viernes, 4 de septiembre de 2026

“LA ESCALERA DE JACOB” (1990), LA MEJOR PELÍCULA DE ADRIAN LYNE

   

  La escalera de Jacob (1990) ocupa un lugar singular dentro de la filmografía de Adrian Lyne. Conocido principalmente por sus incursiones en el thriller erótico y el melodrama de alto voltaje emocional, el director británico encontró aquí un territorio inesperadamente fértil: el del horror psicológico convertido en interrogación metafísica sobre la memoria, la culpa y la muerte.

    La película construye su perturbadora eficacia a partir de la experiencia subjetiva del cartero neoyorquino Jacob Singer (Tim Robbins), veterano de Vietnam atormentado por visiones cada vez más insoportables debido a su participación en esa guerra. Lyne renuncia progresivamente a cualquier frontera estable entre realidad, recuerdo, sueño y alucinación. El espectador no contempla simplemente el deterioro psicológico de un personaje, sino que queda atrapado en su misma percepción fragmentada. De ahí que la célebre imaginería demoníaca -rostros deformados, cuerpos convulsos, hospitales infernales- resulte más inquietante por su ambigüedad que por su explicitud.

    Sin embargo, reducir La escalera de Jacob a un ejercicio de terror sería desconocer su extraordinaria densidad. Bajo su apariencia de pesadilla paranoica late una reflexión profundamente espiritual. La escalera bíblica del título funciona como una metáfora del tránsito entre dos mundos, pero también de la dificultad humana para desprenderse de aquello que nos retiene: el dolor, los recuerdos, el miedo y la conciencia de lo perdido.

    Lyne demuestra aquí una notable inteligencia formal. Su puesta en escena convierte la distorsión visual en expresión dramática y utiliza el montaje y el sonido para erosionar sistemáticamente la confianza del espectador. La violencia no procede tanto de lo que se ve como de la imposibilidad de saber qué puede considerarse real.

  Tim Robbins sostiene admirablemente esta arquitectura de incertidumbre con una interpretación vulnerable y física, alejada de cualquier heroísmo convencional. El desenlace, lejos de reducir la película a un simple juego narrativo, reordena retrospectivamente su sentido y transforma el horror en una forma sorprendente de compasión. La escalera de Jacob permanece así como una de las grandes películas estadounidenses sobre la muerte: una pesadilla terrible cuya última revelación es, paradójicamente, la posibilidad de la paz.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

“LA CONSTELACIÓN DEL PERRO”, OTRO FIASCO MÁS DE RIDLEY SCOTT

   Después de una sucesión de películas recientes que han ido erosionando mi confianza en su capacidad para volverme a sorprender, La Constelación del Perro (2026) confirma la sensación más desalentadora que puede provocar un director de la dimensión histórica de Ridley Scott. Es algo así como, ya no esperaba nada de él y, aun así, ha conseguido decepcionarme. Estamos ante uno de esos ladrillos en los que la espectacularidad, el presupuesto y la solvencia técnica parecen funcionar como sustitutos de algo mucho más importante: una verdadera razón artística para contar la historia.

   Adaptación de la aclamada novela homónima de Peter Heller, la película nos sitúa en un mundo postapocalíptico, un virus ha aniquilado a prácticamente toda la humanidad. Los supervivientes se enfrentan a unos carroñeros errantes llamados “segadores”. Hig (Jacob Elordi) un piloto, sobrevivió a la gripe, pero perdió a su mujer

     El universo postapocalíptico de la película debería ser, en principio, un territorio ideal para un cineasta que siempre ha demostrado una extraordinaria capacidad para construir mundos visuales. Sin embargo, aquí esa habilidad se convierte casi en una trampa. Scott sabe levantar escenarios, diseñar atmósferas y conferir densidad material a cada imagen, pero esa riqueza exterior apenas encuentra correspondencia en el relato. La película avanza con una pesadez exasperante, como si confundiera deliberadamente la solemnidad con la profundidad y la duración con la importancia.

   El principal problema de La Constelación del Perro es que sus personajes parecen más arquetípicos y funcionales que vivaces y el drama se desarrolla entre situaciones que deberían poseer intensidad, pero que acaban perdiéndose en una narración irregular, reiterativa y sorprendentemente inerte. Ni siquiera la amenaza constante de un mundo devastado consigue transmitir una auténtica sensación de peligro o desesperación. Scott, con 88 años cumplidos y una capacidad técnica indiscutible, en los últimos tiempos parece haber convertido su extraordinaria eficacia visual en una especie de piloto automático: producciones grandes e imponentes, formidables elencos, imágenes impecables… y una verdadera ausencia de inspiración.

  Resulta llamativo que una película ambientada tras el colapso de una civilización produzca, sobre todo, la impresión de asistir al agotamiento de un determinado modelo de cine-espectáculo. Ridley Scott continúa siendo un formidable artesano de la imagen, pero la forma ya no basta cuando el fondo se ha evaporado. La Constelación del Perro es grande, aparatosa y con empaque profesional, pero también pesada, impersonal, filmada con una notable apatía y profundamente aburrida. Otro ejercicio de monumentalismo cinematográfico que acaba demostrando que, incluso, con todos los medios del mundo, no hay nada que se haga más largo que una película que no tiene demasiado que decir y que lo apuesta todo a un imaginario postapocalíptico muy trillado.

viernes, 28 de agosto de 2026

CRÍTICA: "EL SER QUERIDO" (Rodrigo Sorogoyen, 2026)

 

La inútil obsesión por las formas impide la implicación emocional

“EL SER QUERIDO”  êê

DIRECTOR: Rodrigo Sorogoyen.

INTÉRPRETES: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo, Marina Foïs, Raúl Prieto, Pepa Gracia, Melina Matthews, Nuria Prims.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 135 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2026

    He de confesar que, por su temática, me daba bastante pereza enfrentarme al visionado de El ser querido, pero me quedan ya muy pocos estrenos interesantes por ver y he de reconocer que salí del cine con una fría indiferencia, insatisfecho y desconcertado, con esa incómoda sensación de haber asistido al visionado de una película que me prometía entregar algo más de lo que finalmente me entregó y con cara de empate a cero. Su premisa y planteamiento de cine dentro del cine remite inevitablemente a Valor sentimental, aunque Rodrigo Sorogoyen desarrolla una historia distinta y persigue otros dilemas existenciales. Sin embargo, donde aquella encontraba una poderosa vibración emocional, El ser querido parece quedarse en una superficie plana y calculada.

    La película cuenta la historia de Esteban Martínez (Javier Bardem), un prestigioso director de cine cuyo enorme talento convive con un pasado marcado por la violencia y los excesos. Cuando desde Nueva York regresa a España, decide contratar para su nueva película a su propia hija, Emilia (Victoria Luengo), una actriz que atraviesa dificultades profesionales, ambos vuelven a encontrarse después de varios años de distanciamiento. Y lo que en principio podría convertirse en una oportunidad para reconstruir su relación pronto hace aflorar todos los conflictos que habían permanecido enterrados durante ese tiempo.

    Estamos ante una película ambiciosa, consciente de la complejidad de los temas que aborda y formalmente muy elaborada, pero esa voluntad de construcción cinematográfica termina imponiéndose con demasiada frecuencia a la emoción que debería sostener el relato. La utilización del cine dentro del cine y los entresijos del rodaje de una película ofrece, en principio, numerosas posibilidades para explorar la relación entre representación y verdad, entre aquello que se interpreta ante una cámara y aquello que permanece reprimido en la intimidad.

    No obstante, Sorogoyen parece confiar excesivamente en los mecanismos de esa propuesta. El juego entre el blanco y negro y el color, así como la utilización de diferentes formatos fílmicos, introduce una complejidad visual que no siempre parece responder a una verdadera necesidad narrativa. Son decisiones gratuitas que llaman constantemente la atención sobre sí mismas y que, lejos de profundizar necesariamente en el sentido de la historia, acaban transmitiendo una cierta sensación de artificio.

   Pero el problema esencial de El ser querido no está tanto en su forma como en su incapacidad para convertir el eje narrativo en una experiencia auténticamente conmovedora. El abandono, la culpa, la dificultad de reparar aquello que se ha roto y las heridas familiares constituyen un material de un potencial enorme, pero la película contempla estas disyuntivas desde una distancia insalvable. Se habla de dolor, de amarguras, de heridas del pasado, de responsabilidades y de afectos deteriorados, aunque pocas veces llega a sentirse realmente la devastación emocional que esas cuestiones deben despertar.

    Resulta especialmente llamativa esa flacidez en un director como Rodrigo Sorogoyen, habitualmente tan eficaz a la hora de crear tensión y llevar los conflictos hasta situaciones límite. Aquí, por el contrario, todo parece permanecer contenido (salvo esa escena cruda sobre el rodaje de la comida), suspendido en una especie de indecisión emocional. La película avanza sin que termine de producirse ese momento de revelación, ruptura o catarsis que permita comprender plenamente lo que está en juego.

  Con personajes secundarios apenas esbozados, Javier Bardem y Victoria Luengo sostienen la película con dos interpretaciones sólidas y entregadas, aunque tampoco ellos consiguen compensar el tono de frialdad emocional del relato. Bardem aporta a su personaje una mezcla de vulnerabilidad, orgullo y opacidad que resulta convincente, evitando en buena medida los excesos que podría propiciar un papel tan marcado por la culpa y los remordimientos. Victoria Luengo se luce en los momentos de mayor confrontación emocional con su padre y la memoria candente. Ambos intérpretes construyen personajes complejos y en cierto modo creíbles, pero el guión y la distancia con que Sorogoyen aborda sus íntimos conflictos impiden que sus interpretaciones alcancen toda la efervescencia estremecedora que prometían.

   El desenlace termina acentuando esa impresión anticlimática. Más que un final, parece una interrupción: una conclusión débil y poco satisfactoria que deja la sensación de que la función no ha encontrado una verdadera culminación. El ser querido posee ambición, indiscutibles talentos y una evidente voluntad de trascender su propia historia, pero termina siendo una de esas películas con poca sustancia, que se admiran más de lo que realmente se sienten porque no consiguen una implicación profunda del espectador.