sábado, 14 de marzo de 2026

CRÍTICA: "LA TREGUA" (Miguel Ángel Vivas, 2025)

 

Enemigos íntimos

“LA TREGUA”  êêê

DIRECTOR: Miguel Ángel Vivas.

INTÉRPRETES: Miguel Herrán, Arón Piper, José Pastor, Javier Pereira, Fernando Valdivielso, Alejandro Jato, Federico Pérez, Manel Llunell.

GÉNERO: Drama bélico / DURACIÓN: 150 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025

    Para quien esto escribe, las dos mejores películas de Miguel Ángel Vivas, cuya ópera prima se remonta al año 2001 cuando debutó con la irregular Reflejos, son la potente e intensa home invasion Secuestrados (2010) y el dramático relato de venganza Tu hijo (2018). Tras la fallida Asedio (2023), nos presenta ahora esta producción Netflix para situarnos en un Gulag soviético en Kazajstán llamado Spassk99 durante la Segunda Guerra Mundial. En ese campo de trabajo, si lograban sobrevivir, se hacinaban los considerados “enemigos del pueblo”, entre ellos integrantes de los dos bandos españoles de la Guerra Civil: soldados republicanos españoles liderados por el capitán Reyes (Arón Piper) que fueron formados por la URSS y condenados allí por querer volver a cuando terminó la guerra en España, y voluntarios de la División Azul liderados por el teniente Salgado (Miguel Herrán) que fueron capturados por los nazis en Leningrado. Enemigos que debieron dejar de lado sus ideologías y unirse.

    Lo que se podría haber planteado como un episodio puramente histórico, en manos de Vivas se convierte en un relato íntimo sobre la supervivencia, la culpa y la siempre frágil posibilidad de reconciliación. La película sigue a dos grupos de prisioneros obligados a convivir en un entorno extremo donde el frío, el hambre y la violencia forman parte de la rutina diaria.

  Al principio, la tensión entre ambos bandos de combatientes españoles es fiera e inevitable porque las heridas de la guerra civil aún están abiertas y el país quedó profundamente dividido. Sin embargo, Vivas utiliza el espacio cerrado del campo de trabajo como un laboratorio emocional donde las identidades ideológicas se van erosionando poco a poco. La hostilidad inicial va cediendo terreno a una alianza pragmática, y más tarde a un entendimiento forzado pero necesario.

   Me gusta especialmente cómo está creada la atmósfera, El director, que como apuntaba anteriormente, ya había demostrado una gran pericia para generar tensión en películas como Secuestrados, apuesta aquí por un tono sobrio y áspero. Los paisajes helados y los barracones del gulag están filmados con una frialdad casi documental, reforzando la sensación de aislamiento y desesperanza. La puesta en escena se aleja del espectáculo bélico convencional y se centra en los cuerpos exhaustos y maltratados, en la desesperación y la desconfianza.

   Las interpretaciones sostienen buena parte del peso dramático. Miguel Herrán y Aaron Piper ofrecen trabajos austeros enfrentándose a personajes endurecidos por la guerra y el exilio. Su química funciona precisamente porque nunca se vuelve demasiado sentimental en una historia que hubiese sido fácil regarla con más emotividad. La relación entre ambos avanza con cautela, marcada por el resentimiento y la necesidad mutua.

    No obstante, la función tiene bastantes altibajos. En ciertos momentos el libreto parece simplificar los conflictos ideológicos que plantea, optando por una resolución más simbólica que compleja, y echamos en falta una mayor introspección política en el trasfondo del relato. Estando lejos de ser una película redonda, La tregua tiene ambición temática y cierto didactismo. Se habla mucho de la guerra y menos de las cicatrices que quedan cuando termina, la probabilidad mínima, aunque real de que dos enemigos encuentren un terreno común cuando todo lo demás ya ha desaparecido. Estamos ante un drama duro y honesto que apuesta por la humanidad en medio del desastre.

martes, 10 de marzo de 2026

CRÍTICA: "SUBSUELO" (Fernando Franco, 2025)

 

El peso de la culpa

“SUBSUELO”  êêê

DIRECTOR: Fernando Franco.

INTÉRPRETES: Julia Martínez, Diego Garisa, Nacho Sancho, Sonia Almarcha, Itzan Escamilla, Gerardo de Pablos.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 115 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025

  Fernando Franco (La herida, La consagración de la primavera) en su cuarto largometraje nos presenta un thriller psicológico basado en la novela homónima del escritor argentino Marcelo Luján que gira en torno a dos hermanos mellizos Eva y Fabián (Julia Martínez y Diego Garisa) que siendo adolescentes se ven implicados en un accidente durante una noche de verano que deja a Fabián paralítico de por vida y provoca la muerte de otro joven que los acompañaba, Javi (Itzan Escamilla. El suceso desencadena un entramado de secretos, culpa y tensiones familiares, ya que las circunstancias reales del accidente parecen ser conocidas sólo por ellos y su madre.

    Como en sus trabajos anteriores, Franco vuelve a explorar parajes emocionales inquietantes, relaciones enfermizas y personajes atrapados en dinámicas de poder que parecen imposibles de romper. Aparentemente, la película parte de una premisa simple. Sin embargo, lo que en principio se presenta como una tragedia fortuita pronto revela capas más turbias. El relato se construye sobre una estructura fragmentada que va desenterrando lentamente el secreto que la familia ha mantenido oculto durante años. En ese sentido, el título resulta muy pertinente: la historia se mueve constantemente sobre la superficie de las apariencias y ese subsuelo de culpa, manipulación, chantaje y violencia emocional que sostiene la vida de los personajes.

    Con ecos referenciales del cine de Carlos Vermut, uno de los mayores aciertos de la función es su atmósfera. Franco apuesta por una puesta en escena sobria, de ritmo deliberadamente pausado, donde el peso dramático recae sobre el desasosiego de los personajes, sus ansiedades y el peso de la culpa. La cámara observa a los personajes con un realismo tangible, pero sin subrayados melodramáticos. Este enfoque refuerza el carácter inquietante de la relación entre los hermanos, núcleo emocional de la película y motor de su progresiva degradación presentando a un Fabián celoso y capaz de todo cuando su hermana inicia una relación.

   El trabajo interpretativo contribuye decisivamente a esa sensación de perturbación. Los actores construyen personajes opacos, rebosantes de zonas grises, que en contadas ocasiones explican lo que sienten. Esa contención funciona especialmente bien en las escenas escabrosas entre Eva y Fabián, donde el chantaje emocional y la tensión psicológica se perciben incluso cuando apenas ocurre nada en la superficie.

 No obstante, Subsuelo también muestra debilidades. El tempo narrativo, tan característico del director, puede resultar excesivamente moroso en ciertos tramos, y la acumulación de pautas y ambigüedades termina diluyendo parte de la intensidad dramática. Asimismo, el relato confía tanto en la sugerencia que algunos aspectos de la trama apenas quedan esbozados, lo que puede generar una sensación de distancia emocional en parte de los espectadores. 

    Aun con esas reservas, Subsuelo es una obra coherente con la filmografía de Fernando Franco: un retrato sombrío de las relaciones familiares cuando la culpa, los remordimientos, la intimidad, el control y la dependencia se convierten en el verdadero cimiento de la convivencia. Más que un thriller tradicional, estamos ante una película que funciona como un estudio psicológico sobre la imposibilidad de escapar de ciertos vínculos. De ahí el final abierto, que dibuja una espiral atroz en la que no se adivina el fin. Como su título sugiere, lo más alarmante no está en lo que vemos, sino en lo que permanece enterrado bajo la superficie.

sábado, 7 de marzo de 2026

CRÍTICA: "URCHIN" (Harris Dickinson, 2025)

 

Psicología y emociones de la exclusión social

“URCHIN”  êêê

DIRECTOR: Harris Dickinson.

INTÉRPRETES: Frank Dillane, Megan Northam, Diane Axford, Murat Erkek, Moe Hashim, Amr Waked, Harris Dickinson.

GÉNERO: Drama social / DURACIÓN: 99 minutos / PAÍS: Reino Unido / AÑO: 2025

  La ópera prima como director y guionista del magnífico actor británico Harris Dickinson se inscribe con nitidez dentro de la corriente tradicional del realismo social británico, pero introduce matices formales y psicológicos que marcan cierta distancia como para considerarse una mera imitación de sus más obvios precedentes. Presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, la película no descubre la pólvora, pero articula un retrato áspero y profundamente empático de la marginalidad urbana contemporánea.

    La función sigue a Mike (Frank Dillane), un joven sin hogar que intenta reconstruir su vida tras salir de prisión por haber cometido un robo con agresión. Desde su premisa argumental, la película remite inevitablemente a las filmografías de Ken Loach, Mike Leigh y Andrea Arnold, en cuyo cine la precariedad laboral, económica y la exclusión social se convierten en motores dramáticos centrales. Sin embargo, Dickinson se aleja de ese modelo mediante una aproximación más subjetiva al protagonista, privilegiando la experiencia emocional y psicológica por encima de la dimensión estrictamente sociológica.

  Formalmente, Urchin adopta una estética de fuerte impronta naturalista con la utilización de la cámara en mano, iluminación predominantemente natural y una puesta en escena que prioriza los espacios urbanos degradados de Londres. No obstante, el director introduce rupturas estilísticas que revelan personalidad, una ambición autoral poco frecuente en un director debutante. En determinados momentos, la narración abandona el registro estrictamente observacional para explorar estados mentales alterados del protagonista -con el cual es muy difícil empatizar-, sugiriendo la inestabilidad emocional que define su trayectoria vital. Estas inflexiones formales aportan una dimensión casi sensorial al relato, subrayando el carácter cíclico de la autodestrucción de Mike.

     El trabajo interpretativo de Frank Dillane constituye uno de los pilares más fuertes de la cinta. Su composición evita tanto el sentimentalismo como la caricatura del marginado social; el actor construye un personaje contradictorio, simultáneamente vulnerable, irrespetuoso y agresivo, cuya incapacidad para sostener una trayectoria de redención se convierte en el verdadero núcleo trágico de la historia. Dickinson demuestra una estimable sensibilidad para dirigir a actores y permite que las escenas respiren con libérrima amplitud, que las miradas y la gestualidad adquieran una función expresiva esencial.

      Desde una perspectiva temática, Urchin aborda la dificultad de la reinserción social en el contexto urbano contemporáneo, pero rehúye cualquier conclusión moralizante. En lugar de ofrecer un relato de superación o denuncia explícita, la película se construye como una observación impenitente de un individuo atrapado en una maraña de condicionantes sociales y pulsiones autodestructivas.

    En suma, Urchin revela a Dickinson como un cineasta con una voz emergente dentro del panorama británico contemporáneo. Su debut no sólo dialoga con el legado del realismo social, pues además introduce una sensibilidad más introspectiva y formalmente nerviosa, capaz de hacer un intento por renovar -al menos parcialmente- una sólida tradición cinematográfica que retrata a los que La Banda Trapera del Río bautizaría como los escupidos de la boca de Dios.