“SU PROPIO INFIERNO” ê
(HER PRIVATE HELL)
DIRECTOR: Nicolas Winding Refn.
INTÉRPRETES: Sophie Thatcher,
Charles Melton, Kristine Froseth, Havana Rose Liu, Dougray Scott, Diego Calva.
GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 107 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026
Hay películas malas y hay películas que además de malas parecen una parodia involuntaria de lo que pretenden ser. Su propio infierno pertenece, lamentablemente, a la segunda categoría. Nicolas Winding Refn vuelve a encerrarse en su particular universo de neones, contrastes cromáticos, silencios, cuerpos hieráticos, fetichización de lo masculino y composiciones cuidadosamente herméticas, pero de nuevo el dispositivo no genera fascinación, sino bochorno. Estas son las cinco películas que salvo de su filmografía y eso que fui uno de sus primeros fans en este país: Pusher, Fuera de sí, Bronson, Valhalla Rising y Drive.
Aquí nos traslada a una ciudad futurista envuelta en una misteriosa niebla que arrastra una presencia esquiva y letal. En ese escenario, una atormentada joven, Elle (Sophie Thatcher) se lanza en busca de su padre. Su búsqueda se cruza con la de un soldado estadounidense, Private K (Charles Melton) inmerso en una angustiosa odisea para rescatar a su hija del infierno.
El principal problema no es que la película sea pretenciosa. El cine puede y debe permitirse ciertas pretensiones, el problema es que aquí el onanismo y las ínfulas sustituyen todo atisbo de coherencia narrativa. Cada encuadre reclama nuestra admiración antes de haber conseguido despertar nuestro interés; una narrativa morosa que en cada pausa exige trascendencia; cada gesto parece decirnos que estamos ante algo profundamente perturbador. Pero cuanto más insiste Refn en subrayar el misterio, más evidente resulta su ausencia.
El cine del director danés siempre se ha movido entre la experiencia sensorial y el vacío narrativo. En sus mejores obras, esa tensión provocaba una hipnosis genuina a pesar de su carácter narcisista. En Su propio infierno, sin embargo, la superficie ha terminado por independizarse de la película y su amaneramiento resulta risible. El estilo ya no sirve a una idea: el estilo es la idea. Sólo hay desorden, escenas grotescas y diálogos sin sentido. De este modo, cuando la forma se convierte en una exhibición en sí misma, el espectador acaba contemplando el artificio en lugar de la película.
Lo más desconcertante es comprobar cómo un
cineasta capaz de convertir la violencia, el deseo y la soledad en experiencias
cinematográficas tan poderosas puede llegar aquí a semejante impostura. La
provocación se vuelve afectación; la transgresión, pose; y el misterio, un vacío
abisal. Su propio infierno no resulta escandalosa ni subversiva.
Es algo mucho menos interesante: una paja mental de Refn que no sabemos qué
fuma últimamente, una película que parece convencida de su propia genialidad
mientras el espectador, desde la butaca, lucha por contener la risa. En eso reside nuestro auténtico infierno privado: en soportar estoicamente una película tediosa, de
esteticismo vacuo y extravagante que tiene más de estafa que de arte.













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