sábado, 8 de agosto de 2026

“FLASHDANCE”, LA PELÍCULA QUE MARCÓ UNA ÉPOCA EN LA CULTURA POP

 

   Flashdance (Adrian Lyne, 1983) ocupa un lugar especial en la historia del cine popular: no tanto por la solidez de su argumento como por haber capturado, quizá como ninguna otra película de su tiempo, el instante preciso en que el cine comenzó a contaminarse deliberadamente de la estética del videoclip. Su influencia no se limitó solamente a la pantalla: Flashdance se infiltró en la cultura popular y transformó la moda, la música, la publicidad y hasta la manera de imaginar el cuerpo femenino.   

  Adrian Lyne, procedente del campo de la publicidad, filma la historia de superación personal de Alex Owens (una joven soldadora que trabaja de noche como bailarina en un club y sueña con ingresar en una prestigiosa escuela) desde una concepción puramente sensorial. El relato en sí es elemental, casi un cuento de hadas industrial, pero su puesta en escena está construida sobre asociaciones de luz, música, sudor, montaje y movimiento.

   La trama importa mucho menos que la energía con que Lyne convierte esa aspiración en espectáculo. El cuerpo de Jennifer Beals se convierte así en el verdadero espacio narrativo de la función: un cuerpo que trabaja y rinde, que sueña y desea, un cuerpo disciplinado que, finalmente, se libera mediante la danza y una música omnipresente. La narrativa es endeble, pero extraordinaria su capacidad para construir imágenes memorables.

    La célebre secuencia del What a Feeling de Irene Cara resume perfectamente ese ejercicio. Más que una escena narrativa, constituye un auténtico videoclip avant la lettre: montaje sincopado, iluminación expresiva, fragmentación corporal y una coreografía concebida para transformar el esfuerzo físico en espectáculo. Lyne no busca realismo; busca iconografía.


    También resulta significativo que Flashdance sitúe ese sueño de ascenso social en un ámbito obrero. Alex no pertenece al mundo privilegiado al que aspira, sino que debe conquistar su entrada en él mediante el talento y la voluntad. La película convierte así el esfuerzo individual en fantasía pop, una característica profundamente ochentera.

    Se le puede reprochar su convencionalismo dramático, pero el hacerlo supone ignorar aquello que convirtió la película en un fenómeno. Flashdance no necesitaba inventar ningún tipo de narrativa, ¿para qué?: necesitaba inventar una imagen. Y lo consiguió. Sus sudaderas, sus calentadores, sus hombros desnudos y su mezcla de rock, pop y danza terminaron convirtiéndose en el vocabulario visual de una década. Pocas películas han demostrado con tanta claridad que, a veces, es más complicado explicar una época que bailarla. Mientras junto estas letras, en mi viejo tocadiscos suena el mítico tema Maniac de Michael Sembello, y en casa… todo el mundo baila. Y es que, lo que un día sintieron nuestros corazones, hoy lo entienden nuestras cabezas.

sábado, 1 de agosto de 2026

CRÍTICA: "ROSE OF NEVADA" (Mark Jenkin, 2025)

 Melancólica fantasmagoría

“ROSE OF NEVADA”  êêê

DIRECTOR: Mark Jenkin.

INTÉRPRETES: George McKay, Callum Turner, Rosalind Eleazar, Emily Daglish-Laine, Francis Magee, Edward Rowe, Mary Woodvine.

GÉNERO: Drama-fantástico / DURACIÓN: 114 minutos / PAÍS: Reino Unido / AÑO: 2025

    Vista en el Atlantida Film Fest de Filmin, el tercer largometraje de Mark Jenkin nos sitúa en un olvidado pueblo pesquero donde un barco aparece misteriosamente en el puerto. El Rose of Nevada, perdido en el mar con todos sus tripulantes hace 30 años, ha regresado. Para los pocos que lo recuerdan, es una señal: la pequeña embarcación debe hacerse a la mar, quizá entonces cambie la suerte de la devastada aldea. Nick (George McKay) acepta un trabajo a bordo del barco en un intento por mantener a su familia. Junto a él, un recién llegado, Liam (Callum Turner), se une a la tripulación, desesperado por escapar de su pasado. Se hacen a la mar, y tras un exitoso viaje, regresan a puerto. Pero algo va mal. Han retrocedido en el tiempo y los aldeanos los reciben como si fueran la tripulación original.

    Rose of Nevada con su temática de viajes en el tiempo, su tono conceptual lofi y su peculiar y atmosférico microcosmos confirma a Mark Jenkin como uno de los cineastas británicos más interesados en convertir el paisaje en un estado mental. Lejos de cualquier narración convencional, la película propone un viaje de resonancias íntimas donde la frontera entre la memoria, el deseo y la imaginación permanece deliberadamente difusa. El resultado exige que el espectador esté dispuesto a aceptar esta incertidumbre como una forma de conocimiento.

     Jenkin filma con una sensibilidad muy física, casi táctil. Cada textura, cada silencio y cada cambio de luz parecen contener una historia oculta. El paisaje marítimo deja de ser un simple decorado para convertirse en un organismo vivo que dialoga con sus personajes, reflejando sus pérdidas y anhelos. Esta apuesta por la contemplación ralentiza el ritmo, aunque también dota a la función de un extraño embrujo.

   Tal vez lo más valioso de Rose of Nevada resida en no ofrecer respuestas fáciles a través de su difusa narrativa y el juego espacio-temporal. Su aparente hermetismo nunca es gratuito, sino la consecuencia lógica de una mirada que entiende el cine como una experiencia sensorial antes que narrativa. Hay ecos del folclore, del cine experimental y del romanticismo británico, integrados con una notable coherencia formal.

    Rose of Nevada está lejos de ser una película redonda, lo que más poso me dejará es el trabajo austero y emocional de George McKay y el sentido melancólico de Jenkin como reflejo seguramente de sus recuerdos y que condensa el ánimo mustio del relato. No es una obra destinada a todos los públicos. Quienes busquen una historia lineal probablemente salgan frustrados. Sin embargo, quienes acepten su cadencia pausada encontrarán una película de imágenes perdurables, tan enigmática como intensamente evocadora.

martes, 28 de julio de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS ESPAÑOLAS DE CULTO: “LOS PECES ROJOS” (José Antonio Nieves Conde, 1955)

 

    José Antonio Nieves Conde tiene para quien esto escribe tres películas que estarían incluidas en una lista de las cien mejores películas de la historia del cine español: Surcos (1951), El inquilino (1957) y Los peces rojos (1955). Si nos detenemos a analizar esta última película podremos comprobar que es de esos relatos que parecen avanzar por un camino conocido para, de pronto, revelar que todo cuanto hemos visto estaba sostenido por una ilusión. Nieves Conde no utiliza el suspense como un simple mecanismo para mantener la atención del espectador, sino como una herramienta para explorar la fragilidad de la identidad y el peso insoportable de las mentiras que uno crea para sobrevivir.

    La función nos sitúa en Gijón una noche de tormenta cuando Hugo e Ivón (Arturo de Córdova y Emma Penella) llegan acompañados de su hijo a un hotel de la ciudad. Salen a ver el mar embravecido y poco después Ivón regresa pidiendo socorro porque el muchacho ha sido arrastrado por el mar. Como el cadáver no aparece, un comisario, Don Jesús (Félix Defauce), se hace cargo del caso.

    Lo más interesante de Los peces rojos es la confianza del director en la inteligencia del público. Así, la narración rehúye explicaciones innecesarias y prefiere sembrar dudas antes que ofrecer respuestas inmediatas. Cada escena desplaza ligeramente el punto de vista, obligándonos a reconsiderar los acontecimientos y a desconfiar incluso de aquello que parecía incuestionable. Esa sofisticación narrativa resulta sorprendente en el contexto del cine español de la época.

  El título resulta muy acertado, no alude simplemente a un objeto presente en la narración, pues también resume perfectamente el tema central de la película: los personajes, como los peces rojos de una pecera, viven en universo cerrado por el engaño, observados por otros y, sobre todo, incapaces de escapar de la realidad que ellos mismos han construido.

   Nieves Conde dirige con una precisión casi quirúrgica. El blanco y negro no tiene como misión prioritaria el embellecimiento del paisaje y la atmósfera, sino convertir las sombras y claroscuros en un territorio moral donde los personajes ocultan deseos, culpas y fracasos. El mar, omnipresente, adquiere un significado casi metafísico: es refugio, amenaza y espejo de unas conciencias incapaces de encontrar reposo. Las interpretaciones rehúyen el melodrama simplista. Sus personajes viven permanentemente al borde del derrumbe emocional, atrapados entre lo que fueron y aquello que desesperadamente quieren aparentar.

   Esa tensión interior dota a la película de una intensidad permanente, tan innata hoy como en el año de su producción. Los peces rojos es una de esas películas que confirman que el mejor cine negro nunca trató únicamente de crímenes o investigaciones, también de seres humanos condenados por sus propias decisiones. Nieves Conde firmó una gran obra de culto, de una modernidad insólita, elegante en su construcción y profundamente amarga en su mirada sobre la condición humana. Hoy sigue siendo una de las cimas más sofisticadas, arriesgadas y perdurables de nuestra cinematografía.