"STRANGE DAYS"
Hay películas que uno admira y otras que, simplemente, se quedan a vivir dentro de uno. Días extraños, la mejor película para mí de Kathryn Bigelow, pertenece a esta segunda categoría. La fascinación que me provoca nace, quizás, de una mezcla casi irrepetible de techno-thriller, ciencia ficción, cine negro y pesadilla finisecular. Bigelow convierte Los Ángeles en un organismo enfermo, nocturno y violento, donde la tecnología permite experimentar recuerdos ajenos mientras la realidad se descompone a su alrededor.
Faltan dos días para la llegada del año 2000 y las calles de Los Ángeles están rebosantes de gente. Lenny Nero (Ralph Fiennes) ha sido expulsado de la Brigada Antivicio y ahora se dedica a captar clientes para venderles unos clips que reproducen vivencias de otras personas.
Una de las cosas que me gustaría subrayar es su extraordinaria fisicidad. La película se siente: las persecuciones, los disparos, las carreras, la respiración de los personajes, la música, la textura sucia de las calles. Bigelow filma la acción con una energía visceral que nunca parece gratuita. Y las secuencias grabadas mediante el SQUID poseen una cualidad particularmente hipnótica: son memoria, voyeurismo y deseo convertidos en experiencia cinematográfica.
También resulta interesante su dimensión política. Bajo la apariencia de un entretenimiento futurista, Días extraños habla de racismo, brutalidad policial, manipulación mediática y miedo social. El asesinato de Jeriko One conecta la ficción con una tradición muy real de la violencia. Estamos también ante una película visionaria, no porque adivinara literalmente el futuro, sino porque intuyó determinadas formas de vivir el presente antes de que existiera realmente.
La tecnología ilegal SQUID anticipa algo que hoy nos resulta mucho menos extraño: la posibilidad de consumir experiencias ajenas como entretenimiento, convertir la intimidad en mercancía y confundir memoria, deseo y espectáculo. Días extraños imagina una sociedad saturada de imágenes y estímulos donde la experiencia directa comienza a competir con su reproducción tecnológica.
Bigelow, con un libreto firmado por su ex marido, James Cameron, no presenta ese futuro como una utopía tecnológica, sino como una prolongación enfermiza del presente. Los Ángeles de finales de 1999 no parece realmente futurista; parece un mundo que ha llevado hasta el extremo tendencias que ya estaban ahí. Por eso ha envejecido de una forma fresca y curiosa: algunos de sus elementos tecnológicos resultan hoy ingenuos, pero su intuición sobre la sociedad de la experiencia mediada resulta extraordinariamente moderna. Por otra parte, disfrutamos de las excelentes actuaciones de Ralph Fiennes, Angela Bassett y Juliette Lewis, tres personajes heridos que buscan alguna forma de redención.
Cuatro años después, Matrix (1999) explora un terreno que ya había surcado a mediados de los 90 Días extraños tanto en la temática como visualmente, pero la conexión más interesante no está tanto en la estética como en la idea de una realidad susceptible de ser sustituida por una experiencia artificial.
En Días extraños el SQUID permite vivir recuerdos
ajenos como si fueran propios; en Matrix la propia realidad cotidiana es una construcción
visual. Ambas plantean, desde perspectivas diferentes, una pregunta muy poderosa:
¿qué ocurre cuando dejamos de distinguir entre experiencia autentica y
experiencia fabricada? Y coinciden en algo más importante: en ambas películas
la tecnología no libera necesariamente al individuo, sino que puede convertirse
en un instrumento de control, dependencia y alienación.

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