El haber crecido rodeado de salas de cine me ayudó a tener una sensibilidad cinematográfica permeable, atenta a los personajes y la puesta en escena. Cleo de 5 a 7 es una de mis películas favoritas de la Novelle Vague y una de las más inteligentes de la filmografía de Agnès Varda porque convierte algo aparente sencillo -una mujer esperando una prueba médica- en una experiencia sobre el tiempo, el miedo y la transformación de la mirada.
Cléo (Corinne Marchand) es una joven cantante que espera impacientemente los resultados de un examen médico. Cuando una tarotista le revela que tiene cáncer y que puede morir, su inquietud aumenta. Tratando de ocupar su tiempo a la espera de los resultados, Cleo conoce a un joven soldado Antoine (Antoine Bourseiller), a punto de partir para cumplir el servicio militar en Argelia, al que acaba confiando su temor a la muerte.
Lo extraordinario es que esos noventa minutos aproximadamente no son solo el tiempo narrativo de la película: son el tiempo vivido por Cleo. Al principio, ella contempla el mundo como quien contempla un escaparate: su propia imagen, la ropa, los hombres que la miran, los objetos, su belleza. Poco a poco, mientras avanza por París, deja de mirarse a sí misma y comienza a mirar a los demás.
Y ahí está, para quien esto escribe, la verdadera transformación. Varda no necesita grandes acontecimientos: basta un paseo, una conversación, un trayecto en taxi, una visita al parque. La película pasa casi imperceptiblemente de ser el retrato de una mujer preocupada por la posibilidad de morir a convertirse en el retrato de una mujer que empieza a vivir de otra manera.
Además, por cortesía del iluminador Jean Rabier, París está filmado de una forma espléndida: no como un decorado turístico, sino como un organismo humano rebosante de desconocidos, escaparates, cafés, tráfico y pequeñas historias. Y el encuentro con el soldado al que da vida Antoine Bourseiller introduce una inesperada intimidad: dos personas que hablan de la muerte cuando una de ellas espera el resultado de unas pruebas médicas y la otra se dirige a una guerra de la que quizá tampoco regrese.
Lo que también me gusta mucho de esta excelente
película es que en ningún momento Varda convierte a Cleo en una pobre víctima
ejemplarizante. Corinne Marchand consigue que sea vanidosa, caprichosa,
vulnerable e incluso, por momentos, antipática. Precisamente por eso resulta
tan humana. Vista hoy, Cleo de 5 a 7 conserva una modernidad
extraordinaria: el cine como itinerario físico que termina convirtiéndose en un
itinerario interior.














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