lunes, 6 de noviembre de 2017

CRÍTICA: "AMERICAN ASSASSIN" (Michael Cuesta, 2017)


“AMERICAN ASSASSIN” êê


Además de su trabajo para series de televisión, Michael Cuesta debutó en el cine con L.I.E. (2001) potente drama sobre la juventud y la adolescencia. Un lustro más tarde dirigió El fin de la inocencia (2006) que incide en el género y que narra el complicado paso de la infancia a la adolescencia (tal vez su mejor película). En el año 2009 estrena uno de sus peores films adaptando el relato corto de Edgar Allan Poe El corazón delator con el título Talle-Tale. Levanta un poco el vuelo con la comedia musical Roadie (2011), y firma el aseado thriller Matar al mensajero (2014) basada en la trágica experiencia real del periodista de investigación Gary Webb.


    American Assassin  nos narra cómo tras un atentado yihadista en una playa de Ibiza en donde muere su prometida, Mitch Rapp (Dylan O´Brien) es reclutado por los Black Ops y entrenado por Stan Hurley (Michael Keaton) un agente de la CIA. Mitch y Stan tendrán que llevar a cabo una misión que podría desatar el caos a nivel internacional.
    

   Un guión endeble marca la categoría de esta cinta de venganza en la que se apuesta más por el componente testosterónico y anabolizante que por la reflexión más o menos atinada sobre la amenaza terrorista global y las labores de espionaje e infiltración en la médula de sus células, que sabemos que tienen la red como uno de sus aparatos de captación y propaganda. Como es preceptivo, la venganza del protagonista para que sea lo más rabiosa e implacable debe hundir sus raíces en alguna herida sentimental, y de eso se aprovechará un grupo de élite de la CIA para reclutar a Mitch y utilizarlo como arma mortífera.


     Las set pieces de acción están rodadas de manera competente (con la consiguiente escena de tortura) y los continuos cambios de escenario dotan de dinamismo a una historia que se sube a la ola de los superagentes secretos al estilo de Jason Bourne, pero sin la profundidad psicológica y precisión narrativa de esta saga. American Assassin abunda en la conspiranoia que se apoderó del espacio de la geopolítica tras el 11-S, y se impone más como un vehículo para la presentación del héroe de una nueva franquicia que como introspección certera sobre un terrorífico desafío que alerta sobre la indefensión del mundo ante unos ataques ciegos. Rodada con la frialdad de las películas de espionaje, con un protagonista que carece del carisma necesario, estamos ante un film de acción convencional que no dejará huella.  


ALGUNAS IMÁGENES SUGERENTES DE LA ACTRIZ IRANÍ SHIVA NEGAR, PROTAGONISTA DE "AMERICAN ASSASSIN"


domingo, 5 de noviembre de 2017

CRÍTICA: "JEEPERS CREEPERS 3: CATHEDRAL" (Víctor Salva, 2017)


“JEEPERS CREEPERS 3: CATHEDRAL” ê
    

   Víctor Salva tenía como su película más conocida Powder (1995) sobre un joven albino de extrema inteligencia que provoca el miedo y la burla en los vecinos de su localidad. Pero fue con Jeepers Creepers (2001) con la que unió su nombre a un nuevo, letal y escalofriante mito del terror, The Creeper, el terrible y alado monstruo caníbal. Debido al gran éxito de la cinta, no tarda en estrenarse Jeepers Creepers 2 (2003) en la que anulado el factor sorpresa, consigue entusiasmar a los aficionados con más acción y gore.

   
  Esta secuela muy tardía titulada Jeepers Creepers: Cathedral nos sitúa 23 primaveras después de que Trish (Gina Philips) viviera las espantosas pesadillas reales a las que tuvo que hacer frente cuando ella y su grupo de amigos se toparon  con The Creeper. Ahora se ha convertido en madre y tiene un hijo adolescente llamado Darry en memoria de su fallecido hermano. Mientras un grupo de hombres armados liderados por un comisario y el sargento Davis siguen la pista de la criatura para darle muerte de una vez por todas y salvar de sus garras a una chica, Addi (Gabrielle Haugh) que tiene secuestrada dentro de la camioneta.

  
   Detrás de la cámara y el guión se sitúa de nuevo al californiano Victor Salva (que, recordemos, en 1989 fue condenado por abusos sexuales a menores y tenencia de pornografía infantil) que abunda en las constantes de una trama que no ha cambiado, por lo que nada novedoso encontramos en un relato por el que desfilan personajes insustanciales y que a pesar de tener como eje central a una criatura demoníaca tan eficaz carece de secuencias memorables y de la más mínima emoción, debido a unos personajes estereotipados que no proyectan nada de empatía.


      
  La función rebosa lugares comunes (el sur agrícola con su monótona vida social y su extenso territorio) en donde el componente sobrenatural aporta efectos digitales muy pobres, aunque el Creeper, con buena labor de maquillaje, que se alimenta del miedo y de carne humana, se nos presenta más rápido, poderoso e inteligente que en las anteriores entregas, lo que le hace más imponente y mortal. Pero lo que más sobresale es su viejo, oxidado, inexpugnable y fantasmal camión Chevy, a prueba de balas y convertido en una trampa mortal. Manejando un exiguo presupuesto, Salva sitúa la acción poco después de la primera entrega y días antes de la segunda, aunque da igual este dato porque el guión es flojísimo y la acción carece de escabechinas gores. En realidad, la función cuenta con muy pocas set pieces de acción violenta (el ataque a la camioneta de la pareja en la granja es la mejor por la cercanía de la bestia), y sí bastantes secuencias para el sonrojo ensambladas a modo de copy-paste.

viernes, 3 de noviembre de 2017

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “BATTLE ROYALE” (2000)


  Battle Royale es un excelente film de acción que se desarrolla en un Japón apocalíptico, con graves problemas estructurales, altísimas tasas de paro y una violencia brutal en las calles y los colegios. El gobierno toma cartas en el asunto intentando paliar esos problemas. Una de sus soluciones consiste en elegir por sorteo una clase de un colegio cualquiera, trasladarla a una isla desierta e inducirla a un macabro juego de exterminio: durante tres días, los alumnos van a enfrentarse entre ellos, y sólo uno puede sobrevivir.

    
   Del país del sol naciente y de la mano de todo un veterano, Kinji Fukasuku, nos llega esta joya. Fukasuku a sus 72 años entonces tenía ya tras de sí toda una filmografía de más de 60 títulos desde que debutara a comienzos de los años sesenta, convirtiéndose en todo un referente para reputados directores que como Quentin Tarantino, John Woo o Scorsese se han declarado fans del realizador nipón. De su extensa filmografía pocos títulos habíamos podido disfrutar en España: Tora! Tora! Tora!, Los invasores del espacio, Exterminio.


  La película, como viene siendo tradicional cuando el arte arriesga, levantó en el momento de su estreno una enorme polémica debido a su controvertido punto de partida y, sobre todo, a la cruda violencia que despliega, un auténtico festín para goremaníacos. Dejando de lado la gazmoñería, los sermones sotánicos/satánicos de la crítica más ñoña y ortodoxa, el film, revestido de fábula social, lo que en realidad esconde es una indisimulada y despiadada denuncia que actúa como reflejo de una realidad: la de un Japón que ve cómo los índices de violencia se disparan sin que los políticos hagan nada por detener ese avance. De hecho, uno de los miembros del Partido Democrático de Japón, en la oposición política, montó una campaña para prohibir la película, y el Parlamento llegó a debatir el tema.

     
  El gran “Beat” Takeshi, ejerciendo aquí de profesor/ideólogo encargado de dar instrucciones y controlar la batalla juvenil, está genial, como siempre, con ese estilo frío, cínico, imperturbable, tocado con ese halo de sentimentalismo que le ha hecho tan popular, demostrando que no sólo es un gran actor cuando se dirige a sí mismo, también que alcanza registros magistrales a disposición de otros colegas.

   
  Definida por un sector de la crítica internacional como un cruce entre La Naranja Mecánica y El Señor de las Moscas, Battle Royale es una verdadera joya del humor corrosivo basada en el potente debut literario de Koshun Takami, que además sirve como catarsis vomitiva para el rechazo de la violencia, de la que el público adolescente, el más influido por su estética, acaba abominando cuando en situaciones límites tiene que luchar hasta las últimas consecuencias. Un toque de atención para los políticos que desde los tentáculos del poder intentan censurar en los medios de comunicación y en la cultura todo aquello que no les interesa: el vacío de poder y sus desmedidas ambiciones personales. Battle Royale es brillante y sádica, como una fiera descarga en los testículos.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

CRÍTICA: “EL AMANTE DOBLE” (François Ozon, 2017)

    

   
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    Lejos de las mejores obras de François Ozon (Joven y bonita, En la casa, Frantz), El amante doble sigue a Chloé (Marine Vacth) una joven de apariencia frágil y depresiva que se enamora de Paul (Jérémie Renier) su psicoanalista. Unos meses más tarde los dos se van a vivir juntos, pero pronto ella descubrirá que su amante le ha ocultado durante todo este tiempo una parte oscura de su identidad, con la que Chloé acabará obsesionándose.

  
   Si todos estaremos de acuerdo en que Brian De Palma estaba obsesionado con Hitchcock y no perdía ocasión para el plagio u homenaje, Ozon, basándose en un texto de Joyce Carol Oates, emula aquí a De Palma en un thriller psicológico sobre una mujer que se enamora de su psicoterapeuta y descubre que tiene un hermano gemelo con el que comparte profesión. El director galo utiliza la figura del doppelgänger (ya saben, el gemelo malvado) para empujar a Chloé a los brazos de dos psicoanalistas idénticos pero de personalidades muy dispares: Paul es sensible, sereno, romántico, empático y comparte con Chloé una vida doméstica y sexual convencional; Louis es un usurero arrogante y violento, y mantiene con ella una relación sexual tensa y salvaje. Así, el relato se va convirtiendo en un pasaje de los espejos deformantes de la mente y el alma que se nos antoja más sugerente en lo conceptual que en la pura credibilidad.

   
   Ozon tiene el suficiente oficio para que el espectador no desconecte de la historia, pero somos muchos los que creemos que esto es debido también al poder magnético de Chloé; Marine Vacth dota a su personaje de una belleza tan lánguida como distante, de una sensualidad tan fría como morbosa. 


    La película arranca con una imagen potente, creativa y metafórica: un primer plano de una vagina que va mutando en el ojo lloroso de la protagonista (tal vez un sentido homenaje al ojo de El perro andaluz de Buñuel), primer anuncio del juego entre fantasía y realidad que desborda los márgenes del delirio y que será la deriva de un relato en donde el deseo y el sexo, la sumisión, la atracción de lo prohibido, las fracturas emocionales, los triángulos fatales, el goce y la depresión acaban por fundir ilusión y realidad en un ejercicio de alquimia que busca el golpe de efecto, el éxtasis, la fiebre y el vértigo en un laberinto de máscaras.

domingo, 29 de octubre de 2017

CRÍTICA: “EL SECRETO DE MARROWBONE” (Sergio G. Sánchez, 2017)


 "EL SECRETO DE MARROWBONE" êê
  

  Debut de Sergio G. Sánchez, guionista habitual de J. A. Bayona (El orfanato, Lo imposible) con una historia que nos sitúa en la América rural de 1969, y que nos presenta a cuatro jóvenes hermanos, Jack (George MacKay), Billy (Charlie Heaton), Jane (Mia Goth) y el pequeño Sam (Matthew Stagg) lleguen a Marrowbone junto a su madre, Rose (Nicola Harrison). Escapan de Inglaterra con el objetivo de dejar atrás a su padre, un hombre violento y con un terrible pasado criminal. Ahora, en aquella casa abandonada esperan iniciar una nueva vida partiendo de cero. Muy pronto entablan amistad con Allie (Anya Taylor-Joy) la joven bibliotecaria local. Cuando la madre fallece, temen ser deportados y separados, será entonces cuando una amenazadora presencia comience a rondar su casa.


    Fábula gótica muy influenciada por el cine de Bayona, El secreto de Marrowbone surca los cánones y clichés del género (caserón espectral y herrumbroso en cuyas siniestras estancias anida el Mal, estigmas y traumas familiares, celos y lazos enfermizos) para armar un arco dramático que aunque carece de la intensidad y emoción necesaria contiene una innegable fuerza visual. Un problema es su ambición multigenérica, inabarcable cuando el enigma esconde demasiadas preguntas y lagunas de guión. 


    La factura de la función es impecable y Sergio G. Sánchez demuestra conocer el oficio desplegando un estilo depurado, sabe dónde colocar la cámara y acierta con la combinación plano-contraplano para crear tensión, para lograr el juego de luces y sombras tan esenciales. A pesar de contar con buenos elementos narrativos, El secreto de Marrowbone decepciona en su twist final, muy influenciado por Shyamalan, un giro bastante endeble con el que el director quiere poner la firma de autor y que por el contrario emborrona lo que podía haber sido un terrorífico cuento moral.