sábado, 7 de marzo de 2026

CRÍTICA: "URCHIN" (Harris Dickinson, 2025)

 

Psicología y emociones de la exclusión social

“URCHIN”  êêê

DIRECTOR: Harris Dickinson.

INTÉRPRETES: Frank Dillane, Megan Northam, Diane Axford, Murat Erkek, Moe Hashim, Amr Waked, Harris Dickinson.

GÉNERO: Drama social / DURACIÓN: 99 minutos / PAÍS: Reino Unido / AÑO: 2025

  La ópera prima como director y guionista del magnífico actor británico Harris Dickinson se inscribe con nitidez dentro de la corriente tradicional del realismo social británico, pero introduce matices formales y psicológicos que marcan cierta distancia como para considerarse una mera imitación de sus más obvios precedentes. Presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, la película no descubre la pólvora, pero articula un retrato áspero y profundamente empático de la marginalidad urbana contemporánea.

    La función sigue a Mike (Frank Dillane), un joven sin hogar que intenta reconstruir su vida tras salir de prisión por haber cometido un robo con agresión. Desde su premisa argumental, la película remite inevitablemente a las filmografías de Ken Loach, Mike Leigh y Andrea Arnold, en cuyo cine la precariedad laboral, económica y la exclusión social se convierten en motores dramáticos centrales. Sin embargo, Dickinson se aleja de ese modelo mediante una aproximación más subjetiva al protagonista, privilegiando la experiencia emocional y psicológica por encima de la dimensión estrictamente sociológica.

  Formalmente, Urchin adopta una estética de fuerte impronta naturalista con la utilización de la cámara en mano, iluminación predominantemente natural y una puesta en escena que prioriza los espacios urbanos degradados de Londres. No obstante, el director introduce rupturas estilísticas que revelan personalidad, una ambición autoral poco frecuente en un director debutante. En determinados momentos, la narración abandona el registro estrictamente observacional para explorar estados mentales alterados del protagonista -con el cual es muy difícil empatizar-, sugiriendo la inestabilidad emocional que define su trayectoria vital. Estas inflexiones formales aportan una dimensión casi sensorial al relato, subrayando el carácter cíclico de la autodestrucción de Mike.

     El trabajo interpretativo de Frank Dillane constituye uno de los pilares más fuertes de la cinta. Su composición evita tanto el sentimentalismo como la caricatura del marginado social; el actor construye un personaje contradictorio, simultáneamente vulnerable, irrespetuoso y agresivo, cuya incapacidad para sostener una trayectoria de redención se convierte en el verdadero núcleo trágico de la historia. Dickinson demuestra una estimable sensibilidad para dirigir a actores y permite que las escenas respiren con libérrima amplitud, que las miradas y la gestualidad adquieran una función expresiva esencial.

      Desde una perspectiva temática, Urchin aborda la dificultad de la reinserción social en el contexto urbano contemporáneo, pero rehúye cualquier conclusión moralizante. En lugar de ofrecer un relato de superación o denuncia explícita, la película se construye como una observación impenitente de un individuo atrapado en una maraña de condicionantes sociales y pulsiones autodestructivas.

    En suma, Urchin revela a Dickinson como un cineasta con una voz emergente dentro del panorama británico contemporáneo. Su debut no sólo dialoga con el legado del realismo social, pues además introduce una sensibilidad más introspectiva y formalmente nerviosa, capaz de hacer un intento por renovar -al menos parcialmente- una sólida tradición cinematográfica que retrata a los que La Banda Trapera del Río bautizaría como los escupidos de la boca de Dios.

sábado, 28 de febrero de 2026

CRÍTICA: "SUEÑOS DE TRENES" (Clint Bentley, 2025)

 

El latido diario de la existencia

“SUEÑO DE TRENES”  êêêê

DIRECTOR: Clint Bentley.

INTÉRPRETES: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy, Kerry Condon, Nathaniel Arcand, Clifton Collins Jr., John Diehl.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 102 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2025

     Dirigida por Clint Bentley y basada en la novela de Dennis Johnson, Sueño de trenes propone una meditación austera sobre la vida ordinaria en el oeste estadounidense de comienzos del siglo XX. Lejos del drama histórico convencional, la película adopta una poética del despojamiento narrativo y visual para explorar la relación entre individuo, trabajo y paisaje.

    El film sigue la existencia de Robert Grainier, al que da oxígeno Joel Edgerton, a lo largo de varias décadas marcadas por el trabajo ferroviario y la tala de bosques. Sin embargo, su estructura elude la clásica progresión dramática. En lugar de organizar los acontecimientos en torno a un clímax, la narración está compuesta por episodios fragmentarios que se acumulan como memoria. La temporalidad dilatada, los silencios prolongados y las elipsis refuerzan una experiencia contemplativa que desprecia el interés del “qué ocurre” en favor del “cómo se vive”.

  Uno de los ejes centrales es la ambivalencia del progreso. La expansión del ferrocarril simboliza modernidad y transformación, pero también desarraigo y pérdida. Grainier participa en la modificación del territorio, aunque dicha modificación transforma el mundo que sostiene su identidad. El paisaje no funciona como un simple decorado, sino como una instancia que relativiza la condición humana: los encuadres abiertos subrayan la pequeñez del individuo frente a la vastedad natural y el paso del tiempo.

   En esta magnífica película, Joel Edgerton hace uso de una contención expresiva que privilegia la gestualidad y la contemplación sobre los discursos enfáticos. Esta economía interpretativa crea una subjetividad opaca que huye del psicoanálisis explicito. La voz en off ocasional introduce una dimensión reflexiva que sugiere que la vida narrada es ya recuerdo, inscripción tardía de una experiencia originalmente dispersa.

   Visualmente, la fotografía de tonos sobrios y luz crepuscular acentúa la dimensión elegíaca del conjunto. Las tragedias personales se integran en la continuidad del paisaje, evitando el melodrama. Así, Sueño de trenes plantea una ontología de lo ordinario: la vida humana como proceso transitorio inscrito en acontecimientos históricos y naturales más amplios. La evolución con todas las aristas en el itinerario de la existencia.

    El principal logro radica en la perfecta coherencia entre forma y contenido, aunque su ritmo pausado y su distancia emocional puedan resultar exigentes. En un panorama dominado por la visualización espídica y la aceleración narrativa, Sueño de trenes reivindica el atractivo estético y filosófico de la quietud.

sábado, 21 de febrero de 2026

CRÍTICA: "LA CENA" (Manuel Gómez Pereira, 2025)

 

Una comedia poco arriesgada

“LA CENA”  êê

DIRECTOR: Manuel Gómez Pereira.

INTÉRPRETES: Mario Casas, Alberto San Juan, Asier Etxeandía, Nora Hernández, Elvira Mínguez, Óscar Lasarte.

GÉNERO: Comedia / DURACIÓN: 106 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025

     La cena, última película dirigida por Manuel Gómez Pereira tras la muy irregular Un funeral de locos (2025), propone a priori una premisa de alto voltaje simbólico: una vez terminada la Guerra Civil, un grupo de cocineros republicanos son sacados de la cárcel para preparar un banquete en el Hotel Palace -ahora convertido en hospital de guerra- como celebración de la victoria del régimen encabezado por Francisco Franco. Desde esa ironía inicial, la película construye una sátira que oscila entre la comedia negra y el drama contenido, explorando la humillación, la dignidad y el poder a través de algo tan cotidiano -y tan político- como la comida.

    Gómez Pereira apuesta por un tono medido, más cercano a la farsa elegante que al esperpento descarnado, y el resultado es que la función parece temer llevar su sátira hasta las últimas consecuencias. El reparto sostiene débilmente el relato, con un Mario Casas agobiado que no parece tomarse en serio su papel de militar del bando vencedor y que transmite el conflicto interno entre supervivencia y orgullo con una rabia encapsulada poco creíble. Por su parte, Alberto San Juan aporta algo más de punzante energía como el maître encargado de organizar la cena del hotel haciendo uso de la ironía, dinamiza las escenas colectivas y resulta más hiriente en sus calculadas intervenciones. La química entre ambos sólo funciona a medias.

     Ni hablar del grotesco histrión al que da vida de forma hiperbólica Asier Etxeandía en la piel de un jefe falangista. Visualmente, La cena destaca por su cuidada ambientación y por una puesta en escena que convierte la cocina del hotel en un campo de batalla lleno de simbolismo. Ni mucho menos estamos ante una obra incendiaria, más bien ante una reflexión ligera sobre la derrota y la memoria. Desde una mirada ingenua, la película nos enseña que el humor puede ser una forma de resistencia; desde una óptica más exigente, la función se queda a las puertas de una crítica más despiadada.