domingo, 1 de noviembre de 2026

PREESTRENO: "YO SOY ROCKY" (Peter Farrelly, 2026)

 

Los orígenes de la leyenda

“YO SOY ROCKY”  êêê

DIRECTOR: Peter Farrelly.

INTÉRPRETES: Anthony Ippolito, AnnaSophia Robb, P.J. Barney, Toby Kebell, Tracy Letts, Jay Duplass, Matt Dillon, Stephan James.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 137 minutos / PAÍS: Brasil / AÑO: 2024

   Tras el visionado de Yo soy Rocky queda patente la impresión de que su director, Peter Farrelly, ha acertado al no centrarse exclusivamente en el nacimiento de una película mítica ganadora de tres Oscar, Rocky (John G. Avildsen, 1976), y decantarse por ofrecernos con virtuosismo una crónica de la obstinación, la precariedad y la fe casi irracional de un hombre -animado por su primera esposa, Sasha, interpretada por AnnaSophia Robb- en sus propias posibilidades. No estamos ante un biopic formulario, sino ante la reconstrucción de una aventura creativa cuyo desenlace conocemos, pero cuyo recorrido deja intacta su capacidad de fascinación.

   Resulta estimulante contemplar a Sylvester Stallone, al que da oxígeno de manera pluscuamperfecta Anthony Ippolito que imita la voz, la manera de caminar y todos sus tics, antes de convertirse en una estrella trabajando de acomodador en un cine, en una tienda de alimentación, de aparcacoches en un hotel, aceptando un papel en una película erótica, cuando su carisma todavía no encontraba acomodo en una industria para la que su figura no ofrecía ninguna confianza. Las negativas de los productores, las dificultades para financiar el proyecto, la estrechez económica y los trabajos basura componen el retrato de un aspirante que se resiste a aceptar que otros decidan su destino.

    Además, él ya había actuado en pequeños papeles, incluso tuvo un papel relevante en la aseada Días felices (Martin Davidson y Stephen Verona, 1974). Stallone, aunque tenía escritos otros libretos que posteriormente serían adaptados a la gran pantalla, se decide a escribir el guión de Rocky cuando ve en la televisión de una cafetería el combate de Muhammad Ali contra el desconocido Chuck Wepner, que logró una hazaña al lograr que Ali besara la lona, aunque luego se impusiera el campeón mundial por nocaut técnico faltando 19 segundos para que terminara el último asalto.

    La historia de Wepner inspiró a Stallone para el personaje de Rocky y la figura de Alí sirvió de inspiración para el personaje de Apollo. El guión lo escribió Stallone en tres días. Pero Stallone no sólo quería ser el guionista de Rocky, necesitaba también interpretarla y tenía cuerpo y voluntad para ello. Esa exigencia que desde una perspectiva industrial podía parecer una excentricidad, constituía precisamente el núcleo de su apuesta.

    Anthony Ippolito transmite con convicción esa mezcla de vulnerabilidad, orgullo y determinación. Su interpretación permite entender que detrás de la futura celebridad había un actor dispuesto a jugárselo todo por una oportunidad que difícilmente volvería a presentarse. La confianza de Irwin Winkler y Robert Chartoff resultó decisiva porque apostaron por un proyecto incierto sin imaginar plenamente la dimensión del fenómeno que estaban contribuyendo a poner en marcha. Farrelly encuentra aquí una materia narrativa especialmente fértil: el reverso de Hollywood, donde los sueños no se materializan mediante una luz providencial, sino a través de la resistencia y la confianza ante el rechazo.

  Apuntaba que Yo soy Rocky se puede entender como una película sobre la gestación de otra película más que como un biopic. Así nos encontramos con un making of dramatizado que participa de la tradición del cine dentro del cine. Su verdadero protagonista no es tanto Sylvester Stallone como la voluntad de convertir una ficción todavía inexistente en una realidad cinematográfica.

     Lo interesante es que Peter Farrelly desplaza el centro de gravedad desde el resultado -la película que conocemos y su posterior consagración- hacia el proceso creativo: las dificultades de financiación, la desconfianza de la industria, las limitaciones materiales -de las que también se quejaba el director de la película, John G. Avildsen- y la obstinación de un autor que se niega a separar su guión del derecho propio a interpretarlo. El conflicto no reside únicamente en conseguir que Rocky llegue a las pantallas, también en defender una determinada concepción de la autoría frente a las exigencias comerciales de Hollywood.

    En este sentido, la película adquiere una dimensión metacinematográfica: asistimos al nacimiento de una obra mientras comprendemos las circunstancias vitales que formarán parte de su leyenda. La precariedad de Stallone y su lucha por abrirse camino no son simples apuntes biográficos: constituyen la experiencia humana que alimenta la ficción del boxeador. La película que estamos viendo se convierte en el relato de cómo otra película llegó a existir contra todo pronóstico. El espectador conoce el desenlace, pero Farrelly consigue que la incertidumbre no dependa de qué ocurrirá, sino de la posibilidad de alcanzar aquello que parece imposible.

   Quizás por eso la historia detrás de Rocky resulta mucho más atractiva que la película original. Porque el mito del perdedor que acaba triunfando adquiere una sintonía adicional cuando descubrimos que, antes de conquistar al público, tuvo que convencer a quienes ni siquiera estaban dispuestos a dejarle subir al ring. Esta crónica revela el precio íntimo de semejante transformación. Un artefacto realmente interesante.