jueves, 14 de octubre de 2021

CRÍTICA: "LAS LEYES DE LA FRONTERA" (Daniel Monzón, 2021)

El recuerdo de un cine, un tiempo y un país

“LAS LEYES DE LA FRONTERA” êêê

DIRECTOR: Daniel Monzón.

INTÉRPRETES: Marcos Ruiz, Begoña Vargas, Chechu Salgado, Carlos, Daniel Ibáñez, Guillermo Lasheras.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 129 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2021.

   El guionista y director Daniel Monzón (que antes fue crítico de cine y siempre espectador) no pasará a la historia por haber dirigido El corazón del guerrero, El robo más grande jamás contado, La caja Kovak, El niño o Yucatán, pero sí lo hará por haber firmado Celda 211 (2009), que con un guión del propio director y Jorge Guerricaechavarría se impone como una de las mejores películas españolas del siglo XXI y, por ende, de la historia de la cinematografía patria. Un film que supuso un cambio radical con respecto a lo que el realizador nos había mostrado hasta la fecha y que se impone como un relato enérgico que se desarrolla en el espacio claustrofóbico de una cárcel con intensas dosis de tensión, dramatismo y credibilidad. En mi memoria cinéfila siempre permanecerá la imponente figura del jodido Malamadre, encarnado de forma superlativa por Luis Tosar.

    Adaptando la novela homónima del excelente escritor -y paisano- Javier Cercas, Las leyes de la frontera se eleva como una mirada nostálgica a una época, finales de los años 70, y a un subgénero que triunfó en aquellos años de la transición política, el cine quinqui, que tanto nos hizo disfrutar en las salas de cine a varias generaciones y al que ya rendí homenaje en este blog. La acción nos sitúa en el año 1978. Ignacio Cañas (Marcos Ruiz) es un estudiante de 17 años introvertido e inadaptado que vive en Girona. Un día, en un salón recreativo, conoce a Zarco (Chechu Salgado) y a Tere (Begoña Vargas), una pareja de jóvenes delincuentes del barrio chino de la ciudad, y por la atracción que siente hacia Tere se ve envuelto en una carrera imparable de robos y atracos. Es la historia de la madurez de Nacho, cruzando la línea que existe entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia.

    Seguro que a los quinquis (e incluso el cine quinqui) los conocí y viví más de cerca su ambiente que Monzón, entre otras cosas porque yo en esa época vivía en Barcelona y visitaba asiduamente el Campo de la Bota, el barrio de la Mina, la Perona, y el Carmelo, tenía amigos que habían emigrado de las zonas rurales y que vivían en esas zonas de barracas y en los pisos colmena del extrarradio. Por si fuera poco, asistí siendo un tierno preadolescente al rodaje de varias escenas de la seminal Perros callejeros (1977), como de la secuela de 1981. Pero eso es otra historia…

    Las leyes de la frontera rinde un sentido tributo a aquel recordado subgénero que tanto nos gustaba a los adolescentes de entonces, un homenaje melancólico que forma parte de la memoria cinéfila de nuestro país y que resultaba tan genuino como esas flores que brotan en los estercoleros. La diferencia es que los protagonistas de todas aquellas películas de José Antonio de la Loma, Eloy de la Iglesia y Carlos Saura (autor de la pionera Los Golfos) eran delincuentes que vivían deprisa, deprisa, que murieron jóvenes dejando bonitos cadáveres cuando la heroína llegó con su guadaña en los años posteriores. El trío protagonista son sólo el remedo de diseño de aquellos antihéroes que pululaban por las periferias de las grandes urbes en los convulsos años de la transición, y que desplazados del sistema, robaban coches y cometían atracos. La función carece del carácter genuino que imprimían aquellos delincuentes habituales a las películas, pero alumbra el recuerdo de un tiempo de grandes desigualdades sociales y alarmante inseguridad que dejó a muchos chavales en la exclusión social. Los temas recurrentes eran las drogas, el sexo, los robos, atracos y las críticas al sistema, todo amenizado por las rumbas de Los Chunguitos, Los Chichos y Bordón 4.

   Podemos afirmar que Las leyes de la frontera atrapa el pathos general de aquellas historias, pero lo hace con una mirada más limpia, de postal cercana al idealismo, pues carece del aroma y la atmósfera de una época en la que la línea de la frontera estaba mejor subrayada. En los descampados, aquellos territorios apache rebosantes de basura, chatarra, miseria y desencanto se recreaba un microcosmos de puro realismo social tan marginal como fascinante. Relatos de hazañas peligrosas construidas sobre la fantasía de alguna bella y triste historia de amor.

      Los conceptos y códigos del cine quinqui se mostraron inalterables a partir de la primigenia Perros callejeros, y Monzón repica con pulcritud las bases argumentales (que están en la novela de Cercas) en la creencia de que la temática aún puede resultar vigente si es posible reflexionar sobre el negro porvenir de los jóvenes que pertenecen a las clases más desfavorecidas y el peligro de sentirse desplazados en un mundo sin piedad. Tras el visionado, hay algunas cosas que chirrían, como la fácil transición del apocado Gafitas (el tímido chico con cara de bueno del que abusan sus compañeros de clase) en su integración en una banda de delincuentes juveniles, tampoco los escenarios cuentan con la herrumbrosa decadencia de aquellos años y la visión del director resulta algo almibarada sin lograr nunca una verdadera dimensión emocional y dramática, necesaria para poner énfasis a un final excesivamente atropellado. No obstante, la función mantiene un buen ritmo durante todo el metraje, las secuencias de acción están filmadas de forma eficaz y los intérpretes cumplen con solvencia, destacando Begoña Vargas, sus miradas, sus gestos y su relación sentimental con Gafitas, una hermosa y desoladora historia de amor que traspasa fronteras y deja eternamente abierta una herida. 

jueves, 7 de octubre de 2021

CRÍTICA: "CHAVALAS" (Carol Rodríguez Colás, 2020)

 

Película liviana e intrascendente

“CHAVALAS” ê

DIRECTOR: Carol Rodríguez Colás.

INTÉRPRETES: Vicky Luengo, Carolina Yuste, Elisabet Casanovas, Ángela Cervantes, José Mota, Mario Zorrilla.

GÉNERO: Comedia / DURACIÓN: 91 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2021.

     El pasado año fueron Las niñas (Pilar Palomero, 2020) una película tediosa que me aburrió profundamente, y ahora tenemos a las chavalas. El cine español actual no anda sobrado de imaginación, pero sí de oportunismo y nostalgia. Tras cinco cortometrajes, la directora nacida en Cornellá de Llobregat Carol Rodríguez Colás nos presenta un reboot de su corto Superchavalas (2017) para realizar una ligera peliculita sobre las pulsiones de la vida en el barrio y las amistades verdaderas.

   Chavalas nos presenta a Marta, Desi, Soraya y Bea (Vicky Luengo, Carolina Yuste, Ángela Cervantes y Elisabet Casanovas), amigas inseparables en la adolescencia que vuelven a encontrarse en el barrio para revivir una auténtica y tragicómica amistad. Una realidad que les obligará a enfrentarse a aquellas adolescentes que fueron y a las mujeres que quieren ser. Casi sin darse cuenta, se ayudarán a tomar decisiones importantes en sus vidas. El paso del tiempo y lo distintas que son no serán excusas para que su amistad prevalezca por encima de todo. 

    Seguro que tomando como base nuestras propias vivencias se podría hacer una película, lo cual no es óbice para que merezca una importante reseña. De hecho, yo viví mi infancia y juventud en una población muy cercana a la Cornellá que sirve de escenario a Chavalas y os aseguro que si contara mis experiencias de esos años serían mucho más sugerentes para el público que las que seguramente vivieron los personajes de la película. Aún así, como apunto, nada que puede resultar excepcional. Y es que en Chavalas apenas pasa nada, sólo es una pequeña película de un modesto tono costumbrista que pretende ser un homenaje ditirámbico y melancólico a la vida de barrio y cómo las vivencias forjaron la amistad de las protagonistas.

    Marta, a quien da oxígeno Vicky Luengo, vive en Barcelona y trabaja como fotógrafa en una publicación de moda o tendencias. Un día, se queda sin trabajo y tiene que volver al barrio de Cornellá donde creció para vivir en el piso con sus padres. Marta se avergüenza de sus orígenes, pero sobre todo y aunque sólo tiene 27 años, se avergüenza de sus fracasos, por eso miente y se muestra arrogante y con altas aspiraciones. Rodríguez Colás intenta imprimir autenticidad a las relaciones familiares y de amistad, a la complicada realidad que supone la incorporación de los jóvenes al mercado laboral, denuncia las artificiosas representaciones artísticas actuales y los estrechos horizontes que limitan el extrarradio. Sin embargo, todo resulta impostado, falto de garra y emoción e incluso anticuado, tal vez como deriva de un guión que ofrece pocos asideros.

     Por supuesto, los barrios también han evolucionado. De las asociaciones vecinales se ha pasado a las organizaciones activistas más combativas y concienciadas política y socialmente. La tecnología y las nuevas infraestructuras han conseguido que las ciudades periféricas sigan el latido del corazón de las grandes urbes. Pero Rodríguez Colás prefiere incidir en los clichés, idealizando la vida de los suburbios como si se tratara de una gran familia, donde todo el mundo se ayuda y siempre hay una palabra de ánimo, un gesto de aliento. No es real, como tampoco lo es el magnetismo que irradian los usos, costumbres y estética choni y charnega que de manera forzada queda en la simple anécdota. Más cerca de la comedia liviana pintada con el barniz de la nostalgia que del verismo del cine social y costumbrista, Chavalas dejará poco poso en la memoria cinéfila, ni el elenco brilla con una especial luz, ni encontramos ningún hallazgo en el apartado técnico y estético. No hay misterios ni emociones ni severos conflictos existenciales en una historia en donde la redención personal a través del regreso a los orígenes en la búsqueda de bocados de realidad y el amor incondicional deviene en un relato endeble, sin alma.

viernes, 24 de septiembre de 2021

CRÍTICA: "THE CARD COUNTER" (Paul Schrader, 2021)

 

De la culpa, la expiación y el sacrificio

“THE CARD COUNTER” êêêê

DIRECTOR: Paul Schrader.

INTÉRPRETES: Oscar Isaac, Tye Sheridan, Tiffany Haddish, Willem Dafoe, Bobby C. King.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 112 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2021.

     El viejo zorro de Paul Schrader aún lo tiene. Como saben mis lectores no seré yo quien dude de la cualificación de este veterano guionista y director nacido en Gran Rapids (Michigan) en 1946, un cineasta por el que siento debilidad. De hecho, mi blog es un homenaje a Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) que cuenta con un libreto magistral suyo que lo lanzó al estrellato ofreciéndole la oportunidad de dirigir títulos tan interesantes como Blue Collar (1978) y Hardcore, un mundo oculto (1979), así como artefactos más comerciales como American Gigoló (1980) y El beso de la pantera (1982). Cierto que no había vuelto a rayar como en sus mejores obras, las magníficas Posibilidad de escape (1992), una de mis películas favoritas, y Aflicción (1997). Pero volvió a coger el buen tono con El reverendo (2017) y ahora confirma su buena forma artística con The Card Counter, que digan lo que digan y a la espera de poder visionar algunas películas exhibidas, ha sido de lo mejor que se ha podido ver en el pasado Festival de Venecia. No olvidemos que Schrader es además el guionista de otra obra maestra firmada por Martin Scorsese, Toro Salvaje (1980).

     The Card Counter nos presenta a William Tell (Oscar Isaac) es un ex militar con un problema de ludopatía. A Tell solamente le interesa jugar a las cartas. Su espartana existencia en el casino es interrumpida cuando se cruza en su camino Cirk (Tye Sheridan), un joven que busca ayuda para llevar a cabo su plan de venganza contra un militar, el comandante Gordo (Willem Dafoe), quien también es un viejo enemigo de Tell. Con el respaldo financiero de La Linda (Tiffany Haddish), Tell pide que Cirk le acompañe en una ruta por los casinos de diferentes ciudades hasta que el trío se centra en ganar el World Series de póker en Las Vegas. Pero Mantener a Cirk en el buen camino se demuestra imposible, arrastrando a Tell a las tinieblas de su pasado.

     Con una estructura clásica y una severa banda sonora, el director de Autofocus nos obliga a seguir de manera impenitente a un personaje enigmático e indescifrable, William Tell, un jugador profesional de póker educado, frío y maniático que escribe un diario y al que da oxígeno de manera pluscuamperfecta Oscar Isaac. Todo su hermetismo se derrumba cuando conoce a un muchacho llamado Cirk, que resucitará los fantasmas de su pasado. Cirk le hace una propuesta: que le ayude a secuestrar y asesinar al militar responsable del suicidio de su padre, un comandante del ejército encarnado por Willem Dafoe. ¿Por qué le hace precisamente a él tan terrible propuesta? Porque tanto Tell como su padre actuaron como torturadores en la cárcel de Abu Ghraib en Irak a las órdenes del hombre que Cirk le propone asesinar.

     Con las obsesiones temáticas que vertebran su filmografía (la culpa, el dolor, la expiación, el sacrificio), Paul Schrader que, por supuesto, también firma el guión, se obstina en ofrecer a William Tell una oportunidad para la redención si consigue ayudar al chaval y a su madre económicamente con la condición de que se olvide de la sombría y atroz misión que sólo puede acabar trágicamente. Es ese conflicto lo que más le interesa al director, y muy poco el rutinario ritual de las partidas de póker en hoteles horteras, la nueva vida de un ex militar atormentado por la culpa y las brumas de un aciago pasado. The Card Counter es ante todo un relato sobre el pecado, la culpa y los remordimientos, también sobre el sacrificio de un hombre como única sanación para las heridas de su alma.

   No hay suspense en las partidas de póker, tampoco héroes, sólo que unos ganan y otros pierden, con escasa emotividad. Pero es en esos escenarios por donde se mueve nuestro abrumado protagonista para ganarse la vida, despistar a su soledad y, tal vez, para aplacar un poco su dolor. Sabe que no hay bálsamo para eso, que las cartas de su vida están marcadas, que su herida supura por una cuestión moral y existencial, y la atmósfera de los casinos y hoteles dotan a su existencia de un aura impersonal, del ansiado anonimato si se tiene la prudencia de no arriesgar mucho. Porque Tell no sabe cuánto pesaría su alma en la balanza de Zeus, aunque sabe cuánto pesa su culpa. Sabe también que el olvido es imposible, pero se puede optar por el perdón en un mundo que no concede valor a la indulgencia. Vislumbramos que el circuito de casinos acabará en un triste final bressoniano, cuando vivir es ya sólo una condena. Magnífica película.