miércoles, 19 de agosto de 2026

“INFIEL”, LA FUERZA VOLCÁNICA DEL DESEO

 

     En el pasado Festival de Cannes el director Andrey Zvyagintsev presentó Minotauro, la última versión o reinterpretación de la magnífica película de Claude Chabrol Una mujer infiel (1969), estaremos atentos a su estreno en enero del próximo año ya que me han llegado buenas recomendaciones de gente en la que confío. Pero fue en 2002 cuando Adrian Lyne realizó un muy aseado remake de la recordada intriga chabroliana titulado Infiel, que nos presenta a un matrimonio estable formado por Edward (Richard Gere) y Connie (Diane Lane) que gozan de una vida acomodada: tienen un hijo, dinero y una hermosa casa en las afueras de Nueva York. Pero un día, en Manhattan, Connie conoce a Paul (Olivier Martínez), un joven y seductor coleccionista de libros francés con el que Connie comienza una apasionada relación extramatrimonial.

   Tras cinco años del estreno de Lolita, Lyne regresa al territorio que mejor conoce: el deseo como fuerza para desestabilizar una existencia aparentemente ordenada donde entran en juego los celos y la infidelidad. El director británico podría haberse limitado a actualizar un sofisticado drama burgués, pero Lyne convierte el adulterio en una experiencia física cargada de sensualidad, culpa y peligro.

    La gran virtud de este remake con sello propio reside en que no culpa a Connie ni convierte su infidelidad en una simple aventura romántica. Diane Lane interpreta magistralmente el desconcierto de una mujer que descubre, quizá demasiado tarde, una dimensión desconocida de sí misma. Su relación con Edward, su marido, está construida sobre una intimidad cotidiana que hace aún más perturbadora la aparición de Paul, ese amante impulsivo y magnético que irrumpe espontáneamente como una anomalía en su vida.

   Lyne filma el deseo con una intensidad que evita tanto la vulgaridad como el simple sentimentalismo. Los cuerpos, los espacios y hasta los desplazamientos por Nueva York adquieren una sensualidad inquietante. Pero Infiel termina siendo algo más que una película de suspense sobre una infidelidad: es sobre todo un relato sobre las consecuencias imprevisibles de quebrar el equilibrio doméstico. Así, cuando el deseo se transforma en culpa, Lyne demuestra que el verdadero suspense no estaba en el adulterio, sino en aquello que podía desencadenar. A destacar la natural sensualidad de Diane Lane, una de mis musas inmortales del cine, masturbándose a la vez de forma pícara y tímida.

martes, 18 de agosto de 2026

PREESTRENO: “ADOLESCENCIA, SEXO Y MUERTE EN CAMPAMENTO MIASMA”

 

“ADOLESCENCIA, SEXO Y MUERTE EN CAMPAMENTO MIASMA”  êêê

DIRECTOR: Jane Schoenbrun.

INTÉRPRETES: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor, Sarah Sherman, Patrick Fischler.

GÉNERO: Terror paródico / DURACIÓN: 112 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

    Jane Schoenbrun vuelve a internarse en los territorios de la identidad, el deseo y el terror en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (2026), un film que utiliza las convenciones del slasher como un espejo deformante de la adolescencia y de aquello que significa sentirse diferente. Tal vez al aficionado le interese más que El brillo de la televisión (2024), si lo que se busca es una película de género con autentica personalidad. Es bastante menos contemplativa y mucho más física, excesiva y juguetona. Pero también puede resultar irritante si consideras que Schoenbrun subordina demasiado el relato al discurso sobre identidad, sexualidad y representación.

  La historia nos narra que, tras años de secuelas cutres y un fandom en declive, la franquicia slasher “Camp Miasma” es puesta en manos de una joven y entusiasta directora, Kris (Hannah Einbinder) para que la resucite. Pero cuando visita a la estrella de la película original, Billy (Gillian Anderson), una actriz que ahora vive recluida y envuelta en misterio, las dos caen en una espiral de sangre, deseo, miedo y delirio.

    Esa pretensión de la joven cineasta de hacer un remake teniendo como protagonista a un antiguo icono del terror, pronto se convierte en un juego de espejos donde ficción, memoria y experiencia personal terminan confundiéndose. El campamento deja de ser el simple escenario de una matanza para convertirse en un espacio mental, cargado de pulsiones sexuales, miedo y recuerdos reprimidos.

  Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se estrenó como película inaugural de Un Certain Regard en Cannes y posteriormente ganó la Queer Palm, y por supuesto, no existe realmente una franquicia llamada “Camp Miasma”. Es una invención de Schonbraun dentro de la propia película. Es por eso que el juego resulta sugerente como concepto de cine dentro del cine: vemos una película sobre alguien que intenta rehacer una película que sólo existe en el imaginario argumental. Gillian Anderson tiene un papel algo pasado de vueltas, mientras que Hannah Einbinder sostiene el componente más íntimo y psicológico. La relación entre ambas constituye el eje central del relato.

   El elemento transgénero y homosexual está presente en el relato, pero Schonbraun no presenta la identidad trans como una simple cuestión temática o reivindicativa, sino como parte del núcleo traumático y emocional de sus personajes. El peculiar villano del slasher, tradicionalmente asociado a lo extraño o excluido, adquiere aquí otra dimensión: el cuerpo que provoca miedo es también el cuerpo que busca liberarse de una identidad impuesta.

   Hay ideas poderosas en esta inversión, aunque Schoenbrun las subraya demasiado en ciertas ocasiones. Con todo, la película posee una personalidad visual y conceptual innegable donde domina lo camp, lo hortera, lo analógico y la nostalgia por los antiguos formatos domésticos de los 80, y demuestra que el slasher todavía puede utilizarse para hablar de identidad sin renunciar al sexo, la sangre y el humor negro. La función permite a Schoenbrun cambiar el viejo mecanismo del género que convertía al personaje sexual o genéricamente diferente en monstruo. En fin, estamos ante una película que abraza el espíritu de los nuevos tiempos festejando la nostalgia.

domingo, 16 de agosto de 2026

“ATRACCIÓN FATAL”, LOS PELIGROSOS ABISMOS COTIDIANOS

 

   Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987) siempre ha sido contemplada principalmente como un thriller erótico de vocación moralizante, pero reducir la película a esa etiqueta significa ignorar la extraordinaria precisión con la que Lyne convierte cada aventura extramatrimonial en una pesadilla doméstica: Dan Gallagher (Michael Douglas) es el estadounidense perfecto: tiene una esposa maravillosa, una hija encantadora y un espléndido trabajo. En una fiesta conoce a Alex Forrest (Glenn Close), una atractiva mujer por la que se deja seducir. Él se lo toma como una aventura ocasional. Alex, en cambio, cuando él quiere poner fin a la relación reacciona con una violencia desmedida. No acepta ser rechazada y sus incontrolados sentimientos se convierten en una obsesión enfermiza y peligrosa.

    Su gran virtud reside en la ambigüedad inicial. Dan Gallagher no es presentado como un pervertido a la caza de cualquier presa, sino como un hombre acomodado que comete una infidelidad creyendo controlar sus consecuencias. Alex Forrest tampoco se nos dibuja inmediatamente como una psicópata, sino como una mujer que desea prolongar una relación que para Dan no pasa de ser una simple aventura. La película funciona precisamente porque durante buena parte de su metraje resulta imposible establecer con claridad dónde termina la culpa de uno y comienza la obsesión de la otra.

   Lyne demuestra además un extraordinario dominio del espacio. El apartamento, la casa familiar, el ascensor, el lugar de trabajo y, finalmente, el hogar convertido en fortaleza, van modificando progresivamente su significado. Lo cotidiano se vuelve amenazante. La sofisticada puesta en escena de Lyne -heredera del mejor thriller psicológico- utiliza la iluminación, los reflejos, los encuadres y el montaje para introducir la paranoia en escenarios aparentemente seguros.

  Y qué decir de Glenn Close, absolutamente formidable. Su Alex no necesita ser permanentemente histérica para resultar inquietante; nos basta con su mirada, su serenidad perturbadora y esa sensación de abismo emocional que transmite. Michael Douglas, igualmente compone con inteligencia a un protagonista atrapado por sus propias decisiones (debe hacer frente a las consecuencias ante su esposa) que nos alertan de lo peligroso que puede resultar eso que llamamos “echar una cana al aire”.

   Puede discutirse su discursivo convencionalismo moral, pero Atracción fatal posee algo más importante: tensión, atmósfera y una capacidad extraordinaria para convertir la culpa, el deseo y el miedo en materia cinematográfica. Su inmenso éxito en las taquillas de todo el mundo y eficacia no es por casualidad: es el resultado de una puesta en escena soberbia y de un thriller que sabe exactamente dónde colocar el filo del cuchillo.