jueves, 20 de agosto de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “EL ELEMENTO DEL CRIMEN” (Lars von Trier, 1984)

 

    El elemento del crimen (1984) es una película que parece estar alojada en el fondo de una pesadilla, todavía húmeda y contaminada por los residuos tóxicos de un mundo enfermo. La ópera prima de Lars von Trier en el largometraje ya contiene buena parte de las obsesiones que atravesarán su cine posteriormente: la culpa, la decadencia moral, la manipulación psicológica y la imposibilidad de escapar de aquello que nos obsesiona.

   En una Europa onírica, devastada y distópica, el detective Fisher (Michael Elphick) persigue a un asesino siguiendo las huellas del criminal mediante un método aprendido de su antiguo mentor. El relato se narra mediante la hipnosis desde El Cairo, pero los escenarios europeos son un entorno ficticio y abstracto. A pesar de su estado de confusión, su objetivo es intentar reconstruir, con la ayuda de un psicoterapeuta egipcio, el crimen a partir de los datos que ha ido recopilando. Pero investigar significa aquí contaminarse: cuanto más se acerca el detective al asesino, más profundamente penetra en su lógica. La experiencia policial se transforma así en una experiencia hipnótica de pérdida de identidad.

   Von Trier construye un microcosmos visual especialmente opresivo, dominado por un color sepia enfermizo, una lluvia perpetua, espacios industriales y una fotografía que convierte cada escenario en una pesadilla crepuscular. La narración importa menos que esa atmósfera de fatalidad.

  Más que un thriller formulario, El elemento del crimen es una experiencia sensorial y mental. Con una clara influencia estética y atmosférica de Stalker (Andrei Tarkovsky, 1984), estamos ante una obra hermética, fascinante y deliberadamente turbadora, cuyo radical formalismo anunciaba ya en 1984 la llegada de uno de los cineastas más peculiares y subversivos del cine europeo.


miércoles, 19 de agosto de 2026

“INFIEL”, LA FUERZA VOLCÁNICA DEL DESEO

 

     En el pasado Festival de Cannes el director Andrey Zvyagintsev presentó Minotauro, la última versión o reinterpretación de la magnífica película de Claude Chabrol Una mujer infiel (1969), estaremos atentos a su estreno en enero del próximo año ya que me han llegado buenas recomendaciones de gente en la que confío. Pero fue en 2002 cuando Adrian Lyne realizó un muy aseado remake de la recordada intriga chabroliana titulado Infiel, que nos presenta a un matrimonio estable formado por Edward (Richard Gere) y Connie (Diane Lane) que gozan de una vida acomodada: tienen un hijo, dinero y una hermosa casa en las afueras de Nueva York. Pero un día, en Manhattan, Connie conoce a Paul (Olivier Martínez), un joven y seductor coleccionista de libros francés con el que Connie comienza una apasionada relación extramatrimonial.

   Tras cinco años del estreno de Lolita, Lyne regresa al territorio que mejor conoce: el deseo como fuerza para desestabilizar una existencia aparentemente ordenada donde entran en juego los celos y la infidelidad. El director británico podría haberse limitado a actualizar un sofisticado drama burgués, pero Lyne convierte el adulterio en una experiencia física cargada de sensualidad, culpa y peligro.

    La gran virtud de este remake con sello propio reside en que no culpa a Connie ni convierte su infidelidad en una simple aventura romántica. Diane Lane interpreta magistralmente el desconcierto de una mujer que descubre, quizá demasiado tarde, una dimensión desconocida de sí misma. Su relación con Edward, su marido, está construida sobre una intimidad cotidiana que hace aún más perturbadora la aparición de Paul, ese amante impulsivo y magnético que irrumpe espontáneamente como una anomalía en su vida.

   Lyne filma el deseo con una intensidad que evita tanto la vulgaridad como el simple sentimentalismo. Los cuerpos, los espacios y hasta los desplazamientos por Nueva York adquieren una sensualidad inquietante. Pero Infiel termina siendo algo más que una película de suspense sobre una infidelidad: es sobre todo un relato sobre las consecuencias imprevisibles de quebrar el equilibrio doméstico. Así, cuando el deseo se transforma en culpa, Lyne demuestra que el verdadero suspense no estaba en el adulterio, sino en aquello que podía desencadenar. A destacar la natural sensualidad de Diane Lane, una de mis musas inmortales del cine, masturbándose a la vez de forma pícara y tímida.

martes, 18 de agosto de 2026

PREESTRENO: “ADOLESCENCIA, SEXO Y MUERTE EN CAMPAMENTO MIASMA”

 

“ADOLESCENCIA, SEXO Y MUERTE EN CAMPAMENTO MIASMA”  êêê

DIRECTOR: Jane Schoenbrun.

INTÉRPRETES: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor, Sarah Sherman, Patrick Fischler.

GÉNERO: Terror paródico / DURACIÓN: 112 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026

    Jane Schoenbrun vuelve a internarse en los territorios de la identidad, el deseo y el terror en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (2026), un film que utiliza las convenciones del slasher como un espejo deformante de la adolescencia y de aquello que significa sentirse diferente. Tal vez al aficionado le interese más que El brillo de la televisión (2024), si lo que se busca es una película de género con autentica personalidad. Es bastante menos contemplativa y mucho más física, excesiva y juguetona. Pero también puede resultar irritante si consideras que Schoenbrun subordina demasiado el relato al discurso sobre identidad, sexualidad y representación.

  La historia nos narra que, tras años de secuelas cutres y un fandom en declive, la franquicia slasher “Camp Miasma” es puesta en manos de una joven y entusiasta directora, Kris (Hannah Einbinder) para que la resucite. Pero cuando visita a la estrella de la película original, Billy (Gillian Anderson), una actriz que ahora vive recluida y envuelta en misterio, las dos caen en una espiral de sangre, deseo, miedo y delirio.

    Esa pretensión de la joven cineasta de hacer un remake teniendo como protagonista a un antiguo icono del terror, pronto se convierte en un juego de espejos donde ficción, memoria y experiencia personal terminan confundiéndose. El campamento deja de ser el simple escenario de una matanza para convertirse en un espacio mental, cargado de pulsiones sexuales, miedo y recuerdos reprimidos.

  Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se estrenó como película inaugural de Un Certain Regard en Cannes y posteriormente ganó la Queer Palm, y por supuesto, no existe realmente una franquicia llamada “Camp Miasma”. Es una invención de Schonbraun dentro de la propia película. Es por eso que el juego resulta sugerente como concepto de cine dentro del cine: vemos una película sobre alguien que intenta rehacer una película que sólo existe en el imaginario argumental. Gillian Anderson tiene un papel algo pasado de vueltas, mientras que Hannah Einbinder sostiene el componente más íntimo y psicológico. La relación entre ambas constituye el eje central del relato.

   El elemento transgénero y homosexual está presente en el relato, pero Schonbraun no presenta la identidad trans como una simple cuestión temática o reivindicativa, sino como parte del núcleo traumático y emocional de sus personajes. El peculiar villano del slasher, tradicionalmente asociado a lo extraño o excluido, adquiere aquí otra dimensión: el cuerpo que provoca miedo es también el cuerpo que busca liberarse de una identidad impuesta.

   Hay ideas poderosas en esta inversión, aunque Schoenbrun las subraya demasiado en ciertas ocasiones. Con todo, la película posee una personalidad visual y conceptual innegable donde domina lo camp, lo hortera, lo analógico y la nostalgia por los antiguos formatos domésticos de los 80, y demuestra que el slasher todavía puede utilizarse para hablar de identidad sin renunciar al sexo, la sangre y el humor negro. La función permite a Schoenbrun cambiar el viejo mecanismo del género que convertía al personaje sexual o genéricamente diferente en monstruo. En fin, estamos ante una película que abraza el espíritu de los nuevos tiempos festejando la nostalgia.