lunes, 6 de abril de 2026

VISIONES: TRES MIRADAS SOBRE UN ESCALOFRIANTE CASO REAL

 

  Existen tres películas que se basan en un mismo y espeluznante hecho real, el protagonizado por el asesino y falso médico francés Jean-Claude Romand, que durante 18 años vivió una vida rebosante de mentiras y que asesinó a su mujer, sus dos hijos y a sus padres cuando vio que la falsa vida que se había inventado, en la que se hizo pasar por un alto funcionario de la OMS, iba a quedar al descubierto. 

    Una auténtica matanza que estremeció a toda Francia. Como las tres películas: El empleo del tiempo (Laurent Cantet, 2001) El adversario (Nicole García, 2002) y La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002) son magníficas, aunque la primera de ellas es para mí la mejor, me centraré en algunos puntos de interés y divergencias contrastando las tres adaptaciones cinematográficas, que no son otra cosa que aproximaciones al magistral libro de Emmanuel Carrère.

Punto de partida

    El empleo del tiempo de Cantet no adapta el crimen directamente -de hecho, no existe tal crimen- le interesa el tiempo vacío, la rutina de la mentira. Aquí lo que interesa es el antes, los preámbulos que pueden llevar al crimen. La película se centra en cómo se sostiene una vida falsa.

   El adversario de García, es más fiel al caso real. Se centra en la psicología de Jean- Claude Romand. Intenta entender el “por qué”. Es una película sobre la mente del impostor.

   La vida de nadie de Cortés traslada el caso a España y se enfoca en el impacto familiar y social. Es más emocional, más accesible. Es una película sobre las consecuencias humanas de la mentira.

El protagonista: tres formas de mirar el abismo

  Laurent Cantet nos presenta en El empleo del tiempo un personaje opaco. No lo explica. Lo observa desde fuera. Es casi un enigma existencial

  Nicole García en El adversario apuesta por la literalidad e intenta penetrar en su psicología. Hay más introspección y más explicación. El espectador sabe más, pero no lo sabe todo, se decanta por la ambigüedad psicológica.

   Eduard Cortés en La vida de nadie humaniza más al personaje, lo acerca al espectador. Es más reconocible como persona normal. Te acercas a él con una empatía incómoda.

El tiempo y la mentira como elementos clave en el tríptico

     En El empleo del tiempo, el tiempo es el tema central. Planos largos, repetición, vacío: carreteras, párkings, esperas. Sientes físicamente la mentira.

   En El adversario el tiempo es narrativo. Va transitando hacia el desenlace trágico. Tiene una estructura más clásica. El tiempo pesa como una losa cuando acompaña los pensamientos y la mentira que crece como una bola de nieve.

     En la vida de nadie el tiempo es emocional. Tiene un ritmo más directo. Enfocado en relaciones. El tiempo se nota menos pesado, pero la mentira sirve el drama.

El tono moral y el montaje como ideología

      Laurent Cantet no juzga, apenas explica, no cierra. La identidad es una construcción frágil y vacía.

     Nicole García busca comprender. Hay una mirada moral, pero compleja. El mal puede ser banal, pero tiene raíces psicológicas.

   Eduard Cortés nos presenta un relato emocional más transparente y más cercano al espectador. La mentira destruye todo lo cotidiano.

El fuera de campo: un recurso clave

    En El empleo del tiempo lo importante está fuera de campo. El vacío es el sentido, y el desperdicio del tiempo la innegable voluntad.

   En El adversario, la adaptación más literal del libro de Emmanuel Carrèrre, se nos muestra más, pero se oculta lo esencial. El crimen tiene el peso del destino.

  En La vida de nadie se reduce el fuera de campo, hace más explícitas las consecuencias. Encontramos mayor simplicidad narrativa.

Conclusión

   El mismo hecho real no existe como tal para los tres cineastas. Existe lo que cada director decide montar, mostrar y ocultar.

    Lo fascinante es que, si Cantet te deja en el vacío, García te acerca al horror y Cortés te sumerge en el drama, son tres experiencias morales completamente distintas a partir del mismo protagonista: un Jean-Claude Romand que en 2019 abandonó la prisión.

Tres miradas, tres tonos, tres ideas sobre Jean-Claude Romand

    El empleo del tiempo es un retrato frío y casi hipnótico del vacío: la mentira se aleja del drama para convertirse en rutina. Cantet elimina el morbo del escalofriante crimen y se centra en el tiempo muerto, en la deriva silenciosa de alguien que ya no tiene identidad. Resulta muy interesante e inquietante porque no pierde tiempo en explicaciones.

    El adversario es una traslación más cercana al hecho real, busca entender, no justificar. Penetra en la psicología de un impostor y construye una ambigüedad irritante, convirtiéndose en un estudio de la patología de la mentira llevada al límite, y tal vez del autoengaño.

    La vida de nadie es la adaptación más emocional y accesible. Traslada el caso a lo cotidiano y pone el foco en el daño causado. Aquí la mentira es tangible: rompe familias y amistades, destruye vínculos y deja un rastro reconocible y doloroso en su itinerario.

 Tres películas, un mismo origen… y tres formas de enfrentarse a algo profundamente perturbador: vivir una vida que no existe.

sábado, 4 de abril de 2026

DOS DE PETER MEDAK: “AL FINAL DE LA ESCALERA” Y “DOBLE JUEGO”


    Las películas Al final de la escalera (The Changeling, 1980) y Doble juego (Romeo is Bleeding, 1993) muestran dos facetas muy distintas del talento del director de origen húngaro Peter Medak, pero ambas comparten una atmósfera inquietante y un enfoque muy personal de la tensión y el suspense cinematográfico. 

ALFINAL DE LA ESCALERA

   Al final de la escalera es, para muchos aficionados entre los que me encuentro, una de las grandes joyas del cine de casas encantadas. La historia sigue a un compositor, John Russell (George C. Scott) que, tras una tragedia en la que ha perdido a su familia, se muda de Nueva York a una mansión solitaria en Seattle donde comienzan a ocurrir fenómenos inexplicables. Hasta que un día descubre una habitación secreta ubicada al final de la escalera.

   Medak construye el terror de forma clásica tomando como escenario un impresionante caserón y sus múltiples estancias vacías y una sensación constante de duelo. Lo más destacable es el carácter evocador del relato que evita el gore y el susto fácil: aquí el duelo nace de lo emocional, de la pérdida y del pasado que se niega a desaparecer.

    La interpretación de George C. Scott aporta una gravedad poco habitual en el género, elevando la historia hacia un drama sobrenatural profundamente humano. La utilización sugerente del escenario, largas panorámicas, la cámara auscultando cada rincón y el uso del sonido -golpes lejanos, ecos de una pelota rebotando- se convierten en elementos narrativos clave que siguen resultando escalofriantes y perturbadores en cada nuevo visionado. Estamos ante una obra elegante, contenida y muy influyente en el cine posterior.

DOBLE JUEGO

    En Doble juego nos encontramos con el reverso estilístico de la anterior: una película caótica, estilizada, contaminada por la época en que se rodó y cargada de cinismo. Aquí seguimos a un sargento corrupto de la policía, Jack Grimaldi (Gary Oldman) que informa a la mafia sobre sobre la ubicación de los testigos protegidos y que está atrapado en una espiral de traiciones, violencia y deseo. La función destaca por su tono neo-noir enfático, con una narrativa fragmentada y una estética que roza lo alucinatorio.

   Gary Oldman ofrece una actuación intensa e histriónica (muy parecida a la que nos regala en El profesional de Besson) perfectamente alineada con el carácter autodestructivo del protagonista. Pero quien realmente se hace dueña de la película es Lena Olin en el papel de Mona, mujer vinculada a la mafia y acusada de matar a varios agentes federales, y cuya presencia magnética y muy peligrosa convierte cada escena en algo imprevisible.

   Medak apuesta aquí por un estilo visual agresivo, una preciosa fotografía de Dariusz Wolski con colores saturados y una violencia casi operística y fascinante, tanto como el toque erótico que aportan la inocente Juliette Lewis como amante de Grimaldi o la misma actriz sueca Lena Olin, tan bella y venenosa como una serpiente Coral Azul.

jueves, 2 de abril de 2026

“VIVIR Y MORIR EN LOS ÁNGELES" (William Friedkin, 1985)

 

  TO LIVE AND DIE IN L.A.  

   Vivir y morir en Los Ángeles (William Friedkin, 1985) se inscribe dentro del cine policial estadounidense de los años ochenta como una obra singular que subvierte los códigos del thriller más clásico para entregarnos una reflexión amarga sobre la moralidad, la obsesión y la identidad en el contexto contemporáneo. Tomando distancia de la estructura convencional de la persecución entre ley y crimen, la película plantea una ambigua simetría entre el agente federal Richard Chance (William Petersen) que pone en marcha un peligroso plan para atrapar al famoso falsificador de dinero Rick Masters (Willem Dafoe), sugiriendo que ambos actúan bajo lógicas éticas igual de erosionadas.

 Desde una óptica formal, Friedkin articula una estética marcada por el hiperrealismo y la fisicidad del entorno urbano. La ciudad de Los Ángeles no es sólo un telón de fondo, actuando más como un organismo dinámico que condiciona la acción y refuerza la sensación de inestabilidad. La larga y célebre secuencia de la persecución automovilística, sobre todo cuando está rodada en sentido contrario al tráfico, ejemplifica esta apuesta por una puesta en escena visceral que privilegia la experiencia sensorial del espectador por encima de la claridad narrativa clásica. 

   Desde un plano temático, la película cuestiona la noción de justicia. Chance, lejos de encarnar un ideal heroico, se nos presenta como un individuo impulsivo, narcisista y progresivamente corrompido por su obsesión por capturar a Masters y vengar la muerte de un colega. Así, su conducta transgrede los límites legales y éticos que, supuestamente, definen su rol institucional, erigiendo una crítica a la fragilidad de las estructuras de autoridad. Se puede decir que, en este sentido, la función dialoga con una tradición de cine negro en la que la distinción entre policía y delincuente se vuelve difusa.

 El personaje de Masters, por su parte, introduce una dimensión metatextual particularmente relevante. Como falsificador, su oficio consiste en reproducir la apariencia en valor, lo que puede leerse como una metáfora del propio sistema capitalista y de las ficciones que sostienen el orden social. Su enfrentamiento con Chance no es sólo físico, también simbólico: ambos participan en la producción de falsificaciones, ya sea de dinero o de justicia.                                                    

   El desenlace de la película constituye una ruptura radical con las expectativas genéricas. La resolución narrativa, abrupta y desestabilizadora, niega cualquier forma de catarsis y obliga al espectador a reconsiderar retrospectivamente la trayectoria del protagonista. De este modo, Friedkin no sólo cuestiona los fundamentos morales del relato policial, sino que también desarticula la identificación emocional clásica, proponiendo una experiencia cinematográfica profundamente desoladora y crítica.

   Definitivamente, Vivir y morir en Los Ángeles se erige como una obra clave para entender la evolución del thriller moderno, destacando por su complejidad ética, su osadía formal y su incisiva mirada sobre el deterioro de los valores institucionales. Una gran película que necesita ser reivindicada.