lunes, 28 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "UNABOMBER" (Janus Metz, 2026)

 


El origen de una mente fracturada

“UNABOMBER”  êê

DIRECTOR: Janus Metz.

INTÉRPRETES: Russell Crowe, Jacob Tremblay, Shailene Woodley, Annabelle Wallis, Alexander Ludwig, Marc Menchaca.

GÉNERO: Thriller-terrorismo / DURACIÓN: 97 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

    En principio, Unabomber me resultaba muy interesante porque la película transita por un terreno que da bastante juego alejándose de la pregunta: ¿quién fue Unabomber?, sobre quien ya tenemos mucha información, y acercándonos a cuestiones más desconocidas: ¿qué convierte a un joven prodigio de Harvard en el terrorista que acabará siendo Ted Kaczynski? Janus Metz (Una cita con el pasado, Borg McEnroe. La película) articula la función en dos tiempos: el joven Ted (Jacob Tremblay) en Harvard, sometido a los experimentos psicológicos del profesor Henry Murray (Russell Crowe), y la investigación del FBI que terminará conduciendo hasta él. La agente Joanne Miller (Shailene Woodley), es un personaje ficticio creado como un elemento de acceso a esa investigación.

   En esta película distribuida por Netflix, Janus Metz se acerca a Ted Kaczynski evitando, al menos en principio, la tentación de convertirlo en una figura monstruosa de manual. Unabomber pretende encontrar al hombre que existía anterior al terrorista: el adolescente brillante, introvertido y cada vez más aislado que entra en Harvard con dieciséis años y acaba participando en los inquietantes experimentos psicológicos dirigidos por Henry Murray, al que da vida de manera aseada Russell Crowe.

    La idea, como comentaba, resulta interesante, pero la ejecución y estructura deja bastante que desear. Metz alterna constantemente una narración que transcurre entre los años cincuenta y la persecución del terrorista Unabomber en los años noventa (sus atentados con bombas mataron a tres personas e hirieron a veintitrés), construyendo dos películas que casi nunca encuentran una verdadera necesidad de convivir. La investigación contrarreloj del FBI posee los ingredientes del thriller, mientras que el episodio de Harvard aspira a una dimensión psicológica mucho más compleja y profunda. El resultado oscila a medio gas entre el procedimiento policial convencional y la reconstrucción biográfica, sin que ninguna de las dos vertientes narrativas resulten totalmente convincentes, resultando más fascinante la etapa de estudiante superdotado.  

   Jacob Tremblay, dando oxígeno a al joven Kaczynski, sí convence y sostiene buena parte del interés. Su personaje no aparece inicialmente como un futuro terrorista, sino como un joven intelectualmente extraordinario cuya relación con los demás se va deteriorando. Russell Crowe, por su parte, aporta una ambigüedad inquietante al profesor Murray. Shailene Woodley encarna a la agente ficticia e intuitiva Joanna Miller, de la que dudan sus superiores y concebida por los guionistas como el personaje que intenta comprender qué hay detrás de la figura de Unabomber y de dónde surgen sus motivaciones para cometer las acciones terroristas, que sólo en parte quedan fundamentadas en su manifiesto “La sociedad industrial y su futuro”.

   Lo más sugerente de Unabomber está, por tanto, en esa zona intangible pero alarmante desde la que se pueda comprender que las circunstancias vitales y traumáticas de un criminal no significan justificar sus actos. Lo menos convincente es que la película parece necesitar explicar demasiado a un personaje cuya fascinación cinematográfica procede precisamente de aquello que permanece inexplicable. Y seguro que habrá quien se preguntará hasta qué punto Metz consigue reconstruir al hombre y su ideología sin convertir esa reconstrucción en una mitificación del terrorista. Cuestión que, sinceramente, a mí me importa un carajo. Lo cierto es que Metz tenía ante sí una historia formidable, el problema quizá fue ser demasiado consciente de ello.

sábado, 26 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "BLOODY TENNIS" (Nikias Chryssos, 2026)

 


El alto precio del éxito

“BLOODY TENNIS”  êêê

DIRECTOR: Nikias Chryssos.

INTÉRPRETES: Sandra Guldberg Kampp, Elina Löwensohn, Tracy Gotoas, Helena Zangel, Zlatko Buric, Lily Taieb, Lucie Zhang.

GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 90 minutos / PAÍS: Alemania / AÑO: 2026

   Bloody Tennis es una coproducción alemana-española rodada en Colonia y Gran Canaria con un metraje ajustado y dirigida por Nikias Chryssos (The Bunker y A Pure Place). Se estrenó en el Festival de Locarno, pero también ha sido proyectada en el Festival de Sitges y el Fantastic Fest, donde se alzó con el premio al mejor director. Su estreno en Alemania está previsto para diciembre, lo que no sabemos es cuándo estará disponible en España o si lo hará directamente en alguna plataforma.

    La protagonista, Sophie (Sandra Guldberg Kampp) procede de Detroit y es admitida en una exclusiva y elitista academia de tenis situada en el sur de Europa (se supone que en España), donde la competitividad entre las jóvenes tenistas adquiere dimensiones cada vez más violentas en un lugar que esconde unas prácticas muy siniestras.

   Bloody Tennis parte de una idea tan prometedora como disparatada: convertir una academia de tenis de élite en un territorio de supervivencia donde la obsesión por triunfar termina borrando cualquier límite moral. Nikias Chryssos, firmante de la inclasificable The Bunker, vuelve a moverse en ese territorio fronterizo entre el horror, la sátira y el absurdo.

  La película utiliza el deporte como una pequeña sociedad cerrada, regida por la disciplina, la rivalidad y una concepción casi religiosa del éxito. Sophie descubre que detrás de la excelencia deportiva hay una maquinaria mucho más siniestra, en la que las aspirantes a jugar en Wimbledon son también piezas intercambiables y prescindibles de un sistema brutal.

    Chryssos no parece interesado en realizar un terror convencional. La violencia, el gore, el humor negro y cierta estética deliberadamente excesiva convierten Bloody Tennis en una especie de cuento cruel sobre la competitividad contemporánea regada con sangre, vísceras y momentos repulsivos cercanos al body horror. El tenis proporciona además una iconografía peculiar: raquetas (cuyas cuerdas están fabricadas con un elemento mu particular), pistas impecables, uniformes y gestos de disciplina social que contrastan con la progresiva aparición de una violencia bestial.

    El resultado es una película extraña que se desarrolla en una residencia que contiene una amenazadora atmósfera de culto peligroso, provocadora y conscientemente excesiva, más cercana siempre al cine de género europeo de vocación autoral que al vulgar slasher. Tal vez su mayor interés consiste precisamente en llevar hasta el extremo y más allá una idea absurda sin renunciar a una cierta lectura sobre el alto precio del éxito. Y el terror es el género que mejor y más despiadadamente explora esos lúgubres parajes.


jueves, 24 de septiembre de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “CLEO DE 5 A 7” (1962)

 

  El haber crecido rodeado de salas de cine me ayudó a tener una sensibilidad cinematográfica permeable, atenta a los personajes y la puesta en escena. Cleo de 5 a 7 es una de mis películas favoritas de la Novelle Vague y una de las más inteligentes de la filmografía de Agnès Varda porque convierte algo aparente sencillo -una mujer esperando una prueba médica- en una experiencia sobre el tiempo, el miedo y la transformación de la mirada.

   Cléo (Corinne Marchand) es una joven cantante que espera impacientemente los resultados de un examen médico. Cuando una tarotista le revela que tiene cáncer y que puede morir, su inquietud aumenta. Tratando de ocupar su tiempo a la espera de los resultados, Cleo conoce a un joven soldado Antoine (Antoine Bourseiller), a punto de partir para cumplir el servicio militar en Argelia, al que acaba confiando su temor a la muerte.

   Lo extraordinario es que esos noventa minutos aproximadamente no son solo el tiempo narrativo de la película: son el tiempo vivido por Cleo. Al principio, ella contempla el mundo como quien contempla un escaparate: su propia imagen, la ropa, los hombres que la miran, los objetos, su belleza. Poco a poco, mientras avanza por París, deja de mirarse a sí misma y comienza a mirar a los demás.

   Y ahí está, para quien esto escribe, la verdadera transformación. Varda no necesita grandes acontecimientos: basta un paseo, una conversación, un trayecto en taxi, una visita al parque. La película pasa casi imperceptiblemente de ser el retrato de una mujer preocupada por la posibilidad de morir a convertirse en el retrato de una mujer que empieza a vivir de otra manera.

  Además, por cortesía del iluminador Jean Rabier, París está filmado de una forma espléndida: no como un decorado turístico, sino como un organismo humano rebosante de desconocidos, escaparates, cafés, tráfico y pequeñas historias. Y el encuentro con el soldado al que da vida Antoine Bourseiller introduce una inesperada intimidad: dos personas que hablan de la muerte cuando una de ellas espera el resultado de unas pruebas médicas y la otra se dirige a una guerra de la que quizá tampoco regrese.

   Lo que también me gusta mucho de esta excelente película es que en ningún momento Varda convierte a Cleo en una pobre víctima ejemplarizante. Corinne Marchand consigue que sea vanidosa, caprichosa, vulnerable e incluso, por momentos, antipática. Precisamente por eso resulta tan humana. Vista hoy, Cleo de 5 a 7 conserva una modernidad extraordinaria: el cine como itinerario físico que termina convirtiéndose en un itinerario interior.

sábado, 19 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "RESIDENT EVIL" (Zach Cregger, 2026)


Un subidón proteico para la saga

“RESIDENT EVIL”  êêê

DIRECTOR: Zach Cregger.

INTÉRPRETES: Austin Abrams, Paul Walter Hauser, Kali Reis, Zach Cherry, Johnno Wilson, Devon Stewart.

GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 95 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026 

  Zach Cregger, el ingenioso director de Barbarian y Weapons, revitaliza la saga cinematográfica del videojuego de Capcom para situar su estimable apuesta por encima de las anteriores entregas. Lo hace contando la historia de Bryan (Austin Abrams) un joven repartidor de material médico que acepta, sólo porque le pagan el doble, realizar una entrega nocturna prioritaria en Raccoon City en plena tormenta de nieve. No sabe que el trayecto se convertirá en una caótica y sangrienta lucha por la supervivencia cuando se cruce un sinfín de extrañas y monstruosas criaturas mutantes infectadas por un virus que le pondrán muy difícil llegar a su destino.  

  Entendida como una historia que transcurre paralela a las situaciones de la segunda entrega de la saga de los videojuegos y con elementos de casi toda ellas, La principal virtud de Resident Evil reside en haber comprendido que adaptar un videojuego no consiste necesariamente en reproducir esquemáticamente su argumento, sino en trasladar al cine una experiencia. Cregger parece partir de esa premisa y construye un relato en el que el espacio (un paisaje nevado de las montañas), la luz (transcurre a lo largo de toda una noche) y la incertidumbre adquieren una importancia comparable a la acción propiamente dicha.

  El director vuelve a demostrar su interés por los espacios cerrados, los exteriores amenazantes y la capacidad de la arquitectura para generar tensión, zonas aparentemente inocuas funcionan como territorios inquietantes, lugares que el espectador recorre mentalmente antes de conocer qué sorpresa deparan. Es una concepción del terror particularmente próxima a la lógica del videojuego: avanzar significa exponerse, pero también descubrir; cada nueva estancia o lugar puede convertirse en un alivio o en una trampa.

  Cregger maneja con inteligencia la alternancia entre horror, humor, violencia y espectáculo del survival horror con horripilantes criaturas multiformes cuya amorfa presencia conforman una bola de extremidades o que vomitan ácido o desarrollan viscosos tentáculos. No intenta dignificar artificialmente el material ni convertir Resident Evil en un ejercicio de terror prestigioso. Acepta la naturaleza híbrida y explota el material casi pulp de sus criaturas y las situaciones sin perder el sentido de la atmósfera creada por la excelente fotografía de Dariusz Wolski, tanto en el gélido paisaje, como en interiores con pasillos, ascensores y cloacas que esconden mil horrores. Y aunque se puede entender su ambigua crítica sobre la cultura estadounidense de las armas (el protagonista no sabe cómo manejarlas, pero le ayudan para avanzar), su denuncia sobre sobre los trabajos precarios y los peligros de los experimentos en bases científicas estatales, está más interesado en que la función no se convierta en una sucesión indiferenciada de efectos especiales, sino que las criaturas y situaciones pertenezcan a un mismo universo tonal.

  Ahí está probablemente la diferencia con respecto a anteriores adaptaciones. La película no se avergüenza de proceder de un videojuego, pero tampoco se limita a ilustrarlo de manera canónica. El director transforma sus mecanismos en recursos cinematográficos: el suspense sustituye a la interactividad, el montaje ocupa el lugar de la exploración y la introducción del fuera de campo reproduce parcialmente aquella incertidumbre que en el videojuego dependía de nuestra propia decisión de avanzar.

   Por eso puede considerarse la adaptación que mejor ha entendido Resident Evil. No necesariamente porque sea la más fiel al videojuego, sino porque ha comprendido algo más difícil aunque elemental: el por qué nos gustaba tanto jugarlo. No estamos ante una reproducción servil ni Cregger transfiere una partida a la pantalla, traslada al cine la experiencia de sentirse dentro de ella. Resident Evil nos regala un desenlace tan magnífico como natural: el antídoto se pierde y el Mal se extenderá hasta el infinito.