La escalera de Jacob (1990) ocupa un lugar
singular dentro de la filmografía de Adrian Lyne. Conocido principalmente
por sus incursiones en el thriller erótico y el melodrama de alto voltaje
emocional, el director británico encontró aquí un territorio inesperadamente
fértil: el del horror psicológico convertido en interrogación metafísica sobre
la memoria, la culpa y la muerte.
La película construye su perturbadora
eficacia a partir de la experiencia subjetiva del cartero neoyorquino Jacob Singer (Tim Robbins), veterano de
Vietnam atormentado por visiones cada vez más insoportables debido a su
participación en esa guerra. Lyne renuncia progresivamente a cualquier frontera
estable entre realidad, recuerdo, sueño y alucinación. El espectador
no contempla simplemente el deterioro psicológico de un personaje, sino que
queda atrapado en su misma percepción fragmentada. De ahí que la célebre
imaginería demoníaca -rostros deformados, cuerpos convulsos, hospitales
infernales- resulte más inquietante por su ambigüedad que por su explicitud.
Sin embargo, reducir La
escalera de Jacob a un ejercicio de terror sería desconocer su extraordinaria densidad. Bajo
su apariencia de pesadilla paranoica late una reflexión profundamente
espiritual. La escalera bíblica del título funciona como una
metáfora del tránsito entre dos mundos, pero también de la dificultad humana
para desprenderse de aquello que nos retiene: el dolor, los recuerdos, el miedo
y la conciencia de lo perdido.
Lyne demuestra aquí una notable
inteligencia formal. Su puesta en escena convierte la distorsión visual en
expresión dramática y utiliza el montaje y el sonido para erosionar sistemáticamente
la confianza del espectador. La violencia no procede tanto de lo que se ve como
de la imposibilidad de saber qué puede considerarse real.
Tim Robbins sostiene admirablemente esta
arquitectura de incertidumbre con una interpretación vulnerable y física,
alejada de cualquier heroísmo convencional. El desenlace,
lejos de reducir la película a un simple juego narrativo, reordena
retrospectivamente su sentido y transforma el horror en una forma sorprendente
de compasión. La escalera de Jacob
permanece así como una de las grandes películas estadounidenses sobre la
muerte: una pesadilla terrible cuya última revelación es, paradójicamente, la
posibilidad de la paz.
Después
de una sucesión de películas recientes que han ido erosionando mi confianza en
su capacidad para volverme a sorprender, La Constelación del Perro (2026) confirma la
sensación más desalentadora que puede provocar un director de la dimensión
histórica de Ridley Scott. Es algo así como, ya no esperaba nada de él y, aun
así, ha conseguido decepcionarme. Estamos ante uno de esos ladrillos en los que la
espectacularidad, el presupuesto y la solvencia técnica parecen funcionar como
sustitutos de algo mucho más importante: una verdadera razón artística para
contar la historia.
Adaptación de la aclamada novela homónima de
Peter Heller, la película nos sitúa en un mundo postapocalíptico, un virus ha
aniquilado a prácticamente toda la humanidad. Los supervivientes se enfrentan a
unos carroñeros errantes llamados “segadores”. Hig (Jacob Elordi) un piloto, sobrevivió a la
gripe, pero perdió a su mujer
El universo postapocalíptico de la
película debería ser, en principio, un territorio ideal para un cineasta que
siempre ha demostrado una extraordinaria capacidad para construir mundos
visuales. Sin embargo, aquí esa habilidad se convierte casi en una trampa. Scott sabe
levantar escenarios, diseñar atmósferas y conferir densidad material a cada
imagen, pero esa riqueza exterior apenas encuentra correspondencia en el
relato. La película avanza con una pesadez exasperante, como si confundiera
deliberadamente la solemnidad con la profundidad y la duración con la
importancia.
El principal problema de La
Constelación del Perro es que sus personajes parecen más arquetípicos y funcionales que vivaces
y el drama se desarrolla entre situaciones que deberían poseer intensidad, pero
que acaban perdiéndose en una narración irregular, reiterativa y
sorprendentemente inerte. Ni siquiera la amenaza constante de un mundo
devastado consigue transmitir una auténtica sensación de peligro o
desesperación. Scott, con 88 años cumplidos y una capacidad técnica
indiscutible, en los últimos tiempos parece haber convertido su extraordinaria
eficacia visual en una especie de piloto automático: producciones grandes e
imponentes, formidables elencos, imágenes impecables… y una verdadera ausencia
de inspiración.
Resulta llamativo que una película
ambientada tras el colapso de una civilización produzca, sobre todo, la
impresión de asistir al agotamiento de un determinado modelo de
cine-espectáculo. Ridley Scott continúa siendo un formidable artesano de la
imagen, pero la forma ya no basta cuando el fondo se ha evaporado. La Constelación
del Perro es grande, aparatosa y con empaque profesional, pero también pesada,
impersonal, filmada con una notable apatía y profundamente aburrida. Otro
ejercicio de monumentalismo cinematográfico que acaba demostrando que, incluso,
con todos los medios del mundo, no hay nada que se haga más largo que una
película que no tiene demasiado que decir y que lo apuesta todo a un imaginario
postapocalíptico muy trillado.
INTÉRPRETES: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo,
Marina Foïs, Raúl Prieto, Pepa Gracia, Melina Matthews, Nuria Prims.
GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 135 minutos / PAÍS: España /
AÑO: 2026
He de confesar que, por su
temática, me daba bastante pereza enfrentarme al visionado de El ser
querido,
pero me quedan ya muy pocos estrenos interesantes por ver y he de reconocer que
salí del cine con una fría indiferencia, insatisfecho y desconcertado, con esa
incómoda sensación de haber asistido al visionado de una película que me prometía entregar
algo más de lo que finalmente me entregó y con cara de empate a cero. Su premisa
y planteamiento de cine dentro del cine remite inevitablemente a Valor
sentimental, aunque Rodrigo Sorogoyen desarrolla una historia distinta y persigue
otros dilemas existenciales. Sin embargo, donde aquella encontraba una poderosa
vibración emocional, El ser querido parece quedarse en una superficie plana y
calculada.
La película cuenta la historia de Esteban
Martínez
(Javier Bardem), un prestigioso director de cine cuyo enorme talento convive
con un pasado marcado por la violencia y los excesos. Cuando desde Nueva York
regresa a España, decide contratar para su nueva película a su propia hija, Emilia (Victoria Luengo), una
actriz que atraviesa dificultades profesionales, ambos vuelven a encontrarse
después de varios años de distanciamiento. Y lo que en principio podría
convertirse en una oportunidad para reconstruir su relación pronto hace aflorar
todos los conflictos que habían permanecido enterrados durante ese tiempo.
Estamos ante
una película ambiciosa, consciente de la complejidad de los temas que aborda y
formalmente muy elaborada, pero esa voluntad de construcción cinematográfica
termina imponiéndose con demasiada frecuencia a la emoción que debería sostener
el relato.
La utilización del cine dentro del cine y los entresijos del rodaje de una
película ofrece, en principio, numerosas posibilidades para explorar la
relación entre representación y verdad, entre aquello que se interpreta ante
una cámara y aquello que permanece reprimido en la intimidad.
No
obstante, Sorogoyen parece confiar excesivamente en los mecanismos de esa
propuesta. El juego entre el blanco y negro y el color, así como la utilización
de diferentes formatos fílmicos, introduce una complejidad visual que no
siempre parece responder a una verdadera necesidad narrativa. Son decisiones gratuitas
que llaman constantemente la atención sobre sí mismas y que, lejos de
profundizar necesariamente en el sentido de la historia, acaban transmitiendo
una cierta sensación de artificio.
Pero el problema esencial de
El
ser querido no está tanto en su forma como en su incapacidad para convertir el eje
narrativo en una experiencia auténticamente conmovedora. El abandono, la culpa,
la dificultad de reparar aquello que se ha roto y las heridas familiares
constituyen un material de un potencial enorme, pero la película contempla
estas disyuntivas desde una distancia insalvable. Se habla de dolor, de amarguras, de
heridas del pasado, de responsabilidades y de afectos deteriorados, aunque
pocas veces llega a sentirse realmente la devastación emocional que esas
cuestiones deben despertar.
Resulta especialmente llamativa esa
flacidez en un director como Rodrigo Sorogoyen, habitualmente tan eficaz a la
hora de crear tensión y llevar los conflictos hasta situaciones límite. Aquí,
por el contrario, todo parece permanecer contenido (salvo esa escena cruda
sobre el rodaje de la comida), suspendido en una especie de indecisión
emocional. La película avanza sin que termine de producirse ese
momento de revelación, ruptura o catarsis que permita comprender plenamente lo
que está en juego.
Con personajes secundarios apenas
esbozados, Javier Bardem y Victoria Luengo sostienen la película con dos
interpretaciones sólidas y entregadas, aunque tampoco ellos consiguen compensar
el tono de frialdad emocional del relato. Bardem aporta a su personaje una
mezcla de vulnerabilidad, orgullo y opacidad que resulta convincente, evitando
en buena medida los excesos que podría propiciar un papel tan marcado por la
culpa y los remordimientos. Victoria Luengo se luce en los momentos de mayor
confrontación emocional con su padre y la memoria candente. Ambos
intérpretes construyen personajes complejos y en cierto modo creíbles, pero el
guión y la distancia con que Sorogoyen aborda sus íntimos conflictos impiden
que sus interpretaciones alcancen toda la efervescencia estremecedora que
prometían.
El desenlace termina acentuando esa
impresión anticlimática. Más que un final, parece una interrupción: una
conclusión débil y poco satisfactoria que deja la sensación de que la función
no ha encontrado una verdadera culminación. El ser querido posee ambición,
indiscutibles talentos y una evidente voluntad de trascender su propia
historia, pero termina siendo una de esas películas con poca sustancia, que se
admiran más de lo que realmente se sienten porque no consiguen una implicación
profunda del espectador.