viernes, 24 de noviembre de 2023

CRÍTICA: "LAS HABITACIONES ROJAS" (Pascal Plante, 2023)

 

Tal vez la mejor película de Sitges 2023

“LAS HABITACIONES ROJAS” êêêê

DIRECTOR: Pascal Plante.

INTÉRPRETES: Juliette Gariépy, Laurie Babin Fortin, Maxwell McCabe-Lokos, Guy Thauvette.

GÉNERO: Drama psicológico / DURACIÓN: 118 minutos / PAÍS: Canadá / AÑO: 2023

    El director canadiense Pascal Plante, tras realizar varios cortometrajes, debuta en el largo con Falsos tatuajes (2017), una película de corte romántico que nos presenta una conmovedora historia de amor entre un introvertido punk y una adolescente con un espíritu libre. Su segunda película, Nadia, mariposa (2020) que no he tenido la oportunidad de ver, cuenta la historia de una joven que forma parte del equipo olímpico canadiense de natación en las Olimpiadas de Tokio del 2020.

    Con Las habitaciones rojas, el director firma su mejor película con un argumento que nos introduce en el sonado caso del asesino en serie Ludovic Chevalier (Maxwell McCabe-Lokos), que va a ser juzgado. Una modelo semiprofesional, Kelly-Anne (Juliette Gariépy), que está obsesionada con él, acude a todas las sesiones del juicio. Cuando la realidad se mezcla con sus fantasías morbosas, se adentra en un oscuro camino para buscar la última pieza del rompecabezas: el vídeo desaparecido de una niña de 13 años asesinada, con la que guarda un inquietante parecido.

    Si se tratara de monstruos sería todo más simple… pero no, de lo que hablamos es de seres humanos sin conciencia, auténticos depredadores que cometen los crímenes más atroces y que aun así cuentan con una legión de groupies. Las habitaciones rojas se impone como una brillante introspección sobre el interés morboso que podemos llegar a sentir por historias escabrosas y que acaban convirtiéndose en verdaderas obsesiones. La protagonista, Kelly-Anne, a quien da vida espléndidamente Juliette Gariépy, invierte todo el dinero que gana como modelo y jugando al póker online en convertir su apartamento de magníficas vistas en un sofisticado y hermético centro tecnológico para así navegar segura por los parajes más siniestro de la red oscura, en donde retrasmitieron en vivo los espeluznantes crímenes de Chevalier, “El demonio de Rosemont”, acusado de secuestrar, abusar, torturar y asesinar a tres niñas menores a través de las míticas Habitaciones Rojas de la web oscura, un espectáculo donde los ricos pagan grandes sumas de dinero para ver sufrir y morir a las inocentes criaturas.

       La obsesión y fascinación de Kelly-Anne por el caso nos intriga, visiona los vídeos en su hogar y madruga para asistir a las sesiones del juicio, aunque nada tiene que ver con los crímenes. Ese misterio, unido al gran magnetismo que desprende, hace que nos sintamos atraídos hacia ella y su vida. Su condición de sociópata, su pericia para sumergirse en los más abominables rincones de la internet oscura hace que tengamos la sensación de sentirnos desprotegidos creando una atmósfera de paranoia, pero que a ella le sirve para encontrar información valiosa sobre Ludovic Chevalier.

      Tal vez la mejor película del pasado Festival de Sitges, Las habitaciones rojas es un excelente psicodrama que cuenta con una admirable iluminación de Vincent Biron de tonos azul metálico y rojo, un drama psicológico que nunca se convierte en una explícita tabla de carnicero rebosante de ultraviolencia como Hostel o Escape Room, en las que apreciamos bien lo grotesco de la ficción. Por el contrario, opta por un espantoso realismo fuera de campo que hace mucho más creíble el mito de los vídeos snuff, pues nuestra imaginación va rellenando los espacios invisibles de la espantosa escena que sucede fuera de foco, el dolor insufrible de las víctimas abusadas, torturadas y asesinadas para que personas ricas y poderosas vean materializadas sus macabras fantasías y alcancen así el más sublime y horroroso éxtasis.

     Renegar de la explicitud es un acierto porque sólo con los pavorosos gritos de las niñas, el ruido de una sierra u otra herramienta mecánica, la descripción durante el juicio de las mutilaciones que sufrieron y otros materiales gráficos, desbordan cualquier estado de angustia y desesperación. Todo ello, insisto, sin que el espectador sea testigo de ninguna escena de los asesinatos. El asesino aparece enmascarado en dos de los vídeos y sólo hay pruebas circunstanciales contra él. Le vemos en el juicio imperturbable y aburrido encerrado en una cabina de cristal. Es en la perturbadora e incesante búsqueda del tercer vídeo donde tendrá una preponderancia esencial Kelly-Anne, que demostrará a Clementine, una groupie del asesino Chevalier que conoció durante las sesiones del juicio, los ilimitados recursos sádicos de la naturaleza humana en una era marcada por el vouyerismo mórbido y el escapismo de la vigilancia extrema de las sociedades capitalistas.

domingo, 19 de noviembre de 2023

CRÍTICA: "ÚLTIMA NOCHE EN MILÁN" (Andrea Di Stefano, 2023)

El veneno de la corrupción

“ÚLTIMA NOCHE EN MILÁN” êêê

DIRECTOR: Andrea Di Stefano.

INTÉRPRETES: Pierfrancesco Favino, Linda Caridi, Francesco Di Leva, Antonio Gerardi.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 124 minutos / PAÍS: Italia / AÑO: 2023

    El tercer largometraje como director del también actor y guionista italiano Andrea Di Stefano proyecta una aguda mirada sobre las condiciones de vida de los agentes de policía, con bajos salarios, pluriempleo y corrupción. La función nos presenta a Franco Amore (Pierfrancesco Favino), un teniente de la policía que está a punto de jubilarse. Precisamente, la noche antes de su despedida es requerido para investigar la escena del crimen donde han matado a su mejor amigo, Dino (Francesco Di Leva). Pero Franco sabe muy bien, porque estaba con él, que fue asesinado durante un robo de diamantes.

    El teniente de la policía Franco Amore es un hombre íntegro y justo, un buen padre, un buen marido y un buen compañero. Dueño de una honestidad inquebrantable, jamás ha dispara su arma en sus 35 años de servicio. Diez días antes de su jubilación, salvó la vida de un jefe criminal chino que sufrió un infarto. El capo oriental ve en él a un profesional con un alto rigor moral y le hace un encargo muy simple por el que cobrará cinco mil euros: recoger en el aeropuerto a una persona con un misterioso maletín y llevarla hasta su casa. Una especie de regalito por su jubilación. Sin embargo, durante el trayecto de la misión y acompañado de su amigo y colega Dino, son detenidos en un control de la policía, la situación se pone fea, se produce un tiroteo y todos mueren menos él. Franco llora la muerte de su amigo y se pregunta qué puede hacer ahora para salir limpio del terrible suceso y al mismo tiempo poner a salvo a sus seres queridos. Franco Amore no podía imaginar que esa última noche en Milán antes de su jubilación se convertiría en una pesadilla.

    La película comienza con los créditos en grandes letras rojas sobre un magnífico plano secuencia aéreo de una ciudad de Milán lívida, sobrevolando sus arterias, avenidas, líneas ferroviarias y autopistas hasta que penetra por la ventana de un edificio donde se celebra una fiesta sorpresa que ha preparado la mujer del protagonista por su jubilación. Milán es un personaje más del relato, un testigo silencioso en donde se desarrollarán escenas trágicas como la del túnel que ocupa gran parte de la trama. En última noche en Milán queda bien subrayado que Franco Amore ha sido siempre un policía honesto, que tal vez por debilidad nunca ha disparado a nadie, al mismo tiempo se quiere demostrar que nadie es inaccesible a la tentación, y así poner en entredicho toda la plácida y limpia trayectoria del inspector de policía en una larga y fría noche, la última para él. El director Andrea Di Stefano pulsa con rigor las emociones y los estados de ánimo con planos expresivos que captan a un hombre abatido, atenazado por un miedo justificado, que se balancea entre la luz y la oscuridad  

       Última noche en Milán está protagonizada por un inmenso Pierfrancesco Favino, sobre el que descansa buena parte del peso de la cinta y que, con sus tristes miradas y sonrisas, nos ofrece una severa introspección sobre los claroscuros existenciales de un hombre que, en su último día de servicio, tira por la borda su inmaculado expediente para finalmente ser perseguido por la ley, sus colegas corruptos y las diferentes mafias. Sus palabras, sus gestos y su expresividad facial nos van mostrando las dudas, la tormenta emocional, el arrepentimiento y la intensa sensación de opresión que provoca caminar por la delgada línea que existe entre la justicia y el deber y la traición y el engaño. Él es el ejemplo clarividente de que nadie está a salvo de la corrupción. Tomando como referencia los grandes temas del poliziesco italiano de los 70 (crímenes y corrupción institucional), con Última noche en Milán Di Stefano logra un aseado y compacto neo-noir, que lejos de resultar anacrónico, consigue un buen equilibrio  entre la tradición y la innovación. Armonía que sostiene la tensión dramática en las interacciones con su mujer, con parentesco con una familia de la mafia (una espléndida Linda Caridi), poniendo énfasis en el poder del amor, la confianza, la integridad personal y el sacrificio cuando no hay posibilidad de un epílogo feliz.



domingo, 12 de noviembre de 2023

CRÍTICA: "EL ASESINO" (David Fincher, 2023)

 

Manual de un asesino a sueldo

“EL ASESINO” êêê

DIRECTOR: David Fincher.

INTÉRPRETES: Michael Fassbender, Tilda Swinton, Charles Parnell, Kerry O’Malley, Arliss Howard, Sophie Charlotte.

GÉNERO: Thriller / DURACIÓN: 118 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2023

    En los últimos años David Fincher ha dirigido tres películas, el thriller psicológico Perdida (2014), el biopic Mank (2020) y el thriller El asesino (2023), todas alejadas en calidad de las tres grandes obras que conforman la cumbre de su filmografía: Seven, El club de la lucha y Zodiac. Es cierto que, con su último filme, pergeñado con una clara influencia de la obra seminal de los asesinos a sueldo, El silencio de un hombre (Jean-Pierre Melville, 1967), nos regala un artefacto entretenido demostrando su pericia como narrador, también lo es que no aporta ninguna novedad al género y que dejará poco poso en mi saturada memoria cinéfila.

    El asesino, basada en la novela gráfica de Alexis Nolent, nos presenta a un asesino a sueldo sin nombre a quien da oxígeno Michael Fassbender, que ha dedicado toda su vida a viajar por todo el mundo cumpliendo siniestros encargos. Ahora, después de tantos años de soledad y asesinato, le asaltan las dudas sobre su horrible profesión y desea abandonar esa vida. La falta de concentración hace que hierre el disparo en su último encargo, circunstancia que hará que se enfrente a sus jefes en una persecución por varios países.

    Como apunte para el aficionado subrayo que mis dos películas favoritas sobre asesinos a sueldo son la citada obra de Melville y Chacal (Fred Zinnemann, 1973), la mejor adaptación de una novela de Frederick Forsyth y que tiene como eje central el intento de magnicidio del presidente de la República Francesa Charles De Gaulle. Por supuesto, la trama de El asesino es mucho más simple, predecible y hasta paródica, pero no por ello es una cinta desdeñable. Michael Fassbender da vida a un carismático, estoico y meticuloso asesino a sueldo parco en palabras y que se encuentra en París para cumplir un último contrato. Mientras espera que aparezca su objetivo, el protagonista, armado con un rifle con mira telescópica y situado en un ático frente al edificio en el que aparecerá su víctima, nos entretiene con una serie de pensamientos automáticos sobre detalles de su profesión, una suerte de monólogo interior con el que nos da a conocer la metodología de su trabajo, durante el cual no debe sentir empatía hacia la víctima ni influir cuestiones personales.  

    Es el estereotipo perfecto del profesional del crimen, un sicario con clase que viste con colores apagados y un absurdo sombrero de pescador para pasar desapercibido en un mundo hipervigilado, acostumbrado a tener paciencia en las largas y tensas esperas, que siempre repite un mantra: “cíñete al plan, anticípate, no improvises, no confíes en nadie…”, que escucha en un viejo iPod canciones de The Smiths para relajarse y se ayuda de la tecnología para cometer sus encargos. Aún reconociendo el buen pulso de Fincher, los refrescantes cambios de escenarios, el dinamismo de la acción y la notable planificación del relato, nada de lo que ocurre me sorprende, me asalta una molesta sensación de déjà vu que, con vanos matices, apenas altera una fórmula ya muy trillada.

       El asesino se impone como una película ortodoxa y academicista que centra su mayor interés en el magnetismo de Michael Fassbender, un actor con buen tiro de cámara pero que ofrece sus mejores dotes en arcos dramáticos más acentuados, en las introspecciones psicológicas de personajes que se ven necesitados de mayores cargas emocionales y siempre moviéndose por sociedades en constante decadencia. Cuando la infalibilidad del asesino se ve comprometida, sabe que alguien que le ama y espera en un paradisíaco país tropical puede estar en peligro, lo que le preocupa más que su condenada existencia. Es el momento en que la función nos muestra al asesino a sueldo anónimo iniciando una sangrienta odisea de venganza, durante la cual merece la pena señalar dos estaciones: la pelea cuerpo a cuerpo con un enorme y musculoso sicario apodado The Brute y el cara a cara con una asesina fría, cínica y turbadora encarnada por Tilda Swinton. El asesino se clausura con un plácido happy end sin diálogos, en consonancia con el flujo constante de la conciencia del asesino que conforma toda la narración.