Desde que siendo un jovencito vi en VHS Basket Case (1982), sentí automáticamente una enorme simpatía por su director, Frank Henenlotter, y pensé que era casi imposible lograr más con tan poco. Estamos ante una de las anomalías más fascinantes del cine de terror independiente estadounidense. Con un presupuesto de guerrilla (alrededor de 35.000 dólares), que nos induce a la ternura, nos encontramos ante un relato grotesco e intencionadamente malsano que transforma sus limitaciones económicas en una singular y radical declaración de principios estéticos. La historia de Duane Bradley (Kevin VanHentenryck), un joven que transporta en una cesta de mimbre a su hermano siamés separado quirúrgicamente, Belial, convierte la deformidad física en el punto de partida de una pesadilla sobre la identidad, el rechazo y la venganza.
Henenlotter construye un universo urbano sórdido, poblado por personajes marginales, espacios degradados y una violencia que oscila entre lo repulsivo y lo involuntariamente cómico. Con muchas escenas rodadas clandestinamente en las calles de Nueva York sin permiso, sus efectos especiales artesanales, lejos de cualquier sofisticación técnica, poseen el encanto visceral de un cine que pretende disimular su condición de cine residual. La animación rudimentaria, pero expresiva de Belial contribuye decisivamente a crear esa atmósfera de pesadilla artesanal.
No obstante, reducir Basket Case a una mera extravagancia no sería justo. Bajo su apariencia de explotación barata late una incisiva reflexión sobre la fraternidad, la dependencia y la imposibilidad de separar definitivamente lo monstruoso de lo humano. Belial representa al hermano excluido, pero también a la parte reprimida de una identidad escindida; por otra parte, Duane descubre que la liberación física no garantiza la emancipación emocional.
Su incorrección, su humor negrísimo y su
desprecio por las convenciones del terror mainstream explican su condición de
película de culto. Por supuesto que Basket Case está lejos de ser una película magistral, eso aquí
importa poco. Lo que sí hace Henenlotter es firmar, sin ningún
prejuicio y como declaración de su amor por el cine, un artefacto
cinematográfico genuino, delirante, profundamente personal y con un encanto que
en buena parte reside en su imperfección y la voluntad de un cineasta que
encontró en lo grotesco una forma de libertad creativa. Tuvo dos secuelas, pero
eso es otra historia.










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