domingo, 23 de agosto de 2026

“UNA PROPOSIÓN INDECENTE”, SÓLO EL DINERO TIRA MÁS QUE DOS TETAS

 

    El director británico Adran Lyne convierte en Una proposición indecente (1993) una premisa provocadora en un elegante melodrama sobre el deseo, el dinero y los límites de la fidelidad. La función parte de una situación casi de fábula: una pareja joven y enamorada David y Diana (Woody Harrelson y Demi Moore) recibe de un millonario John Cage (Robert Redford) la oferta de un millón de dólares a cambio de pasar una noche con ella. Más que juzgar a sus personajes, Lyne se interesa por las consecuencias íntimas de una decisión que, en apariencia, podría resolverse simplemente con una cifra.

   El verdadero interés de la película reside en el progresivo deterioro de la pareja formada por Harrelson y Moore. Lo más doloroso no es la noche que ella pasa con el millonario, sino aquello que sucede después: la experiencia abre entre ellos una grieta que va creciendo alimentada por los celos, la culpa, la desconfianza y, sobre todo, por la imposibilidad de volver a sentir la relación con la misma inocencia.

   Lyne retrata con cierta delicadeza cómo el dinero, una vez aceptado, deja de ser una solución económica para convertirse en una presencia permanente dentro de la intimidad. La pareja empieza a cuestionar sus propias decisiones y acaba convirtiendo el amor en un territorio de reproches y sospechas. En ese sentido, Una proposición indecente resulta más interesante cuando abandona la proposición inicial y se concentra en las consecuencias psicológicas de aquel pacto.

  También conviene subrayar que las verdaderas intenciones del personaje de Robert Redford son más ambiguas de lo que parece al principio. Su propuesta no responde únicamente al capricho de un hombre rico que quiere comprar una noche de placer: hay en él un deseo de posesión mucho más profundo, casi sentimental. Redford comprende que el dinero puede abrirle una estimulante puerta que de otro modo permanecería cerrada y, poco a poco, la operación económica adquiere una dimensión emocional.

   Su aparente generosidad encubre el propósito de conquistar a una mujer que sabe que no podría obtener en condiciones normales. Ahí reside buena parte de la inquietud de la película: Redford no compra simplemente una noche, sino la posibilidad de alterar para siempre la relación de una pareja enamorada. Su personaje resulta más interesante cuando deja de ser el millonario sofisticado para revelarse como alguien que utiliza su poder económico para intervenir en la intimidad ajena.

  Así, resulta intrigante la ambigüedad moral. No estamos ante una historia especialmente sutil, pero sí ante un relato que sabe explotar las contradicciones e inquietudes de sus protagonistas. Lyne, director especialmente interesado en el erotismo, las infidelidades y las relaciones de poder, filma la acción con su habitual pulcritud visual. Una proposición indecente puede parecer algo ingenua en su planteamiento, pero conserva una indudable capacidad para entretener y provocar debate. Una película imperfecta, sí, pero también elegante, picante, morbosa y mucho más interesante en su mensaje de lo que su reputación de melodrama comercial podría hacer pensar.

jueves, 20 de agosto de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “EL ELEMENTO DEL CRIMEN” (Lars von Trier, 1984)

 

    El elemento del crimen (1984) es una película que parece estar alojada en el fondo de una pesadilla, todavía húmeda y contaminada por los residuos tóxicos de un mundo enfermo. La ópera prima de Lars von Trier en el largometraje ya contiene buena parte de las obsesiones que atravesarán su cine posteriormente: la culpa, la decadencia moral, la manipulación psicológica y la imposibilidad de escapar de aquello que nos obsesiona.

   En una Europa onírica, devastada y distópica, el detective Fisher (Michael Elphick) persigue a un asesino siguiendo las huellas del criminal mediante un método aprendido de su antiguo mentor. El relato se narra mediante la hipnosis desde El Cairo, pero los escenarios europeos son un entorno ficticio y abstracto. A pesar de su estado de confusión, su objetivo es intentar reconstruir, con la ayuda de un psicoterapeuta egipcio, el crimen a partir de los datos que ha ido recopilando. Pero investigar significa aquí contaminarse: cuanto más se acerca el detective al asesino, más profundamente penetra en su lógica. La experiencia policial se transforma así en una experiencia hipnótica de pérdida de identidad.

   Von Trier construye un microcosmos visual especialmente opresivo, dominado por un color sepia enfermizo, una lluvia perpetua, espacios industriales y una fotografía que convierte cada escenario en una pesadilla crepuscular. La narración importa menos que esa atmósfera de fatalidad.

  Más que un thriller formulario, El elemento del crimen es una experiencia sensorial y mental. Con una clara influencia estética y atmosférica de Stalker (Andrei Tarkovsky, 1984), estamos ante una obra hermética, fascinante y deliberadamente turbadora, cuyo radical formalismo anunciaba ya en 1984 la llegada de uno de los cineastas más peculiares y subversivos del cine europeo.


miércoles, 19 de agosto de 2026

“INFIEL”, LA FUERZA VOLCÁNICA DEL DESEO

 

     En el pasado Festival de Cannes el director Andrey Zvyagintsev presentó Minotauro, la última versión o reinterpretación de la magnífica película de Claude Chabrol Una mujer infiel (1969), estaremos atentos a su estreno en enero del próximo año ya que me han llegado buenas recomendaciones de gente en la que confío. Pero fue en 2002 cuando Adrian Lyne realizó un muy aseado remake de la recordada intriga chabroliana titulado Infiel, que nos presenta a un matrimonio estable formado por Edward (Richard Gere) y Connie (Diane Lane) que gozan de una vida acomodada: tienen un hijo, dinero y una hermosa casa en las afueras de Nueva York. Pero un día, en Manhattan, Connie conoce a Paul (Olivier Martínez), un joven y seductor coleccionista de libros francés con el que Connie comienza una apasionada relación extramatrimonial.

   Tras cinco años del estreno de Lolita, Lyne regresa al territorio que mejor conoce: el deseo como fuerza para desestabilizar una existencia aparentemente ordenada donde entran en juego los celos y la infidelidad. El director británico podría haberse limitado a actualizar un sofisticado drama burgués, pero Lyne convierte el adulterio en una experiencia física cargada de sensualidad, culpa y peligro.

    La gran virtud de este remake con sello propio reside en que no culpa a Connie ni convierte su infidelidad en una simple aventura romántica. Diane Lane interpreta magistralmente el desconcierto de una mujer que descubre, quizá demasiado tarde, una dimensión desconocida de sí misma. Su relación con Edward, su marido, está construida sobre una intimidad cotidiana que hace aún más perturbadora la aparición de Paul, ese amante impulsivo y magnético que irrumpe espontáneamente como una anomalía en su vida.

   Lyne filma el deseo con una intensidad que evita tanto la vulgaridad como el simple sentimentalismo. Los cuerpos, los espacios y hasta los desplazamientos por Nueva York adquieren una sensualidad inquietante. Pero Infiel termina siendo algo más que una película de suspense sobre una infidelidad: es sobre todo un relato sobre las consecuencias imprevisibles de quebrar el equilibrio doméstico. Así, cuando el deseo se transforma en culpa, Lyne demuestra que el verdadero suspense no estaba en el adulterio, sino en aquello que podía desencadenar. A destacar la natural sensualidad de Diane Lane, una de mis musas inmortales del cine, masturbándose a la vez de forma pícara y tímida.