Como ocurrió en Surcos (1951), el magnífico director J. A. Nieves Conde vuelve a utilizar en El inquilino una mirada realista, social y casi documental, siempre bajo las limitaciones de la censura franquista. Fernando Fernán Gómez da vida a Evaristo, un practicante casado con Marta (María Rosa Salgado) y con cuatro hijos pequeños que se enfrenta a una situación devastadora para su familia: su vivienda debe ser derribada y debe encontrar otra en un mercado donde los alquileres son inaccesibles y las alternativas prácticamente inexistentes.
Lo extraordinario es que El inquilino no necesita convertir el asunto en un discurso político explícito. La angustia procede de la propia mecánica cotidiana: el propietario, el alquiler, el desahucio, la escasez de viviendas, la especulación, la burocracia y una familia que no sabe dónde podrá vivir mañana.
Y ahí está precisamente su conexión con el presente. Han cambiado radicalmente las circunstancias económicas y sociales, pero permanece el problema: la vivienda es una necesidad vital básica y, al mismo tiempo, una mercancía sometida a las reglas del mercado. La historia de la censura de la película resulta además reveladora. El régimen consideró demasiado problemática aquella representación de la precariedad habitacional y obligó a modificar el desenlace, hasta el punto que la película fue retirada de la circulación y remontada, Los mismos problemas que Nieves Conde había sufrido con Surcos.
Así, El inquilino no es una simple curiosidad de la cinematografía española: es una película sorprendentemente contemporánea. Un reciente visionado, me produce una sensación extraña. Casi setenta años después seguimos discutiendo sobre alquileres imposibles, falta de vivienda, especulación, fondos inversores y familias desahuciadas en determinadas zonas.
La imagen de la familia con sus muebles en plena calle, literalmente expulsada de su vivienda y sin una solución real, tiene una fuerza tremenda. No hay una salida tranquilizadora ni una reparación de la injusticia: la familia queda desamparada ante un problema que la supera. El mueble doméstico, que comúnmente representa estabilidad y hogar, se convierte de repente en un puñado de objetos amontonados en el espacio público.
Ese final no habla solamente de las penurias de los años cincuenta; habla de una situación estructural: qué sucede cuando, actualmente, el derecho constitucional a disponer de una vivienda digna choca frontalmente con la lógica de la economía del mercado y las leyes de la oferta y la demanda. Nieves Conde, al terminar de forma tan contundente la película sabía que ningún discurso podía explicar mejor ese problema social que la imagen de una familia viviendo en la calle como consecuencia de un desahucio.
Vista
hoy, la situación tiene algo de escena neorrealista. Y resulta especialmente
amarga porque no necesita ninguna hipérbole. El desahucio, la familia y los
muebles ocupando la acera de una esquina de la calle y la incertidumbre de qué
será de ellos… todo está dicho visualmente. Es uno de esos casos en que una película
de 1957 parece hablarnos directamente desde el presente. El inquilino es
una excelente tragicomedia de uno de los directores españoles por el que más debilidad siento.












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