domingo, 6 de septiembre de 2026

PREESTRENO: “POR TODOS LOS MEDIOS”, BASADA EN HECHOS REALES


"POR TODOS LOS MEDIOS”  êêê

(BY ANY MEANS)

DIRECTOR: Elegance Bratton.

INTÉRPRETES: Yahya Abdul-Mateen II, Mark Wahlberg, Nicole Beharie, Josh Lucas, David Strathain, Giancarlo Exposito, Lisa Gay Hamilton, LaChanze, Ethan Embry.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 107 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

    Elegance Bratton (La inspección), en su segundo largometraje tras dirigir episodios de series y documentales, nos presenta una película basada libremente en hechos reales que nos sitúa en el Misisipi de 1966, cuando un joven agente afroamericano del FBI, Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II) es enviado a investigar una oleada de brutales asesinatos de activistas y líderes de los derechos civiles y obligado por sus superiores a trabajar junto al famoso sicario de la Mafia Greg Scarpa (Mark Wahlberg), viéndose así arrastrado a una caza mortal en donde la justicia y la venganza comienzan a confundirse.

    Con Por todos los medios, Bratton se adentra en uno de los episodios más espinosos de la joven historia estadounidense para construir un thriller que encuentra su principal fuerza en la paradoja que le da sentido: un agente del FBI y un asesino a sueldo de la Mafia unen sus fuerzas para combatir la violencia racista del Ku Klux Klan. La historia sobre el asesinato del líder de los derechos civiles Vernon Dahmer (Giancarlo Exposito), que fue atacado y asesinado con cócteles explosivos en su domicilio, lo que dota al relato de un escenario donde la legalidad y la criminalidad terminan intercambiando sus papeles.

   Braton evita convertir la función en una esquemática reconstrucción histórica y lo fía todo a una puesta en escena áspera, violenta y moralmente inquietante. El Misisipi de 1966 aparece como un territorio dominado por el miedo, donde las instituciones encargadas de velar por la seguridad de los ciudadanos negros se muestran poco dispuestas a enfrentarse al entramado racista que las rodea, y a veces incluso colaborando con ellos. De ahí que la alianza entre el agente interpretado por Yahya Abdul-Mateen II y Greg Scarpa (que según se dice también resolvió el caso del asesinato en 1964 de los tres activistas por los derechos civiles que se relata en Arde Mississippi de Alan Parker) resulte tan perturbadora como cinematográficamente eficaz.

  Mark Wahlberg compone un Scarpa brutal, casi animal, pero también extrañamente pragmático: un hombre que carece de escrúpulos precisamente porque trabaja al margen de cualquier prejuicio institucional. Frente a él, Abdul-Mateen II (que a diferencia de Scarpa no da vida a un personaje real), aporta al personaje del agente una progresiva erosión moral que constituye probablemente el aspecto más interesante de la película. La cuestión ya no es solamente descubrir a los culpables, sino determinar cuánto puede contaminarse alguien que pretende combatir el mal utilizando los mismos procedimientos.

  El mayor problema de Por todos los medios reside en que el potencial de su premisa termina siendo más estimulante que la simpleza de su desarrollo. La película posee momentos de enorme contundencia, pero en ocasiones sacrifica matices históricos y psicológicos en beneficio de la acción y la violencia. También resulta discutible el poco peso que tiene en la narración Vernon Dahmer en favor del sicario de la familia mafiosa Scarpa, aunque suponemos que su asesinato no se habría resuelto sin su especial colaboración.

   Con todo, Bratton consigue algo nada desdeñable: convertir un episodio de la lucha por los derechos civiles en un relato sombrío sobre los límites de la justicia y la necesidad de la venganza. No estamos ante una película sobre héroes, es, sobre todo, un film sobre un sistema profundamente corrompido a todos los niveles que, para enfrentarse a sus monstruos, necesitó recurrir a otro monstruo. Como dejó escrito Nietzsche: “Quien con monstruos lucha, que se cuide de convertirse a su vez en otro monstruo”.

viernes, 4 de septiembre de 2026

“LA ESCALERA DE JACOB” (1990), LA MEJOR PELÍCULA DE ADRIAN LYNE

   

  La escalera de Jacob (1990) ocupa un lugar singular dentro de la filmografía de Adrian Lyne. Conocido principalmente por sus incursiones en el thriller erótico y el melodrama de alto voltaje emocional, el director británico encontró aquí un territorio inesperadamente fértil: el del horror psicológico convertido en interrogación metafísica sobre la memoria, la culpa y la muerte.

    La película construye su perturbadora eficacia a partir de la experiencia subjetiva del cartero neoyorquino Jacob Singer (Tim Robbins), veterano de Vietnam atormentado por visiones cada vez más insoportables debido a su participación en esa guerra. Lyne renuncia progresivamente a cualquier frontera estable entre realidad, recuerdo, sueño y alucinación. El espectador no contempla simplemente el deterioro psicológico de un personaje, sino que queda atrapado en su misma percepción fragmentada. De ahí que la célebre imaginería demoníaca -rostros deformados, cuerpos convulsos, hospitales infernales- resulte más inquietante por su ambigüedad que por su explicitud.

    Sin embargo, reducir La escalera de Jacob a un ejercicio de terror sería desconocer su extraordinaria densidad. Bajo su apariencia de pesadilla paranoica late una reflexión profundamente espiritual. La escalera bíblica del título funciona como una metáfora del tránsito entre dos mundos, pero también de la dificultad humana para desprenderse de aquello que nos retiene: el dolor, los recuerdos, el miedo y la conciencia de lo perdido.

    Lyne demuestra aquí una notable inteligencia formal. Su puesta en escena convierte la distorsión visual en expresión dramática y utiliza el montaje y el sonido para erosionar sistemáticamente la confianza del espectador. La violencia no procede tanto de lo que se ve como de la imposibilidad de saber qué puede considerarse real.

  Tim Robbins sostiene admirablemente esta arquitectura de incertidumbre con una interpretación vulnerable y física, alejada de cualquier heroísmo convencional. El desenlace, lejos de reducir la película a un simple juego narrativo, reordena retrospectivamente su sentido y transforma el horror en una forma sorprendente de compasión. La escalera de Jacob permanece así como una de las grandes películas estadounidenses sobre la muerte: una pesadilla terrible cuya última revelación es, paradójicamente, la posibilidad de la paz.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

“LA CONSTELACIÓN DEL PERRO”, OTRO FIASCO MÁS DE RIDLEY SCOTT

   Después de una sucesión de películas recientes que han ido erosionando mi confianza en su capacidad para volverme a sorprender, La Constelación del Perro (2026) confirma la sensación más desalentadora que puede provocar un director de la dimensión histórica de Ridley Scott. Es algo así como, ya no esperaba nada de él y, aun así, ha conseguido decepcionarme. Estamos ante uno de esos ladrillos en los que la espectacularidad, el presupuesto y la solvencia técnica parecen funcionar como sustitutos de algo mucho más importante: una verdadera razón artística para contar la historia.

   Adaptación de la aclamada novela homónima de Peter Heller, la película nos sitúa en un mundo postapocalíptico, un virus ha aniquilado a prácticamente toda la humanidad. Los supervivientes se enfrentan a unos carroñeros errantes llamados “segadores”. Hig (Jacob Elordi) un piloto, sobrevivió a la gripe, pero perdió a su mujer

     El universo postapocalíptico de la película debería ser, en principio, un territorio ideal para un cineasta que siempre ha demostrado una extraordinaria capacidad para construir mundos visuales. Sin embargo, aquí esa habilidad se convierte casi en una trampa. Scott sabe levantar escenarios, diseñar atmósferas y conferir densidad material a cada imagen, pero esa riqueza exterior apenas encuentra correspondencia en el relato. La película avanza con una pesadez exasperante, como si confundiera deliberadamente la solemnidad con la profundidad y la duración con la importancia.

   El principal problema de La Constelación del Perro es que sus personajes parecen más arquetípicos y funcionales que vivaces y el drama se desarrolla entre situaciones que deberían poseer intensidad, pero que acaban perdiéndose en una narración irregular, reiterativa y sorprendentemente inerte. Ni siquiera la amenaza constante de un mundo devastado consigue transmitir una auténtica sensación de peligro o desesperación. Scott, con 88 años cumplidos y una capacidad técnica indiscutible, en los últimos tiempos parece haber convertido su extraordinaria eficacia visual en una especie de piloto automático: producciones grandes e imponentes, formidables elencos, imágenes impecables… y una verdadera ausencia de inspiración.

  Resulta llamativo que una película ambientada tras el colapso de una civilización produzca, sobre todo, la impresión de asistir al agotamiento de un determinado modelo de cine-espectáculo. Ridley Scott continúa siendo un formidable artesano de la imagen, pero la forma ya no basta cuando el fondo se ha evaporado. La Constelación del Perro es grande, aparatosa y con empaque profesional, pero también pesada, impersonal, filmada con una notable apatía y profundamente aburrida. Otro ejercicio de monumentalismo cinematográfico que acaba demostrando que, incluso, con todos los medios del mundo, no hay nada que se haga más largo que una película que no tiene demasiado que decir y que lo apuesta todo a un imaginario postapocalíptico muy trillado.