jueves, 1 de octubre de 2026

PREESTRENO: “PRIMETIME”

 

Más allá de los límites de la ética y la moral

“PRIMETIME”  êêê

DIRECTOR: Lance Oppenheim.

INTÉRPRETES: Robert Pattinson, Merrit Weber, Skyler Gisondo, Phoebe Bridgers, Matthew Maher, Bokeem Woodbine, Anna Faris.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 107 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

   Lance Oppenheim, en su primer largometraje de ficción, nos presenta una historia basada en hechos reales a modo de biopic sobre el periodista televisivo convertido en cazador de depredadores sexuales Chris Hansen, que está encarnado por Robert Pattinson, cuya figura pública está inevitablemente ligada al espectáculo televisivo sobre la caza de pedófilos con su programa “To catch a Predator”. Lo cierto es que en esta historia había material para un retrato bastante más incisivo: la frontera entre investigación periodística, entretenimiento y voyeurismo.

    Primetime encuentra más el tono sórdido, casi malsano de la historia y la atmósfera, que una verdadera profundidad dramática. Con Hansen no estamos precisamente ante un héroe convencional: hay algo de personaje egocéntrico e inquietante a la hora de aproximarse a los sospechosos, en la frialdad del procedimiento y en esa explosiva mezcla de periodista, inquisidor y showman.

  Oppenheim no lo convierte de manera simple en el típico periodista ejemplar enfrentado al mal. La sordidez está también en el propio espectáculo que Hansen crea alrededor de esos criminales. Ahí, quizás, se encuentra lo más fértil de la película. Primetime plantea una ambigüedad bastante más áspera que la simple oposición entre cazador y cazado.

    Robert Pattinson vuelve a demostrar que se siente especialmente cómodo dando vida a personajes ambiguos y ligeramente perturbadores. En la piel de Chris Hansen evita la caricatura del periodista obsesivo y construye una figura contenida, extraña, casi hermética, cuya aparente profesionalidad deja entrever su personalidad más turbia. Su trabajo no busca el lucimiento convencional: denota algo alarmante en sus silencios, en su mirada y su manera de ocupar el espacio. Una de sus interpretaciones más sobrias y bastante más interesante que la película en muchos momentos.

   Hansen persigue a hombres que acuden deliberadamente a encuentros sexuales con menores -una actividad repugnante e inequívocamente condenable-, pero el método introduce algunas preguntas: ¿hasta dónde puede llegar un periodista para conseguir una exclusiva?, ¿qué ocurre cuando la denuncia del delito se convierte simultáneamente en un espectáculo televisivo?, ¿es legítimo provocar algunas situaciones para obtener imágenes que luego serán consumidas por millones de espectadores?

   Y hay algo todavía más turbio: Hansen obtiene poder y notoriedad gracias a aquello mismo que denuncia. La humillación pública del sospechoso forma parte del producto televisivo. El espectador puede sentir que está asistiendo a una especie de justicia instantánea, pero también está consumiendo una forma de entretenimiento basada en la degradación de seres humanos. Por eso me parece acertado que la película no presente a Hansen como un héroe inmaculado. No cuestiona la finalidad de su trabajo, sino el amarillismo, el afán de protagonismo, los mecanismos y la dimensión narcisista que le asisten.  

   Y ahí el personaje se vuelve extraño y un tanto amoral: parece convencido de estar realizando algo necesario, pero al mismo tiempo existe una fascinación enfermiza por el poder de desenmascarar, acorralar y exhibir. El poder de una inmensa audiencia fiel para la que el conductor del programa es la estrella. En este sentido, la oscuridad y crudeza de Primetime no procede únicamente de los depredadores sexuales que Hansen persigue. También está en el propio dispositivo moral que permite convertir la caza del depredador en espectáculo. Es en este punto donde Oppenheim tenía una película más interesante entre manos de lo que finalmente consigue desarrollar.

lunes, 28 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "UNABOMBER" (Janus Metz, 2026)

 


El origen de una mente fracturada

“UNABOMBER”  êê

DIRECTOR: Janus Metz.

INTÉRPRETES: Russell Crowe, Jacob Tremblay, Shailene Woodley, Annabelle Wallis, Alexander Ludwig, Marc Menchaca.

GÉNERO: Thriller-terrorismo / DURACIÓN: 97 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

    En principio, Unabomber me resultaba muy interesante porque la película transita por un terreno que da bastante juego alejándose de la pregunta: ¿quién fue Unabomber?, sobre quien ya tenemos mucha información, y acercándonos a cuestiones más desconocidas: ¿qué convierte a un joven prodigio de Harvard en el terrorista que acabará siendo Ted Kaczynski? Janus Metz (Una cita con el pasado, Borg McEnroe. La película) articula la función en dos tiempos: el joven Ted (Jacob Tremblay) en Harvard, sometido a los experimentos psicológicos del profesor Henry Murray (Russell Crowe), y la investigación del FBI que terminará conduciendo hasta él. La agente Joanne Miller (Shailene Woodley), es un personaje ficticio creado como un elemento de acceso a esa investigación.

   En esta película distribuida por Netflix, Janus Metz se acerca a Ted Kaczynski evitando, al menos en principio, la tentación de convertirlo en una figura monstruosa de manual. Unabomber pretende encontrar al hombre que existía anterior al terrorista: el adolescente brillante, introvertido y cada vez más aislado que entra en Harvard con dieciséis años y acaba participando en los inquietantes experimentos psicológicos dirigidos por Henry Murray, al que da vida de manera aseada Russell Crowe.

    La idea, como comentaba, resulta interesante, pero la ejecución y estructura deja bastante que desear. Metz alterna constantemente una narración que transcurre entre los años cincuenta y la persecución del terrorista Unabomber en los años noventa (sus atentados con bombas mataron a tres personas e hirieron a veintitrés), construyendo dos películas que casi nunca encuentran una verdadera necesidad de convivir. La investigación contrarreloj del FBI posee los ingredientes del thriller, mientras que el episodio de Harvard aspira a una dimensión psicológica mucho más compleja y profunda. El resultado oscila a medio gas entre el procedimiento policial convencional y la reconstrucción biográfica, sin que ninguna de las dos vertientes narrativas resulten totalmente convincentes, resultando más fascinante la etapa de estudiante superdotado.  

   Jacob Tremblay, dando oxígeno a al joven Kaczynski, sí convence y sostiene buena parte del interés. Su personaje no aparece inicialmente como un futuro terrorista, sino como un joven intelectualmente extraordinario cuya relación con los demás se va deteriorando. Russell Crowe, por su parte, aporta una ambigüedad inquietante al profesor Murray. Shailene Woodley encarna a la agente ficticia e intuitiva Joanna Miller, de la que dudan sus superiores y concebida por los guionistas como el personaje que intenta comprender qué hay detrás de la figura de Unabomber y de dónde surgen sus motivaciones para cometer las acciones terroristas, que sólo en parte quedan fundamentadas en su manifiesto “La sociedad industrial y su futuro”.

   Lo más sugerente de Unabomber está, por tanto, en esa zona intangible pero alarmante desde la que se pueda comprender que las circunstancias vitales y traumáticas de un criminal no significan justificar sus actos. Lo menos convincente es que la película parece necesitar explicar demasiado a un personaje cuya fascinación cinematográfica procede precisamente de aquello que permanece inexplicable. Y seguro que habrá quien se preguntará hasta qué punto Metz consigue reconstruir al hombre y su ideología sin convertir esa reconstrucción en una mitificación del terrorista. Cuestión que, sinceramente, a mí me importa un carajo. Lo cierto es que Metz tenía ante sí una historia formidable, el problema quizá fue ser demasiado consciente de ello.

sábado, 26 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "BLOODY TENNIS" (Nikias Chryssos, 2026)

 


El alto precio del éxito

“BLOODY TENNIS”  êêê

DIRECTOR: Nikias Chryssos.

INTÉRPRETES: Sandra Guldberg Kampp, Elina Löwensohn, Tracy Gotoas, Helena Zangel, Zlatko Buric, Lily Taieb, Lucie Zhang.

GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 90 minutos / PAÍS: Alemania / AÑO: 2026

   Bloody Tennis es una coproducción alemana-española rodada en Colonia y Gran Canaria con un metraje ajustado y dirigida por Nikias Chryssos (The Bunker y A Pure Place). Se estrenó en el Festival de Locarno, pero también ha sido proyectada en el Festival de Sitges y el Fantastic Fest, donde se alzó con el premio al mejor director. Su estreno en Alemania está previsto para diciembre, lo que no sabemos es cuándo estará disponible en España o si lo hará directamente en alguna plataforma.

    La protagonista, Sophie (Sandra Guldberg Kampp) procede de Detroit y es admitida en una exclusiva y elitista academia de tenis situada en el sur de Europa (se supone que en España), donde la competitividad entre las jóvenes tenistas adquiere dimensiones cada vez más violentas en un lugar que esconde unas prácticas muy siniestras.

   Bloody Tennis parte de una idea tan prometedora como disparatada: convertir una academia de tenis de élite en un territorio de supervivencia donde la obsesión por triunfar termina borrando cualquier límite moral. Nikias Chryssos, firmante de la inclasificable The Bunker, vuelve a moverse en ese territorio fronterizo entre el horror, la sátira y el absurdo.

  La película utiliza el deporte como una pequeña sociedad cerrada, regida por la disciplina, la rivalidad y una concepción casi religiosa del éxito. Sophie descubre que detrás de la excelencia deportiva hay una maquinaria mucho más siniestra, en la que las aspirantes a jugar en Wimbledon son también piezas intercambiables y prescindibles de un sistema brutal.

    Chryssos no parece interesado en realizar un terror convencional. La violencia, el gore, el humor negro y cierta estética deliberadamente excesiva convierten Bloody Tennis en una especie de cuento cruel sobre la competitividad contemporánea regada con sangre, vísceras y momentos repulsivos cercanos al body horror. El tenis proporciona además una iconografía peculiar: raquetas (cuyas cuerdas están fabricadas con un elemento mu particular), pistas impecables, uniformes y gestos de disciplina social que contrastan con la progresiva aparición de una violencia bestial.

    El resultado es una película extraña que se desarrolla en una residencia que contiene una amenazadora atmósfera de culto peligroso, provocadora y conscientemente excesiva, más cercana siempre al cine de género europeo de vocación autoral que al vulgar slasher. Tal vez su mayor interés consiste precisamente en llevar hasta el extremo y más allá una idea absurda sin renunciar a una cierta lectura sobre el alto precio del éxito. Y el terror es el género que mejor y más despiadadamente explora esos lúgubres parajes.


jueves, 24 de septiembre de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “CLEO DE 5 A 7” (1962)

 

  El haber crecido rodeado de salas de cine me ayudó a tener una sensibilidad cinematográfica permeable, atenta a los personajes y la puesta en escena. Cleo de 5 a 7 es una de mis películas favoritas de la Novelle Vague y una de las más inteligentes de la filmografía de Agnès Varda porque convierte algo aparente sencillo -una mujer esperando una prueba médica- en una experiencia sobre el tiempo, el miedo y la transformación de la mirada.

   Cléo (Corinne Marchand) es una joven cantante que espera impacientemente los resultados de un examen médico. Cuando una tarotista le revela que tiene cáncer y que puede morir, su inquietud aumenta. Tratando de ocupar su tiempo a la espera de los resultados, Cleo conoce a un joven soldado Antoine (Antoine Bourseiller), a punto de partir para cumplir el servicio militar en Argelia, al que acaba confiando su temor a la muerte.

   Lo extraordinario es que esos noventa minutos aproximadamente no son solo el tiempo narrativo de la película: son el tiempo vivido por Cleo. Al principio, ella contempla el mundo como quien contempla un escaparate: su propia imagen, la ropa, los hombres que la miran, los objetos, su belleza. Poco a poco, mientras avanza por París, deja de mirarse a sí misma y comienza a mirar a los demás.

   Y ahí está, para quien esto escribe, la verdadera transformación. Varda no necesita grandes acontecimientos: basta un paseo, una conversación, un trayecto en taxi, una visita al parque. La película pasa casi imperceptiblemente de ser el retrato de una mujer preocupada por la posibilidad de morir a convertirse en el retrato de una mujer que empieza a vivir de otra manera.

  Además, por cortesía del iluminador Jean Rabier, París está filmado de una forma espléndida: no como un decorado turístico, sino como un organismo humano rebosante de desconocidos, escaparates, cafés, tráfico y pequeñas historias. Y el encuentro con el soldado al que da vida Antoine Bourseiller introduce una inesperada intimidad: dos personas que hablan de la muerte cuando una de ellas espera el resultado de unas pruebas médicas y la otra se dirige a una guerra de la que quizá tampoco regrese.

   Lo que también me gusta mucho de esta excelente película es que en ningún momento Varda convierte a Cleo en una pobre víctima ejemplarizante. Corinne Marchand consigue que sea vanidosa, caprichosa, vulnerable e incluso, por momentos, antipática. Precisamente por eso resulta tan humana. Vista hoy, Cleo de 5 a 7 conserva una modernidad extraordinaria: el cine como itinerario físico que termina convirtiéndose en un itinerario interior.