jueves, 27 de agosto de 2026

CRÍTICA: "MOTOR CITY" (Potsy Ponciroli, 2026)

 

Una película muda, pero con un fluido diálogo visual y argumental

“MOTOR CITY”  êêê

DIRECTOR: Potsy Ponciroli.

INTÉRPRETES: Alan Ritchson, Shailene Woodley, Ben Foster, Pablo Schreiber, Ben McKenzie, Lionel Boyce, Amer Chadha-Patel.

GÉNERO: Thriller-Acción / DURACIÓN: 103 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

  Intentaré explicar por qué Motor City, película firmada por Potsy Ponciroli ha conquistado una parte de mi corazoncito. El director, en su tercer largometraje, apuesta por una narración de una claridad casi primitiva, donde la ausencia de diálogo verbal no supone silencio narrativo, sino todo lo contrario, la película habla constantemente mediante miradas, gestos, encuadres, acciones y una puesta en escena de enorme fluidez. Su estética comiquera y pulp le sienta especialmente bien: personajes definidos con pocos trazos, situaciones llevadas al límite y violencia estilizada que parece proceder tanto de la novela negra como el cómic de serie B. El espectador sólo debe dejarse arrastrar por su ritmo.

   En la ciudad de Detroit de los años 70, el romántico trabajador de clase trabajadora John Miller (Alan Ritchson) es incriminado por un peligroso gánster, Reynolds (Ben Foster) tras enamorarse de su novia Sophia (Shailene Woodley). Tras pasar varios años en prisión, regresa con una única misión: vengarse.

    Motor City no pretende ocultar que su argumento es un enorme cliché, sino convertir esa condición en una ventaja. La historia responde a esquemas reconocibles del cine de venganza, el noir y el pulp, pero Ponciroli parece más interesado en cómo contarla que en sorprendernos con lo que cuenta. La previsibilidad de la trama queda compensada por la energía de la puesta en escena, la expresividad visual y ese tono de cómic violento y estilizado. Sabemos, más o menos, hacia donde se dirige la historia, pero la película encuentra suficiente personalidad en el camino como para que el cliché no termine resultando un lastre.

   El trío formado por Alan Ritchson, Shailene Woodley y Ben Foster encaja muy bien con esa concepción casi arquetípica de los personajes. Ritchson aporta la fisicidad y la presencia necesarias para un héroe de acción de inspiración pulp; Woodley introduce un contrapunto que evita que la película exclusivamente en una sucesión de estallidos de violencia; y Foster, de villano, con esa capacidad tan suya de sugerir peligro, inestabilidad o ambigüedad incluso cuando apenas necesita hablar, parece hecho a medida para este alarmante universo.

  La selección de canciones míticas de los años setenta, termina por darle una personalidad muy particular, convirtiendo la música en otro elemento narrativo. Más que una película “muda”, Motor City parece reivindicar el placer de contar cine sin depender de la palabra: imágenes, ritmo, amor fou, música y acción. Un ejercicio de estilo que, afortunadamente, no se queda sólo en la pose. Otro de los alicientes es el Detroit de la década de los 70, todavía identificada en su condición de gran capital de la industria del automóvil y que proporciona un escenario magnífico. La película aprovecha ese imaginario industrial (coches, fábricas, humos, callejones inquietantes y una cierta sensación de prosperidad amenazada) para construir una atmósfera muy concreta

   Y está la corrupción policial, temática recurrente en los thrillers de los años setenta, y que conecta con Motor City con una época en que el thriller urbano descubrió que las instituciones podían ser tan amenazadoras o peligrosas como los propios delincuentes. Ponciroli recupera todos esos códigos, los simplifica y los convierte en materia pulp. Y quizá por eso la película resulta tan disfrutable: es un gran cliché, sí, pero un cliché contado con entusiasmo, ritmo y una evidente pasión por el cine de género. En cierto modo, Motor City funciona como una canción de tres acordes: conocemos perfectamente la estructura, pero lo  que realmente importa es la manera en que se interpreta.

domingo, 23 de agosto de 2026

“UNA PROPOSIÓN INDECENTE”, SÓLO EL DINERO TIRA MÁS QUE DOS TETAS

 

    El director británico Adran Lyne convierte en Una proposición indecente (1993) una premisa provocadora en un elegante melodrama sobre el deseo, el dinero y los límites de la fidelidad. La función parte de una situación casi de fábula: una pareja joven y enamorada David y Diana (Woody Harrelson y Demi Moore) recibe de un millonario John Cage (Robert Redford) la oferta de un millón de dólares a cambio de pasar una noche con ella. Más que juzgar a sus personajes, Lyne se interesa por las consecuencias íntimas de una decisión que, en apariencia, podría resolverse simplemente con una cifra.

   El verdadero interés de la película reside en el progresivo deterioro de la pareja formada por Harrelson y Moore. Lo más doloroso no es la noche que ella pasa con el millonario, sino aquello que sucede después: la experiencia abre entre ellos una grieta que va creciendo alimentada por los celos, la culpa, la desconfianza y, sobre todo, por la imposibilidad de volver a sentir la relación con la misma inocencia.

   Lyne retrata con cierta delicadeza cómo el dinero, una vez aceptado, deja de ser una solución económica para convertirse en una presencia permanente dentro de la intimidad. La pareja empieza a cuestionar sus propias decisiones y acaba convirtiendo el amor en un territorio de reproches y sospechas. En ese sentido, Una proposición indecente resulta más interesante cuando abandona la proposición inicial y se concentra en las consecuencias psicológicas de aquel pacto.

  También conviene subrayar que las verdaderas intenciones del personaje de Robert Redford son más ambiguas de lo que parece al principio. Su propuesta no responde únicamente al capricho de un hombre rico que quiere comprar una noche de placer: hay en él un deseo de posesión mucho más profundo, casi sentimental. Redford comprende que el dinero puede abrirle una estimulante puerta que de otro modo permanecería cerrada y, poco a poco, la operación económica adquiere una dimensión emocional.

   Su aparente generosidad encubre el propósito de conquistar a una mujer que sabe que no podría obtener en condiciones normales. Ahí reside buena parte de la inquietud de la película: Redford no compra simplemente una noche, sino la posibilidad de alterar para siempre la relación de una pareja enamorada. Su personaje resulta más interesante cuando deja de ser el millonario sofisticado para revelarse como alguien que utiliza su poder económico para intervenir en la intimidad ajena.

  Así, resulta intrigante la ambigüedad moral. No estamos ante una historia especialmente sutil, pero sí ante un relato que sabe explotar las contradicciones e inquietudes de sus protagonistas. Lyne, director especialmente interesado en el erotismo, las infidelidades y las relaciones de poder, filma la acción con su habitual pulcritud visual. Una proposición indecente puede parecer algo ingenua en su planteamiento, pero conserva una indudable capacidad para entretener y provocar debate. Una película imperfecta, sí, pero también elegante, picante, morbosa y mucho más interesante en su mensaje de lo que su reputación de melodrama comercial podría hacer pensar.

jueves, 20 de agosto de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “EL ELEMENTO DEL CRIMEN” (Lars von Trier, 1984)

 

    El elemento del crimen (1984) es una película que parece estar alojada en el fondo de una pesadilla, todavía húmeda y contaminada por los residuos tóxicos de un mundo enfermo. La ópera prima de Lars von Trier en el largometraje ya contiene buena parte de las obsesiones que atravesarán su cine posteriormente: la culpa, la decadencia moral, la manipulación psicológica y la imposibilidad de escapar de aquello que nos obsesiona.

   En una Europa onírica, devastada y distópica, el detective Fisher (Michael Elphick) persigue a un asesino siguiendo las huellas del criminal mediante un método aprendido de su antiguo mentor. El relato se narra mediante la hipnosis desde El Cairo, pero los escenarios europeos son un entorno ficticio y abstracto. A pesar de su estado de confusión, su objetivo es intentar reconstruir, con la ayuda de un psicoterapeuta egipcio, el crimen a partir de los datos que ha ido recopilando. Pero investigar significa aquí contaminarse: cuanto más se acerca el detective al asesino, más profundamente penetra en su lógica. La experiencia policial se transforma así en una experiencia hipnótica de pérdida de identidad.

   Von Trier construye un microcosmos visual especialmente opresivo, dominado por un color sepia enfermizo, una lluvia perpetua, espacios industriales y una fotografía que convierte cada escenario en una pesadilla crepuscular. La narración importa menos que esa atmósfera de fatalidad.

  Más que un thriller formulario, El elemento del crimen es una experiencia sensorial y mental. Con una clara influencia estética y atmosférica de Stalker (Andrei Tarkovsky, 1984), estamos ante una obra hermética, fascinante y deliberadamente turbadora, cuyo radical formalismo anunciaba ya en 1984 la llegada de uno de los cineastas más peculiares y subversivos del cine europeo.