sábado, 9 de mayo de 2026

CRÍTICA: "UN POETA" (Simón Mesa Soto, 2025)

 

Emotiva oda a la resistencia y el fracaso

“UN POETA”  êêêê

DIRECTOR: Simón Mesa Soto.

INTÉRPRETES: Ubeimar Ríos, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona, Humberto Restrepo, Margarita Soto, Allison Correa.

GÉNERO: Drama-comedia / DURACIÓN: 120 minutos / PAÍS: Colombia / AÑO: 2025

   Tras debutar en el largometraje con la interesante Amparo, el director colombiano Simón Mesa Soto nos presenta Un poeta, película  rodada con un presupuesto de guerrilla y actores no profesionales que narra la historia de Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos) un profesor universitario que abandonó su profesión por la obsesión que tiene por la poesía, algo que, a pesar de publicar varios poemarios, no le ha reportado ninguna gloria. Envejecido y errático ha sucumbido al tópico de poeta en la sombra. Cuando vuelve a su profesión en un instituto y conoce a una alumna de origen humilde que escribe poemas, Yurlady (Rebeca Andrade), quiere ayudarla a cultivar su talento y de paso llenar con algo de luz sus días, pero arrastrarla por el camino de la poesía quizás no sea tan buena idea.

    Hay películas que parecen escritas contra el ruido que nos rodea. Un poeta pertenece a esa categoría: una obra que avanza despacio, observando personajes derrotados con una mezcla de ironía, ternura y una tristeza existencial difícil de evaluar. No estamos ante una película sobre poesías en un sentido académico y romántico; es una película sobre el fracaso, sobre la erosión de la dignidad y sobre la necesidad casi patética -aunque profundamente humana- de que las palabras y la lírica todavía pueden salvarnos de algo.

    El protagonista vive atrapado entre la precariedad material, su adicción al alcohol y la nostalgia de una vocación que quizá nunca tuvo un lugar verdadero en el mundo. Simón Mesa Soto evita convertirlo en un héroe bohemio. No hay glamour en su miseria, ni sentimentalismo en su decadencia cotidiana. El director filma los deprimentes espacios urbanos con una sobriedad casi documental: barrios degradados, interiores paupérrimos, masificación familiar. Esa textura realista le da a la película una autenticidad notable, como si estuviéramos observando fragmentos de una vida encontrada más que una ficción cuidadosamente diseñada. 

    Me detengo aquí porque este es una de los grandes aciertos de Un poeta: su rechazo frontal a la estetización complaciente de la pobreza y de los cuerpos no normativos. Mesa Soto no intenta embellecer los márgenes para hacerlos más digeribles para el espectador. La película está llena de rostros cansados, cuerpos peculiares y vulnerables, apartamentos diminutos, calles deterioradas y espacios donde la precariedad no funciona como un decorado pintoresco, sino como una condición material concreta que afecta a la manera de conversar, de moverse, de relacionarse y gestionarlo todo. La cámara observa sin humillar, pero tampoco corrige la realidad para que se torne agradable. Hay algo profundamente honesto en esta decisión estética

    Óscar Restrepo, el protagonista al que da oxígeno de forma virtuosa Ubeimar Ríos, es alguien fuera de lugar no sólo económica o intelectualmente, también físicamente. Su presencia transmite desgaste, el deterioro de derrotas acumuladas. Y, sin embargo, la función encuentra humanidad precisamente ahí, en aquello que el cine suele esconder o suavizar. Los personajes no están creados para ser admirados visualmente, sino para ser comprendidos. La pobreza no se convierte en espectáculo; permanece como telón de fondo constante que condiciona todas las ambiciones culturales del protagonista en un entorno que parece diseñado para negar cualquier ilusión de estabilidad. Por eso la película tiene tanta fuerza. Porque su idea de la poesía no nace de la belleza idealizada, sino de la resistencia cotidiana.

 Otro de los logros de Un poeta es su humor seco, melancólico, que aparece precisamente en los momentos más humillantes del personaje. La película entiende que la frustración intelectual suele convivir con el absurdo. En las escenas en que el protagonista intenta defender su visión del arte vemos que el mundo a su alrededor está ocupado sobreviviendo a problemas más tangibles y perentorios. Esa tensión nunca se resuelve del todo, y ahí reside parte de la inteligencia del relato: no ridiculiza la poesía, pero tampoco la convierte en una sagrada aspiración.

    Con una puesta en escena extremadamente precisa, Mesa Soto sabe cuándo acercarse al rostro del protagonista y cuando dejarlo perderse dentro del encuadre, como si el espacio mismo lo expulsara lenta y tristemente. La fotografía evita la belleza evidente; prefiere una estética apagada que refleje la erosión del personaje, los espacios vivos, llenos de rutinas y sinsabores, de humor y pequeñas formas de supervivencia. Incluso el ritmo pausado tiene una función narrativa, porque obliga al espectador a convivir con el vacío y el ordinario microcosmos que rodea la vida del protagonista.


     Tal vez, lo más valioso de Un poeta sea su honestidad emocional que nos invita a una reflexión: hay ciertas personas que continúan escribiendo, amando o soñando no porque crean realmente en el éxito, sino porque dejar de hacerlo equivaldría a desaparecer. Y en esa obstinación silenciosa, profundamente ética y humana, encuentra la película su verdadera poesía. Es esa mirada, tan poco complaciente lo que la eleva como una de las películas más singulares y valiosas de los últimos años.

jueves, 7 de mayo de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO” (Martin Ritt, 1965)

 

    El espía que surgió del frío es una de las cimas del cine de espionaje de los años 60, y probablemente, la adaptación más lograda del universo moral de John Le Carré. Lejos del glamour sofisticado y las frivolidades popularizadas por otras películas de espías de la época, Martin Ritt construye un relato áspero, pesimista y profundamente humano sobre el deterioro ideológico de la Guerra Fría. El resultado es un película seca y elegante que muestra el espionaje como una actividad miserable, marcada por la manipulación, la mentira y el sacrificio estéril.   

    La historia sigue a Alec Leamas, encarnado por Richard Burton, un agente británico agotado física y moralmente tras años de operaciones en Berlín Oriental. Desde la primera secuencia, la película deja claro que no existe un heroísmo romántico ni espectaculares aventuras. Todo está dominado por la decepción y una amarga sensación de derrota. Burton ofrece una actuación excelente, contenida y abatida, basada en gestos de hastío y miradas cansadas. Su Leamas parece un hombre vacío, consciente de que el sistema al que sirve ya no distingue entre el bien y el mal.

   El blanco y negro del iluminador Oswald Morris resulta fundamental para crear la atmósfera opresiva del film. Las calles húmedas, los interiores sombríos y los rostros marcados por las sombras transmiten un clima de paranoia constante. Berlín aparece como una ciudad fracturada no sólo políticamente, también moralmente. La fotografía evita cualquier artificio visual y apuesta por un realismo casi documental que intensifica la verosimilitud de la historia.

    Otro de los grandes aciertos de la película es su complejidad ética. El guión, escrito por Paul Dehn y Guy Trosper, respeta la ambigüedad de la novela original y muestra cómo ambos bloques utilizan métodos igualmente crueles. Nadie actúa por ideales: todos manipulan a los demás en nombre de intereses estratégicos. En ese sentido, la cinta funciona como una denuncia devastadora a la lógica deshumanizadora de la Guerra Fría.

   La relación entre Leamas y Nancy, a quien da vida Claire Bloom, aporta además una dimensión trágica inesperada. Ella representa una inocencia imposible dentro de un mundo dominado por el cinismo político. El desenlace, sobrio y demoledor, confirma la visión profundamente pesimista de la función: en el universo del espionaje no existen vencedores, sólo personas destruidas por sistemas que exigen obediencia absoluta. Tras más de medio siglo transcurrido, El espía que surgió del frío sigue manteniendo intacta su fuerza. Su mirada desesperanzadora sobre el poder y la moral continúa siendo tan contemporánea como perturbadora.

miércoles, 6 de mayo de 2026

CRÍTICA: "RESURRECTION" (Bi Gan, 2025)

 El sueño como estado sensorial

“RESURRECTION”  êêê

DIRECTOR: Bi Gan.

INTÉRPRETES: Jackson Yee, Shu Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Hao Lei, Dong Zijian, Lee Hong-Chi

GÉNERO: Ciencia ficción / DURACIÓN: 160 minutos / PAÍS: China / AÑO: 2025

   Si algo deja claro el director chino Bi Gan con Resurrection es que no le interesa narrar historias. Lo que en realidad le interesa es capturar estados de conciencia. Y lo que en sus películas anteriores (Kaili Blues, Larga jornada hacia la noche) funcionaba como una deriva hipnótica dentro de un cierto marco narrativo, se convierte aquí directamente en núcleo -y también en el problema- de la película. Resurrection no avanza, se desplaza. Es una película confeccionada con capas que no terminan de encajar entre sí, como si cada segmento perteneciera a un sueño distinto.

    Premio Especial del Jurado en el pasado Festival de Cannes, estamos ante una historia distópica que nos sitúa en un mundo donde la humanidad ha perdido la capacidad para soñar. Sin embargo, una criatura sigue obsesionada por las ilusiones que se desvanecen del mundo onírico. Este monstruo, a la deriva de la ensoñación, se aferra a visiones que nadie más puede ver… hasta que aparece una mujer. Dotada del raro poder de percibir estas ilusiones tal como son, decide adentrarse en los sueños del monstruo, empeñada en descubrir la verdad que se oculta en su interior.

   La idea de fondo -la pérdida de la capacidad de soñar- es potente, pero Bi Gan no la desarrolla, sólo la utiliza como excusa para construir un dispositivo estético que salta entre formas, épocas y texturas sin preocuparse demasiado por la coherencia interna.

    Y aquí aparece la gran ambivalencia de la película. Por un lado, hay momentos de una belleza insultante. Bi Gan posee un sentido del espacio y del tiempo cinematográfico del que muy pocos directores cinematográficos pueden presumir. Sus planos, además de deleitarnos, se recorren. Hay secuencias que parecen existir fuera del tiempo, como si el cine volviera a ser, por un instante, algo misterioso y físico. Pero, por otro lado, esa misma ambición formal termina volviéndose autocomplaciente. La película da la sensación de estar constantemente admirándose a sí misma. No es sólo que sea críptica -sería el menor de los problemas-, es que parece no necesitar al espectador. No hay un hilo emocional que te invite a entrar; más bien, te deja orbitando alrededor de sus imágenes.  

   El resultado es curioso porque Resurrection fascina mucho más de lo que conmueve. Hay algo programático en su frialdad. Como si Bi Gan estuviera más interesado en el cine como lenguaje que en el cine como experiencia humana. Cuando aparecen personajes, lo hacen como figuras, como presencias simbólicas, nunca como seres con los que puedas conectar. Esto refuerza la sensación de estar viendo un artefacto conceptual más que una película en el sentido clásico.

   Sin embargo, reducirla a un ejercicio vacío sería injusto. Lo que hace Resurrection -pero no siempre funciona- es algo que el cine contemporáneo ha dejado de intentar: reinventar su propia gramática. No hay ironía, no hay cálculo comercial. Sólo una búsqueda obsesiva de imágenes que puedan expresar algo que las palabras no alcanzan. ¿Lo consigue? Sólo a ratos, nunca de forma sostenida. La película se vuelve especialmente problemática en su tramo medio, donde la acumulación de ideas visuales comienza a perder fuerza. Es como escuchar una pieza musical llena de variaciones brillantes, pero sin un tema claro al que regresar. Cuando todo es significativo, nada termina siéndolo. 

   Y aun así, hay algo que permanece. No es la historia -que prácticamente se evapora-, sino ciertas imágenes, ciertos movimientos, cierta sensación de estar dentro de un sueño que no entiendes pero que no puedes olvidar. En este sentido, Resurrection funciona más como como una experiencia sensorial inmediata que como una obra de narrativa consciente. Ni mucho menos estamos ante la obra maestra como ha sido calificada absurdamente por algunos críticos pretenciosos, aunque tampoco es un fracaso. 

  Resurrection es una película irregular, excesiva y, por momentos, frustrante, que contiene destellos de un cine que ya no existe. Ese cine que no pide permiso y que no se explica. Me adentré en la sala intentando comprender, y la película me rechazó. Si hubiera entrado con la intención de perderme en ella, seguramente me hubiera dejado algo más indeleble, aunque tan etéreo que no sabría bien el qué.