viernes, 1 de mayo de 2026

CRÍTICA: "LA PLAGA" (Charlie Polinger, 2025)

 

Los monstruos que nos habitan

“LA PLAGA”  êêê

DIRECTOR: Charlie Polinger.

INTÉRPRETES: Everett Blunck, Joel Edgerton, Kayo Martin, Elliot Haffeman, Kenny Rasmussen, Lucas Adler.

GÉNERO: Drama-intriga / DURACIÓN: 109 minutos / PAÍS: Australia / AÑO: 2025

    En su debut en el largometraje, el cineasta australiano Charlie Polinger nos sitúa en un campamento de verano de waterpolo, en donde un preadolescente de doce años con ansiedad social se ve arrastrado a formar parte de una cruel tradición que consiste en atacar a los que no se integran con una enfermedad llamada “La Plaga”, pero a medida que se difuminan los límites entre el macabro juego y la realidad, el chico teme que la broma esté ocultando algo real.

   La propuesta de La Plaga destaca por su capacidad para hibridar dos terrenos que, en principio, parecen transitar por parajes distintos: el drama social de una lacra terrible como el acoso escolar y una inquietante atmósfera de terror de tintes casi sobrenaturales. El resultado es una película que, sin ser redonda, consigue dejar una huella sólida y persistente. Uno de sus mayores aciertos reside en el trabajo de un jovencísimo elenco y la figura casi paternal de Joel Edgerton en el papel de entrenador.

   Lejos de caer en interpretaciones impostadas o excesivamente enfáticas, los actores construyen personajes creíbles, vulnerables, y en algunos casos, dolorosamente reconocibles. La naturalidad con la que se desenvuelven delante de la cámara permite que el espectador conecte rápidamente con sus conflictos, haciendo que cada gesto, cada palabra o acción hiriente resulte especialmente incisiva.

   Polinger articula el relato con una inteligencia visual notable. La cámara se mueve entre pasillos, duchas, literas, vestuarios y piscina con una sensación progresiva de asfixia, como si el entorno estuviera contaminado por una violencia latente. Es ahí donde la película alcanza su tono más interesante: el bullying (una repugnante lacra social que, como sabemos, la ejecutan siempre los alumnos más miedosos y cobardes) no se presenta como una conducta cruel y reprobable, sino como una especie de “infección” emocional que se propaga, distorsiona la realidad y termina adquiriendo una cualidad espectral.

   La dimensión sobrenatural -o al menos ambigua- está manejada con contención, sin que la historia derrape. No hay sobreexplicación, lo cual juega a favor del conjunto: el horror emerge más de la sugestión que de lo explicito (erupciones en la piel como señal física). Esta decisión refuerza la lectura simbólica de la historia, donde el miedo no proviene únicamente de lo desconocido, sino de la crueldad cotidiana amplificada hasta lo monstruoso.

    Presentada en los pasados festivales de Cannes y Sitges, la película no está exenta de irregularidades. En su tramo final, parece debatirse entre mantener su ambigüedad o decantarse por una resolución más convencional, lo que diluye parte de la fuerza creada anteriormente. Algunos elementos narrativos quedan esbozados sin terminar de integrarse del todo, como si el guión no confiara plenamente en su propio planteamiento. Aún así, La Plaga es una obra sugerente, que utiliza el lenguaje del terror para hablar de heridas y traumas muy reales. Su mayor mérito es convertir una tragedia social reconocible en una experiencia sensorial perturbadora, apoyándose en un reparto muy joven que sostiene con talento el peso dramático y emocional del relato.

sábado, 25 de abril de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “VIDEODROME” (David Cronenberg, 1983)


   Tras haber dirigido la irregular Scanners en 1981, David Cronenberg nos presentó una de las más influyentes películas de culto de todos los tiempos, Vídeodrome (1983), cuya trama sigue a Max Renn (James Woods), un programador televisivo que descubre una señal pirata llamada “Videodrome” que emite unos contenidos ultraviolentos que parecen ir más allá del puro entretenimiento. A medida que se adentra en su origen, la película abandona cualquier anclaje con la realidad convencional y se sumerge en un territorio alucinatorio donde la carne se transforma y la percepción se fragmenta.

    Con Videodrome estamos ante una de las obras más perturbadoras y visionarias del cine de la década de los 80, y probablemente la expresión más pura de las obsesiones temáticas del director canadiense: la fusión entre tecnología, cuerpo y mente. Cronenberg no busca ofrecer respuestas claras, sino provocar una experiencia sensorial e intelectual.

   Su famoso concepto de “la nueva carne” se despliega en imágenes que aún hoy resultan inquietantes: televisores que respiran, cuerpos que se abren como si fueran máquinas, y una constante ambigüedad entre lo real y lo inducido. Lejos de resultar un mero shock visual, estos elementos funcionan como metáfora de la influencia de los medios sobre la psique.

    James Woods ofrece una actuación intensa y progresivamente alterada, sosteniendo el relato incluso cuando se vuelve deliberadamente confuso. Deborah Harry (una de mis musas inmortales) aporta el contrapunto enigmático que refuerza el tono de erotismo peligroso que impregna toda la película

   Lo que más fascina de Videodrome es su capacidad profética. En plena era de pantallas omnipresentes y adictivas, algoritmos y consumo compulsivo de contenido, sus reflexiones sobre la manipulación mediática y la disolución de las identidades resultan más actuales que nunca. No es una película fácil ni complaciente, pero su osadía formal y conceptual la convierten en una imprescindible e imperecedera cult movie.

jueves, 16 de abril de 2026

CRÍTICA: "LA GRAZIA" (Paolo Sorrentino, 2025)

 

“LA GRAZIA”  êê

DIRECTOR: Paolo Sorrentino.

INTÉRPRETES: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 133 minutos / PAÍS: Italia / AÑO: 2025

    No me considero un fan del cine del director napolitano Paolo Sorrentino. De hecho, sólo dos películas de su filmografía han dejado poso en mi saturada memoria cinéfila: Las consecuencias del amor y La gran belleza. Su última obra, La Grazia, se presenta como una prolongación de sus inquietudes estéticas y temáticas habituales, pero acaba revelándose como un ejercicio de estilo que se aproxima más a la reiteración que a la innovación. La película insiste en los motivos recurrentes del realizador: la decadencia moral, la contemplación del vacío existencial en las élites y la estetización de la melancolía, aunque sin lograr fusionarlos en una propuesta dramática verdaderamente significativa.

    La Grazia nos presenta a Mariano De Santis (Toni Servillo) presidente -ficticio- de la República italiana y veterano político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre varias e importantes decisiones que tiene que tomar, en particular sobre si aprueba o no una ley de la eutanasia, planteándose un gran dilema moral.

    Desde un prisma formal, La Grazia mantiene la sofisticación visual característica de Sorrentino: encuadres calculados, movimientos de cámara coreografiados con precisión y una puesta en escena que privilegia lo ornamental.  Sin embargo, esta cuidada superficie visual termina operando como un envoltorio que encubre la fragilidad del desarrollo narrativo. La estructura dramática se percibe como dispersa, con episodios que parecen acumularse sin una progresión clara, lo que diluye el impacto emocional y reduce la capacidad de la función para sostener el interés del espectador.

     El eje dramático -la decisión sobre la aprobación de una ley sobre la eutanasia- es, en teoría un punto de partida de gran densidad ética y política. No obstante, el film opta por un tratamiento que optimiza lo atmosférico y lo introspectivo en detrimento de un auténtico desarrollo del conflicto. Podríamos decir, que la película desplaza el dilema de la eutanasia del terreno deliberativo hacia una dimensión casi abstracta, donde la decisión se convierte en un pretexto para explorar el estado anímico del protagonista. Así, el conflicto pierde concreción y se diluye en una serie de escenas contemplativas que apenas articulan las implicaciones reales de la ley.                        

      Por ello, el dilema se presenta como una carga existencial casi privada, desconectada de sus consecuencias colectivas. Es precisamente en este vacío donde la interpretación de Toni Servillo -al parecer no hay más actores para este director- adquiere relevancia. Su encarnación del presidente logra sugerir, a través de gestos mínimos, silencios y meditaciones, el peso de una decisión que el guión no intenta dramatizar plenamente. Servillo introduce una tensión interna -una lucha entre deber institucional y conciencia personal- que apenas está esbozada en la escritura, elevando así la densidad del personaje por encima del material que lo sustenta.

    La Grazia constituye un caso paradigmático de oportunidad desaprovechada: un conflicto potencialmente trágico que queda subordinado a la lógica estilística de Sorrentino. Tal vez lo que yo me esperaba era un incisivo estudio sobre el poder, la responsabilidad y los límites de la acción política, y lo que me he encontrado es una meditación estética que, aunque sugerente en lo formal, resulta insuficiente en su dimensión ética y narrativa.