemente el tono del relato, la angustia de unos personajes que, si sobreviven, no se sentirán a salvo hasta que no pisen el asfalto. Film también famoso por la virtuosa música de banjo que incluye.

viernes, 17 de agosto de 2012

ROCK OF AGES


Fallido tributo al extravagante glam rock de los 80
ROCK OF AGES
DIRECTOR: ADAM SHANKMAN.
INTÉRPRETES: JULIANNE HOUGH, DIEGO BONETA, TOM CRUISE, PAUL GIAMATTI, ALEC BALDWIN, RUSELL BRAND, CATHERINE ZETA-JONES.
GÉNERO: MUSICAL / EE. UU. / 2012  DURACIÓN: 123 MINUTOS.   
          
      El cienciólogo Tom Cruise es un tipo muy camaleónico, se chifla por los cameos estrambóticos y le encantan los cambios de registros. En esta adaptación a la gran pantalla de un exitoso musical de Broadway, la primera vez que aparece enseña el culo. El glam rock de los 80 no le dice gran cosa a este cronista, una corriente a la que se apuntaron bandas como Bon Jovi, Journey, Whitesnake, Quiet Riot, Twisted Sister, Skid Row, Poison, Cinderella, White Lion o Europe, y que están entre lo más granado del aquel estilo de estética rebuscadamente hortera y afeminada (mallas de leopardo, toneladas de laca, purpurina, botas de plataforma, maquillaje a granel, peinados imposibles) que buscaba una impostada y provocativa teatralidad creando una música festiva, hedonista, con una fuerte carga sexual y potentes, repetitivos riffs de guitarra. 
     
      ROCK OF AGES nos traslada a esa época para narrarnos como Sherrie Christian (Julianne Hough) llega a Los Ángeles con toda la ilusión del mundo para triunfar en el mundo de la música. Sin sus pertenencias, porque se las han robado, y una vez en la zona de clubs de Sunset Strip, es descubierta por Drew Boley (Diego Boneta) que trabaja en uno de los clubs más populares, El Bourbon Roon, propiedad de Dennis Dupree (Alec Baldwin), quien está sufriendo las consecuencias de una crisis económica, pero que siempre cuenta con el apoyo de su mano derecha, su querido Lonni (Russell Brand). Una situación difícil que quiere acabar de rematar Patricia Whitmore (Catherine Zeta-Jones), la esposa del alcalde que está empeñada en cerrar todos los garitos que promueven el rock. Drew consigue que Dupree acepte a Sherrie como empleada en el local, donde los dos comparten ambiciones por el triunfo en la música y salir así de la ruina económica. Pero como todo es susceptible de empeorar, cuando Stacey Jaxx (Tom Cruise), la más grande estrella del rock hace su aparición por el local para una actuación, su agente Paul Gill (Paul Giamatti) se queda con todo lo recaudado sin permitir que nadie más vea un solo dólar.

      Pues no, no han estado atinados los responsables de este invento que pretende servir de homenaje al rock más glamourosamente chirriante de los 80, a uno puede caerle simpática la inicial propuesta de su discurso (la típica historia de superación y la persecución del rock como música lasciva y violenta que desata el infierno) pero el director Adam Shankman se toma demasiado en serio lo que no es otra cosa que una parodia grotesca sobre unos personajes horteras estereotipados hasta el vómito. Es precisamente esa constante hipérbole un lastre que arrastra de forma pesada un argumento estéril, atiborrado de clichés bufonescos y forzosamente previsible, algo posiblemente perdonable si los números musicales estuvieran bien ejecutados, extrañamente (Shankman es coreógrafo y bailarín) carecen de toda emoción y son tan simples como los de aquella nadería para marujas titulada Mamma mía. Lucen incluso muy por debajo de los temas orquestados que, para ser sinceros, tampoco son nada del otro mundo. Peor todavía son las aburridas  secuencias en que los protagonistas no cantan, donde podemos apreciar las costuras de un birrioso libreto muy en la línea de ese cagarro titulado High Scholl Musical: chico conoce a chica, se enamoran y se separan, se vuelven a juntar y son felices comiendo perdices de aquí hasta la eternidad.

       Si la trillada propuesta puede echar para atrás a más de un espectador despistado que busque en la cinta un tributo estimulante al glam ochentero furiosamente promocionado por la roñosa MTV, se sentirá defraudado al encontrarse con un inocente vodevil pop de diseño con una carencia total de química entre sus protagonistas. Tom Cruise es un gran profesional y demuestra que se encuentra en buena forma a sus 50 tacos cumplidos, irrumpiendo como personaje secundario y dotando de cierta chispa a sus egomaníacas actuaciones, no podemos decir lo mismo de la sosa pareja Julianne Hough y Diego Boneta, sin energía ni carisma para elevar el nivel del fallido artefacto. Irreconocible Alec Baldwin con su look gay/macarra que junto con Russell Brand protagoniza la única escena realmente cómica y aprovechable de la función. ROCK OF AGES es una película artificiosa, superficial y exagerada en todos sus caracteres, en la que ni los  bochornosos covers ni las historias paralelas como relleno de los tiempos muertos logran hacer progresar la trama de forma dinámica, conformando un espectáculo aséptico e insustancial sobre una época y una música que ya quedó excelentemente retratada en la inolvidable This is Spinal Tap.

lunes, 13 de agosto de 2012

FOTOGRAMAS EN LA RETINA: MENTIRAS ARRIESGADAS


      
     James Cameron, tan de moda por su última película, “Avatar” (con la que ha batido un nuevo récord histórico en taquilla) dirigió en 1994 un remake de la comedia francesa “Dos espías en mi cama” (Claude Zidi, 1992) con el título de Mentiras arriesgadas, film que mezcla en la coctelera dosis estomagantes del cine de acción, aventura y  comedia romántica, y que sólo puede ser entendida como un vehículo para el lucimiento de sus protagonistas, Arnold Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis. La película nos narra la doble vida del agente secreto Harry Tasker (Schwarzenegger) que al mismo tiempo que realiza misiones peligrosas, desarrolla una tranquila vida hogareña al lado de su mujer, Helen (Curtis) y de su hija. Realmente, Helen no sabe a qué se dedica su marido y piensa que es un vendedor de material informático, considerándole así un hombre rutinario y aburrido, todo lo contrario de lo que ella añora para dar sentido a su vulgar existencia: acción, aventura, peligro.

      Un día Harry idea la fórmula para darle a su esposa lo que quiere, y como parte de una operación de espionaje Helen se presenta en un lujoso hotel haciéndose pasar por prostituta para animar a un contrabandista (que en realidad es Harry oculto entre las sombras de la habitación), y para quien Helen hace un sinuoso y divertido streptease. Una escena maravillosa y el único momento salvable del film: la espigada y asexuada Helen despojándose de su trasnochado ropaje para lucir una exquisita lencería negra de auténtico infarto. Una mutación camaleónica que nos abre los ojos como platos, admirando el potencial sexual y la exuberancia escondida bajo atuendos tan amorfos. Una secuencia que me ayudó a comprender, sin fisuras, “La Metamorfosis” de Kafka. ¡Una bomba!

domingo, 12 de agosto de 2012

LAS PELÍCULAS MÁS MIERDOSAS DE LA HISTORIA: BATMAN Y ROBIN


      
      BATMAN & ROBIN (Joel Schumacher, 1997) ocupa un lugar relevante entre las películas más mierdosas de la historia, tanto que a este cronista se le hace difícil calificar semejante mariconada, basta con señalar que su director tuvo que pedir perdón por haber pergeñado un truño tan monumental. Lo que no sabemos es si sus responsables eran clientes asiduos de La Casa del Ácido y todo fue ideado como una broma de mal gusto, una tomadura de pelo que te deja con muy mal rollo. Cuando a George Clooney (el peor Batman de la serie, tan malo que ni él se lo creía) le preguntaron en una entrevista si había llorado viendo alguna película, contestó sin pensárselo “Sí, en Batman & Robin”. Y es que todo resulta estridente y esperpéntico  en esta patochada, desde las armaduras con marcados pezones que se enfundan Clooney y el soseras de Chris O´Donnell hasta la pueril línea de diálogos defecada por Akiva Goldsman, que parece destinada a un público con niveles intelectuales por debajo de la idiocia: “Hola Sr. Frío soy Batman”, “Chachi”, “Vamos a patinar”, “Ahora mismo te convierto en abono”… Lo recuerdo bien, no paraba de mirar el reloj, sentía calambres en las piernas y me acometían unos sudores fríos mientras chupaba tabletas de Almax sin parar.

       De ambientación retro-camp, toda la película (adelante con la hipérbole) desprende un tufo a plástico insoportable, un vestuario de ajustadísimo látex ideado por una mente tan fetichista como hortera, un irritante cromatismo fluorescente tan psicodélico que hasta los míticos Jefferson Airplane se hubieran sentido confusos y mareados, peleas coreográficas al estilo de Power Rangers y, ¡madre, qué pelucas!, pero si hasta en los 60 hubieran resultado estrambóticas y ridículas. Por no hablar de los peores villanos de la saga, Arnold Schzarzenegger dando vida a Mr. Frío todo untado de purpurina y con una especie de traje de astronauta que parece diseñado por Vitorio y Luchino, compartiendo objetivo con una grotesca Uma Thurman como Hiedra Venenosa por la que en una disparatada escena se pelean los bujarrones de Batman y Robin. No hablo del argumento porque no tiene, pero, por Dios, porque Schumacher sea homosexual declarado no hacía falta que nos diseñara Gotham como el paraíso del Orgullo Gay. El resultado del visionado de este pastelazo en mi psique fue como un mal viaje con una droga adulterada, aunque lo peor fue la cara de gilipollas que se me quedó al pensar que esas dos horas de mi vida ya no me las devolvería nadie. Conclusión: un mierdón como un camión.  

PROMETHEUS

Elegante y vano ejercicio de estilo
PROMETHEUS (3D)
DIRECTOR: RIDLEY SCOTT.
INTÉRPRETES: NOOMI RAPACE, MICHAEL FASSBENDER, LOGAN MARSHALL-GREEN, CHARLIZE THERON, IDRIS ELBA, GUY PEARCE.
GÉNERO: CIENCIA-FICCIÓN / EE. UU. / 2012  DURACIÓN: 123 MINUTOS.   

    
      Todos los aficionados a la ciencia-ficción hemos vivido excitados desde que tuvimos noticias de que uno de los últimos y más grandes maestros del género, Ridley Scott, se adentraría de nuevo en un terreno conocido para seguir las coordenadas que le han convertido en un mito. Tras el esperadísimo estreno de PROMETHEUS la corrida ha sido poco expansiva, muy volátil, moderadamente placentera. No estamos ante un film fallido (recordemos que el listón dejado por Alien, el octavo pasajero y Blade Runner es imposible de superar), pues el regreso del director británico al universo de Alien tiene su encanto, su punto de ambición y una enorme carga nostálgica y emocional, el suficiente magnetismo como para evitar que los verdaderos cinéfilos se abstengan de pasar por taquilla.
     
      
   Año 2089, isla de Kyle (Escocia). El descubrimiento de unas pinturas en una cueva muestra indicios de señales intergalácticas a través de fases prehistóricas que puede ser la pista definitiva para descubrir quiénes fueron los creadores de la raza humana. Así, los exploradores científicos Elizabeth Shawn (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green), reciben el visto bueno de la multinacional Weyland Corp. para desplazarse a un lejano planeta, LV-223, a bordo de Prometheus, una de las naves de la compañía creada por Peter Weyland (un envejecido Guy Pearce que aparece en holograma). Entre los tripulantes de la nave están la delegada de Weyland, Meredith Vickers (Charlize Theron), el capitán Janek (Idris Elba), el geólogo Fifild (Sean Harris), el científico Milburn (Rafe Spall), la doctora Ford (Kate Dickie) y David (Michael Fassbender), un androide que parece saber mucho más de lo que aparenta y que se ha mantenido despierto durante tres años de travesía. Una vez en LV-223 los exploradores se topan con el cuerpo degollado de una extraña criatura, una gigantesca estatua y miles de cilindros estratégicamente situados. Analizando todo ello las sospechas no son muy halagüeñas: puede que quienes crearon la Tierra ahora quieran destruirla.


      Como siempre, tratándose de Ridley Scott, la factura técnica y el aspecto visual de la función es absolutamente deslumbrante, cuestión que sería más disfrutable en una sala IMAX donde el formato estereoscópico (muy conseguido), la turbadora escenificación y la sensación hipnótica de algunas imágenes sumergen al espectador en una aventura esteticista que rinde homenaje a los clásicos de la ciencia-ficción (los ecos de 2001: Odisea del espacio de Kubrick y Solaris de Tarkovski son abrumadores), para idear una precuela muy libre de Alien que se conjura para intentar despejar algunas interrogantes pero que un guión deslavazado, con muchas lagunas, penaliza en exceso. Desgraciadamente el regreso de Scott al terreno que mejor domina no ha dado como resultado una obra memorable, sus esfuerzos por crear una atmósfera envolvente y detalles iconográficos perdurables son de agradecer y encandilarán a los aficionados a la Sci-Fi, el problema es que sus metafísicas reflexiones sobre el origen de nuestra especie y el destino de la humanidad, la omnipotencia e inteligencia superior de Dios y nuestra razón de ser, quedan diluidas en una narrativa inextricable, si me apuran incoherente: el libreto firmado por Damon Lindelof es laberíntico, abstruso, recargado de diálogos pueriles y vana trascendencia.


       PROMETHEUS progresa a través de una tensión atenuada por el diseño y la brillante tecnología, sus personajes dan el do de pecho en un relato que les exige un estricto autocontrol de sus capacidades físicas y mentales (acertados perfiles de la científica Elizabeth y el robot David), el espectador se los cree porque logran transmitir cierta ansiedad en su viaje a lo desconocido y he de reconocer que el espectáculo resulta muy sugestivo para la vista: la nave es imponente, la escena de la bestial cesárea es  terrorífica, los decorados y escenarios se muestran como una ensoñación realista… brillantes elementos que no van en consonancia con la evolución dramática del relato, que suponemos tiene su inspiración en el mito griego de Prometeo, el Titán protector de la civilización humana, pero Scott se empeña en ir más allá para bombardearnos con preguntas para las que no hay respuestas, y que nos abocan a un clímax artificioso que me deja muy frío. Demasiada ambición para un una línea argumental tan pobre y que sólo en su efecto viral generó una expectación desmedida, en su afán visionario Scott se postula como un renovador de un género en constante mutación, se pierde cuando se adentra en el confuso terreno del pastiche multi y auto-referencial, alejándose de los atractivos y preclaros parámetros filosóficos establecidos en Alien, dando conformidad a  lo que sólo es un elegante y  huero ejercicio de estilo.

viernes, 10 de agosto de 2012

LOS MEJORES CARTELES DE CINE: BLOW UP


La película BLOW UP (Michelangelo Antonioni, 1966) ejerce un extraño magnetismo sobre algunos cineastas norteamericanos, lo que da lugar a varios films inspirados en su premisa argumental, entre los mejores se encuentran La Conversación (Francis Ford Coppola, 1974) e Impacto (Brian De Palma, 1981). Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y estrenada en España con el título Blow Up, deseo de una mañana de verano, el film nos narra cómo tras revelar y ampliar unas fotografías tomadas en un parque vacío para buscar una foto plácida que ultime su libro, el reportero de modas Thomas (David Hemmings) advertirá que tal vez en los claroscuros de esas fotografías se encuentre la clave de un crimen, la huella de un misterio insoluble que puede que sólo exista en la mente del protagonista.

      Uno de los títulos más destacados de la década de los 60, filmado por Antonioni en pleno “swinging London” a raíz del relato de Julio Cortazar “Las babas del diablo”. Un lugar (Londres) y una época (los años 60) reveladores desde una óptica cultural y caleidoscópica. El cartel (que nos muestra a Hemmings y su modelo en pose imposible) atrapa a la perfección el aroma y la atmósfera de la función, que deriva en una crítica satírica sobre la sofisticación y vacuidad moderna (el mundo de la moda, la psicodelia, el ácido y la marihuana, la música, los nuevos cauces de la sexualidad) y transforma la película más que en un ejercicio de intriga en un corrosivo retrato de la pueril alienación de la época. Así, un partido de tenis entre estudiantes de mimo nos conduce a un ambiguo final, cuando Thomas, entre la expectación de los comediantes, interviene en el partido para devolver una bola perdida. Un film aún hoy, extraño y magnético.