lunes, 18 de diciembre de 2017

TRÁILER DE “GORRIÓN ROJO” (Francis Lawrence, 2018)


“RED SPARROW”


    Dirigida por Francis Lawrence (Constantine, Soy leyenda, Agua para elefantes, Los juegos del hambre) y guionizada por Justin Haythe según la novela de Jason Matthews, Gorrión rojo nos presenta a Dominika Egorova (Jennifer Lawrence) una bella y joven mujer rusa que tras la muerte de su padre es reclutada contra su voluntad para ser un “gorrión”, una mujer seductora adiestrada del servicio de seguridad ruso. Dominika aprende a utilizar su cuerpo como arma, pero lucha por conservar su sentido de la identidad durante su deshumanizador proceso de entrenamiento. Hallando su fuerza en un sistema injusto, se revela como uno de los activos más sólidos del programa. Su primer objetivo es Nate Nash (Joel Edgerton) un funcionario de la CIA que dirige la infiltración más confidencial de la agencia en la inteligencia rusa. Los dos jóvenes caerán en una espiral de atracción y engaño que amenaza sus carreras, sus lealtades y la seguridad de sus respectivos países.


     Con un reparto que cuenta además con nombres tan significados como Jeremy Irons, Charlotte Rampling, Mary-Louise Parker y Mathias Schoenaerts, este thriller de espías tiene previsto su estreno el 2 de marzo de 2018. Una apuesta sugerente que cuenta con una banda sonora del especialista James Newton Howard y una iluminación cortesía de Jo Willems. Esperamos con ansiedad sus estreno comercial aunque sólo sea por lo tremendamente atractiva que aparece la ya de por sí magnética Jennifer Lawrence.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "ESPARTACO" (Stanley Kubrick, 1960)


    El 7 de marzo de 1999 los incansables teletipos escupían la noticia al mundo: había muerto Stanley Kubrick, uno de los últimos genios vivos del llamado Séptimo Arte. La noticia, por inesperada, dejó consternados a todos los que, de un modo u otro, sentimos que parte de nuestra personalidad se fraguó bajo el preciado y precioso estigma cinematográfico. Kubrick es ya un mito, lo fue en vida, de la cual hizo siempre un misterio impenetrable, de él se cuentan mil y una anécdotas, y casi todas ellas tienen que ver con la meticulosidad enfermiza con que afrontaba sus trabajos. Los que han trabajado a sus órdenes se quejan de los abusos a que los sometía en su búsqueda obsesiva de la perfección, que acabó dotando, como apuntó Jack Nicholson, de una nueva dimensión a la palabra “puntilloso”, e incluso como declaró Malcolm McDowell: “su calidad humana nunca estuvo a la altura de su talento”. Además de su metódico sistema de trabajo, de sus manías en todo lo que concierne al rodaje de un film, sabemos también que era una persona muy aprensiva, un hipocondriaco con un miedo bárbaro a lo desconocido, a ese agujero negro que se abre después de la muerte, por lo que se negaba a viajar en avión, debido a las escasas posibilidades que existen de sobrevivir a un accidente. Moverse en automóvil tampoco es que le entusiasmara, pero su chófer sabía que, con el director neoyorquino a bordo, la velocidad máxima no debía exceder de 50 km/h. Desde principios de los sesenta -concretamente desde el rodaje de Lolita (1962)- vivía recluido en Gran Bretaña, acompañado de su mujer y sus tres hijas habitaba una mansión al norte de Londres, su vida familiar, si hacemos caso de lo que dice su tercera mujer, Christiane, era ascética, relajada y sencilla, pues sus mayores excentricidades eran jugar al ajedrez y sentarse a escuchar música clásica. A sus 70 años murió dejándonos sólo 13 películas, un testamento fílmico reducido pero incomparable del que muy pocos pueden presumir.
   
    
   Sinopsis: el esclavo Espartaco (Kirk Douglas) logra huir de su humillante confinamiento en donde era obligado a luchar a muerte contra otros esclavos por el general romano Marco Crasso (Laurence Olivier). Tras ponerse al frente de un ejército de esclavos y derrotar a los romanos se refugia en las montañas, allí se le unen la esclava Varinia (Jean Simmons) y Antonino (Tony Curtis) un esclavo disidente de Crasso. Su idea de abandonar Italia es abortada por el terrible jefe romano, que anhela llegar a lo más alto del poder. Con Espartaco abatido y su ejército masacrado, Crasso obliga a Antonino y a Espartaco a enfrentarse en una lucha mortal, y Espartaco mata a su fiel amigo siendo él al final crucificado. En el umbral de la muerte, su última mirada será para su mujer y su hijo que, liberados, se alejan de Roma.



    Con un extraordinario libreto escrito por el guionista de izquierdas Dalton Trumbo -incluido en la “blacklisted” del inquisitorial senador McCarthy y su tristemente famosa caza de brujas- la insurrección del esclavo Espartaco se nos presenta a la vez como gran espectáculo hollywoodiense y película de compromiso ético, nítida en su mensaje contra la opresión y la tiranía. Rodada parcialmente en nuestro país, representa el último trabajo de Kubrick con Kirk Douglas, quien declaró “Kubrick es un cabrón con talento”, poniendo así fin a su relación profesional, también personal con el cineasta. El rodaje, ni que decir tiene, fue largo y tortuoso. El film lo comienza Anthony Mann -hay quien piensa que las mejores secuencias fueron rodadas por él- pero las desavenencias hicieron que Douglas, que además de protagonista era el productor de la cinta, le pusiera de patitas en la calle. El que en algún momento el director de El Resplandor renegara de ella se debe a que, como él mismo confesó, jamás tuviera el control absoluto del film, fue, desde luego, el único trabajo en que, a la fuerza ahorcan, se permitiría ese lujo. Espartaco, que irrumpió como una nueva puesta de largo del peplum, un género al que, salvo contadísimas excepciones, nunca le he dedicado mis mejores atenciones, tuvo un presupuesto de 12 millones de dólares, recaudando la excelente cifra de 20 millones en dos años, alzándose con cuatro estatuillas y contando con un reparto de primera fila.
    
  
   El guión adapta la novela homónima de Howard Fast, un militante comunista que acabaría convirtiéndose en apóstata y que en primera instancia se encargó de elaborar el guión, con un tratamiento tan pésimo que a Douglas le pareció inadaptable. Posteriormente le sería encargado a Trumbo que, a pesar de ocupar un puesto destacado en la siniestra “lista negra”, seguía activo utilizando múltiples seudónimos. La singular conjunción de escritor y guionista unidos por una misma doctrina política enfatizó el carácter marxista de la historia y los personajes, a Kubrick eso le daba igual, pues ni mucho menos le entusiasmaba el trabajo de Trumbo, y todavía menos le gustaba el final, en el que nuestro héroe mata con la espada a Antonino para evitarle el sufrimiento inhumano de la crucifixión, mientras él se eleva al altar de la inmortalidad envuelto en un halo de sacrificio heroico. 


    Estamos ante la primera y colosal superproducción de un Kubrick con 32 años, inexperiencia que se nota en las no demasiado logradas escenas de movimientos de masas y, sobre todo, en la batalla final, que probablemente rodadas bajo el influjo proletario de los maestros rusos -muy dados en esta cuestión a la rigidez militarista- queda ahogada en su medida planificación por la composición de excesivos planos generales, ignorando los punteos de los detalles y sin entrar en el fragor cercano de la contienda. Mucho más interesante son las escenas de interiores y el cruce de relaciones interpersonales que van a ir abonando el camino aciago de nuestro trágico adalid. Con todo, Espartaco es un film ejemplar, donde la lucha del esclavo rebelde contra los poderosos romanos le confiere una épica trascendencia, un oscuro y hasta enfermizo romanticismo. A destacar el tratamiento musical fatalista a cargo de Alex North, la exquisita luz de Russell Metty, Charles Laughton como el sardónico Graco y Laurence Olivier como el brutal fascista Crasso. Ah, jueguen ustedes a adivinar si algunos de los miembros de las centurias romanas llevan relojes de pulsera, cuentan que, tanto en Quo Vadis? como aquí, los fallos de raccord (este tipo de error, bastante frecuente en el cine, se denomina anacronismo) son importantes.

lunes, 11 de diciembre de 2017

CRÍTICA: "SUBURBICON" (Gorge Clooney, 2017)




“SUBURBICON” êêê
  

   Nos tenemos que remontar al año 2002 para recuperar el debut del actor George Clooney detrás de la cámara con la aceptable comedia Confesiones de una mente peligrosa, basada en la azarosa vida de Chuck Barris, empresario del mundo del espectáculo de día y asesino de la CIA por la noche. Su siguiente película, Buenos días, buena suerte (2005) es un excelente film que cuenta la batalla que tuvieron que librar un periodista de la CBS y su productor contra el anticomunista senador Joseph McCarthy. Clooney baja mucho el listón con la insustancial comedia romántica Ella es el partido (2008), pero recupera la inspiración para firmar Los idus de marzo (2011) adaptación de una obra teatral sobre el jefe de prensa de un candidato del Partido Demócrata que comprobará hasta dónde se está dispuesto a llegar para alcanzar el éxito político. No me gustó nada Monuments Men (2014) fallida incursión en el cine bélico sobre un grupo de historiadores anglosajones que tienen la misión de recuperar las obras de arte robadas por los nazis.


    Ahora, George Clooney nos sumerge en una atmósfera neo-noir para narrar una historia inspirada en hechos reales que nos sitúa a finales de los años 50 en una zona residencial de casas similares y espaciosas en donde aparentemente reina un ambiente agradable. Sin embargo, la armonía del lugar se derrumba cuando una tranquila familia afroamericana se instala en la parcela. En entonces cuando los vecinos comienzan a organizar asambleas para pasar después a la acción directa. Finalmente, se descubrirá que el apacible barrio no es tan idílico como parece y tras la fachada de sus amplias casas se esconde una realidad plagada de violencia, venganza y traiciones.

  
   Como buen simpatizante del Partido Demócrata, Clooney casi siempre se muestra interesado por cuestiones sociales que, aunque universales (la persecución ideológica, la corrupción política, el racismo) han marcado el convulso devenir de su país. En mi humilde opinión, en la sociedad actual se margina más por la pobreza que por la raza, pero cuando se juntan ambos elementos, la respuesta xenófoba y supremacista puede ser letal. Con un guión claramente identificable de los hermanos Coen, el actor y director nacido en Kentucky firma una salvaje sátira de tono costumbrista cuyo eje lo forma una familia típicamente norteamericana que nos mostrará un reverso tenebroso. Al mismo tiempo, comprobaremos cómo a la acomodada comunidad blanca del exclusivo barrio residencial se le hace insoportable que una pacífica familia afroamericana habite una casa del barrio.

    
   Suburbicon, sexta película de su director, contiene ese sesgo pintoresco y caricaturesco que imprimen los Coen a muchos de sus personajes, además de un humor cáustico que se extiende como una mancha de petróleo por el estado de las cosas en los Estados Unidos, la visión liberal sobre el estilo de vida norteamericano, el palurdo moralismo de la middle class, tan pagada de sí misma, y el perpetuo racismo que todo lo pringa de manera ignominiosa… y criminal.


    En realidad, la urbanización que vemos recreada en Suburbicon es una fiel reproducción de las siete grandes urbanizaciones planificadas por Levitt & Sons después de la Segunda Guerra Mundial, constructora encabezada por Abraham Levitt y sus hijos Alfred y William. En la de Pennsylvania se puso la primera piedra en 1952 y se terminó en 1959. Todos estos centros residenciales suburbanos que cuentan con una gran simetría, casas similares con jardín y calles impolutas, daban cobijo a familias de raza caucásica (es decir, blancos rosaditos), algo que constaba como una cláusula en los contratos de venta y alquiler. Repugnante, ¿verdad? Al parecer esta es la parte del film que no estaba en el libreto original que los Coen escribieron en 1985 después de su ópera prima Sangre Fácil (1984), y tal vez, como aportación propia, la que más le interesa a Clooney para subrayar uno de los males endémicos de los Estados Unidos y hurgar en la herida del racismo que no deja de sangrar. Claro, está la otra historia, la de un niño que ve cómo dos tipos asaltan su casa y asesinan a su madre (Julianne Moore en un doble papel de madre y tía del chico). Pero aún más extraño le resultará el comportamiento del padre (Matt Damon).


   No estamos ante una película redonda, incluso me atrevería a decir que, obviamente, tendrá mejor acogida crítica en Europa que en Estados Unidos, pero Suburbicon tiene las suficientes aristas para horadar la conciencia social en los tiempos actuales, y funciona más en su incisiva denuncia que en la banal intriga policíaca. Aunque como ocurre siempre con algo salido de la desbordante imaginación de los hermanos Coen, el absurdo se alterna con lo trágico y la hilarante comedia con el lacerante drama.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

CRÍTICA: "PERFECTOS DESCONOCIDOS" (Álex de la Iglesia, 2017)

Posiblemente la mejor película española del año
“PERFECTOS DESCONOCIDOS” êêêê
DIRECTOR: ÁLEX DE LA IGLESIA.
INTÉRPRETES: EDUARD FERNÁNDEZ, BELÉN RUEDA, EDUARDO NORIEGA, ERNESTO ALTERIO, JUANA ACOSTA, PEPÓN NIETO, DAFNE FERNÁNDEZ.
GÉNERO: COMEDIA NEGRA / ESPAÑA / 2017 / DURACIÓN: 96 MINUTOS.
   
   
   Su penúltima película El Bar no es un film despreciable aunque muchos coincidamos que está alejada de la excelencia demostrada por el director bilbaíno Álex de la Iglesia en obras como El día de la bestia o La Comunidad, en cualquier caso mucho más aseada que la flojita Mi gran noche. Hacía años, concretamente desde el 2006 que realizó el magnífico telefilm La habitación del niño incluido en la serie Películas para no dormir, que De la Iglesia no rayaba a la altura que lo hace en este remake del film homónimo italiano dirigido por Paolo Genovese. Película que no se ha estrenado en España, que recuerdo que vi subtitulada y que a pesar de las deficiencias en la traducción me pareció un buen hallazgo.


    Seamos sinceros, son pocos los móviles que resisten una simple mirada, tan llenos están de secretos y vergüenzas que hay quien lo esconde bajo siete llaves cuando se va a dormir por si su pareja se ha convertido en experto/a en romper contraseñas. La película nos cuenta la misma historia que el film seminal: En una cena entre cuatro parejas de entre 45 y 50 años, que se conocen de toda la vida, deciden jugar a un juego que pondrá sobre la mesa sus peores secretos: leer en público todos los mensajes y las llamadas de sus móviles. Su vida entera volcada en público durante la cena.


    Rayando incluso por encima del film original, Álex de la Iglesia, un director dinámico e inconformista cuya filmografía abre un amplio abanico multigenérico y que ha demostrado sobradamente su talento, domina bien los escenarios únicos, los espacios reducidos que a medida que avanza el metraje se van tornando cada vez más claustrofóbicos y opresivos. Lo demuestra aquí sumergiendo al espectador en una cáustica comedia rebosante de situaciones hilarantes, peripetéticas, amargas, jocosas y ridículas. El tono teatral de la función, la gran dirección de actores, la precisión del director para colocar la cámara en el sitio exacto, el gran nivel interpretativo de todo el elenco que hace imposible que nadie sobresalga y que todos gocen de su momento de gloria, conforman los ingredientes básicos del éxito de Perfectos desconocidos, además de contar un argumento de rabiosa actualidad.  


    A pesar del ingenio que atesora, hacía tiempo que no veíamos al director vasco medir con tanta pulcritud las pautas de la función, mostrarse tan sinuoso a la hora de captar una actitud, un gesto, una mirada, un detalle, dotando de gran agilidad al torrente de diálogos y a la intensidad de las emociones. Surgidas todas ellas de un juego avieso y con más peligro que un barbero con hipo. Un juego con mil aristas envenenadas que destapa secretos, desnuda sentimientos y mentiras y hurga en las humillaciones que se derivan del turbio concepto que tenemos las personas sobre la ética y la moral.


    Con una sublime puesta en escena y una ejemplar lección de complicidad artística, la reunión de amigos se ve presidida en la terraza por una impresionante superluna que se va tiñendo de sangre. El eclipse es cuanto  menos motivo de inquietud para los que piensan que puede afectar a los estados de ánimo, más si se está inmerso en un juego nada inocente en donde saldrán a relucir las miserias y secretos más indecentes de los personajes. En la historia es posible escuchar los ecos del Buñuel de El ángel exterminador y del Polanski de Un Dios salvaje, pero dentro de las sorpresas que nos depara esas tremendas cajas de Pandora que son los smartphone vale la pena subrayar la emotiva y genial conversación con el manos libre que mantiene un superlativo Eduard Fernández con su hija. Un prodigio de ejecución y contención.


    Estamos posiblemente ante la mejor película española del año, y tanto Juana Acosta (bebiendo vino como si no existiera un mañana), Dafne Fernández (mancillada por el engaño), Eduardo Noriega (un pitodulce incapaz de controlar sus debilidades), Belén Rueda (a quien se le hace insoportable el paso del tiempo), Ernesto Alterio (víctima de su personalidad infantil y sus errores) y Pepón Nieto (sin fuerzas para convertirse en la brújula moral de esa panda de desdichados), dan el do de pecho para que la trama alcance una progresión tragicómica nada previsible y siempre interesante. Hay quien dice que el final carece de la energía y del tono rompedor del conjunto, pero a mí, irónicamente me resulta devastador. 


BONO REGALO: FOTOS DE DAFNE FERNÁNDEZ, UNA DE LAS PROTAGONISTAS DE "PERFECTOS DESCONOCIDOS" Y UNA DE LAS ACTRICES MÁS BELLAS DEL CINE PATRIO. 


domingo, 3 de diciembre de 2017

JOYAS DEL CINE ERÓTICO: “BETTY BLUE” (1986)

"BETTY BLUE" (Jean-Jacques Beineix, 1986) 
   

  Jean-Jacques Beineix logró un gran éxito en las taquillas francesas partiendo de un guión propio basado en la novela de Philippe Dijan que narra la historia de Betty (Bétrice Dalle) y Zorg (Jean-Hugues Anglade) una pareja de apasionados amantes que viven en una cabaña en la playa. Él es un manitas que se gana la vida haciendo pequeños trabajos que le permiten sufragar los gastos diarios y pagar las facturas. Su vida tranquila y pacífica transcurre trabajando en unos bungalows de la playa y escribiendo en su tiempo libre. La relación con Betty es al principio puramente sexual, pero con el paso de los días, Zorg será consciente de que su bella y salvaje amante se empieza a descontrolar, que la mujer que ama y desea enferma lentamente.

   
   Sabemos que Betty dejó su trabajo de camarera porque su jefe la acosaba, ahora ella anhela una vida mejor. Un día, el jefe de Zorg le encarga que pinte 500 bungalows que están en la playa, aunque él le hace creer a Betty que sólo es uno. Cuando ella se entera del número real, entra en cólera. Su airada respuesta no se hará esperar y le pinta el coche de rosa al jefe de Zorg, al que acusa de abuso y sobreexplotación a su compañero. El deterioro mental de Betty causa dolor e impotencia en Zorg.

   
  Con el título original 37º le matin, Beineix dirigió esta historia de una pasión obsesiva, de un amor enfermizo que con tres horas de metraje en la versión del director representó un hito y paradigma del cine de autor postmoderno de los 80, un relato en donde las escenas de sexo y desnudos representan un refugio ante la soledad y una metáfora sobre la indefensión más que una oda festiva al erotismo.

  
   Enorme historia de amor en la que Zorg lo da todo por la persona amada, y juntos recorrerán el sendero del deseo y la locura, un trayecto impredecible en donde Betty impone la vitalidad, la energía, la luz y los sueños hasta que la deriva de su enfermedad psíquica la hace cada vez más vulnerable y frágil.  Es lo que tiene el amour fou, que nunca se sabe por qué derroteros acabará bifurcándose. Pero es tan romántico y tentador dejarse arrastrar por la vida intentando desbrozar un camino cuyo final se adivina tan poético como trágico.   


   Con Betty Blue el espectador comprende que finalmente la amistad se impone al amor, que quizás éste sea un sentimiento más fuerte y sincero. Betty y Zorg se beben la vida a tragos como si no existiera un mañana, pero el drama sobrevuela aunque nunca afecte o domine al amor puro y verdadero. Con grandes interpretaciones de la pareja protagonista y una impresionante fotografía de Jean-François Robin sirve para dar énfasis a un fresco sobre el sentimiento espiritual y carnal llevado al paroxismo, sin normas ni prejuicios, lejos de convencionalismos, un amor empujado por la imperiosa necesidad de derribar muros allí donde el tiempo agoniza en su letargo. Una de las películas más rabiosamente románticas de los 80.