Muchos aficionados
jóvenes desconocen que Kim
Basinger (Athens, Georgia, 8 de diciembre de 1953) logró un Oscar como
mejor actriz de reparto y el Globo de Oro en la misma categoría por su papel en
L.
A. Confidential (Curtis Hanson, 1997). Porque Kim Basinger, además de
ser uno de los más grandes mitos eróticos surgidos de la pantalla grande, ha
demostrado en contadas ocasiones ser también una actriz competente. Yo la
conocí allá por 1983 como chica Bond en aquella nueva versión de Operación
Trueno (1965) titulada Nunca digas nunca jamás (Irvin
Kershner), un film que marcó el regreso de Sean Connery a la saga después de
que en 1971 afirmara que nunca más volvería a interpretar a James Bond.
Kim también estuvo nominada al Globo
de Oro como mejor actriz de reparto por su participación junto a Robert Redford
en El
Mejor (Barry Levinson, 1984), una película de temática deportiva. Pero fue
su papel protagonista en 9 semanas y media (Adrian Lyne,
1986) dando oxígeno a la a la galerista divorciada Elizabeth, el que consiguió
elevar a la actriz a un lugar preferente en el Olimpo de las más deseadas sex
symbol de Hollywood, consagrándola como un mito erótico imperecedero, una bomba
sexual, una hermosa rubia de 1´69 cm de estatura que regaló para la posteridad
uno de los más celebrados stripteases de
la historia del cine. El film, ya saben, cuenta la relación sexual que vive una
pareja formada por Elizabeth y un bróker de Wall Street al que da vida Mickey
Rourke. Una relación apasionada, vertiginosa, tórrida y hasta cierto punto
peligrosa. Basinger nos ha brindado otras escenas ardientes en films como The
Getaway (Roger Donaldson, 1994), 8 Millas (Curtis Hansen, 2002) y en Una
mujer difícil (Tod Williams, 2004), pero siempre será recordada por su
exuberante papel en el mítico film ochentero de Adrian Lyne cuando al ritmo
candente de “You Can Leave Your Hat On” con la desgarrada voz de Joe Cocker se
quedó sólo con el sombrero puesto.
Una película, de un erotismo calculado, de diseño, pero de
indudable atractivo para una década realmente fascinante, alimentó las
fantasías sexuales de muchas parejas que salpimentaron sus devaneos eróticos
con los más deliciosos postres de nata, mermelada y frambuesa. Kim Basinger fue
elegida Miss Georgia a la edad de 16 años y se empezó a ganar muy bien la vida
como modelo fotográfica y de alta costura. Como actriz debutó en la televisión
y su debut en el cine llegó de la mano de David Greene en el film HardCountry
(1981), lo demás es historia. Ha estado casada en dos ocasiones; la primera en
1980 con el maquillador Ron Britton, del que se separó en 1988; la segunda con
el actor Alec Baldwin, padre de su hija Ireland y del que se separó en
2001. Kim es vegana y activista por los
derechos de los animales. En 1993 protagonizó el spot navideño del cava
Freixenet, felicitando las fiestas a todos los españoles. Su último film
estrenado hasta la fecha es el fallido drama I Am Here (Anders
Morgenthaler, 2014).
Sigo sin
encontrar mucho sentido a este tipo de secuelas (remakes, precuelas, reebots)
más allá de los réditos en taquilla -que cada vez serán menos debido al
cansancio del respetable- y lo que suponen como evidencia de la falta de ideas
de Hollywood. Terminator Génesis puede ser entendida como un sentimental homenaje
a las primeras entregas de la saga porque intenta captar la atmósfera y esencia
del film seminal y al mismo tiempo está aderezada con el chute de acción que
nos propuso la segunda entrega. El problema es que queda muy lejos de una y
otra debido a un guión incongruente atiborrado de diálogos tontos,
espectaculares escenas de persecución y superficiales secuencias de acción. El tono
de serie B de la película original se perdió en las múltiples secuelas de la
franquicia, y sólo queda el artificio de un invento inane para ese público de
multisalas tan adicto a los afectos especiales.
Año 2032. En plena
guerra del futuro, un grupo de humanos tienen al sistema de inteligencia
artificial Skynet contra las cuerdas. Jason
Connor (Jason Clarke) es el líder de la resistencia, y Kyle Reese (Jai Courtney) es su fiel soldado, criado entre las
ruinas de una postapocalíptica California. Para salvaguardar el futuro, Connor
envía a Reese a 1984 para salvar a su madre, Sarah (Emilia Clarke) de un Terminator programado para matarla con
el fin de que no llegue a dar a luz a John, aunque a su lado tiene a un T-800 (Arnold Schwarzenegger) cuidando
de ella. Pero lo que Reese encuentra al otro lado no es como él esperaba.
Apuntaba que el
tono pulp del film original se ha demostrado difícil de mantener a pesar de los
continuos guiños a la misma. Sin embargo, era fácil de adivinar que la lucha
entre humano y Skynet cada vez más intrincada se vería enfangada por una trama
con muchas lagunas, farragosa e inverosímil, un galimatías argumental que
penaliza la función hasta el punto de tener la sensación de que muchas cosas
suceden porque sí, sin más explicaciones, o cuando éstas se producen resultan a
todas luces incomprensibles. Si a esto le sumamos el débil perfil de los
personajes (la participación de Schwarzenegger resulta grotesca, sobre todo
cuando hace uso de esos gags tontos) y la alternancia de líneas temporales
acaban por agotar al espectador que asiste al espectáculo con la distancia que
produciría la visión de un vulgar parque temático. Todo para que en los sueños
premonitorios de Reese aparezca una innovadora app informática llamada Génesis
que le otorga el poder total a Skynet pensando en la aniquilación y el éxtasis
de otro Día del Juicio Final. El
director Alan Taylor denota un cierto respeto por la saga, pero no ha sabido
demostrar esa emotividad con su desprecio por la magia y el carácter de culto
de la premisa original inclinándose por un absurdo juego de pirotecnia.
No toda la
culpa es suya, el enrevesado libreto no ayuda en modo alguno, tampoco los
repetidos momentos de una inútil e indigesta verborrea científica y/o
tecnológica, y por supuesto, hubiera sido de agradecer una mayor interacción
emocional entre los personajes, entregados a sus roles mecánicos de héroes
salvapatrias en su misión, trillada, cansina, vomitiva, de evitar un nuevo
apocalipsis, como si de se tratara de pasar las fases de un vulgar videojuego. Terminator Génesis tiene ese aire de
popurrí, de menestra en la que puedes apartar con el tenedor los tropezones de
las hortalizas que no te gustan, y tal vez se pueda disfrutar de unos
prodigiosos efectos digitales, de algunas escenas frenéticas (el autobús y el
Golden Gate), de un montaje acelerado y unos geniales efectos de sonido… Y nos
olvidemos de la velada denuncia sobre el actual uso excesivo, adictivo de la
tecnología y la esclavitud del consumismo desaforado. La escueta escena incrustada entre los créditos finales abre la puerta a
una nueva entrega, pero más de lo mismo siempre es menos, y una sensación
general de decepción se apodera de uno cuando una bonita idea original va
degenerando con el tiempo sin necesidad, de manera incoherente. Más allá del
esmerado aspecto técnico/visual, ningún logro hará que esta película perdure en
el tiempo, y será recordada como un simple ejercicio de auto-reciclaje que
constata que en Hollywood las ideas siguen estancadas.
Inspirándose en la novela autobiográfica de Emmanuelle Arsan publicada en 1959, el
astuto Just Jaeckin no sólo firmó en
1974 una de las más legendarias películas del cine erótico, sino que creó un
fenómeno sociológico que estuvo prohibido en Francia durante seis meses y
cuando se estrenó obtuvo un éxito sin precedentes en ese país, manteniéndose
durante una década en cartelera. La película lanzó a la fama a la modelo
holandesa Sylvia Kristel
convirtiéndola en un mito erótico tan inmarcesible como los sueños húmedos que suscitaba,
en un reconocible icono pop que reproducía su imagen juvenil, su pelo corto, su
torso desnudo adornado con un collar de perlas y sentada, libertina y desafiante,
en una espléndida butaca de mimbre. Aunque el personaje había aparecido por
primera vez interpretado por Erika Blanc
en el film de Cesare Canevari Un hombre para Emmanuelle (Io,
Emmanuelle, 1969), pero no fue hasta la desvergonzada versión
pseudoporno y clasificada X de Jaeckin que el personaje tomó altura formando
parte del imaginario colectivo de una generación que convirtió la función en un
apoteósico éxito internacional arrastrándo a las salas a millones de
espectadores, y que en nuestro país provocó peregrinaciones a Francia para dejarse
envolver por esa transgresión tan humana de los placeres carnales en una
explícita representación nunca vista en una pantalla de cine.
El argumento
es muy simple: una joven recién casada viaja a Bangkok para reunirse con su
marido, un diplomático francés. Allí es iniciada en el sexo por una hermosa
adolescente y guiada por un hombre maduro en los placeres y debilidades de la
carne. Materializando así sus más inconfesables fantasías sexuales animada por
su esposo.
Hoyel film provoca menos picores a una libido
muy traqueteada y alguien puede pensar que no era para tanto, pero en 1974 las
escenas de sexo, violación, masturbación, lesbianismo, tríos, bailes eróticos,
exhibicionismo, promiscuidad y sobre todo esa secuencia en el “Mile High Club”
en la que una bailarina se inserta un cigarrillo en la vagina levantaron
ampollas y era más de lo que podían aceptar las clases más reaccionarias y bien
pensantes. Con un presupuesto de sólo medio millón de dólares, la cinta recaudó
más de 100, y en septiembre de 2006 se publicó en Francia la autobiografía de
Sylvia Kristel, un texto donde relata los abusos que sufrió siendo una niña de
nueve años, así como su turbulenta vida marcada por las drogas, el alcohol y la
búsqueda del padre, que abandonó el hogar familiar por otra mujer.
Kristel comenzó
su carrera como modelo y vivió tortuosas
relaciones con hombres mucho mayores que ella. Debido a su adicción a la cocaína
malvendió su porcentaje de participación en Emmanuelle por 150.000
dólares. Fumadora empedernida de cigarrillos sin filtro desde los once años, le
diagnosticaron un cáncer de garganta en 2001 que, tras varias sesiones de
quimioterapia, superó. Pero años después el cáncer apareció en sus pulmones. En
los últimos años se dedicó a la pintura, y durante una exposición de sus obras
en Amsterdam sufrió un derrame cerebral que la mantuvo hospitalizada hasta su
último aliento. Murió el 18 de octubre de 2012 a los 60 años de edad con la
metástasis devorando un cuerpo por el que varias décadas atrás habían suspirado millones de espectadores. En fin, Emmanuelle
es un clásico del tan popular como vilipendiado género erótico, un film
mediocre en cuanto a los estrictos valores cinematográficos, pero chispeante en
cuanto a su objetivo de liberar la encorsetada mentalidad de la época. Me gusta
especialmente la secuencia en el porche entre la adolescente y la protagonista
envueltas por un tono de mórbida decadencia, y lo seguro es que jamás una
butaca de mimbre lució con tanta belleza.
Quentin Tarantino, enfant terrible del cine
norteamericano, brillante guionista y magnífico realizador, saltó a la fama
cuando con veintiocho años rodó Reservoir Dogs (1992) su primera
película. Dos años más tarde conseguiría con Pulp Fiction la Palma de Oro en el Festival de Cannes y el
Oscar al Mejor Guión Original compartido con Roger Avary. Las películas de
Tarantino están elaboradas con una estructura muy parecida: punzantes,
arrolladores e imaginativos diálogos, gags humorísticos muy particulares y una
violencia convulsiva e histriónica. Todo ello fabricado con una mecánica en
clave de comedia negra tensa y enfatizada por momentos o situaciones especialmente
grotescas y angustiosas.
Rodada en formato panorámico, Pulp Fiction se sostiene sobre una complicada aunque sólida
arquitectura narrativa, su argumento nos narra las historias entrecruzadas de
varios delincuentes: unos intentan robar en un café (Tim Roth y Amanda
Plummer); otros (John Travolta y Samuel L. Jackson) trabajan para un mafioso
que les encarga recuperar un maletín, y al primero, que vigile también a su
esposa cocainómana (Uma Thurman); por último, la historia de un boxeador (Bruce
Willis) al que el mafioso ha pagado para que pierda el combate, aunque éste
tiene otros planes.
El guión es perfecto, los diálogos
apabullantes e ingeniosos y la música -que todo lo inunda- está espléndidamente
elegida, todo bien alineado con una violencia de diseño que proyecta en su
conjunto un auténtico fresco tarantiniano. Director cinéfilo y cinéfago,
Quentin llena por sí solo todo un grueso volumen de la historia del cine
actual. Se le acusa siempre de una falsa moral maniquea, de hacer películas
extremadamente violentas, pero el cineasta comprendió hace tiempo que a la
gente la guste el crimen porque tiene algo de puesta en escena, una especie de
artificio que atrae en su fórmula teatral. También el director tiene que hacer
frente a quienes continuamente le tachan, para desprestigiarle, de ser un
plagiador nato, culpándole de copiar escenas enteras de ésta o aquella
película. Pero él se defiende contestando: <<Yo suelo tomar detalles
prestados de toda clase de películas, de todas las películas que se han hecho,
si mis películas tienen algo conste que es porque he tomado detalles de aquí y
de allá y me limito a ensamblarlos. Si a la gente no le gusta esta manera de
trabajar, la solución es simple: que no vaya a ver mi cine>>.
Lejos de análisis simplistas, lo que
resulta evidente es que este director explosivo se convirtió -con una cortísima
filmografía- en todo un fenómeno social, una figura de culto por encima de
ídolos del rock y del deporte, y el último y más claro exponente del sueño americano
(antes de rodar Reservoir Dogs trabajaba en un vídeo-club, la mejor
escuela de cine, donde además en sus ratos libres escribía guiones) pues de la
noche a la mañana, con su primer film, se convirtió en un icono referencial
para millones de cinéfilos, siendo portada de revistas e invitado estrella en
todos los medios y galas. Es quizás, su transgresión moral lo que sus
detractores no pueden soportar, y es esa misma perspectiva la que le hace ganar
día a día más adeptos.
Pulp Fiction es su mejor film hasta la fecha y una
de las películas más importantes de la década de los noventa, un film
ambicioso, con estilo propio, el de su creador, que ha creado escuela y
generado una corriente (tarantinismo) de manifiesta influencia en el thriller
contemporáneo, hasta el punto de llegar a preguntarnos si después de Tarantino
hay algo más. La gran revelación del film fue el regreso de John Travolta dando
vida al asesino a sueldo Vincent Vega, recreación para la que fue rescatado del
olvido, ocupando un lugar estelar entre los actores más taquilleros del actual
panorama cinematográfico.
INTÉRPRETES: BILLY CRUDUP, JACKY EARLE HALEY,
MALIN ACKERMAN, JEFREY DEAN MORGAN, PATRICK WILSON, MATHEW GOODE.
GÉNERO: DRAMA / EE.UU./ 2009 DURACIÓN:
160 MINUTOS.
Parecía imposible, de hecho durante mucho
tiempo así ha sido, pero si había alguien con la visión y el talento necesario
para trasladar a la pantalla grande la obra magna del genial Alan Moore y el dibujante David Gibbons, una compleja novela
gráfica publicada por entregas allá por la mitad de la década de los ochenta,
el elegido era, sin duda, Zack Snyder,
que ya nos dejó con la boca abierta que con su celebrada adaptación de la obra
maestra de Frank Miller 300. Superando todas las
expectativas, WATCHMEN no defraudará a los fans del cómic ni en el aspecto
visual ni en las profundidades laberínticas, intelectuales, filosóficas y
psicológicas de su línea narrativa, cuidando hasta el mínimo detalle y con un
respeto absoluto hacia el material que le sirve de fuente. Se nota que Snyder
no sólo es, junto con Christopher Nolan, el mejor adaptador de historietas al
medio visual de la historia, pues se erige también en uno de los máximos defensores
del 9º Arte como la expresión artística más cercana a la ciencia cinemática.
La acción nos sitúa en Nueva York en el
pasado cercano de 1985. Estados Unidos ha ganado la guerra de Vietnam, Richard
Nixon ocupa la Casa Blanca
en su tercer mandato y el mundo está al borde de una guerra nuclear. En este
convulso escenario asistimos al relato que tiene como protagonistas a unos
superhéroes del pasado y del presente ya jubilados por una ley gubernamental y
que se sienten preocupados por el asesinato de uno de ellos, un héroe de los
cuarenta apodado El Comediante
(Jeffrey Dean Morgan). Uno de sus proscritos compañeros, el vigilante
enmascarado conocido por Rorschach
(Jackie Earle Haley), quien acompañado de Buho
Nocturno (Patrick Wilson) y Espectro
de Seda II (Malin Ackerman) se encarga de investigar su muerte y descubre
un complot para matar y desacreditar a todos lo superhéroes. Pero Rorschach no
recibe mucha ayuda del Dr.Manhattan (Billy Crudup), el único de
ellos que tiene superpoderes y gracias al cual Estados Unidos ganó la guerra de
Vietnam, un elemento clave en la alianza porque a medida que avanza en su
investigación, recogida en forma de diario, se dará cuenta de que se enfrentan
a un enemigo muy poderoso cuyas acciones tendrán graves consecuencias para el
futuro.
El excéntrico y mesiánico Alan Moore nada
ha querido saber de la adaptación fílmica de una novela gráfica que la revista “Times”
incluye entre las mejores escritas en lengua inglesa desde 1923 hasta nuestros días
(“Nunca veré esa jodida cosa”, ha afirmado). Moore siempre ha renegado de las
adaptaciones fílmicas de sus obras alegando que lo que funciona en un medio
pierde su pureza en su adaptación a otro y no funciona tan bien. Respeto las
opiniones de Moore aunque me importan un carajo –soy un enamorado de su obra,
no colaboro en sus pajas mentales-, Snyder ha realizado una adaptación tan
escrupulosa y literal del relato gráfico que de no haber sido así (arriesgándose
a la maldición eterna de la cofradía de fans) el resultado no sería tan
brillante ni tan magnético. En WATCHMEN se aprecia la seriedad, el
esfuerzo, el riesgo asumido por su director y el equipo de producción para no
defraudar a la inmensa legión de incondicionales fundamentalistas y
presentarles la película con la que siempre habían soñado, pues a pesar de su extenso metraje el film nunca
pierde fuelle y se nos salen los ojos de sus órbitas ante el virtuosismo
escenográfico y el portentoso despliegue visual, con esa pirueta secuencial de
créditos al son de “Times are Changing” de Bob Dylan, que en pocos minutos
concentra de forma esclarecedora la progresión del grupo de superhéroes a
través de acontecimientos históricos –conocidos en su primera generación en los
años 40 como “Los Minutemen”- hasta que en los años setenta una ley obliga a
retirarse a una segunda generación de éstos. Snyder sintetiza en poco más de
diez minutos los tiempos de ese mundo alternativo
desarrollado en la novela gráfica con un toque personal que denota su alto
registro como de autor y que nos brinda un comienzo dinámico, estimulante y
nada encorsetado.
Tan
alentador que en WATCHMEN se disfruta
cada plano, el carácter puntilloso y detallista del cineasta nacido en
Wisconsin –ya demostrado en 300- lo
observamos no sólo en la construcción mimética de personajes tan poliédricos
(miserias, secretos oscuros, dilemas éticos y debilidades humanas de los
vigilantes), también en su habilidad para visualizar un diseño de producción
que ambienta de forma esmerada la
City, una Nueva York reconocible, desastrada, sórdida y
decadente que nos devuelve a las atmósfera sucia y alienante de las malas
calles de Taxi Driver. De entre
todos los personajes es Rorschach (prodigiosa interpretación de Jackie Earle
Haley) quien tensiona la contenida plasticidad del film, vigilante atormentado,
misterioso y sanguinario de unas calles asquerosas, siempre mojadas y
rebosantes de putas, chaperos y maleantes, por las que camina como una sombra
sin activar sus brutales instintos. Su máscara es su cara y se erige en
protagonista en la escena más bestial y climática de la función: tras ser
psicoanalizado es recluido en una celda del pabellón de los presos comunes que
en su mayoría fueron encerrados por su culpa y que le tienen muchas ganas.
Pero el menudo y pulcro Rorschach no es un
tipo que se amilane fácilmente, pronto encontrará la salida a través de una
masacre balsámica. Asimismo, resulta sorprendente el clasicismo de una puesta
en escena que alimenta un universo distópico y autodestructivo a cinco minutos
del holocausto nuclear, la llegada del Apocalipsis redentor que destruirá un
mundo corrupto donde ni siquiera los héroes enmascarados quedan a salvo de la
imperante puerca moral. WATCHMEN recrea un
fantástico fresco no apto para un público púber –más por su complejidad que por
su violencia o áspera sensualidad- que retrata con pesimismo y desazón los
males endémicos de la sociedad de finales y principios del siglo XX (esa
tétrica escena del entierro de El Comediante con las Torres Gemelas como telón
de fondo) que nos induce a pensar en la transversalidad ideológica del relato
como panel retrospectivo de nuestra poco edificante historia. Una joya, una
obra de culto instantánea.