Aunque
sé que tienen mucho predicamento otras películas del director japonés como La esposa
del Dr. Hanaoka, Red Angel, Tatuaje o La escuela de espías de Nakano, Yasuzô
Masumura,
que aunque murió con sólo 62 años goza de una estimable filmografía, mi
película favorita es La bestia ciega, un film que nos cuenta la historia de un
escultor ciego obsesionado con la belleza de la piel femenina, Michio (Eiji Funakoshi), que vive
recluido junto a su madre, (Noriko Sengoku) en un estudio rebosante de
reproducciones parciales o totales de mujeres. Decidido a crear su obra magna,
secuestra a una bella modelo, Aki (Mako Midori), y la retiene hasta que accede a
posar para él.
La bestia ciega es una experiencia cinematográfica que
parece desarrollarse fuera de cualquier lógica convencional. Yasuzô
Masumura utiliza un argumento propio del cine de suspense para construir una
inquietante reflexión sobre el deseo, la creación artística y la destrucción
mutua. Lo más
fascinante de la función no es su carácter provocador, sino la naturalidad con
la que convierte lo grotesco en un lenguaje emocional.
El inmenso estudio del escultor, poblado
por reproducciones gigantescas de labios, piernas y pechos femeninos, funciona
como un paisaje mental donde el cuerpo deja de ser humano para convertirse en
materia de obsesión. La ceguera del protagonista no representa una limitación,
por el contrario, es una forma distinta de ver el mundo, basada en el tacto
como herramienta de conocimiento y dominio. A medida que avanza la historia, la
relación entre secuestrador y cautiva evoluciona hacia un vínculo imposible de
clasificar, en el que la dependencia y el deseo terminan anulando cualquier
referencia moral.
Masumura filma esta espiral con una puesta
en escena estilizada y asfixiante, sin buscar explicaciones psicológicas ni
ofrecer refugio alguno al espectador. El resultado es una obra agobiante,
hipnótica y profundamente simbólica, que encuentra belleza en la deformidad y
convierte el erotismo en una fuerza tan creativa como autodestructiva. Es un film extremo, pero
su verdadera radicalidad reside en a coherencia con la que sostiene su perturbadora
visión del ser humano.
Estamos ante una pesadilla sensorial donde
la vista pierde importancia frente al tacto en una dinámica entre el escultor
ciego y la modelo secuestrada que evoluciona hacia un vínculo donde se terminan
difuminando los roles. A lo que ayuda una dirección que destaca por una puesta
en escena teatral, una iluminación expresionista y un uso del espacio que
potencia la sensación de encierro y alienación. Masumura desafía al espectador y explora
los rincones más oscuros del deseo humano con un ejercicio fascinante de economía
narrativa y fascinación visual.
Del director estadounidense Adam
Rehmeier me
gustó Cena en América(2020) con la que la película que nos ocupa tiene algunos puntos en
común. Estrenada mundialmente en El Toronto Internacional Film Festival, Carolina
Caroline
sigue a Caroline (Samara Weaving), una joven atrapada en una anodina localidad de Texas
trabajando en una gasolinera. Allí conoce a Oliver (Kyle Gallner) un carismático estafador. Lo que
comienza como una sucesión de pequeños timos acaba convirtiéndose en una huida
hacia delante a través del sur de los Estados Unidos, con robos cada vez más ambiciosos,
mientras Caroline intenta reencontrarse con su madre, de la que lleva años
distanciada. Todos adivinamos que el final de la escapada tendrá un final
trágico.
Tomando
como influencia ecos referenciales de El demonio de las armas, Bonnie
and Clyde, Malas tierras, Amor a quemarropa o Asesinos
natos,
la nueva película de Adam Rehmeier confirma su debilidad por los personajes que
viven al margen, aunque esta vez sustituye la efervescencia juvenil de sus
anteriores trabajos por un relato de carretera más melancólico y contenido. La película
adapta la estructura clásica de la huida criminal, pero evita convertirla en un
simple desfile de persecuciones y violencia. Lo que realmente interesa es el
proceso de transformación de una mujer que descubre, tal vez demasiado tarde,
que escapar de un lugar no implica necesariamente escapar de uno mismo.
La puesta en escena encuentra un
equilibrio sugerente entre el romanticismo polvoriento del sur estadounidense y
una atmósfera de incertidumbre permanente. Los paisajes abiertos contrastan con la
sensación de encierro emocional que acompaña a los protagonistas, como si cada
kilómetro recorrido hiciera más evidente el peso de las decisiones que
arrastran.
Rehmeier filma esa contradicción con una cámara cercana a los personajes,
privilegiando la interacción de los protagonistas, su atractivo y química, su
cercanía y sus miradas por encima de la acción.
Samara Weaving sostiene el conjunto con
una interpretación llena de gestos y matices. Su Caroline oscila constantemente
entre la vulnerabilidad y el impulso temerario, evitando caer en el estereotipo
de la heroína rebelde. Kyle Gallner aporta el contrapunto ideal con un personaje
tan seductor como imprevisible, cuya ambigüedad mantiene viva la tensión
dramática incluso cuando el relato adopta un ritmo más lento. Quizás el
principal inconveniente reside precisamente en esa irregularidad narrativa. Algunas
secuencias se prolongan algo más de lo necesario y ciertos conflictos
secundarios apenas son desarrollados. Sin embargo, esas pequeñas vacilaciones
no llegan a comprometer el resultado de una obra que sabe construir una conexión
emocional sincera con sus personajes.
Lejos de reinventar el subgénero de los
amantes fugitivos, Carolina Caroline lo aborda desde una sensibilidad íntima que
antepone las heridas afectivas sobre el crimen. El resultado es un thriller romántico de
tono crepuscular que, sin alcanzar cotas memorables, deja una impresión
duradera gracias al desbordante magnetismo de la pareja protagonista y la honestidad
con la que el director contempla sus fracasos. No te defraudará.
Cuando
el sistema de clasificación alemánse negó a darle una calificación por edades a la película Citizen
Vigilante lo que en la práctica impide su distribución comercial en el país
teutón, Uwe Boll, un director provocador con una de las filmografías más
zarrapastrosas de la historia del cine de la que sólo salvo Rampage:
Francotirador en libertad (2009), no tardó en contestar que lo que esconde
ese hecho es un acto de censura política deliberada. La trama sigue a Sanders (Armie Hammer), un
ciudadano normal y corriente que siendo un niño vio como un inmigrante mató a
su madre sin ningún motivo. Un día toma la decisión de tomarse la justicia por
su mano ante lo que considera injusticias, abandono y corrupción institucional
y comienza a cazar a todos los inmigrantes que han cometido delitos graves.
Boll confesó que su proyecto se inspira en un
caso real ocurrido en Hamburgo en 2016, cuando un grupo de adolescentes
inmigrantes violaron a una chica de 14 años y recibieron condenas suspendidas. El
director criticó duramente las reacciones políticas y mediáticas del caso y
declaró: es como si la prensa dijese “pobres agresores”. Vivimos
en un entorno político completamente absurdo. Especialmente en Europa. Pero
Citizen
Vigilante es también polémica por la elección del actor protagonista, Armie
Hammer, que en 2021 fue cancelado en Hollywood tras varias acusaciones de abuso
sexual. Cierto que el intérprete nunca fue acusado formalmente ni se enfrentó a
ningún juicio, pero en tiempos del #Me Too todos sabemos que bastaba con las
acusaciones de las presuntas víctimas para que algunos famosos fueran
cancelados.
He visto la película y lo cierto es que
carece de algún valor cinematográfico, confusa y carente de una cierta coherencia
narrativa, como derivas de un guión plano y destartalado. El personaje al que da
oxígeno Hammer financia sus violentas y sangrientas misiones vengativas gracias
a las rentas que percibe de una red de propiedades inmobiliarias heredadas de
su difunto padre. Aunque la propuesta busca hurgar en las fisuras que presentan los
actuales sistemas legales, Boll intenta convencer al público de que tomarse la justicia
por su mano con los mortíferos métodos del protagonista resulta más eficaz y catártico que las
blandengues y laxas maquinarias legalistas que abandonan a las víctimas, dilatan los juicios y protegen a
los criminales.
Estamos ante una oda al vigilante, al
justiciero, con un fuerte discurso antiinmigración como consecuencia de que los
sistemas judiciales han fallado muchas veces a las víctimas. Lo interesante es
que la discusión no gira en torno a la calidad cinematográfica del artefacto,
sino a una cuestión política: ¿es una crítica legítima a la inmigración y al
fracaso de las instituciones o una obra que ensalza la violencia contra
inmigrantes que cometen delitos graves teniendo como intención última fomentar
la xenofobia? Estaremos de acuerdo que desde un prisma conservador elogiarán la
película por abordar temas que, según ellos, el cine y las televisiones
actuales evitan: delincuencia violenta causada por la inmigración ilegal y
desconfianza hacia las instituciones. Alegarán el carácter subversivo de la
cinta que recupera el espíritu de películas como Yo soy la justicia, Taxi Driver (un gran error meter en el
mismo saco esta obra maestra), Un día de furia, Sentencia de muerte o Un ciudadano ejemplar.
Los detractores dirán que la temática y ejecución
de la película es simplista, donde la violencia vigilante aparece como una
respuesta legítima al crimen y a la inmigración que convierte a su protagonista
en un improbable héroe popular por liquidar criminales. Pero la controversia es
parte de la estrategia comercial de Uwe Boll, provocando debates y generando
titulares. Así, quienes simpatizan con el planteamiento del director la ven
como una denuncia provocadora de problemas reales. Quienes no comulgan con ese
planteamiento objetarán que lo que en realidad hace Boll es celebrar esa
mentalidad violenta del justiciero.
El debate real consiste en: ¿los sistemas
judiciales son demasiado indulgentes con ciertos delitos graves si los cometen
inmigrantes? ¿Los medios y los políticos minimizan algunos problemas
relacionados con inmigración y delincuencia? ¿Hay diferencias entre denunciar
un problema social y estigmatizar a un colectivo entero? ¿Qué ocurre cuando la
percepción pública, más acusada en las redes sociales, es que la justicia no
funciona? Boll sostiene que la película nace de esa frustración y de casos
reales que, en su opinión, fueron tratados con excesiva indulgencia por las
autoridades competentes.
En mi opinión, nadie puede negar que
existen esos problemas, lo verdaderamente controvertido es la conclusión a la
que llega la película. Citizen Vigilante no se limita a plantear y
denunciar cuestiones espinosas absolutamente candentes, sino que presenta al
justiciero, que arrastra un terrible trauma personal, como una respuesta válida
o incluso heroica frente a esos problemas. Esa es la acusación principal. No que
trate de la inmigración y la delincuencia, sino la glorificación de la
violencia extrajudicial para ganarse las simpatías populares. Quien haya
sufrido una tragedia íntima será mucho más permeable al discurso de la función.
Citizen Vigilante llega en un momento
político extremadamente polarizado, por eso gran parte de la discusión se
traslada de si es o no una buena película -que está muy lejos de serlo- a lo que
realmente está contando la película. Y cuando una obra provoca interpretaciones
tan opuestas, suele ser señal de que ha tocado fibras sensibles de la sociedad,
independiente de que uno esté de acuerdo o no con su denuncia o mensaje.