miércoles, 6 de mayo de 2026

CRÍTICA: "RESURRECTION" (Bi Gan, 2025)

 El sueño como estado sensorial

“RESURRECTION”  êêê

DIRECTOR: Bi Gan.

INTÉRPRETES: Jackson Yee, Shu Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Hao Lei, Dong Zijian, Lee Hong-Chi

GÉNERO: Ciencia ficción / DURACIÓN: 160 minutos / PAÍS: China / AÑO: 2025

   Si algo deja claro el director chino Bi Gan con Resurrection es que no le interesa narrar historias. Lo que en realidad le interesa es capturar estados de conciencia. Y lo que en sus películas anteriores (Kaili Blues, Larga jornada hacia la noche) funcionaba como una deriva hipnótica dentro de un cierto marco narrativo, se convierte aquí directamente en núcleo -y también en el problema- de la película. Resurrection no avanza, se desplaza. Es una película confeccionada con capas que no terminan de encajar entre sí, como si cada segmento perteneciera a un sueño distinto.

    Premio Especial del Jurado en el pasado Festival de Cannes, estamos ante una historia distópica que nos sitúa en un mundo donde la humanidad ha perdido la capacidad para soñar. Sin embargo, una criatura sigue obsesionada por las ilusiones que se desvanecen del mundo onírico. Este monstruo, a la deriva de la ensoñación, se aferra a visiones que nadie más puede ver… hasta que aparece una mujer. Dotada del raro poder de percibir estas ilusiones tal como son, decide adentrarse en los sueños del monstruo, empeñada en descubrir la verdad que se oculta en su interior.

   La idea de fondo -la pérdida de la capacidad de soñar- es potente, pero Bi Gan no la desarrolla, sólo la utiliza como excusa para construir un dispositivo estético que salta entre formas, épocas y texturas sin preocuparse demasiado por la coherencia interna.

    Y aquí aparece la gran ambivalencia de la película. Por un lado, hay momentos de una belleza insultante. Bi Gan posee un sentido del espacio y del tiempo cinematográfico del que muy pocos directores cinematográficos pueden presumir. Sus planos, además de deleitarnos, se recorren. Hay secuencias que parecen existir fuera del tiempo, como si el cine volviera a ser, por un instante, algo misterioso y físico. Pero, por otro lado, esa misma ambición formal termina volviéndose autocomplaciente. La película da la sensación de estar constantemente admirándose a sí misma. No es sólo que sea críptica -sería el menor de los problemas-, es que parece no necesitar al espectador. No hay un hilo emocional que te invite a entrar; más bien, te deja orbitando alrededor de sus imágenes.  

   El resultado es curioso porque Resurrection fascina mucho más de lo que conmueve. Hay algo programático en su frialdad. Como si Bi Gan estuviera más interesado en el cine como lenguaje que en el cine como experiencia humana. Cuando aparecen personajes, lo hacen como figuras, como presencias simbólicas, nunca como seres con los que puedas conectar. Esto refuerza la sensación de estar viendo un artefacto conceptual más que una película en el sentido clásico.

   Sin embargo, reducirla a un ejercicio vacío sería injusto. Lo que hace Resurrection -pero no siempre funciona- es algo que el cine contemporáneo ha dejado de intentar: reinventar su propia gramática. No hay ironía, no hay cálculo comercial. Sólo una búsqueda obsesiva de imágenes que puedan expresar algo que las palabras no alcanzan. ¿Lo consigue? Sólo a ratos, nunca de forma sostenida. La película se vuelve especialmente problemática en su tramo medio, donde la acumulación de ideas visuales comienza a perder fuerza. Es como escuchar una pieza musical llena de variaciones brillantes, pero sin un tema claro al que regresar. Cuando todo es significativo, nada termina siéndolo. 

   Y aun así, hay algo que permanece. No es la historia -que prácticamente se evapora-, sino ciertas imágenes, ciertos movimientos, cierta sensación de estar dentro de un sueño que no entiendes pero que no puedes olvidar. En este sentido, Resurrection funciona más como como una experiencia sensorial inmediata que una obra de narrativa consciente. Ni mucho menos estamos ante la obra maestra como ha sido calificada absurdamente por algunos críticos pretenciosos, aunque tampoco es un fracaso. 

  Resurrection es una película irregular, excesiva y, por momentos, frustrante, que contiene destellos de un cine que ya no existe. Ese cine que no pide permiso y que no se explica. Me adentré en la sala intentando comprender, y la película me rechazó. Si hubiera entrado con la intención de perderme en ella, seguramente me hubiera dejado algo más indeleble, aunque tan etéreo que no sabría bien el qué.   

viernes, 1 de mayo de 2026

CRÍTICA: "LA PLAGA" (Charlie Polinger, 2025)

 

Los monstruos que nos habitan

“LA PLAGA”  êêê

DIRECTOR: Charlie Polinger.

INTÉRPRETES: Everett Blunck, Joel Edgerton, Kayo Martin, Elliot Haffeman, Kenny Rasmussen, Lucas Adler.

GÉNERO: Drama-intriga / DURACIÓN: 109 minutos / PAÍS: Australia / AÑO: 2025

    En su debut en el largometraje, el cineasta australiano Charlie Polinger nos sitúa en un campamento de verano de waterpolo, en donde un preadolescente de doce años con ansiedad social se ve arrastrado a formar parte de una cruel tradición que consiste en atacar a los que no se integran con una enfermedad llamada “La Plaga”, pero a medida que se difuminan los límites entre el macabro juego y la realidad, el chico teme que la broma esté ocultando algo real.

   La propuesta de La Plaga destaca por su capacidad para hibridar dos terrenos que, en principio, parecen transitar por parajes distintos: el drama social de una lacra terrible como el acoso escolar y una inquietante atmósfera de terror de tintes casi sobrenaturales. El resultado es una película que, sin ser redonda, consigue dejar una huella sólida y persistente. Uno de sus mayores aciertos reside en el trabajo de un jovencísimo elenco y la figura casi paternal de Joel Edgerton en el papel de entrenador.

   Lejos de caer en interpretaciones impostadas o excesivamente enfáticas, los actores construyen personajes creíbles, vulnerables, y en algunos casos, dolorosamente reconocibles. La naturalidad con la que se desenvuelven delante de la cámara permite que el espectador conecte rápidamente con sus conflictos, haciendo que cada gesto, cada palabra o acción hiriente resulte especialmente incisiva.

   Polinger articula el relato con una inteligencia visual notable. La cámara se mueve entre pasillos, duchas, literas, vestuarios y piscina con una sensación progresiva de asfixia, como si el entorno estuviera contaminado por una violencia latente. Es ahí donde la película alcanza su tono más interesante: el bullying (una repugnante lacra social que, como sabemos, la ejecutan siempre los alumnos más miedosos y cobardes) no se presenta como una conducta cruel y reprobable, sino como una especie de “infección” emocional que se propaga, distorsiona la realidad y termina adquiriendo una cualidad espectral.

   La dimensión sobrenatural -o al menos ambigua- está manejada con contención, sin que la historia derrape. No hay sobreexplicación, lo cual juega a favor del conjunto: el horror emerge más de la sugestión que de lo explicito (erupciones en la piel como señal física). Esta decisión refuerza la lectura simbólica de la historia, donde el miedo no proviene únicamente de lo desconocido, sino de la crueldad cotidiana amplificada hasta lo monstruoso.

    Presentada en los pasados festivales de Cannes y Sitges, la película no está exenta de irregularidades. En su tramo final, parece debatirse entre mantener su ambigüedad o decantarse por una resolución más convencional, lo que diluye parte de la fuerza creada anteriormente. Algunos elementos narrativos quedan esbozados sin terminar de integrarse del todo, como si el guión no confiara plenamente en su propio planteamiento. Aún así, La Plaga es una obra sugerente, que utiliza el lenguaje del terror para hablar de heridas y traumas muy reales. Su mayor mérito es convertir una tragedia social reconocible en una experiencia sensorial perturbadora, apoyándose en un reparto muy joven que sostiene con talento el peso dramático y emocional del relato.

sábado, 25 de abril de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “VIDEODROME” (David Cronenberg, 1983)


   Tras haber dirigido la irregular Scanners en 1981, David Cronenberg nos presentó una de las más influyentes películas de culto de todos los tiempos, Vídeodrome (1983), cuya trama sigue a Max Renn (James Woods), un programador televisivo que descubre una señal pirata llamada “Videodrome” que emite unos contenidos ultraviolentos que parecen ir más allá del puro entretenimiento. A medida que se adentra en su origen, la película abandona cualquier anclaje con la realidad convencional y se sumerge en un territorio alucinatorio donde la carne se transforma y la percepción se fragmenta.

    Con Videodrome estamos ante una de las obras más perturbadoras y visionarias del cine de la década de los 80, y probablemente la expresión más pura de las obsesiones temáticas del director canadiense: la fusión entre tecnología, cuerpo y mente. Cronenberg no busca ofrecer respuestas claras, sino provocar una experiencia sensorial e intelectual.

   Su famoso concepto de “la nueva carne” se despliega en imágenes que aún hoy resultan inquietantes: televisores que respiran, cuerpos que se abren como si fueran máquinas, y una constante ambigüedad entre lo real y lo inducido. Lejos de resultar un mero shock visual, estos elementos funcionan como metáfora de la influencia de los medios sobre la psique.

    James Woods ofrece una actuación intensa y progresivamente alterada, sosteniendo el relato incluso cuando se vuelve deliberadamente confuso. Deborah Harry (una de mis musas inmortales) aporta el contrapunto enigmático que refuerza el tono de erotismo peligroso que impregna toda la película

   Lo que más fascina de Videodrome es su capacidad profética. En plena era de pantallas omnipresentes y adictivas, algoritmos y consumo compulsivo de contenido, sus reflexiones sobre la manipulación mediática y la disolución de las identidades resultan más actuales que nunca. No es una película fácil ni complaciente, pero su osadía formal y conceptual la convierten en una imprescindible e imperecedera cult movie.