El sueño como estado sensorial
“RESURRECTION” êêê
DIRECTOR: Bi Gan.
INTÉRPRETES: Jackson Yee, Shu
Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Hao Lei, Dong Zijian, Lee Hong-Chi
GÉNERO: Ciencia ficción / DURACIÓN: 160 minutos / PAÍS: China / AÑO: 2025
Si algo deja claro el director chino Bi Gan con Resurrection es que no le interesa narrar historias. Lo que en realidad le interesa es capturar estados de conciencia. Y lo que en sus películas anteriores (Kaili Blues, Larga jornada hacia la noche) funcionaba como una deriva hipnótica dentro de un cierto marco narrativo, se convierte aquí directamente en núcleo -y también en el problema- de la película. Resurrection no avanza, se desplaza. Es una película confeccionada con capas que no terminan de encajar entre sí, como si cada segmento perteneciera a un sueño distinto.
Premio Especial del Jurado en el pasado Festival de Cannes, estamos ante una historia distópica que nos sitúa en un mundo donde la humanidad ha perdido la capacidad para soñar. Sin embargo, una criatura sigue obsesionada por las ilusiones que se desvanecen del mundo onírico. Este monstruo, a la deriva de la ensoñación, se aferra a visiones que nadie más puede ver… hasta que aparece una mujer. Dotada del raro poder de percibir estas ilusiones tal como son, decide adentrarse en los sueños del monstruo, empeñada en descubrir la verdad que se oculta en su interior.
La idea de fondo -la pérdida de la capacidad de soñar- es potente, pero Bi Gan no la desarrolla, sólo la utiliza como excusa para construir un dispositivo estético que salta entre formas, épocas y texturas sin preocuparse demasiado por la coherencia interna.
Y aquí aparece la gran ambivalencia de la película. Por un lado, hay momentos de una belleza insultante. Bi Gan posee un sentido del espacio y del tiempo cinematográfico del que muy pocos directores cinematográficos pueden presumir. Sus planos, además de deleitarnos, se recorren. Hay secuencias que parecen existir fuera del tiempo, como si el cine volviera a ser, por un instante, algo misterioso y físico. Pero, por otro lado, esa misma ambición formal termina volviéndose autocomplaciente. La película da la sensación de estar constantemente admirándose a sí misma. No es sólo que sea críptica -sería el menor de los problemas-, es que parece no necesitar al espectador. No hay un hilo emocional que te invite a entrar; más bien, te deja orbitando alrededor de sus imágenes.
El resultado es curioso porque Resurrection fascina mucho más de lo que conmueve. Hay algo programático en su frialdad. Como si Bi Gan estuviera más interesado en el cine como lenguaje que en el cine como experiencia humana. Cuando aparecen personajes, lo hacen como figuras, como presencias simbólicas, nunca como seres con los que puedas conectar. Esto refuerza la sensación de estar viendo un artefacto conceptual más que una película en el sentido clásico.
Sin embargo, reducirla a un ejercicio vacío sería injusto. Lo que hace Resurrection -pero no siempre funciona- es algo que el cine contemporáneo ha dejado de intentar: reinventar su propia gramática. No hay ironía, no hay cálculo comercial. Sólo una búsqueda obsesiva de imágenes que puedan expresar algo que las palabras no alcanzan. ¿Lo consigue? Sólo a ratos, nunca de forma sostenida. La película se vuelve especialmente problemática en su tramo medio, donde la acumulación de ideas visuales comienza a perder fuerza. Es como escuchar una pieza musical llena de variaciones brillantes, pero sin un tema claro al que regresar. Cuando todo es significativo, nada termina siéndolo.
Y aun así, hay algo que permanece. No es la historia -que prácticamente se evapora-, sino ciertas imágenes, ciertos movimientos, cierta sensación de estar dentro de un sueño que no entiendes pero que no puedes olvidar. En este sentido, Resurrection funciona más como como una experiencia sensorial inmediata que una obra de narrativa consciente. Ni mucho menos estamos ante la obra maestra como ha sido calificada absurdamente por algunos críticos pretenciosos, aunque tampoco es un fracaso.
























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