lunes, 12 de octubre de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “LANDSCAPE SUICIDE” (1987)

 

DIRECCIÓN, GUIÓN Y FOTOGRAFÍA: James Benning.

GÉNERO: Documental/Cine experimental.

   Landscape Suicide (1987) siempre me ha parecido la película más fascinante del documentalista experimental estadounidense James Benning porque nos enseña que para aproximarse al horror no necesita reproducirlo explícitamente. Su operación cinematográfica consiste, precisamente, en escamotear imágenes que el espectador espera encontrar: ni violencia explícita ni reconstrucciones dramáticas de los crímenes, sólo entrevistas, rostros, espacios y paisajes aparentemente indiferentes a la tragedia.

   Los dos episodios centrales de la película (el asesinato de la adolescente Kirsten Marina Costas en 1984 a manos de otra adolescente llamada Bernardett Protti y la trayectoria criminal de Ed Gein a partir de que fue detenido en 1957) establecen un inquietante diálogo entre épocas, geografías y manifestaciones de la violencia. Benning no busca explicar la psicología de los culpables, sino explicar nuestra necesidad de buscar explicaciones, motivos y una lógica tranquilizadora para lo inexplicable. Los lugares donde ocurrieron los hechos adquieren una dimensión casi metafísica: la naturaleza permanece indiferente mientras la memoria humana deposita sobre ella su carga de horror.

  El estilo de Benning, uno de los nombres fundamentales del cine experimental estadounidense, exige una disposición poco habitual: mirar sin impaciencia, escuchar sin buscar conclusiones inmediatas y aceptar que una imagen puede provocar pensamientos sin necesidad de ilustrar la historia. Su cine convierte la duración, el encuadre estático y el sonido ambiental en herramientas de conocimiento.

  Lo admirable de Landscape Suicide es que su austeridad no desemboca en frialdad, sino en una perturbadora reflexión moral. Frente al espectáculo criminal, Benning propone una mirada que no explota el sufrimiento ni convierte al asesino en un personaje fascinante, basta con comprender qué ocurrió allí, en lugares ordinarios, habitados por personas aparentemente corrientes. Derivando en un cine exigente, sí, pero profundamente inquietante.

  Los insertos que Benning introduce hacen aún más interesante la experiencia. Fragmentos de la vida cotidiana que, en apariencia, no guardan relación directa con los crímenes, pero desestabilizan nuestra manera de contemplarlos: una chica en una pista de tenis realizando saques durante más de tres minutos, otra chica que habla por teléfono en una cama sin que se oiga la conversación, una mujer que baila una canción que suena en una vieja radio, las proclamas de predicadores en la radio del automóvil, un cazador que destripa un venado componen una suerte de mosaico de gestos comunes alejados de las constantes severas de las dos historias principales.  

   La secuencia del venado resulta especialmente significativa: el despiece del animal introduce una materialidad brutal que contrasta con la violencia evocada mediante entrevistas y paisajes. Benning no subraya la analogía; deja que sea el espectador quien establezca -o rechace- las conexiones. Las proclamas de los predicadores que se escuchan por la radio del coche añaden otra dimensión: la de una sociedad atravesada por discursos morales y religiosos que conviven con una realidad mucho menos ordenada de lo que esos discursos prometen.

   Benning crea un sentido mediante la yuxtaposición, no mediante la explicación. Es un cine de asociaciones, discontinuidades y tiempos muertos que obliga al espectador a abandonar la pasividad narrativa. En lugar de conducirnos a una conclusión psicológica sobre Ed Gein o Bernardette Protti, nos enfrenta a un mundo donde la violencia, la normalidad, la moral y la vida rutinaria coexisten sin ofrecer una síntesis tranquilizadora. Esa resistencia a explicarlo todo constituye, a mi juicio, una de las mayores virtudes de la película.

   El título Landscape Suicide (algo así como Paisaje Suicida) me resulta muy ambiguo, porque su sentido no hace una referencia literal al suicidio, lo que sugiere es una relación turbadora entre el territorio, la violencia y la destrucción. En primer lugar, el paisaje es el testigo mudo de los acontecimientos. Benning filma los lugares donde se cometieron los crímenes sin convertirlos en escenarios dramáticos. Son espacios ordinarios, desprovistos de cualquier singularidad posible, y esa normalidad resulta inquietante: el Mal no necesita un paisaje excepcional para manifestarse. La violencia irrumpe que antes y después de ella, continúan pareciendo perfectamente inocentes.

    Pero el título admite también otra lectura más abstracta. ¿Y si el paisaje suicida fuese el de una sociedad que contiene en su interior las condiciones y la fórmula de su propia destrucción? Las proclamas religiosas, los gestos cotidianos, la violencia ejercida sobre el animal y los crímenes humanos componen una realidad fragmentaria en la que la moral proclamada y la conducta efectiva no siempre coinciden. Hay, además, una paradoja netamente cinematográfica: el paisaje permanece, mientras las vidas desaparecen. La cámara fija, los largos planos contemplativos, registran esa diferencia del mundo ante la tragedia humana.

   Mi interpretación preferida sobre el título sería la siguiente: el paisaje no es lugar donde ocurre la violencia, sino la forma visible de un mundo incapaz de ofrecer una explicación definitiva sobre ella. Esta sociedad no ofrece ningún asidero para el sosiego. Benning transforma así el título en una pregunta abierta. No nos dice quién se destruye, ni por qué, ni siquiera dónde termina la responsabilidad individual y comienza la colectiva. Y esa incertidumbre es coherente con una película que se niega a convertir el crimen en espectáculo o proporcionarnos la clave o el consuelo de una justificación dogmática.

    A quien le interese esta excelente y singular obra, Landscape Suicide está disponible en Youtube en versión original.

sábado, 10 de octubre de 2026

CRÍTICA: "ANIMALES" (Ben Affleck, 2026)

 

¡Qué necesidad, Ben, qué necesidad!

“ANIMALES”  ê

DIRECTOR: Ben Affleck.

INTÉRPRETES: Ben Affleck, Kerry Washington, Gillian Anderson, Steven Yeun, Adriana Paz, Luis Gerardo Méndez, Ray Fisher.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 100 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

   Ben Affleck ha demostrado sobradamente ser un director competente y con gran dominio del medio en obras como Adiós pequeña, adiós (2007), The Town (2010) y Argo (2012), es por eso que me ha resultado tan indigesto el visionado de su última película para Netflix, la peor de su carrera como coguionista, protagonista y director. La historia sigue a Mark Kimball (Ben Affleck), un candidato a la alcaldía de Los Ángeles que una noche recibe una llamada de alguien que le dice que ha secuestrado a su hijo, viéndose arrastrado junto a su mujer, Abigail (Kerry Washington) a una peligrosa red de engaños. Mientras luchan contrarreloj para reunir los siete millones del rescate, ambos se verán obligados a tomar decisiones capaces de poner en riesgo aquello que desean proteger.

    Resulta verdaderamente decepcionante que Ben Affleck se dedique a ilustrar un ya de por sí un flojo guión en lugar de construir una verdadera puesta en escena. La cámara se limita a registrar las situaciones, los intérpretes se comportan de forma profesional, la trama avanza, pero falta una mínima mirada autoral que transforme ese material en cine con una cierta personalidad. Y eso resulta especialmente llamativo en un thriller criminal, un género que exige administrar la información, modular la tensión y trabajar con precisión los espacios y las líneas de diálogos. Cuando la dirección es tan plana, el suspense se convierte en una mera sucesión de acontecimientos.

   El principal problema reside en la incapacidad del relato de trascender sus propios mecanismos argumentales. Los giros se suceden sin provocar una tensión sostenida, mientras las distintas líneas dramáticas (la confusión con el niño secuestrado, la llegada de la conseguidora, la irrupción del jardinero marido de la asistenta, el conflicto por una infidelidad) parecen obedecer más a la necesidad de complicar la trama que a una verdadera exigencia narrativa. La vertiente política, potencialmente interesante, termina subordinada a un ejercicio de suspense simplón, tan convencional que apenas profundiza en los dilemas que plantea.

   Ni siquiera el reparto que incluye, además del propio Affleck, a Gillian Anderson, Kerry Washington. Steven Yeun y Adriana Paz, logra rescatar una propuesta que parece confiar demasiado en la gravedad de sus circunstancias y demasiado poco en la calidad y elaboración cinematográfica, además, se echa en falta una aspereza moral que podría haber dado hondura a la historia. Todos los elementos argumentales quedan expuestos, pero nunca adquieren una verdadera densidad dramática. Como ejemplo, ese desenlace tan inverosímil y atropellado en un canal de agua que parece copiar la magistral secuencia de A quemarropa (John Boorman, 1967). En el caso de Ben Affleck el problema no parece ser una falta de oficio, sino algo aún más decepcionante: la ausencia de una necesidad expresiva, de una mirada singular capaz de justificar la película más allá de su argumento. En definitiva, un relato anodino, irrelevante, rutinario, deslavazado… y mediocre, que es lo peor que se puede decir de una película.

jueves, 8 de octubre de 2026

CRÍTICA: "LA BOLA NEGRA" (Javier Calvo, Javier Ambrossi, 2026)

 

Los estados de una herida colectiva

“LA BOLA NEGRA”  êêê

DIRECTORES: Javier Calvo, Javier Ambrossi.

INTÉRPRETES: Guitarricadelafuente, Migel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Penélope Cruz, Glenn Close, Antonio de la Torre.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 158 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2026

  La bola negra (2026) la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi que se ha convertido en un fenómeno cultural, es una obra de una ambición considerable que articula tres historias separadas temporalmente (1932, 1937 y 2017) para construir una suerte de genealogía del deseo homosexual en España a través de vidas sufrientes y, de una manera u otra, condenadas. No se trata de episodios autónomos, sino de relatos que establecen entre sí una relación de continuidad. Aquello que no pudo decirse, vivirse o reconocerse en una época reaparece, transformado en las siguientes.

   El episodio de 1932 se sitúa en una época todavía republicana, donde la emancipación convive con la persistencia de códigos morales y sociales profundamente represivos. El de 1937 introduce la fractura decisiva de la Guerra civil: el deseo deja de enfrentarse solamente a la censura social para quedar convertido en estigma. Finalmente, 2017 representa una sociedad formalmente liberada, aunque la película sugiere que la conquista de derechos no implica necesariamente la desaparición de las heridas transmitidas por la historia.

   Con remarcado barroquismo visual, una fotografía expresionista en 35 mm a cargo de Gris Jordana y una notable dimensión simbólica, la estructura episódica adquiere un significado que trasciende la mera reconstrucción de épocas y logra trasmutar la pulsión dramática lorquiana en un manifiesto visual de resistencia y catarsis colectiva. Cada segmento funciona como una capa de memoria sobre el anterior. La España contemporánea no aparece como una realidad desligada de aquellas otras Españas, sino como su consecuencia problemática. El pasado persiste en los gestos, en los silencios y, sobre todo, en la dificultad de asumir una identidad sin el lastre de la culpa heredada.

  La historia de 1932 sigue a Carlos (Milo Quifes) un joven de la alta burguesía granadina al que se le deniega la entrada a un prestigioso casino debido a los rumores sobre su homosexualidad, sus miembros han votado en su contra utilizando una bola negra (sistema de votación secreto). Su padre le pide que lo niegue todo para salvar el honor familiar. Este episodio está inspirado en el texto inicial y dibujos del proyecto inacabado de García Lorca.

  En el segundo episodio de 1937 en plena Guerra civil, Sebastían (Guitarricadelafuente) es un joven soldado del bando nacional encargado de custodiar a un prisionero republicano malherido, Rafael (Miguel Bernardeau). Entre ellos surge una íntima, silenciosa y trágica historia de amor marcada por el deseo y la inminencia de la muerte. En el episodio de 2017, inspirado en las vivencias del dramaturgo Alberto conejero y su obra “La piedra oscura”, nos encontramos con Alberto (Carlos González), a través del cual la película explora cómo el trauma heredado, la memoria histórica de las generaciones pasadas y las cicatrices de la homofobia siguen con su eco maldito en el actual colectivo queer.

  Aunque las tres épocas parecen independientes inicialmente, la habilidad del montaje hace que las líneas temporales se borren y se entrecrucen de forma onírica. El recurso tiene gran fuerza conceptual, los paralelismos de las tres historias están tan cuidadosamente trazados que, en determinados momentos, la película parece querer imponer al espectador su interpretación. La emoción precede ocasionalmente a la ambigüedad.

    El resultado es, con todo, una película culturalmente significativa. Un melodrama que desborda la vocación histórica y utiliza tres momentos de España no para narrar tres historias distintas, sino para contar tres estados de una misma herida colectiva, y sitúa el deseo disidente como eje vertebrador de la identidad en el devenir sociopolítico de un país. Así, La bola negra es una obra más valiosa por la ambición de su proyecto y la recuperación de la figura incandescente del grandioso poeta Federico García Lorca -y su herencia inabarcable- que por la perfecta ejecución de un conjunto saturado de símbolos que ha llevado al éxtasis a críticos y espectadores, pero resulta interesante cómo logra convertir un trauma generacional y la memoria queer española en materia de tragedia universal.