Después de una sucesión de películas recientes que han ido erosionando mi confianza en su capacidad para volverme a sorprender, La Constelación del Perro (2026) confirma la sensación más desalentadora que puede provocar un director de la dimensión histórica de Ridley Scott. Es algo así como, ya no esperaba nada de él y, aun así, ha conseguido decepcionarme. Estamos ante uno de esos ladrillos en los que la espectacularidad, el presupuesto y la solvencia técnica parecen funcionar como sustitutos de algo mucho más importante: una verdadera razón artística para contar la historia.
Adaptación de la aclamada novela homónima de Peter Heller, la película nos sitúa en un mundo postapocalíptico, un virus ha aniquilado a prácticamente toda la humanidad. Los supervivientes se enfrentan a unos carroñeros errantes llamados “segadores”. Hig (Jacob Elordi) un piloto, sobrevivió a la gripe, pero perdió a su mujer
El universo postapocalíptico de la película debería ser, en principio, un territorio ideal para un cineasta que siempre ha demostrado una extraordinaria capacidad para construir mundos visuales. Sin embargo, aquí esa habilidad se convierte casi en una trampa. Scott sabe levantar escenarios, diseñar atmósferas y conferir densidad material a cada imagen, pero esa riqueza exterior apenas encuentra correspondencia en el relato. La película avanza con una pesadez exasperante, como si confundiera deliberadamente la solemnidad con la profundidad y la duración con la importancia.
El principal problema de La Constelación del Perro es que sus personajes parecen más arquetípicos y funcionales que vivaces y el drama se desarrolla entre situaciones que deberían poseer intensidad, pero que acaban perdiéndose en una narración irregular, reiterativa y sorprendentemente inerte. Ni siquiera la amenaza constante de un mundo devastado consigue transmitir una auténtica sensación de peligro o desesperación. Scott, con 88 años cumplidos y una capacidad técnica indiscutible, en los últimos tiempos parece haber convertido su extraordinaria eficacia visual en una especie de piloto automático: producciones grandes e imponentes, formidables elencos, imágenes impecables… y una verdadera ausencia de inspiración.
Resulta llamativo que una película ambientada tras el colapso de una civilización produzca, sobre todo, la impresión de asistir al agotamiento de un determinado modelo de cine-espectáculo. Ridley Scott continúa siendo un formidable artesano de la imagen, pero la forma ya no basta cuando el fondo se ha evaporado. La Constelación del Perro es grande, aparatosa y con empaque profesional, pero también pesada, impersonal, filmada con una notable apatía y profundamente aburrida. Otro ejercicio de monumentalismo cinematográfico que acaba demostrando que, incluso, con todos los medios del mundo, no hay nada que se haga más largo que una película que no tiene demasiado que decir y que lo apuesta todo a un imaginario postapocalíptico muy trillado.

.jpg)


.jpg)

.jpg)



.jpg)