lunes, 10 de agosto de 2026

EL PLATO FUERTE DEL MES: “SAYARA”, UNA ORGÍA DE SANGRE

 

“SAYARA” (Can Evrenol, 2024) êêê

  Sayara es una de esas películas que parecen diseñadas para ser descubiertas con asombro por el espectador al cine extremo. Dirigida por cineasta turco Can Evrenol (Baskin), parte del esquema reconocible rape & revenge, pero su interés reside en cómo convierte la venganza en una auténtica trituradora moral y física. La protagonista es una joven turcomana llamada Sayara (Doygu Kocabiyik) que trabaja de limpiadora en un gimnasio. Cuando su hermana Yonca (Özgül Jozar) es violada y asesinada por un grupo de hombres pertenecientes a una clase privilegiada, la justicia deja en libertad a los asesinos. El padre de uno de ellos tiene conexiones políticas, y el caso termina prácticamente enterrado. Sayara decide entonces aplicar su propia justicia.

    Realizada en tres semanas con un presupuesto de guerrilla, lo interesante de la función es que Evrenol no utiliza la violencia como espectáculo, sino para hablar de la impunidad, el machismo, la corrupción y la desigualdad de clases. Sayara es una inmersión sin concesiones en el cine de venganza, pero si algo distingue su película de otras propuestas rape & revenge es su voluntad de ensuciar el subgénero, de arrancarle cualquier posibilidad de épica y devolverlo a un territorio inquietante donde la violencia no redime: mancha y contamina.

   Sayara pertenece a ese tipo de personajes cinematográficos condenados a permanecer invisibles hasta que una injusticia los obliga a hacerse visibles mediante la violencia. Cuando su hermana es asesinada y los responsables quedan protegidos por su posición social, Sayara comprende que las autoridades no van a impartir justicia. Entonces comienza la transformación. Evrenol filma esa transformación con una crudeza deliberadamente física. Los cuerpos dejan de ser superficies heroicas para convertirse en carne apaleada, huesos, sangre y dolor.

  El gore de Sayara no busca únicamente provocar repulsión; funciona como una materialización brutal de aquello que el sistema pretende ocultar. Cada golpe, acuchillamiento, mutilación o asesinato parecen revelar algo que permanecía fuera de campo: la violencia estructural que precede a la violencia ejercida como venganza por la protagonista. Resulta sugerente que Can Evrenol no convierta a Sayara en una vengadora convencional y elimine la elegancia de gran parte del cine de explotación reciente. Su violencia resulta en cierto modo torpe y desagradable, aunque finalmente, eficaz y poderosa. Debajo de su superficie gore de sangre y vísceras, se puede sacar una reflexión perturbadora: cuando la ley protege a los poderosos, la venganza puede convertirse en el único idioma que los marginados sienten que pueden hablar.

   El padre de Sayara, un antiguo militar traumatizado por los crímenes que cometió en la guerra, la entrenó de pequeña para proteger a su familia cuando él ya no estuviera. Ese juramento solidifica el sentido brutal de la venganza adquiriendo un carácter ritual, donde la sangre se vuelve material, táctil y pegajosa, casi insoportable. El espectador tras el visionado de Sayara puede pensar que la familia no es un regalo, sino un sacrificio. Comprende perfectamente las razones de la protagonista y, al mismo tiempo, se siente turbado por aquello en lo que acaba convirtiéndose: la víctima acaba asumiendo el papel del verdugo y la justicia propia termina reproduciendo la misma lógica de violencia que pretende castigar. Los ríos de sangre derramados no son la recompensa de la venganza, sino el alto precio a pagar. Cuando ya no hay lugar para la redención, lo que se impone es la inmolación.

sábado, 8 de agosto de 2026

“FLASHDANCE”, LA PELÍCULA QUE MARCÓ UNA ÉPOCA EN LA CULTURA POP

 

   Flashdance (Adrian Lyne, 1983) ocupa un lugar especial en la historia del cine popular: no tanto por la solidez de su argumento como por haber capturado, quizá como ninguna otra película de su tiempo, el instante preciso en que el cine comenzó a contaminarse deliberadamente de la estética del videoclip. Su influencia no se limitó solamente a la pantalla: Flashdance se infiltró en la cultura popular y transformó la moda, la música, la publicidad y hasta la manera de imaginar el cuerpo femenino.   

  Adrian Lyne, procedente del campo de la publicidad, filma la historia de superación personal de Alex Owens (una joven soldadora que trabaja de noche como bailarina en un club y sueña con ingresar en una prestigiosa escuela) desde una concepción puramente sensorial. El relato en sí es elemental, casi un cuento de hadas industrial, pero su puesta en escena está construida sobre asociaciones de luz, música, sudor, montaje y movimiento.

   La trama importa mucho menos que la energía con que Lyne convierte esa aspiración en espectáculo. El cuerpo de Jennifer Beals se convierte así en el verdadero espacio narrativo de la función: un cuerpo que trabaja y rinde, que sueña y desea, un cuerpo disciplinado que, finalmente, se libera mediante la danza y una música omnipresente. La narrativa es endeble, pero extraordinaria su capacidad para construir imágenes memorables.

    La célebre secuencia del What a Feeling de Irene Cara resume perfectamente ese ejercicio. Más que una escena narrativa, constituye un auténtico videoclip avant la lettre: montaje sincopado, iluminación expresiva, fragmentación corporal y una coreografía concebida para transformar el esfuerzo físico en espectáculo. Lyne no busca realismo; busca iconografía.


    También resulta significativo que Flashdance sitúe ese sueño de ascenso social en un ámbito obrero. Alex no pertenece al mundo privilegiado al que aspira, sino que debe conquistar su entrada en él mediante el talento y la voluntad. La película convierte así el esfuerzo individual en fantasía pop, una característica profundamente ochentera.

    Se le puede reprochar su convencionalismo dramático, pero el hacerlo supone ignorar aquello que convirtió la película en un fenómeno. Flashdance no necesitaba inventar ningún tipo de narrativa, ¿para qué?: necesitaba inventar una imagen. Y lo consiguió. Sus sudaderas, sus calentadores, sus hombros desnudos y su mezcla de rock, pop y danza terminaron convirtiéndose en el vocabulario visual de una década. Pocas películas han demostrado con tanta claridad que, a veces, es más complicado explicar una época que bailarla. Mientras junto estas letras, en mi viejo tocadiscos suena el mítico tema Maniac de Michael Sembello, y en casa… todo el mundo baila. Y es que, lo que un día sintieron nuestros corazones, hoy lo entienden nuestras cabezas.

sábado, 1 de agosto de 2026

CRÍTICA: "ROSE OF NEVADA" (Mark Jenkin, 2025)

 Melancólica fantasmagoría

“ROSE OF NEVADA”  êêê

DIRECTOR: Mark Jenkin.

INTÉRPRETES: George McKay, Callum Turner, Rosalind Eleazar, Emily Daglish-Laine, Francis Magee, Edward Rowe, Mary Woodvine.

GÉNERO: Drama-fantástico / DURACIÓN: 114 minutos / PAÍS: Reino Unido / AÑO: 2025

    Vista en el Atlantida Film Fest de Filmin, el tercer largometraje de Mark Jenkin nos sitúa en un olvidado pueblo pesquero donde un barco aparece misteriosamente en el puerto. El Rose of Nevada, perdido en el mar con todos sus tripulantes hace 30 años, ha regresado. Para los pocos que lo recuerdan, es una señal: la pequeña embarcación debe hacerse a la mar, quizá entonces cambie la suerte de la devastada aldea. Nick (George McKay) acepta un trabajo a bordo del barco en un intento por mantener a su familia. Junto a él, un recién llegado, Liam (Callum Turner), se une a la tripulación, desesperado por escapar de su pasado. Se hacen a la mar, y tras un exitoso viaje, regresan a puerto. Pero algo va mal. Han retrocedido en el tiempo y los aldeanos los reciben como si fueran la tripulación original.

    Rose of Nevada con su temática de viajes en el tiempo, su tono conceptual lofi y su peculiar y atmosférico microcosmos confirma a Mark Jenkin como uno de los cineastas británicos más interesados en convertir el paisaje en un estado mental. Lejos de cualquier narración convencional, la película propone un viaje de resonancias íntimas donde la frontera entre la memoria, el deseo y la imaginación permanece deliberadamente difusa. El resultado exige que el espectador esté dispuesto a aceptar esta incertidumbre como una forma de conocimiento.

     Jenkin filma con una sensibilidad muy física, casi táctil. Cada textura, cada silencio y cada cambio de luz parecen contener una historia oculta. El paisaje marítimo deja de ser un simple decorado para convertirse en un organismo vivo que dialoga con sus personajes, reflejando sus pérdidas y anhelos. Esta apuesta por la contemplación ralentiza el ritmo, aunque también dota a la función de un extraño embrujo.

   Tal vez lo más valioso de Rose of Nevada resida en no ofrecer respuestas fáciles a través de su difusa narrativa y el juego espacio-temporal. Su aparente hermetismo nunca es gratuito, sino la consecuencia lógica de una mirada que entiende el cine como una experiencia sensorial antes que narrativa. Hay ecos del folclore, del cine experimental y del romanticismo británico, integrados con una notable coherencia formal.

    Rose of Nevada está lejos de ser una película redonda, lo que más poso me dejará es el trabajo austero y emocional de George McKay y el sentido melancólico de Jenkin como reflejo seguramente de sus recuerdos y que condensa el ánimo mustio del relato. No es una obra destinada a todos los públicos. Quienes busquen una historia lineal probablemente salgan frustrados. Sin embargo, quienes acepten su cadencia pausada encontrarán una película de imágenes perdurables, tan enigmática como intensamente evocadora.