sábado, 25 de abril de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “VIDEODROME” (David Cronenberg, 1983)


   Tras haber dirigido la irregular Scanners en 1981, David Cronenberg nos presentó una de las más influyentes películas de culto de todos los tiempos, Vídeodrome (1983), cuya trama sigue a Max Renn (James Woods), un programador televisivo que descubre una señal pirata llamada “Videodrome” que emite unos contenidos ultraviolentos que parecen ir más allá del puro entretenimiento. A medida que se adentra en su origen, la película abandona cualquier anclaje con la realidad convencional y se sumerge en un territorio alucinatorio donde la carne se transforma y la percepción se fragmenta.

    Con Videodrome estamos ante una de las obras más perturbadoras y visionarias del cine de la década de los 80, y probablemente la expresión más pura de las obsesiones temáticas del director canadiense: la fusión entre tecnología, cuerpo y mente. Cronenberg no busca ofrecer respuestas claras, sino provocar una experiencia sensorial e intelectual.

   Su famoso concepto de “la nueva carne” se despliega en imágenes que aún hoy resultan inquietantes: televisores que respiran, cuerpos que se abren como si fueran máquinas, y una constante ambigüedad entre lo real y lo inducido. Lejos de resultar un mero shock visual, estos elementos funcionan como metáfora de la influencia de los medios sobre la psique.

    James Woods ofrece una actuación intensa y progresivamente alterada, sosteniendo el relato incluso cuando se vuelve deliberadamente confuso. Deborah Harry (una de mis musas inmortales) aporta el contrapunto enigmático que refuerza el tono de erotismo peligroso que impregna toda la película

   Lo que más fascina de Videodrome es su capacidad profética. En plena era de pantallas omnipresentes y adictivas, algoritmos y consumo compulsivo de contenido, sus reflexiones sobre la manipulación mediática y la disolución de las identidades resultan más actuales que nunca. No es una película fácil ni complaciente, pero su osadía formal y conceptual la convierten en una imprescindible e imperecedera cult movie.

jueves, 16 de abril de 2026

CRÍTICA: "LA GRAZIA" (Paolo Sorrentino, 2025)

 

“LA GRAZIA”  êê

DIRECTOR: Paolo Sorrentino.

INTÉRPRETES: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 133 minutos / PAÍS: Italia / AÑO: 2025

    No me considero un fan del cine del director napolitano Paolo Sorrentino. De hecho, sólo dos películas de su filmografía han dejado poso en mi saturada memoria cinéfila: Las consecuencias del amor y La gran belleza. Su última obra, La Grazia, se presenta como una prolongación de sus inquietudes estéticas y temáticas habituales, pero acaba revelándose como un ejercicio de estilo que se aproxima más a la reiteración que a la innovación. La película insiste en los motivos recurrentes del realizador: la decadencia moral, la contemplación del vacío existencial en las élites y la estetización de la melancolía, aunque sin lograr fusionarlos en una propuesta dramática verdaderamente significativa.

    La Grazia nos presenta a Mariano De Santis (Toni Servillo) presidente -ficticio- de la República italiana y veterano político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre varias e importantes decisiones que tiene que tomar, en particular sobre si aprueba o no una ley de la eutanasia, planteándose un gran dilema moral.

    Desde un prisma formal, La Grazia mantiene la sofisticación visual característica de Sorrentino: encuadres calculados, movimientos de cámara coreografiados con precisión y una puesta en escena que privilegia lo ornamental.  Sin embargo, esta cuidada superficie visual termina operando como un envoltorio que encubre la fragilidad del desarrollo narrativo. La estructura dramática se percibe como dispersa, con episodios que parecen acumularse sin una progresión clara, lo que diluye el impacto emocional y reduce la capacidad de la función para sostener el interés del espectador.

     El eje dramático -la decisión sobre la aprobación de una ley sobre la eutanasia- es, en teoría un punto de partida de gran densidad ética y política. No obstante, el film opta por un tratamiento que optimiza lo atmosférico y lo introspectivo en detrimento de un auténtico desarrollo del conflicto. Podríamos decir, que la película desplaza el dilema de la eutanasia del terreno deliberativo hacia una dimensión casi abstracta, donde la decisión se convierte en un pretexto para explorar el estado anímico del protagonista. Así, el conflicto pierde concreción y se diluye en una serie de escenas contemplativas que apenas articulan las implicaciones reales de la ley.                        

      Por ello, el dilema se presenta como una carga existencial casi privada, desconectada de sus consecuencias colectivas. Es precisamente en este vacío donde la interpretación de Toni Servillo -al parecer no hay más actores para este director- adquiere relevancia. Su encarnación del presidente logra sugerir, a través de gestos mínimos, silencios y meditaciones, el peso de una decisión que el guión no intenta dramatizar plenamente. Servillo introduce una tensión interna -una lucha entre deber institucional y conciencia personal- que apenas está esbozada en la escritura, elevando así la densidad del personaje por encima del material que lo sustenta.

    La Grazia constituye un caso paradigmático de oportunidad desaprovechada: un conflicto potencialmente trágico que queda subordinado a la lógica estilística de Sorrentino. Tal vez lo que yo me esperaba era un incisivo estudio sobre el poder, la responsabilidad y los límites de la acción política, y lo que me he encontrado es una meditación estética que, aunque sugerente en lo formal, resulta insuficiente en su dimensión ética y narrativa.   

sábado, 11 de abril de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "REPULSIÓN" (Roman Polanski, 1965)

 

REPULSIÓN”

DIRECTOR: Roman Polanski.

INTÉRPRETES: Catherine Deneuve, Yvonne Furneaux, Ian Hendry, Patrick Wymark, John Fraser, Valerie Taylor.

GÉNERO: Terror / DURACIÓN: 105 minutos / PAÍS: Reino Unido / AÑO: 1965

   Roman Polanski nos presentó en Repulsión (1965) una de las instrospecciones más brillantes de la psicología humana en el cine europeo de los años 60. Protagonizada por Catherine Deneuve dando oxígeno a Carol Ledoux, una joven y bella mujer belga que vive con su hermana Helen (Yvonne Furneaux) en un apartamento en Londres. Carol experimenta sentimientos de atracción y repulsión hacia los hombres; por eso para ella resulta tan incómoda la relación que mantiene su hermana con un hombre casado. Cuando la pareja se marcha de vacaciones, Carol sufre una progresiva desconexión de la realidad, sufre alucinaciones, su mente se desquicia y esto se convierte en el verdadero núcleo del relato.

   Desde sus primeros compases, Polanski construye una atmósfera opresiva a través de la repetición de los gestos cotidianos y una puesta en escena aparentemente sencilla, pero profundamente calculada. El apartamento donde transcurre gran parte de la acción deja de ser un espacio físico para transformarse en una extensión del deterioro mental de la protagonista. Grietas en las paredes, manos que emergen de la nada y sonidos amplificados convierten lo cotidiano en una pesadilla sensorial. Esta fusión entre espacio y psique anticipa elementos que el propio Polanski desarrollaría más tarde en su llamada “trilogía del apartamento”, junto con La semilla del diablo y El quimérico inquilino.

  Más allá del terror psicológico, Repulsión puede leerse como una reflexión sobre la represión sexual, la alienación urbana y la vulnerabilidad femenina en un entorno hostil. Polanski evita explicaciones claras sobre el pasado de Carol, lo que intensifica la ambigüedad de la función y obliga al espectador a enfrentarse a una experiencia inquietante, casi claustrofóbica.

   Aunque su ritmo pueda parecer pausado para el público actual, la película lo compensa con una tensión creciente que culmina con un desenlace tan perturbador como inevitable. Repulsión no busca asustar de manera convencional, sino proyectar una profunda desestabilización. El conflicto de Carol con los hombres (atracción/repulsión: ambivalencia afectiva hacia el objeto del deseo) puede tener su origen en la infancia. El elemento clave que suele señalarse es la famosa fotografía familiar que aparece en el final: mientras el resto posa con normalidad, la joven Carol mira fijamente a un hombre adulto (presumiblemente una figura paterna) con una expresión grave.

  Ese detalle ha llevado a muchos analistas a interpretar que pudo haber existido una experiencia traumática temprana, posiblemente relacionada con abusos o, al menos, con una vivencia turbadora de la sexualidad masculina. Pero Polanski refuerza esa ambigüedad evitando mostrar cualquier explicación directa. Y en este sentido, sigue siendo una obra maestra del horror psicológico, tan relevante hoy como en el momento de su estreno.