martes, 11 de agosto de 2026

PREESTRENO: “SU PROPIO INFIERNO”, NUEVA PAJA MENTAL DE NICOLAS WINDING REFN

 

“SU PROPIO INFIERNO”  ê

(HER PRIVATE HELL)

DIRECTOR: Nicolas Winding Refn.

INTÉRPRETES: Sophie Thatcher, Charles Melton, Kristine Froseth, Havana Rose Liu, Dougray Scott, Diego Calva.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 107 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

  Hay películas malas y hay películas que además de malas parecen una parodia involuntaria de lo que pretenden ser. Su propio infierno pertenece, lamentablemente, a la segunda categoría. Nicolas Winding Refn vuelve a encerrarse en su particular universo de neones, contrastes cromáticos, silencios, cuerpos hieráticos, fetichización de lo masculino y composiciones cuidadosamente herméticas, pero de nuevo el dispositivo no genera fascinación, sino bochorno. Estas son las cinco películas que salvo de su filmografía y eso que fui uno de sus primeros fans en este país: Pusher, Fuera de sí, Bronson, Valhalla Rising y Drive.

    Aquí nos traslada a una ciudad futurista envuelta en una misteriosa niebla que arrastra una presencia esquiva y letal. En ese escenario, una atormentada joven, Elle (Sophie Thatcher) se lanza en busca de su padre. Su búsqueda se cruza con la de un soldado estadounidense, Private K (Charles Melton) inmerso en una angustiosa odisea para rescatar a su hija del infierno.

   El principal problema no es que la película sea pretenciosa. El cine puede y debe permitirse ciertas pretensiones, el problema es que aquí el onanismo y las ínfulas sustituyen todo atisbo de coherencia narrativa. Cada encuadre reclama nuestra admiración antes de haber conseguido despertar nuestro interés; una narrativa morosa que en cada pausa exige trascendencia; cada gesto parece decirnos que estamos ante algo profundamente perturbador. Pero cuanto más insiste Refn en subrayar el misterio, más evidente resulta su ausencia.

   El cine del director danés siempre se ha movido entre la experiencia sensorial y el vacío narrativo. En sus mejores obras, esa tensión provocaba una hipnosis genuina a pesar de su carácter narcisista. En Su propio infierno, sin embargo, la superficie ha terminado por independizarse de la película y su amaneramiento resulta risible. El estilo ya no sirve a una idea: el estilo es la idea. Sólo hay desorden, escenas grotescas y diálogos sin sentido. De este modo, cuando la forma se convierte en una exhibición en sí misma, el espectador acaba contemplando el artificio en lugar de la película.


    Lo más desconcertante es comprobar cómo un cineasta capaz de convertir la violencia, el deseo y la soledad en experiencias cinematográficas tan poderosas puede llegar aquí a semejante impostura. La provocación se vuelve afectación; la transgresión, pose; y el misterio, un vacío abisal. Su propio infierno no resulta escandalosa ni subversiva. Es algo mucho menos interesante: una paja mental de Refn que no sabemos qué fuma últimamente, una película que parece convencida de su propia genialidad mientras el espectador, desde la butaca, lucha por contener la risa. En eso reside nuestro auténtico infierno privado: en soportar estoicamente una película tediosa, de esteticismo vacuo y extravagante que tiene más de estafa que de arte.

lunes, 10 de agosto de 2026

EL PLATO FUERTE DEL MES: “SAYARA”, UNA ORGÍA DE SANGRE

 

“SAYARA” (Can Evrenol, 2024) êêê

  Sayara es una de esas películas que parecen diseñadas para ser descubiertas con asombro por el espectador al cine extremo. Dirigida por cineasta turco Can Evrenol (Baskin), parte del esquema reconocible rape & revenge, pero su interés reside en cómo convierte la venganza en una auténtica trituradora moral y física. La protagonista es una joven turcomana llamada Sayara (Doygu Kocabiyik) que trabaja de limpiadora en un gimnasio. Cuando su hermana Yonca (Özgül Jozar) es violada y asesinada por un grupo de hombres pertenecientes a una clase privilegiada, la justicia deja en libertad a los asesinos. El padre de uno de ellos tiene conexiones políticas, y el caso termina prácticamente enterrado. Sayara decide entonces aplicar su propia justicia.

    Realizada en tres semanas con un presupuesto de guerrilla, lo interesante de la función es que Evrenol no utiliza la violencia como espectáculo, sino para hablar de la impunidad, el machismo, la corrupción y la desigualdad de clases. Sayara es una inmersión sin concesiones en el cine de venganza, pero si algo distingue su película de otras propuestas rape & revenge es su voluntad de ensuciar el subgénero, de arrancarle cualquier posibilidad de épica y devolverlo a un territorio inquietante donde la violencia no redime: mancha y contamina.

   Sayara pertenece a ese tipo de personajes cinematográficos condenados a permanecer invisibles hasta que una injusticia los obliga a hacerse visibles mediante la violencia. Cuando su hermana es asesinada y los responsables quedan protegidos por su posición social, Sayara comprende que las autoridades no van a impartir justicia. Entonces comienza la transformación. Evrenol filma esa transformación con una crudeza deliberadamente física. Los cuerpos dejan de ser superficies heroicas para convertirse en carne apaleada, huesos, sangre y dolor.

  El gore de Sayara no busca únicamente provocar repulsión; funciona como una materialización brutal de aquello que el sistema pretende ocultar. Cada golpe, acuchillamiento, mutilación o asesinato parecen revelar algo que permanecía fuera de campo: la violencia estructural que precede a la violencia ejercida como venganza por la protagonista. Resulta sugerente que Can Evrenol no convierta a Sayara en una vengadora convencional y elimine la elegancia de gran parte del cine de explotación reciente. Su violencia resulta en cierto modo torpe y desagradable, aunque finalmente, eficaz y poderosa. Debajo de su superficie gore de sangre y vísceras, se puede sacar una reflexión perturbadora: cuando la ley protege a los poderosos, la venganza puede convertirse en el único idioma que los marginados sienten que pueden hablar.

   El padre de Sayara, un antiguo militar traumatizado por los crímenes que cometió en la guerra, la entrenó de pequeña para proteger a su familia cuando él ya no estuviera. Ese juramento solidifica el sentido brutal de la venganza adquiriendo un carácter ritual, donde la sangre se vuelve material, táctil y pegajosa, casi insoportable. El espectador tras el visionado de Sayara puede pensar que la familia no es un regalo, sino un sacrificio. Comprende perfectamente las razones de la protagonista y, al mismo tiempo, se siente turbado por aquello en lo que acaba convirtiéndose: la víctima acaba asumiendo el papel del verdugo y la justicia propia termina reproduciendo la misma lógica de violencia que pretende castigar. Los ríos de sangre derramados no son la recompensa de la venganza, sino el alto precio a pagar. Cuando ya no hay lugar para la redención, lo que se impone es la inmolación.

sábado, 8 de agosto de 2026

“FLASHDANCE”, LA PELÍCULA QUE MARCÓ UNA ÉPOCA EN LA CULTURA POP

 

   Flashdance (Adrian Lyne, 1983) ocupa un lugar especial en la historia del cine popular: no tanto por la solidez de su argumento como por haber capturado, quizá como ninguna otra película de su tiempo, el instante preciso en que el cine comenzó a contaminarse deliberadamente de la estética del videoclip. Su influencia no se limitó solamente a la pantalla: Flashdance se infiltró en la cultura popular y transformó la moda, la música, la publicidad y hasta la manera de imaginar el cuerpo femenino.   

  Adrian Lyne, procedente del campo de la publicidad, filma la historia de superación personal de Alex Owens (una joven soldadora que trabaja de noche como bailarina en un club y sueña con ingresar en una prestigiosa escuela) desde una concepción puramente sensorial. El relato en sí es elemental, casi un cuento de hadas industrial, pero su puesta en escena está construida sobre asociaciones de luz, música, sudor, montaje y movimiento.

   La trama importa mucho menos que la energía con que Lyne convierte esa aspiración en espectáculo. El cuerpo de Jennifer Beals se convierte así en el verdadero espacio narrativo de la función: un cuerpo que trabaja y rinde, que sueña y desea, un cuerpo disciplinado que, finalmente, se libera mediante la danza y una música omnipresente. La narrativa es endeble, pero extraordinaria su capacidad para construir imágenes memorables.

    La célebre secuencia del What a Feeling de Irene Cara resume perfectamente ese ejercicio. Más que una escena narrativa, constituye un auténtico videoclip avant la lettre: montaje sincopado, iluminación expresiva, fragmentación corporal y una coreografía concebida para transformar el esfuerzo físico en espectáculo. Lyne no busca realismo; busca iconografía.


    También resulta significativo que Flashdance sitúe ese sueño de ascenso social en un ámbito obrero. Alex no pertenece al mundo privilegiado al que aspira, sino que debe conquistar su entrada en él mediante el talento y la voluntad. La película convierte así el esfuerzo individual en fantasía pop, una característica profundamente ochentera.

    Se le puede reprochar su convencionalismo dramático, pero el hacerlo supone ignorar aquello que convirtió la película en un fenómeno. Flashdance no necesitaba inventar ningún tipo de narrativa, ¿para qué?: necesitaba inventar una imagen. Y lo consiguió. Sus sudaderas, sus calentadores, sus hombros desnudos y su mezcla de rock, pop y danza terminaron convirtiéndose en el vocabulario visual de una década. Pocas películas han demostrado con tanta claridad que, a veces, es más complicado explicar una época que bailarla. Mientras junto estas letras, en mi viejo tocadiscos suena el mítico tema Maniac de Michael Sembello, y en casa… todo el mundo baila. Y es que, lo que un día sintieron nuestros corazones, hoy lo entienden nuestras cabezas.