sábado, 27 de junio de 2026

CRÍTICA: "CAROLINA CAROLINE" (Adam Rehmeier, 2025)

 

Romántica y trágica huida hacia delante

“CAROLINA CAROLINE”  êêê

DIRECTOR: Adam Rehmeier.

INTÉRPRETES: Samara Weaving, Kyle Gallner, Kira Sedgwick, John Gries, Mark Pettit, Tommy G. Kendrick.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 105 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2025

      Del director estadounidense Adam Rehmeier me gustó Cena en América (2020) con la que la película que nos ocupa tiene algunos puntos en común. Estrenada mundialmente en El Toronto Internacional Film Festival, Carolina Caroline sigue a Caroline (Samara Weaving), una joven atrapada en una anodina localidad de Texas trabajando en una gasolinera. Allí conoce a Oliver (Kyle Gallner) un carismático estafador. Lo que comienza como una sucesión de pequeños timos acaba convirtiéndose en una huida hacia delante a través del sur de los Estados Unidos, con robos cada vez más ambiciosos, mientras Caroline intenta reencontrarse con su madre, de la que lleva años distanciada. Todos adivinamos que el final de la escapada tendrá un final trágico.

    Tomando como influencia ecos referenciales de El demonio de las armas, Bonnie and Clyde, Malas tierras, Amor a quemarropa o Asesinos natos, la nueva película de Adam Rehmeier confirma su debilidad por los personajes que viven al margen, aunque esta vez sustituye la efervescencia juvenil de sus anteriores trabajos por un relato de carretera más melancólico y contenido. La película adapta la estructura clásica de la huida criminal, pero evita convertirla en un simple desfile de persecuciones y violencia. Lo que realmente interesa es el proceso de transformación de una mujer que descubre, tal vez demasiado tarde, que escapar de un lugar no implica necesariamente escapar de uno mismo.

  La puesta en escena encuentra un equilibrio sugerente entre el romanticismo polvoriento del sur estadounidense y una atmósfera de incertidumbre permanente. Los paisajes abiertos contrastan con la sensación de encierro emocional que acompaña a los protagonistas, como si cada kilómetro recorrido hiciera más evidente el peso de las decisiones que arrastran. Rehmeier filma esa contradicción con una cámara cercana a los personajes, privilegiando la interacción de los protagonistas, su atractivo y química, su cercanía y sus miradas por encima de la acción.

   Samara Weaving sostiene el conjunto con una interpretación llena de gestos y matices. Su Caroline oscila constantemente entre la vulnerabilidad y el impulso temerario, evitando caer en el estereotipo de la heroína rebelde. Kyle Gallner aporta el contrapunto ideal con un personaje tan seductor como imprevisible, cuya ambigüedad mantiene viva la tensión dramática incluso cuando el relato adopta un ritmo más lento. Quizás el principal inconveniente reside precisamente en esa irregularidad narrativa. Algunas secuencias se prolongan algo más de lo necesario y ciertos conflictos secundarios apenas son desarrollados. Sin embargo, esas pequeñas vacilaciones no llegan a comprometer el resultado de una obra que sabe construir una conexión emocional sincera con sus personajes.

    Lejos de reinventar el subgénero de los amantes fugitivos, Carolina Caroline lo aborda desde una sensibilidad íntima que antepone las heridas afectivas sobre el crimen. El resultado es un thriller romántico de tono crepuscular que, sin alcanzar cotas memorables, deja una impresión duradera gracias al desbordante magnetismo de la pareja protagonista y la honestidad con la que el director contempla sus fracasos. No te defraudará.



domingo, 21 de junio de 2026

HE VISTO LA PELÍCULA MÁS POLÉMICA DEL AÑO: “CITIZEN VIGILANTE” (Uwe Boll, 2026)

   Cuando el sistema de clasificación alemán se negó a darle una calificación por edades a la película Citizen Vigilante lo que en la práctica impide su distribución comercial en el país teutón, Uwe Boll, un director provocador con una de las filmografías más zarrapastrosas de la historia del cine de la que sólo salvo Rampage: Francotirador en libertad (2009), no tardó en contestar que lo que esconde ese hecho es un acto de censura política deliberada. La trama sigue a Sanders (Armie Hammer), un ciudadano normal y corriente que siendo un niño vio como un inmigrante mató a su madre sin ningún motivo. Un día toma la decisión de tomarse la justicia por su mano ante lo que considera injusticias, abandono y corrupción institucional y comienza a cazar a todos los inmigrantes que han cometido delitos graves.

   Boll confesó que su proyecto se inspira en un caso real ocurrido en Hamburgo en 2016, cuando un grupo de adolescentes inmigrantes violaron a una chica de 14 años y recibieron condenas suspendidas. El director criticó duramente las reacciones políticas y mediáticas del caso y declaró: es como si la prensa dijesepobres agresores”. Vivimos en un entorno político completamente absurdo. Especialmente en Europa. Pero Citizen Vigilante es también polémica por la elección del actor protagonista, Armie Hammer, que en 2021 fue cancelado en Hollywood tras varias acusaciones de abuso sexual. Cierto que el intérprete nunca fue acusado formalmente ni se enfrentó a ningún juicio, pero en tiempos del #Me Too todos sabemos que bastaba con las acusaciones de las presuntas víctimas para que algunos famosos fueran cancelados.

    He visto la película y lo cierto es que carece de algún valor cinematográfico, confusa y carente de una cierta coherencia narrativa, como derivas de un guión plano y destartalado. El personaje al que da oxígeno Hammer financia sus violentas y sangrientas misiones vengativas gracias a las rentas que percibe de una red de propiedades inmobiliarias heredadas de su difunto padre. Aunque la propuesta busca hurgar en las fisuras que presentan los actuales sistemas legales, Boll intenta convencer al público de que tomarse la justicia por su mano con los mortíferos métodos del protagonista resulta más eficaz y catártico que las blandengues y laxas maquinarias legalistas que abandonan a las víctimas, dilatan los juicios y protegen a los criminales.

   Estamos ante una oda al vigilante, al justiciero, con un fuerte discurso antiinmigración como consecuencia de que los sistemas judiciales han fallado muchas veces a las víctimas. Lo interesante es que la discusión no gira en torno a la calidad cinematográfica del artefacto, sino a una cuestión política: ¿es una crítica legítima a la inmigración y al fracaso de las instituciones o una obra que ensalza la violencia contra inmigrantes que cometen delitos graves teniendo como intención última fomentar la xenofobia? Estaremos de acuerdo que desde un prisma conservador elogiarán la película por abordar temas que, según ellos, el cine y las televisiones actuales evitan: delincuencia violenta causada por la inmigración ilegal y desconfianza hacia las instituciones. Alegarán el carácter subversivo de la cinta que recupera el espíritu de películas como Yo soy la justicia, Taxi Driver (un gran error meter en el mismo saco esta obra maestra), Un día de furia, Sentencia de muerte o Un ciudadano ejemplar.

    Los detractores dirán que la temática y ejecución de la película es simplista, donde la violencia vigilante aparece como una respuesta legítima al crimen y a la inmigración que convierte a su protagonista en un improbable héroe popular por liquidar criminales. Pero la controversia es parte de la estrategia comercial de Uwe Boll, provocando debates y generando titulares. Así, quienes simpatizan con el planteamiento del director la ven como una denuncia provocadora de problemas reales. Quienes no comulgan con ese planteamiento objetarán que lo que en realidad hace Boll es celebrar esa mentalidad violenta del justiciero.

   El debate real consiste en: ¿los sistemas judiciales son demasiado indulgentes con ciertos delitos graves si los cometen inmigrantes? ¿Los medios y los políticos minimizan algunos problemas relacionados con inmigración y delincuencia? ¿Hay diferencias entre denunciar un problema social y estigmatizar a un colectivo entero? ¿Qué ocurre cuando la percepción pública, más acusada en las redes sociales, es que la justicia no funciona? Boll sostiene que la película nace de esa frustración y de casos reales que, en su opinión, fueron tratados con excesiva indulgencia por las autoridades competentes.

   En mi opinión, nadie puede negar que existen esos problemas, lo verdaderamente controvertido es la conclusión a la que llega la película. Citizen Vigilante no se limita a plantear y denunciar cuestiones espinosas absolutamente candentes, sino que presenta al justiciero, que arrastra un terrible trauma personal, como una respuesta válida o incluso heroica frente a esos problemas. Esa es la acusación principal. No que trate de la inmigración y la delincuencia, sino la glorificación de la violencia extrajudicial para ganarse las simpatías populares. Quien haya sufrido una tragedia íntima será mucho más permeable al discurso de la función.

   Citizen Vigilante llega en un momento político extremadamente polarizado, por eso gran parte de la discusión se traslada de si es o no una buena película -que está muy lejos de serlo- a lo que realmente está contando la película. Y cuando una obra provoca interpretaciones tan opuestas, suele ser señal de que ha tocado fibras sensibles de la sociedad, independiente de que uno esté de acuerdo o no con su denuncia o mensaje.

domingo, 14 de junio de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “EL CONFORMISTA” (Bernardo Bertolucci, 1970)

 

    El conformista constituye una de las exploraciones cinematográficas más complejas sobre la relación entre subjetividad, poder y la violencia política en el contexto del fascismo europeo. Adaptando la novela homónima de Alberto Moravia, la película narra el itinerario de Marcello Clerici (Jean-Louis Trintingnant) un funcionario que busca desesperadamente la normalidad social y cuya adhesión al régimen fascista surge menos de una convicción ideológica que de una profunda necesidad de integración social. Cuando apenas era un adolescente, Clerici disparó a un adulto homosexual que intentó seducirlo. Pasados los años, Clerici es un profesor respetable de filosofía que abraza la ideología fascista y va a casarse con Giulia (Stefania Sandrelli). Con contactos con el servicio secreto, se muestra dispuesto a combinar su luna de miel en París con un atentado contra un exiliado político italiano que había sido profesor suyo.

    Desde una óptica formal, la obra destaca por la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro, cuya utilización de la luz, las sombras y las composiciones geométricas traduce visualmente los conflictos internos del protagonista. Los espacios arquitectónicos y perspectivas monumentales, reflejan la opresión de un orden político que absorbe la individualidad. La puesta en escena convierte el entorno en una extensión de la psicología de Marcello, articulando una estética donde la belleza visual convive con una inquietante sensación de alienación.

    Bertolucci evita interpretar el fascismo como una anomalía histórica desligada de la experiencia cotidiana. Por el contrario, lo presenta como el resultado extremo de impulsos sociales reconocibles: el deseo de pertenencia, el miedo a la indiferencia y la renuncia a la autonomía moral. En este sentido, la figura del protagonista adquiere una dimensión alegórica. Su conformismo no expresa únicamente una patología individual, sino una disposición colectiva capaz de sostener estructuras autoritarias.

  La narrativa fragmentada, construida mediante saltos temporales y asociaciones subjetivas, refuerza la ambigüedad moral del relato. Lejos de ofrecer explicaciones psicológicas simplistas, la película expone las contradicciones que atraviesan a su personaje principal. El resultado es una obra de una notable densidad intelectual que combina análisis histórico, sofisticación estética y hondura psicológica. Más que una denuncia del fascismo, El conformista constituye una reflexión magistral y por eso perdurable sobre los mecanismos mediante los cuales los individuos pueden llegar a colaborar con sistemas totalitarios.