domingo, 21 de junio de 2026

HE VISTO LA PELÍCULA MÁS POLÉMICA DEL AÑO: “CITIZEN VIGILANTE” (Uwe Boll, 2026)

   Cuando el sistema de clasificación alemán se negó a darle una calificación por edades a la película Citizen Vigilante lo que en la práctica impide su distribución comercial en el país teutón, Uwe Boll, un director provocador con una de las filmografías más zarrapastrosas de la historia del cine de la que sólo salvo Rampage: Francotirador en libertad (2009), no tardó en contestar que lo que esconde ese hecho es un acto de censura política deliberada. La trama sigue a Sanders (Armie Hammer), un ciudadano normal y corriente que siendo un niño vio como un inmigrante mató a su madre sin ningún motivo. Un día toma la decisión de tomarse la justicia por su mano ante lo que considera injusticias, abandono y corrupción institucional y comienza a cazar a todos los inmigrantes que han cometido delitos graves.

   Boll confesó que su proyecto se inspira en un caso real ocurrido en Hamburgo en 2016, cuando un grupo de adolescentes inmigrantes violaron a una chica de 14 años y recibieron condenas suspendidas. El director criticó duramente las reacciones políticas y mediáticas del caso y declaró: es como si la prensa dijesepobres agresores”. Vivimos en un entorno político completamente absurdo. Especialmente en Europa. Pero Citizen Vigilante es también polémica por la elección del actor protagonista, Armie Hammer, que en 2021 fue cancelado en Hollywood tras varias acusaciones de abuso sexual. Cierto que el intérprete nunca fue acusado formalmente ni se enfrentó a ningún juicio, pero en tiempos del #Me Too todos sabemos que bastaba con las acusaciones de las presuntas víctimas para que algunos famosos fueran cancelados.

    He visto la película y lo cierto es que carece de algún valor cinematográfico, confusa y carente de una cierta coherencia narrativa, como derivas de un guión plano y destartalado. El personaje al que da oxígeno Hammer financia sus violentas y sangrientas misiones vengativas gracias a las rentas que percibe de una red de propiedades inmobiliarias heredadas de su difunto padre. Aunque intenta hurgar en las fisuras que presentan los actuales sistemas legales, Boll intenta convencer al público de que tomarse la justicia por su mano con los mortíferos métodos del protagonista resulta más eficaz y catártico que las blandengues y laxas maquinarias legalistas que abandonan a las víctimas, dilatan los juicios y protegen a los criminales.

   Estamos ante una oda al vigilante, al justiciero, con un fuerte discurso antiinmigración como consecuencia de que los sistemas judiciales han fallado muchas veces a las víctimas. Lo interesante es que la discusión no gira en torno a la calidad cinematográfica del artefacto, sino a una cuestión política: ¿es una crítica legítima a la inmigración y al fracaso de las instituciones o una obra que ensalza la violencia contra inmigrantes que cometen delitos graves teniendo como intención última fomentar la xenofobia? Estaremos de acuerdo que desde un prisma conservador elogiarán la película por abordar temas que, según ellos, el cine y las televisiones actuales evitan: delincuencia violenta causada por la inmigración ilegal y desconfianza hacia las instituciones. Alegarán el carácter subversivo de la cinta que recupera el espíritu de películas como Yo soy la justicia, Taxi Driver (un gran error meter en el mismo saco esta obra maestra), Un día de furia, Sentencia de muerte o Un ciudadano ejemplar.

    Los detractores dirán que la temática y ejecución de la película es simplista, donde la violencia vigilante aparece como una respuesta legítima al crimen y a la inmigración que convierte a su protagonista en un improbable héroe popular por liquidar criminales. Pero la controversia es parte de la estrategia comercial de Uwe Boll, provocando debates y generando titulares. Así, quienes simpatizan con el planteamiento del director la ven como una denuncia provocadora de problemas reales. Quienes no comulgan con ese planteamiento objetarán que lo que en realidad hace Boll es celebrar esa mentalidad violenta del justiciero.

   El debate real consiste en: ¿los sistemas judiciales son demasiado indulgentes con ciertos delitos graves si los cometen inmigrantes? ¿Los medios y los políticos minimizan algunos problemas relacionados con inmigración y delincuencia? ¿Hay diferencias entre denunciar un problema social y estigmatizar a un colectivo entero? ¿Qué ocurre cuando la percepción pública, más acusada en las redes sociales, es que la justicia no funciona? Boll sostiene que la película nace de esa frustración y de casos reales que, en su opinión, fueron tratados con excesiva indulgencia por las autoridades competentes.

   En mi opinión, nadie puede negar que existen esos problemas, lo verdaderamente controvertido es la conclusión a la que llega la película. Citizen Vigilante no se limita a plantear y denunciar cuestiones espinosas absolutamente candentes, sino que presenta al justiciero, que arrastra un terrible trauma personal, como una respuesta válida o incluso heroica frente a esos problemas. Esa es la acusación principal. No que trate de la inmigración y la delincuencia, sino la glorificación de la violencia extrajudicial para ganarse las simpatías populares. Quien haya sufrido una tragedia íntima será mucho más permeable al discurso de la función.

   Citizen Vigilante llega en un momento político extremadamente polarizado, por eso gran parte de la discusión se traslada de si es o no una buena película -que está muy lejos de serlo- a lo que realmente está contando la película. Y cuando una obra provoca interpretaciones tan opuestas, suele ser señal de que ha tocado fibras sensibles de la sociedad, independiente de que uno esté de acuerdo o no con su denuncia o mensaje.

domingo, 14 de junio de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “EL CONFORMISTA” (Bernardo Bertolucci, 1970)

 

    El conformista constituye una de las exploraciones cinematográficas más complejas sobre la relación entre subjetividad, poder y la violencia política en el contexto del fascismo europeo. Adaptando la novela homónima de Alberto Moravia, la película narra el itinerario de Marcello Clerici (Jean-Louis Trintingnant) un funcionario que busca desesperadamente la normalidad social y cuya adhesión al régimen fascista surge menos de una convicción ideológica que de una profunda necesidad de integración social. Cuando apenas era un adolescente, Clerici disparó a un adulto homosexual que intentó seducirlo. Pasados los años, Clerici es un profesor respetable de filosofía que abraza la ideología fascista y va a casarse con Giulia (Stefania Sandrelli). Con contactos con el servicio secreto, se muestra dispuesto a combinar su luna de miel en París con un atentado contra un exiliado político italiano que había sido profesor suyo.

    Desde una óptica formal, la obra destaca por la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro, cuya utilización de la luz, las sombras y las composiciones geométricas traduce visualmente los conflictos internos del protagonista. Los espacios arquitectónicos y perspectivas monumentales, reflejan la opresión de un orden político que absorbe la individualidad. La puesta en escena convierte el entorno en una extensión de la psicología de Marcello, articulando una estética donde la belleza visual convive con una inquietante sensación de alienación.

    Bertolucci evita interpretar el fascismo como una anomalía histórica desligada de la experiencia cotidiana. Por el contrario, lo presenta como el resultado extremo de impulsos sociales reconocibles: el deseo de pertenencia, el miedo a la indiferencia y la renuncia a la autonomía moral. En este sentido, la figura del protagonista adquiere una dimensión alegórica. Su conformismo no expresa únicamente una patología individual, sino una disposición colectiva capaz de sostener estructuras autoritarias.

  La narrativa fragmentada, construida mediante saltos temporales y asociaciones subjetivas, refuerza la ambigüedad moral del relato. Lejos de ofrecer explicaciones psicológicas simplistas, la película expone las contradicciones que atraviesan a su personaje principal. El resultado es una obra de una notable densidad intelectual que combina análisis histórico, sofisticación estética y hondura psicológica. Más que una denuncia del fascismo, El conformista constituye una reflexión magistral y por eso perdurable sobre los mecanismos mediante los cuales los individuos pueden llegar a colaborar con sistemas totalitarios. 

sábado, 13 de junio de 2026

CRÍTICA: "BACKROOMS" (Kane Parsons, 2026)

 

Un laberinto de pesadilla

“BACKROOMS”  êêê

DIRECTOR: Kane Parsons.

INTÉRPRETES: Renate Reinsve, Chiwetel Parsons, Finn Bennett, Lukita Maxwell, Mark Duplass, Krista Kosonen, Avan Jogia.

GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 110 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

   Con Backrooms, Kane Parsons afronta uno de los desafíos más complejos del cine contemporáneo: convertir un fenómeno nacido en internet en una obra cinematográfica capaz de sostenerse por sí misma. El resultado es una película que, aunque imperfecta, demuestra una notable ambición artística y una comprensión muy precisa de los mecanismos del terror psicológico.

   La función nos presenta a la Dra. Mary Kline (Renate Reinsve), una terapeuta marcada por sus propios traumas, que se embarca en la búsqueda de un paciente desaparecido tras atravesar una extraña puerta aparecida en el sótano de una tienda de muebles. Al cruzarla, descubre las Backrooms: un laberinto infinito de oficinas vacías, pasillos amarillos y espacios imposibles donde las leyes de la realidad parecen haberse roto. Durante su viaje se cruza con Clark (Chiwetel Ejiofor), un investigador obsesionado con comprender el origen de ese mundo, y con Phil (Mark Duplass), un hombre que conoce más de lo que está dispuesto a revelar. Mientras la dimensión comienza a deformar sus recuerdos y emociones, Mary deberá enfrentarse tanto a las criaturas que habitan el lugar como a sus propios miedos.

   Kane Parsons demuestra con Backrooms que el salto desde el contenido digital al largometraje no tiene por qué implicar una pérdida de la identidad. La película conserva la esencia inquietante de los vídeos que hicieron famoso al director. Pero la amplía mediante una narrativa más ambiciosa y emocional. Su mayor virtud es la atmósfera, el joven director entiende que el terror más afectivo no proviene de los monstruos ni los sobresaltos, sino de la sensación de estar atrapado en un lugar que desafía toda lógica. Los interminables pasillos, las habitaciones vacías y la iluminación artificial generan una inquietud constante. El espectador nunca se siente seguro porque nunca llega a comprender realmente el espacio que observa.

     La película resulta visualmente impresionante. Cada encuadre parece diseñado para transmitir aislamiento y desorientación. Los escenarios poseen una cualidad onírica que convierte las Backrooms en algo más que un simple escenario y se convierten en un personaje más. La dirección consigue que los espacios vacíos parezcan cargados de amenazas invisibles. Las interpretaciones también contribuyen al éxito de la propuesta. Renate Reinsve aporta humanidad y vulnerabilidad a Mry Kline, convirtiéndola en el ancla emocional del relato. Chiwetel Ejiofor erige un Clark complejo, obsesivo y progresivamente perturbado por aquello que intenta comprender. Ambos sostienen una historia que, en ocasiones, corre el riesgo de perderse en sus propios enigmas.

    No obstante, Backrooms presenta algunas debilidades. El libreto dedica tanto esfuerzo a desarrollar la mitología de las Backrooms que ciertos personajes secundarios apenas están perfilados con cuatro brochazos. Además, algunas explicaciones sobre la naturaleza del lugar reducen parte del misterio que hacía tan fascinante el concepto original.  En algunos momentos, la película parece más interesada en explorar su universo visual que en construir conflictos humanos verdaderamente memorables: busca reafirmarse en la idea de que lo desconocido suele ser más aterrador que cualquier respuesta.

     Aun así, Backrooms sobresale como una de las respuestas de terror más originales de los últimos años y nos invita a una experiencia inmersiva, inquietante y visualmente imponente que confirma a Kane Parsons como una de las voces más prometedoras del género con una sensibilidad excepcional para la ambientación. La película, más que una película de monstruos, es una turbadora pesadilla sobre la soledad, la pérdida y el miedo a quedar atrapado para siempre en nuestros propios recuerdos. Nunca busca ser una experiencia cómoda ni convencional, lo que pretende es sumergir al espectador en una dimensión abstracta donde la lógica deja de existir.