Más allá de los límites de la ética y la moral
“PRIMETIME”
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DIRECTOR: Lance Oppenheim.
INTÉRPRETES: Robert Pattinson,
Merrit Weber, Skyler Gisondo, Phoebe Bridgers, Matthew Maher, Bokeem Woodbine,
Anna Faris.
GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 107 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026
Lance Oppenheim, en su primer largometraje de ficción, nos presenta una historia basada en hechos reales a modo de biopic sobre el periodista televisivo convertido en cazador de depredadores sexuales Chris Hansen, que está encarnado por Robert Pattinson, cuya figura pública está inevitablemente ligada al espectáculo televisivo sobre la caza de pedófilos con su programa “To catch a Predator”. Lo cierto es que en esta historia había material para un retrato bastante más incisivo: la frontera entre investigación periodística, entretenimiento y voyeurismo.
Primetime encuentra más el tono sórdido, casi malsano de la historia y la atmósfera, que una verdadera profundidad dramática. Con Hansen no estamos precisamente ante un héroe convencional: hay algo de personaje egocéntrico e inquietante a la hora de aproximarse a los sospechosos, en la frialdad del procedimiento y en esa explosiva mezcla de periodista, inquisidor y showman.
Oppenheim no lo convierte de manera simple en el típico periodista ejemplar enfrentado al mal. La sordidez está también en el propio espectáculo que Hansen crea alrededor de esos criminales. Ahí, quizás, se encuentra lo más fértil de la película. Primetime plantea una ambigüedad bastante más áspera que la simple oposición entre cazador y cazado.
Robert Pattinson vuelve a demostrar que se siente especialmente cómodo dando vida a personajes ambiguos y ligeramente perturbadores. En la piel de Chris Hansen evita la caricatura del periodista obsesivo y construye una figura contenida, extraña, casi hermética, cuya aparente profesionalidad deja entrever su personalidad más turbia. Su trabajo no busca el lucimiento convencional: denota algo alarmante en sus silencios, en su mirada y su manera de ocupar el espacio. Una de sus interpretaciones más sobrias y bastante más interesante que la película en muchos momentos.
Hansen persigue a hombres que acuden deliberadamente a encuentros sexuales con menores -una actividad repugnante e inequívocamente condenable-, pero el método introduce algunas preguntas: ¿hasta dónde puede llegar un periodista para conseguir una exclusiva?, ¿qué ocurre cuando la denuncia del delito se convierte simultáneamente en un espectáculo televisivo?, ¿es legítimo provocar algunas situaciones para obtener imágenes que luego serán consumidas por millones de espectadores?
Y hay algo todavía más turbio: Hansen obtiene poder y notoriedad gracias a aquello mismo que denuncia. La humillación pública del sospechoso forma parte del producto televisivo. El espectador puede sentir que está asistiendo a una especie de justicia instantánea, pero también está consumiendo una forma de entretenimiento basada en la degradación de seres humanos. Por eso me parece acertado que la película no presente a Hansen como un héroe inmaculado. No cuestiona la finalidad de su trabajo, sino el amarillismo, el afán de protagonismo, los mecanismos y la dimensión narcisista que le asisten.
Y ahí el personaje se vuelve extraño y un
tanto amoral: parece convencido de estar realizando algo necesario, pero al
mismo tiempo existe una fascinación enfermiza por el poder de desenmascarar,
acorralar y exhibir. El poder de una inmensa audiencia fiel para la que el
conductor del programa es la estrella. En este sentido, la oscuridad y crudeza
de Primetime no procede únicamente de los depredadores sexuales que
Hansen persigue. También está en el propio dispositivo moral que permite
convertir la caza del depredador en espectáculo. Es en este punto donde
Oppenheim tenía una película más interesante entre manos de lo que finalmente
consigue desarrollar.


























































