domingo, 4 de octubre de 2026

“EL INQUILINO” (1957), EL PROBLEMA DE LA VIVIENDA EN ESPAÑA VIENE DE LEJOS

 

   Como ocurrió en Surcos (1951), el magnífico director J. A. Nieves Conde vuelve a utilizar en El inquilino una mirada realista, social y casi documental, siempre bajo las limitaciones de la censura franquista. Fernando Fernán Gómez da vida a Evaristo, un practicante casado con Marta (María Rosa Salgado) y con cuatro hijos pequeños que se enfrenta a una situación devastadora para su familia: su vivienda debe ser derribada y debe encontrar otra en un mercado donde los alquileres son inaccesibles y las alternativas prácticamente inexistentes.

  Lo extraordinario es que El inquilino no necesita convertir el asunto en un discurso político explícito. La angustia procede de la propia mecánica cotidiana: el propietario, el alquiler, el desahucio, la escasez de viviendas, la especulación, la burocracia y una familia que no sabe dónde podrá vivir mañana.  

   Y ahí está precisamente su conexión con el presente. Han cambiado radicalmente las circunstancias económicas y sociales, pero permanece el problema: la vivienda es una necesidad vital básica y, al mismo tiempo, una mercancía sometida a las reglas del mercado. La historia de la censura de la película resulta además reveladora. El régimen consideró demasiado problemática aquella representación de la precariedad habitacional y obligó a modificar el desenlace, hasta el punto que la película fue retirada de la circulación y remontada, Los mismos problemas que Nieves Conde había sufrido con Surcos.

   Así, El inquilino no es una simple curiosidad de la cinematografía española: es una película sorprendentemente contemporánea. Un reciente visionado, me produce una sensación extraña. Casi setenta años después seguimos discutiendo sobre alquileres imposibles, falta de vivienda, especulación, fondos inversores y familias desahuciadas en determinadas zonas.

   La imagen de la familia con sus muebles en plena calle, literalmente expulsada de su vivienda y sin una solución real, tiene una fuerza tremenda. No hay una salida tranquilizadora ni una reparación de la injusticia: la familia queda desamparada ante un problema que la supera. El mueble doméstico, que comúnmente representa estabilidad y hogar, se convierte de repente en un puñado de objetos amontonados en el espacio público.

  Ese final no habla solamente de las penurias de los años cincuenta; habla de una situación estructural: qué sucede cuando, actualmente, el derecho constitucional a disponer de una vivienda digna choca frontalmente con la lógica de la economía del mercado y las leyes de la oferta y la demanda. Nieves Conde, al terminar de forma tan contundente la película sabía que ningún discurso podía explicar mejor ese problema social que la imagen de una familia viviendo en la calle como consecuencia de un desahucio.

  Vista hoy, la situación tiene algo de escena neorrealista. Y resulta especialmente amarga porque no necesita ninguna hipérbole. El desahucio, la familia y los muebles ocupando la acera de una esquina de la calle y la incertidumbre de qué será de ellos… todo está dicho visualmente. Es uno de esos casos en que una película de 1957 parece hablarnos directamente desde el presente. El inquilino es una excelente tragicomedia de uno de los directores españoles por el que más debilidad siento.

viernes, 2 de octubre de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “DÍAS EXTRAÑOS” (1995)

 

"STRANGE DAYS"   

   Hay películas que uno admira y otras que, simplemente, se quedan a vivir dentro de uno. Días extraños, la mejor película para mí de Kathryn Bigelow, pertenece a esta segunda categoría. La fascinación que me provoca nace, quizás, de una mezcla casi irrepetible de techno-thriller, ciencia ficción, cine negro y pesadilla finisecular. Bigelow convierte Los Ángeles en un organismo enfermo, nocturno y violento, donde la tecnología permite experimentar recuerdos ajenos mientras la realidad se descompone a su alrededor.

  Faltan dos días para la llegada del año 2000 y las calles de Los Ángeles están rebosantes de gente. Lenny Nero (Ralph Fiennes) ha sido expulsado de la Brigada Antivicio y ahora se dedica a captar clientes para venderles unos clips que reproducen vivencias de otras personas.

  Una de las cosas que me gustaría subrayar es su extraordinaria fisicidad. La película se siente: las persecuciones, los disparos, las carreras, la respiración de los personajes, la música, la textura sucia de las calles. Bigelow filma la acción con una energía visceral que nunca parece gratuita. Y las secuencias grabadas mediante el SQUID poseen una cualidad particularmente hipnótica: son memoria, voyeurismo y deseo convertidos en experiencia cinematográfica.

 También resulta interesante su dimensión política. Bajo la apariencia de un entretenimiento futurista, Días extraños habla de racismo, brutalidad policial, manipulación mediática y miedo social. El asesinato de Jeriko One conecta la ficción con una tradición muy real de la violencia. Estamos también ante una película visionaria, no porque adivinara literalmente el futuro, sino porque intuyó determinadas formas de vivir el presente antes de que existiera realmente.

  La tecnología ilegal SQUID anticipa algo que hoy nos resulta mucho menos extraño: la posibilidad de consumir experiencias ajenas como entretenimiento, convertir la intimidad en mercancía y confundir memoria, deseo y espectáculo. Días extraños imagina una sociedad saturada de imágenes y estímulos donde la experiencia directa comienza a competir con su reproducción tecnológica.

  Bigelow, con un libreto firmado por su ex marido, James Cameron, no presenta ese futuro como una utopía tecnológica, sino como una prolongación enfermiza del presente. Los Ángeles de finales de 1999 no parece realmente futurista; parece un mundo que ha llevado hasta el extremo tendencias que ya estaban ahí. Por eso ha envejecido de una forma fresca y curiosa: algunos de sus elementos tecnológicos resultan hoy ingenuos, pero su intuición sobre la sociedad de la experiencia mediada resulta extraordinariamente moderna. Por otra parte, disfrutamos de las excelentes actuaciones de Ralph Fiennes, Angela Bassett y Juliette Lewis, tres personajes heridos que buscan alguna forma de redención.

  Cuatro años después, Matrix (1999) explora un terreno que ya había surcado a mediados de los 90 Días extraños tanto en la temática como visualmente, pero la conexión más interesante no está tanto en la estética como en la idea de una realidad susceptible de ser sustituida por una experiencia artificial.

    En Días extraños el SQUID permite vivir recuerdos ajenos como si fueran propios; en Matrix la propia realidad cotidiana es una construcción visual. Ambas plantean, desde perspectivas diferentes, una pregunta muy poderosa: ¿qué ocurre cuando dejamos de distinguir entre experiencia autentica y experiencia fabricada? Y coinciden en algo más importante: en ambas películas la tecnología no libera necesariamente al individuo, sino que puede convertirse en un instrumento de control, dependencia y alienación.


jueves, 1 de octubre de 2026

PREESTRENO: “PRIMETIME”

 

Más allá de los límites de la ética y la moral

“PRIMETIME”  êêê

DIRECTOR: Lance Oppenheim.

INTÉRPRETES: Robert Pattinson, Merrit Weber, Skyler Gisondo, Phoebe Bridgers, Matthew Maher, Bokeem Woodbine, Anna Faris.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 107 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

   Lance Oppenheim, en su primer largometraje de ficción, nos presenta una historia basada en hechos reales a modo de biopic sobre el periodista televisivo convertido en cazador de depredadores sexuales Chris Hansen, que está encarnado por Robert Pattinson, cuya figura pública está inevitablemente ligada al espectáculo televisivo sobre la caza de pedófilos con su programa “To catch a Predator”. Lo cierto es que en esta historia había material para un retrato bastante más incisivo: la frontera entre investigación periodística, entretenimiento y voyeurismo.

    Primetime encuentra más el tono sórdido, casi malsano de la historia y la atmósfera, que una verdadera profundidad dramática. Con Hansen no estamos precisamente ante un héroe convencional: hay algo de personaje egocéntrico e inquietante a la hora de aproximarse a los sospechosos, en la frialdad del procedimiento y en esa explosiva mezcla de periodista, inquisidor y showman.

  Oppenheim no lo convierte de manera simple en el típico periodista ejemplar enfrentado al mal. La sordidez está también en el propio espectáculo que Hansen crea alrededor de esos criminales. Ahí, quizás, se encuentra lo más fértil de la película. Primetime plantea una ambigüedad bastante más áspera que la simple oposición entre cazador y cazado.

    Robert Pattinson vuelve a demostrar que se siente especialmente cómodo dando vida a personajes ambiguos y ligeramente perturbadores. En la piel de Chris Hansen evita la caricatura del periodista obsesivo y construye una figura contenida, extraña, casi hermética, cuya aparente profesionalidad deja entrever su personalidad más turbia. Su trabajo no busca el lucimiento convencional: denota algo alarmante en sus silencios, en su mirada y su manera de ocupar el espacio. Una de sus interpretaciones más sobrias y bastante más interesante que la película en muchos momentos.

   Hansen persigue a hombres que acuden deliberadamente a encuentros sexuales con menores -una actividad repugnante e inequívocamente condenable-, pero el método introduce algunas preguntas: ¿hasta dónde puede llegar un periodista para conseguir una exclusiva?, ¿qué ocurre cuando la denuncia del delito se convierte simultáneamente en un espectáculo televisivo?, ¿es legítimo provocar algunas situaciones para obtener imágenes que luego serán consumidas por millones de espectadores?

   Y hay algo todavía más turbio: Hansen obtiene poder y notoriedad gracias a aquello mismo que denuncia. La humillación pública del sospechoso forma parte del producto televisivo. El espectador puede sentir que está asistiendo a una especie de justicia instantánea, pero también está consumiendo una forma de entretenimiento basada en la degradación de seres humanos. Por eso me parece acertado que la película no presente a Hansen como un héroe inmaculado. No cuestiona la finalidad de su trabajo, sino el amarillismo, el afán de protagonismo, los mecanismos y la dimensión narcisista que le asisten.  

   Y ahí el personaje se vuelve extraño y un tanto amoral: parece convencido de estar realizando algo necesario, pero al mismo tiempo existe una fascinación enfermiza por el poder de desenmascarar, acorralar y exhibir. El poder de una inmensa audiencia fiel para la que el conductor del programa es la estrella. En este sentido, la oscuridad y crudeza de Primetime no procede únicamente de los depredadores sexuales que Hansen persigue. También está en el propio dispositivo moral que permite convertir la caza del depredador en espectáculo. Es en este punto donde Oppenheim tenía una película más interesante entre manos de lo que finalmente consigue desarrollar.

lunes, 28 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "UNABOMBER" (Janus Metz, 2026)

 


El origen de una mente fracturada

“UNABOMBER”  êê

DIRECTOR: Janus Metz.

INTÉRPRETES: Russell Crowe, Jacob Tremblay, Shailene Woodley, Annabelle Wallis, Alexander Ludwig, Marc Menchaca.

GÉNERO: Thriller-terrorismo / DURACIÓN: 97 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

    En principio, Unabomber me resultaba muy interesante porque la película transita por un terreno que da bastante juego alejándose de la pregunta: ¿quién fue Unabomber?, sobre quien ya tenemos mucha información, y acercándonos a cuestiones más desconocidas: ¿qué convierte a un joven prodigio de Harvard en el terrorista que acabará siendo Ted Kaczynski? Janus Metz (Una cita con el pasado, Borg McEnroe. La película) articula la función en dos tiempos: el joven Ted (Jacob Tremblay) en Harvard, sometido a los experimentos psicológicos del profesor Henry Murray (Russell Crowe), y la investigación del FBI que terminará conduciendo hasta él. La agente Joanne Miller (Shailene Woodley), es un personaje ficticio creado como un elemento de acceso a esa investigación.

   En esta película distribuida por Netflix, Janus Metz se acerca a Ted Kaczynski evitando, al menos en principio, la tentación de convertirlo en una figura monstruosa de manual. Unabomber pretende encontrar al hombre que existía anterior al terrorista: el adolescente brillante, introvertido y cada vez más aislado que entra en Harvard con dieciséis años y acaba participando en los inquietantes experimentos psicológicos dirigidos por Henry Murray, al que da vida de manera aseada Russell Crowe.

    La idea, como comentaba, resulta interesante, pero la ejecución y estructura deja bastante que desear. Metz alterna constantemente una narración que transcurre entre los años cincuenta y la persecución del terrorista Unabomber en los años noventa (sus atentados con bombas mataron a tres personas e hirieron a veintitrés), construyendo dos películas que casi nunca encuentran una verdadera necesidad de convivir. La investigación contrarreloj del FBI posee los ingredientes del thriller, mientras que el episodio de Harvard aspira a una dimensión psicológica mucho más compleja y profunda. El resultado oscila a medio gas entre el procedimiento policial convencional y la reconstrucción biográfica, sin que ninguna de las dos vertientes narrativas resulten totalmente convincentes, resultando más fascinante la etapa de estudiante superdotado.  

   Jacob Tremblay, dando oxígeno a al joven Kaczynski, sí convence y sostiene buena parte del interés. Su personaje no aparece inicialmente como un futuro terrorista, sino como un joven intelectualmente extraordinario cuya relación con los demás se va deteriorando. Russell Crowe, por su parte, aporta una ambigüedad inquietante al profesor Murray. Shailene Woodley encarna a la agente ficticia e intuitiva Joanna Miller, de la que dudan sus superiores y concebida por los guionistas como el personaje que intenta comprender qué hay detrás de la figura de Unabomber y de dónde surgen sus motivaciones para cometer las acciones terroristas, que sólo en parte quedan fundamentadas en su manifiesto “La sociedad industrial y su futuro”.

   Lo más sugerente de Unabomber está, por tanto, en esa zona intangible pero alarmante desde la que se pueda comprender que las circunstancias vitales y traumáticas de un criminal no significan justificar sus actos. Lo menos convincente es que la película parece necesitar explicar demasiado a un personaje cuya fascinación cinematográfica procede precisamente de aquello que permanece inexplicable. Y seguro que habrá quien se preguntará hasta qué punto Metz consigue reconstruir al hombre y su ideología sin convertir esa reconstrucción en una mitificación del terrorista. Cuestión que, sinceramente, a mí me importa un carajo. Lo cierto es que Metz tenía ante sí una historia formidable, el problema quizá fue ser demasiado consciente de ello.

sábado, 26 de septiembre de 2026

CRÍTICA: "BLOODY TENNIS" (Nikias Chryssos, 2026)

 


El alto precio del éxito

“BLOODY TENNIS”  êêê

DIRECTOR: Nikias Chryssos.

INTÉRPRETES: Sandra Guldberg Kampp, Elina Löwensohn, Tracy Gotoas, Helena Zangel, Zlatko Buric, Lily Taieb, Lucie Zhang.

GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 90 minutos / PAÍS: Alemania / AÑO: 2026

   Bloody Tennis es una coproducción alemana-española rodada en Colonia y Gran Canaria con un metraje ajustado y dirigida por Nikias Chryssos (The Bunker y A Pure Place). Se estrenó en el Festival de Locarno, pero también ha sido proyectada en el Festival de Sitges y el Fantastic Fest, donde se alzó con el premio al mejor director. Su estreno en Alemania está previsto para diciembre, lo que no sabemos es cuándo estará disponible en España o si lo hará directamente en alguna plataforma.

    La protagonista, Sophie (Sandra Guldberg Kampp) procede de Detroit y es admitida en una exclusiva y elitista academia de tenis situada en el sur de Europa (se supone que en España), donde la competitividad entre las jóvenes tenistas adquiere dimensiones cada vez más violentas en un lugar que esconde unas prácticas muy siniestras.

   Bloody Tennis parte de una idea tan prometedora como disparatada: convertir una academia de tenis de élite en un territorio de supervivencia donde la obsesión por triunfar termina borrando cualquier límite moral. Nikias Chryssos, firmante de la inclasificable The Bunker, vuelve a moverse en ese territorio fronterizo entre el horror, la sátira y el absurdo.

  La película utiliza el deporte como una pequeña sociedad cerrada, regida por la disciplina, la rivalidad y una concepción casi religiosa del éxito. Sophie descubre que detrás de la excelencia deportiva hay una maquinaria mucho más siniestra, en la que las aspirantes a jugar en Wimbledon son también piezas intercambiables y prescindibles de un sistema brutal.

    Chryssos no parece interesado en realizar un terror convencional. La violencia, el gore, el humor negro y cierta estética deliberadamente excesiva convierten Bloody Tennis en una especie de cuento cruel sobre la competitividad contemporánea regada con sangre, vísceras y momentos repulsivos cercanos al body horror. El tenis proporciona además una iconografía peculiar: raquetas (cuyas cuerdas están fabricadas con un elemento mu particular), pistas impecables, uniformes y gestos de disciplina social que contrastan con la progresiva aparición de una violencia bestial.

    El resultado es una película extraña que se desarrolla en una residencia que contiene una amenazadora atmósfera de culto peligroso, provocadora y conscientemente excesiva, más cercana siempre al cine de género europeo de vocación autoral que al vulgar slasher. Tal vez su mayor interés consiste precisamente en llevar hasta el extremo y más allá una idea absurda sin renunciar a una cierta lectura sobre el alto precio del éxito. Y el terror es el género que mejor y más despiadadamente explora esos lúgubres parajes.