“LA GRAZIA” êê
DIRECTOR: Paolo Sorrentino.
INTÉRPRETES: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Massimo
Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani.
GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 133 minutos / PAÍS: Italia / AÑO: 2024
No me considero un fan del cine del director napolitano Paolo Sorrentino. De hecho, sólo dos películas de su filmografía han dejado poso en mi saturada memoria cinéfila: Las consecuencias del amor y La gran belleza. Su última obra, La Grazia, se presenta como una prolongación de sus inquietudes estéticas y temáticas habituales, pero acaba revelándose como un ejercicio de estilo que se aproxima más a la reiteración que a la innovación. La película insiste en los motivos recurrentes del realizador: la decadencia moral, la contemplación del vacío existencial en las élites y la estetización de la melancolía, aunque sin lograr fusionarlos en una propuesta dramática verdaderamente significativa.
La Grazia nos presenta a Mariano De Santis (Toni Servillo) presidente -ficticio- de la República italiana y veterano político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre varias e importantes decisiones que tiene que tomar, en particular sobre si aprueba o no una ley de la eutanasia, planteándose un gran dilema moral.
Desde un prisma formal, La Grazia mantiene la sofisticación visual característica de Sorrentino: encuadres calculados, movimientos de cámara coreografiados con precisión y una puesta en escena que privilegia lo ornamental. Sin embargo, esta cuidada superficie visual termina operando como un envoltorio que encubre la fragilidad del desarrollo narrativo. La estructura dramática se percibe como dispersa, con episodios que parecen acumularse sin una progresión clara, lo que diluye el impacto emocional y reduce la capacidad de la función para sostener el interés del espectador.
El eje dramático -la decisión sobre la aprobación de una ley sobre la eutanasia- es, en teoría un punto de partida de gran densidad ética y política. No obstante, el film opta por un tratamiento que optimiza lo atmosférico y lo introspectivo en detrimento de un auténtico desarrollo del conflicto. Podríamos decir, que la película desplaza el dilema de la eutanasia del terreno deliberativo hacia una dimensión casi abstracta, donde la decisión se convierte en un pretexto para explorar el estado anímico del protagonista. Así, el conflicto pierde concreción y se diluye en una serie de escenas contemplativas que apenas articulan las implicaciones reales de la ley.
Por ello, el dilema se presenta como una carga existencial casi privada, desconectada de sus consecuencias colectivas. Es precisamente en este vacío donde la interpretación de Toni Servillo -al parecer no hay más actores para este director- adquiere relevancia. Su encarnación del presidente logra sugerir, a través de gestos mínimos, silencios y meditaciones, el peso de una decisión que el guión no intenta dramatizar plenamente. Servillo introduce una tensión interna -una lucha entre deber institucional y conciencia personal- que apenas está esbozada en la escritura, elevando así la densidad del personaje por encima del material que lo sustenta.
La Grazia constituye un caso
paradigmático de oportunidad desaprovechada: un conflicto potencialmente
trágico que queda subordinado a la lógica estilística de Sorrentino. Tal vez
lo que yo me esperaba era un incisivo estudio sobre el poder, la
responsabilidad y los límites de la acción política, y lo que me he encontrado
es una meditación estética que, aunque sugerente en lo formal, resulta
insuficiente en su dimensión ética y narrativa.




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