sábado, 28 de febrero de 2026

CRÍTICA: "SUEÑOS DE TRENES" (Clint Bentley, 2025)

 

El latido diario de la existencia

“SUEÑO DE TRENES”  êêêê

DIRECTOR: Clint Bentley.

INTÉRPRETES: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy, Kerry Condon, Nathaniel Arcand, Clifton Collins Jr., John Diehl.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 102 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2025

     Dirigida por Clint Bentley y basada en la novela de Dennis Johnson, Sueño de trenes propone una meditación austera sobre la vida ordinaria en el oeste estadounidense de comienzos del siglo XX. Lejos del drama histórico convencional, la película adopta una poética del despojamiento narrativo y visual para explorar la relación entre individuo, trabajo y paisaje.

    El film sigue la existencia de Robert Grainier, al que da oxígeno Joel Edgerton, a lo largo de varias décadas marcadas por el trabajo ferroviario y la tala de bosques. Sin embargo, su estructura elude la clásica progresión dramática. En lugar de organizar los acontecimientos en torno a un clímax, la narración está compuesta por episodios fragmentarios que se acumulan como memoria. La temporalidad dilatada, los silencios prolongados y las elipsis refuerzan una experiencia contemplativa que desprecia el interés del “qué ocurre” en favor del “cómo se vive”.

  Uno de los ejes centrales es la ambivalencia del progreso. La expansión del ferrocarril simboliza modernidad y transformación, pero también desarraigo y pérdida. Grainier participa en la modificación del territorio, aunque dicha modificación transforma el mundo que sostiene su identidad. El paisaje no funciona como un simple decorado, sino como una instancia que relativiza la condición humana: los encuadres abiertos subrayan la pequeñez del individuo frente a la vastedad natural y el paso del tiempo.

   En esta magnífica película, Joel Edgerton hace uso de una contención expresiva que privilegia la gestualidad y la contemplación sobre los discursos enfáticos. Esta economía interpretativa crea una subjetividad opaca que huye del psicoanálisis explicito. La voz en off ocasional introduce una dimensión reflexiva que sugiere que la vida narrada es ya recuerdo, inscripción tardía de una experiencia originalmente dispersa.

   Visualmente, la fotografía de tonos sobrios y luz crepuscular acentúa la dimensión elegíaca del conjunto. Las tragedias personales se integran en la continuidad del paisaje, evitando el melodrama. Así, Sueño de trenes plantea una ontología de lo ordinario: la vida humana como proceso transitorio inscrito en acontecimientos históricos y naturales más amplios. La evolución con todas las aristas en el itinerario de la existencia.

    El principal logro radica en la perfecta coherencia entre forma y contenido, aunque su ritmo pausado y su distancia emocional puedan resultar exigentes. En un panorama dominado por la visualización espídica y la aceleración narrativa, Sueño de trenes reivindica el atractivo estético y filosófico de la quietud.

sábado, 21 de febrero de 2026

CRÍTICA: "LA CENA" (Manuel Gómez Pereira, 2025)

 

Una comedia poco arriesgada

“LA CENA”  êê

DIRECTOR: Manuel Gómez Pereira.

INTÉRPRETES: Mario Casas, Alberto San Juan, Asier Etxeandía, Nora Hernández, Elvira Mínguez, Óscar Lasarte.

GÉNERO: Comedia / DURACIÓN: 106 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025

     La cena, última película dirigida por Manuel Gómez Pereira tras la muy irregular Un funeral de locos (2025), propone a priori una premisa de alto voltaje simbólico: una vez terminada la Guerra Civil, un grupo de cocineros republicanos son sacados de la cárcel para preparar un banquete en el Hotel Palace -ahora convertido en hospital de guerra- como celebración de la victoria del régimen encabezado por Francisco Franco. Desde esa ironía inicial, la película construye una sátira que oscila entre la comedia negra y el drama contenido, explorando la humillación, la dignidad y el poder a través de algo tan cotidiano -y tan político- como la comida.

    Gómez Pereira apuesta por un tono medido, más cercano a la farsa elegante que al esperpento descarnado, y el resultado es que la función parece temer llevar su sátira hasta las últimas consecuencias. El reparto sostiene débilmente el relato, con un Mario Casas agobiado que no parece tomarse en serio su papel de militar del bando vencedor y que transmite el conflicto interno entre supervivencia y orgullo con una rabia encapsulada poco creíble. Por su parte, Alberto San Juan aporta algo más de punzante energía como el maître encargado de organizar la cena del hotel haciendo uso de la ironía, dinamiza las escenas colectivas y resulta más hiriente en sus calculadas intervenciones. La química entre ambos sólo funciona a medias.

     Ni hablar del grotesco histrión al que da vida de forma hiperbólica Asier Etxeandía en la piel de un jefe falangista. Visualmente, La cena destaca por su cuidada ambientación y por una puesta en escena que convierte la cocina del hotel en un campo de batalla lleno de simbolismo. Ni mucho menos estamos ante una obra incendiaria, más bien ante una reflexión ligera sobre la derrota y la memoria. Desde una mirada ingenua, la película nos enseña que el humor puede ser una forma de resistencia; desde una óptica más exigente, la función se queda a las puertas de una crítica más despiadada.

miércoles, 18 de febrero de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “EL CORAZÓN DEL ÁNGEL” (Alan Parker, 1987)

     ANGEL HEART (1987)

  El corazón del ángel constituye una de las propuestas más singulares del cine estadounidense de finales de los años 80, al articular una fusión entre el film noir clásico y el horror metafísico. Adaptación de la novela Falling Angel de William Hjortsberg, la película dirigida por Alan Parker explora los límites entre identidad, culpa y condena desde una perspectiva simbólica que trasciende el cine convencional

Hibridación genérica y subversión de del noir 

  La estructura narrativa de El corazón del ángel adopta el arquetipo del detective privado -con su lógica de investigación progresiva- para conducir al espectador hacia un territorio ontológico y teológico. El personaje de Harry Angel, interpretado por Mickey Rourke, encarna el antihéroe del noir, un sujeto alienado, marcado por la amnesia y atrapado en una espiral de violencia que no comprende del todo.

   Parker subvierte el modelo clásico al sustituir el crimen social por el crimen metafísico: el misterio no se resuelve mediante pruebas materiales, sino a través de la revelación del yo como origen del mal. En este sentido, el detective deja de ser observador para convertirse en objeto de su propia pesquisa.

Simbolismo religioso y construcción del mal

  Uno de los rasgos más destacados del film es el uso sistemático del simbolismo cristiano. El personaje de Louis Cyphre, Interpretado por Robert De Niro, está configurado como una figura demoníaca sin elementos sobrenaturales explícitos y a través de una estética contenida: la sangre, los ventiladores, los espejos el calor sofocante y la decadencia arquitectónica que funciona como metáfora de un infierno terrenal.

   La ambientación en Nueva Orleans refuerza esa ambientación simbólica: el sincretismo religioso, el vudú y la herencia colonial actúan como un trasfondo cultural donde lo sagrado y lo profano coexisten sin jerarquía, sugiriendo un universo regido por fuerzas ocultas.

Identidad, memoria y condena

     Desde una perspectiva filosófica, El corazón del ángel propone una reflexión sobre la identidad como construcción inestable, la amnesia de Harry Angel no es un simple recurso narrativo, sino la expresión de una escisión ontológica: el protagonista ha renegado de su pasado, pero éste retorna como trauma inevitable, la revelación final no es un simple giro argumental, sino una trágica confirmación: no hay redención posible cuando el yo se funda sobre la negación de la culpa.

  Este planteamiento conecta con la tradición existencialista, donde el sujeto es responsable de su esencia, incluso cuando intenta huir de ella. El infierno no es un espacio externo, sino una condición interior.

Estética y atmósfera

   La fotografía de tonos cálidos y opresivos, junto con una barroca puesta en escena, crea una atmósfera asfixiante que acompaña el deterioro psicológico del protagonista. La cámara no busca la neutralidad, participa activamente en la experiencia sensorial del descenso infernal: encuadres cerrados, sombras densas y movimientos lentos refuerzan la sensación de fatalidad.

    El corazón del ángel es una obra que desafía las convenciones genéricas al fusionar el noir con el horror teológico, articulando una alegoría sobre la culpa, el libre albedrío y la imposibilidad de escapar del propio ser. Alan Parker no firma un banal relato de misterio, sino una tragedia moderna en la que el detective, lejos de restaurar el orden, revela la verdad más perturbadora: el mal no se persigue, se habita.