Una película muda, pero con un fluido
diálogo visual y argumental
“MOTOR CITY” êêê
DIRECTOR: Potsy Ponciroli.
INTÉRPRETES: Alan Ritchson,
Shailene Woodley, Ben Foster, Pablo Schreiber, Ben McKenzie, Lionel Boyce, Amer
Chadha-Patel.
GÉNERO: Thriller-Acción / DURACIÓN: 103 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026
Intentaré explicar por qué Motor City, película firmada por Potsy Ponciroli ha conquistado una parte de mi corazoncito. El director, en su tercer largometraje, apuesta por una narración de una claridad casi primitiva, donde la ausencia de diálogo verbal no supone silencio narrativo, sino todo lo contrario, la película habla constantemente mediante miradas, gestos, encuadres, acciones y una puesta en escena de enorme fluidez. Su estética comiquera y pulp le sienta especialmente bien: personajes definidos con pocos trazos, situaciones llevadas al límite y violencia estilizada que parece proceder tanto de la novela negra como el cómic de serie B. El espectador sólo debe dejarse arrastrar por su ritmo.
En la ciudad de Detroit de los años 70, el romántico trabajador de clase trabajadora John Miller (Alan Ritchson) es incriminado por un peligroso gánster, Reynolds (Ben Foster) tras enamorarse de su novia Sophia (Shailene Woodley). Tras pasar varios años en prisión, regresa con una única misión: vengarse.
Motor City no pretende ocultar que su argumento es un enorme cliché, sino convertir esa condición en una ventaja. La historia responde a esquemas reconocibles del cine de venganza, el noir y el pulp, pero Ponciroli parece más interesado en cómo contarla que en sorprendernos con lo que cuenta. La previsibilidad de la trama queda compensada por la energía de la puesta en escena, la expresividad visual y ese tono de cómic violento y estilizado. Sabemos, más o menos, hacia donde se dirige la historia, pero la película encuentra suficiente personalidad en el camino como para que el cliché no termine resultando un lastre.
El trío formado por Alan Ritchson, Shailene Woodley y Ben Foster encaja muy bien con esa concepción casi arquetípica de los personajes. Ritchson aporta la fisicidad y la presencia necesarias para un héroe de acción de inspiración pulp; Woodley introduce un contrapunto que evita que la película exclusivamente en una sucesión de estallidos de violencia; y Foster, de villano, con esa capacidad tan suya de sugerir peligro, inestabilidad o ambigüedad incluso cuando apenas necesita hablar, parece hecho a medida para este alarmante universo.
La selección de canciones míticas de los años setenta, termina por darle una personalidad muy particular, convirtiendo la música en otro elemento narrativo. Más que una película “muda”, Motor City parece reivindicar el placer de contar cine sin depender de la palabra: imágenes, ritmo, amor fou, música y acción. Un ejercicio de estilo que, afortunadamente, no se queda sólo en la pose. Otro de los alicientes es el Detroit de la década de los 70, todavía identificada en su condición de gran capital de la industria del automóvil y que proporciona un escenario magnífico. La película aprovecha ese imaginario industrial (coches, fábricas, humos, callejones inquietantes y una cierta sensación de prosperidad amenazada) para construir una atmósfera muy concreta
Y
está la corrupción policial, temática recurrente en los thrillers de los años
setenta, y que conecta con Motor City con una época en que el thriller urbano descubrió que
las instituciones podían ser tan amenazadoras o peligrosas como los propios
delincuentes. Ponciroli recupera todos esos códigos, los simplifica y los
convierte en materia pulp. Y quizá por eso la película resulta tan disfrutable:
es un gran cliché, sí, pero un cliché contado con entusiasmo, ritmo y una
evidente pasión por el cine de género. En cierto modo, Motor City
funciona como una canción de tres acordes: conocemos perfectamente la
estructura, pero lo que realmente importa es la manera en que se interpreta.







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