viernes, 28 de agosto de 2026

CRÍTICA: "EL SER QUERIDO" (Rodrigo Sorogoyen, 2026)

 

La inútil obsesión por las formas impide la implicación emocional

“EL SER QUERIDO”  êê

DIRECTOR: Rodrigo Sorogoyen.

INTÉRPRETES: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo, Marina Foïs, Raúl Prieto, Pepa Gracia, Melina Matthews, Nuria Prims.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 135 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2026

    He de confesar que, por su temática, me daba bastante pereza enfrentarme al visionado de El ser querido, pero me quedan ya muy pocos estrenos interesantes por ver y he de reconocer que salí del cine con una fría indiferencia, insatisfecho y desconcertado, con esa incómoda sensación de haber asistido al visionado de una película que me prometía entregar algo más de lo que finalmente me entregó y con cara de empate a cero. Su premisa y planteamiento de cine dentro del cine remite inevitablemente a Valor sentimental, aunque Rodrigo Sorogoyen desarrolla una historia distinta y persigue otros dilemas existenciales. Sin embargo, donde aquella encontraba una poderosa vibración emocional, El ser querido parece quedarse en una superficie plana y calculada.

    La película cuenta la historia de Esteban Martínez (Javier Bardem), un prestigioso director de cine cuyo enorme talento convive con un pasado marcado por la violencia y los excesos. Cuando desde Nueva York regresa a España, decide contratar para su nueva película a su propia hija, Emilia (Victoria Luengo), una actriz que atraviesa dificultades profesionales, ambos vuelven a encontrarse después de varios años de distanciamiento. Y lo que en principio podría convertirse en una oportunidad para reconstruir su relación pronto hace aflorar todos los conflictos que habían permanecido enterrados durante ese tiempo.

    Estamos ante una película ambiciosa, consciente de la complejidad de los temas que aborda y formalmente muy elaborada, pero esa voluntad de construcción cinematográfica termina imponiéndose con demasiada frecuencia a la emoción que debería sostener el relato. La utilización del cine dentro del cine y los entresijos del rodaje de una película ofrece, en principio, numerosas posibilidades para explorar la relación entre representación y verdad, entre aquello que se interpreta ante una cámara y aquello que permanece reprimido en la intimidad.

    No obstante, Sorogoyen parece confiar excesivamente en los mecanismos de esa propuesta. El juego entre el blanco y negro y el color, así como la utilización de diferentes formatos fílmicos, introduce una complejidad visual que no siempre parece responder a una verdadera necesidad narrativa. Son decisiones gratuitas que llaman constantemente la atención sobre sí mismas y que, lejos de profundizar necesariamente en el sentido de la historia, acaban transmitiendo una cierta sensación de artificio.

   Pero el problema esencial de El ser querido no está tanto en su forma como en su incapacidad para convertir el eje narrativo en una experiencia auténticamente conmovedora. El abandono, la culpa, la dificultad de reparar aquello que se ha roto y las heridas familiares constituyen un material de un potencial enorme, pero la película contempla estas disyuntivas desde una distancia insalvable. Se habla de dolor, de amarguras, de heridas del pasado, de responsabilidades y de afectos deteriorados, aunque pocas veces llega a sentirse realmente la devastación emocional que esas cuestiones deben despertar.

    Resulta especialmente llamativa esa flacidez en un director como Rodrigo Sorogoyen, habitualmente tan eficaz a la hora de crear tensión y llevar los conflictos hasta situaciones límite. Aquí, por el contrario, todo parece permanecer contenido (salvo esa escena cruda sobre el rodaje de la comida), suspendido en una especie de indecisión emocional. La película avanza sin que termine de producirse ese momento de revelación, ruptura o catarsis que permita comprender plenamente lo que está en juego.

  Con personajes secundarios apenas esbozados, Javier Bardem y Victoria Luengo sostienen la película con dos interpretaciones sólidas y entregadas, aunque tampoco ellos consiguen compensar el tono de frialdad emocional del relato. Bardem aporta a su personaje una mezcla de vulnerabilidad, orgullo y opacidad que resulta convincente, evitando en buena medida los excesos que podría propiciar un papel tan marcado por la culpa y los remordimientos. Victoria Luengo se luce en los momentos de mayor confrontación emocional con su padre y la memoria candente. Ambos intérpretes construyen personajes complejos y en cierto modo creíbles, pero el guión y la distancia con que Sorogoyen aborda sus íntimos conflictos impiden que sus interpretaciones alcancen toda la efervescencia estremecedora que prometían.

   El desenlace termina acentuando esa impresión anticlimática. Más que un final, parece una interrupción: una conclusión débil y poco satisfactoria que deja la sensación de que la función no ha encontrado una verdadera culminación. El ser querido posee ambición, indiscutibles talentos y una evidente voluntad de trascender su propia historia, pero termina siendo una de esas películas con poca sustancia, que se admiran más de lo que realmente se sienten porque no consiguen una implicación profunda del espectador.

jueves, 27 de agosto de 2026

CRÍTICA: "MOTOR CITY" (Potsy Ponciroli, 2026)

 

Una película muda, pero con un fluido diálogo visual y argumental

“MOTOR CITY”  êêê

DIRECTOR: Potsy Ponciroli.

INTÉRPRETES: Alan Ritchson, Shailene Woodley, Ben Foster, Pablo Schreiber, Ben McKenzie, Lionel Boyce, Amer Chadha-Patel.

GÉNERO: Thriller-Acción / DURACIÓN: 103 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

  Intentaré explicar por qué Motor City, película firmada por Potsy Ponciroli ha conquistado una parte de mi corazoncito. El director, en su tercer largometraje, apuesta por una narración de una claridad casi primitiva, donde la ausencia de diálogo verbal no supone silencio narrativo, sino todo lo contrario, la película habla constantemente mediante miradas, gestos, encuadres, acciones y una puesta en escena de enorme fluidez. Su estética comiquera y pulp le sienta especialmente bien: personajes definidos con pocos trazos, situaciones llevadas al límite y violencia estilizada que parece proceder tanto de la novela negra como el cómic de serie B. El espectador sólo debe dejarse arrastrar por su ritmo.

   En la ciudad de Detroit de los años 70, el romántico trabajador de clase trabajadora John Miller (Alan Ritchson) es incriminado por un peligroso gánster, Reynolds (Ben Foster) tras enamorarse de su novia Sophia (Shailene Woodley). Tras pasar varios años en prisión, regresa con una única misión: vengarse.

    Motor City no pretende ocultar que su argumento es un enorme cliché, sino convertir esa condición en una ventaja. La historia responde a esquemas reconocibles del cine de venganza, el noir y el pulp, pero Ponciroli parece más interesado en cómo contarla que en sorprendernos con lo que cuenta. La previsibilidad de la trama queda compensada por la energía de la puesta en escena, la expresividad visual y ese tono de cómic violento y estilizado. Sabemos, más o menos, hacia donde se dirige la historia, pero la película encuentra suficiente personalidad en el camino como para que el cliché no termine resultando un lastre.

   El trío formado por Alan Ritchson, Shailene Woodley y Ben Foster encaja muy bien con esa concepción casi arquetípica de los personajes. Ritchson aporta la fisicidad y la presencia necesarias para un héroe de acción de inspiración pulp; Woodley introduce un contrapunto que evita que la película exclusivamente en una sucesión de estallidos de violencia; y Foster, de villano, con esa capacidad tan suya de sugerir peligro, inestabilidad o ambigüedad incluso cuando apenas necesita hablar, parece hecho a medida para este alarmante universo.

  La selección de canciones míticas de los años setenta, termina por darle una personalidad muy particular, convirtiendo la música en otro elemento narrativo. Más que una película “muda”, Motor City parece reivindicar el placer de contar cine sin depender de la palabra: imágenes, ritmo, amor fou, música y acción. Un ejercicio de estilo que, afortunadamente, no se queda sólo en la pose. Otro de los alicientes es el Detroit de la década de los 70, todavía identificada en su condición de gran capital de la industria del automóvil y que proporciona un escenario magnífico. La película aprovecha ese imaginario industrial (coches, fábricas, humos, callejones inquietantes y una cierta sensación de prosperidad amenazada) para construir una atmósfera muy concreta

   Y está la corrupción policial, temática recurrente en los thrillers de los años setenta, y que conecta con Motor City con una época en que el thriller urbano descubrió que las instituciones podían ser tan amenazadoras o peligrosas como los propios delincuentes. Ponciroli recupera todos esos códigos, los simplifica y los convierte en materia pulp. Y quizá por eso la película resulta tan disfrutable: es un gran cliché, sí, pero un cliché contado con entusiasmo, ritmo y una evidente pasión por el cine de género. En cierto modo, Motor City funciona como una canción de tres acordes: conocemos perfectamente la estructura, pero lo  que realmente importa es la manera en que se interpreta.

domingo, 23 de agosto de 2026

“UNA PROPOSIÓN INDECENTE”, SÓLO EL DINERO TIRA MÁS QUE DOS TETAS

 

    El director británico Adran Lyne convierte en Una proposición indecente (1993) una premisa provocadora en un elegante melodrama sobre el deseo, el dinero y los límites de la fidelidad. La función parte de una situación casi de fábula: una pareja joven y enamorada David y Diana (Woody Harrelson y Demi Moore) recibe de un millonario John Cage (Robert Redford) la oferta de un millón de dólares a cambio de pasar una noche con ella. Más que juzgar a sus personajes, Lyne se interesa por las consecuencias íntimas de una decisión que, en apariencia, podría resolverse simplemente con una cifra.

   El verdadero interés de la película reside en el progresivo deterioro de la pareja formada por Harrelson y Moore. Lo más doloroso no es la noche que ella pasa con el millonario, sino aquello que sucede después: la experiencia abre entre ellos una grieta que va creciendo alimentada por los celos, la culpa, la desconfianza y, sobre todo, por la imposibilidad de volver a sentir la relación con la misma inocencia.

   Lyne retrata con cierta delicadeza cómo el dinero, una vez aceptado, deja de ser una solución económica para convertirse en una presencia permanente dentro de la intimidad. La pareja empieza a cuestionar sus propias decisiones y acaba convirtiendo el amor en un territorio de reproches y sospechas. En ese sentido, Una proposición indecente resulta más interesante cuando abandona la proposición inicial y se concentra en las consecuencias psicológicas de aquel pacto.

  También conviene subrayar que las verdaderas intenciones del personaje de Robert Redford son más ambiguas de lo que parece al principio. Su propuesta no responde únicamente al capricho de un hombre rico que quiere comprar una noche de placer: hay en él un deseo de posesión mucho más profundo, casi sentimental. Redford comprende que el dinero puede abrirle una estimulante puerta que de otro modo permanecería cerrada y, poco a poco, la operación económica adquiere una dimensión emocional.

   Su aparente generosidad encubre el propósito de conquistar a una mujer que sabe que no podría obtener en condiciones normales. Ahí reside buena parte de la inquietud de la película: Redford no compra simplemente una noche, sino la posibilidad de alterar para siempre la relación de una pareja enamorada. Su personaje resulta más interesante cuando deja de ser el millonario sofisticado para revelarse como alguien que utiliza su poder económico para intervenir en la intimidad ajena.

  Así, resulta intrigante la ambigüedad moral. No estamos ante una historia especialmente sutil, pero sí ante un relato que sabe explotar las contradicciones e inquietudes de sus protagonistas. Lyne, director especialmente interesado en el erotismo, las infidelidades y las relaciones de poder, filma la acción con su habitual pulcritud visual. Una proposición indecente puede parecer algo ingenua en su planteamiento, pero conserva una indudable capacidad para entretener y provocar debate. Una película imperfecta, sí, pero también elegante, picante, morbosa y mucho más interesante en su mensaje de lo que su reputación de melodrama comercial podría hacer pensar.