viernes, 11 de agosto de 2017

EIZA GONZÁLEZ, LA BELLEZA DE “BABY DRIVER”

    
    
    La actriz y cantante mexicana Eiza González (Heróica Caborca, Sonora, 30 de enero de 1990) se dio a conocer al interpretar a Dolores Valente en la telenovela mexicana Lola, érase una vez, adaptación de la original argentina Floriciente. Otro papel que le otorgó popularidad fue el de Clara Molina/Roxy Pop en la serie de Nickelodeón Sueña conmigo. No obstante, la fama en los Estados Unidos le llega al encarnar a Sntanico Pandemonium en la fallida serie de Robert Rodríguez From Dusk till Dawn, adaptación para la televisión de la película original de igual título, Abierto hasta el amanecer, y sobre todo por su participación en el magnífico film Baby Driver (Edgar Wright, 2017).

    
   Hija de la ex modelo mexicana Glenda Reyna, su padre murió en accidente de moto cuando  Eiza tenía 12 años, una muerte que según la actriz ha influido en su carrera y, suponemos, también en su vida.  A temprana edad se le diagnosticó Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, y a los 14 años fue aceptada en la escuela de interpretación de Televisa, Centro de Educación Artística. Tras ser seleccionada en 2006 para dar vida a la protagonista de la telenovela juvenil Lola, érase una vez, la actriz, acompañada de su madre, se traslada a Nueva York para asistir a un curso de tres meses en la prestigiosa academia Lee Strasberg Theatre and Film Institute. En abril de 2009 participa en la serie de televisión mexicana Mujeres asesinas encarnando a un personaje secundario.

   
   En 2010 lanza su álbum debut como cantante titulado Contracorriente. Al mismo tiempo es elegida para participar en la serie juvenil Sueña conmigo dando vida a Clara y a su alter ego Roxy Pop. Fue en 2013 cuando anunció su participación en la serie producida por Robert Rodríguez From Dusk till Dawn: The Series, dando oxígeno al personaje que interpretara Salma Hayek en el film original de 1996 dirigido por el cineasta Tex-Mex, que también dirige algunos episodios. Su segundo álbum como cantante fue lanzado en 2012 con el título de Te acordarás de mí.

  
   Un repaso a su carrera como actriz incluye su intervención en la telenovela Amores verdaderos (2012) y en la comedia mexicana Casi treinta (Alejandro Sugich, 2014), pero su papel más glorioso hasta la fecha lo consigue insuflando oxígeno a Darling, la explosiva novia de Buddy (John Hamm) en el excelente film de Edgar Wright Baby Driver, una película de acción pura y dura que se apoya en un sólido libreto del mismo director y que no ofrece ningún respiro al espectador con escenas adrenalínicas de persecuciones de coches y una exquisita banda sonora integrada en la acción en una fusión perfecta. 


   En fin, Eiza González es una belleza latina de 1´73 m de estatura que todavía nos tiene que regalar muchos momentos de gloria en la gran pantalla. Espero, queridos lectores, que a través de este post la conozcan un poco mejor, aunque les pediría que no se enamoren de ella porque yo la vi primero.  

lunes, 7 de agosto de 2017

CRÍTICA: "ATÓMICA" (ATOMIC BLONDE, DAVID LEITCH, 2017)


“ATÓMICA” êêê


    No esperaba gran cosa de la nueva película de David Leitch que, recordemos, dirigió junto a Chad Stahelski la primera entrega de John Wick: otro día para matar (2014) y que estrenará en 2018 la secuela de Deadpool, pero he de reconocer que sin ser una película que marcará época, Atómica tiene los suficientes alicientes como para no caer en el olvido.

     
   Con un elenco de lujo, la trama nos sitúa en el año 1989 cuando el muro de Berlín está a punto de ser derribado. Un agente del MI6 aparece muerto y la espía Lorraine Broughton (Charlize Theron) debe encontrar por todos los medios una lista que el agente estaba intentando hacer llegar a Occidente, y en la que figuran todos los nombres de los agentes encubiertos que trabajan en Berlín Oriental. Lorraine emprende una misión ciega para encontrar esa lista, por lo que se enfrentará a un puñado de terribles asesinos y se sumergirá en un mundo en el que nadie es quien dice ser.


   Por la sinopsis puede parecer que la trama, que tiene como eje central una entrevista a la protagonista, se desarrolla de una forma diáfana, pero nada más alejado de la realidad porque el argumento, que trata de imitar los oscuros vericuetos de las clásicas novelas de espías de Graham Greene y John Le Carré, se demuestra abstruso, vanamente laberíntico. Estamos ante una anfetamínica fusión de cine de acción y espías que gravita en la órbita amenazante de la Guerra Fría y que tiene como base la serie de novelas gráficas “La ciudad más fría” de Anthony Johnston y Sam Hort. Aun así, Atómica no es un film despreciable y aunque Leitch abusa de las peleas cuerpo a cuerpo –muy bien rodadas, con una violencia seca y contundente- el enrevesado guión nunca encuentra la consistencia para dar claridad y profundidad política al relato anclado en ese tiempo de espías y traidores que arrojó el infame vertedero del Telón de Acero.


    Y claro, está Charlize Theron, dura y estilosa, convertida en los últimos años -como Scarlett Johansson- en una verdadera heroína del cine de acción, creíble más por la pericia de Leitch para rodar secuencias de acción adrenalínicas y contundentes que por las habilidades de la actriz en la noble y letal práctica de las artes marciales. Charlize, siempre sexy sin pretenderlo, con una mirada aviesa y cara de palo se nos aparece con su cabello rubio platino como un trasunto salvaje de Deborah Harry, la mítica cantante y alma de Blondie, y aunque sin venir muy a cuento, le agradecemos el  desnudo integral de espaldas y una acelerada escena lésbica con Sofía Boutella; resulta fascinante verla salir de una bañera cubierta de hielo para mitigar el dolor de sus muchas laceraciones… pero, insisto, aunque demuestra estar en forma, el mérito de las secuencias de peleas está más en la labor de montaje y el pulso firme en la dirección. Así nos encontramos con un fantástico plano secuencia en el que la temible y atómica rubia da buena cuenta de unos sicarios de la Stasi en la escalera de un edificio.

   
   Acompañada de un oscuro James McAvoy que sabe que el juego doble o triple forma parte de las reglas, con una fotografía de colores terrosos y gran creación de atmósferas, por la función desfilan espías, topos,  agentes dobles, grises funcionarios, ciudadanos que quieren huir del siniestro bloque de hielo soviético y secretos que, finalmente y como era de esperar, se imponen como simples MacGuffins para desarrollar un magnético ejercicio de estilo. Lo realmente fascinante es la recreación de la mítica ciudad de Berlín en una época irrepetible, con la caída de ese muro de la vergüenza y el terror que tras 28 años es derribado, y con él la degradación moral de la vida social y política de unos ciudadanos que a uno y otro lado del muro se abrazan, lloran de felicidad y brindan con champán celebrando el histórico hito.


     Esto y la sublime selección de temas musicales de los 80, que incluye himnos como Blue Monday de New Order, Personal Jesus de Depeche Mode y Fascination Street de The Cure. Atómica apura la nostalgia para entregarnos una impagable secuencia que tiene lugar en un cine en el que se proyecta Stalker de Tarkovski, película que nos guía hacia un gélido e inquietante paraje, aunque no tan sucio ni tan sórdido como el que recorre nuestra heroína Lorraine. Simpático y atmosférico film.


jueves, 3 de agosto de 2017

“IT STAINS THE SANDS RED” (Colin Minihan, 2016)


“IT STAINS THE SANDS RED” êêê
     
   
  Tras codirigir junto a Stuart Ortíz el olvidable film en formato de falso documental titulado Encuentros paranormales (2011) y debutar en solitario con la fallida cinta Sci-Fi Extraterrestrial (2014) el canadiense Colin Minihan da el salto a los Estados Unidos  para rodar la que hasta la fecha es su mejor película, It Stains the Sands Red, que fue galardonada con el premio a la Mejor Película en la sección Midnight X-Treme del Festival de Sitges 2016.


    La trama nos sitúa en los desolados parajes del desierto de Las Vegas tras un apocalipsis zombie. Molly (Brittany Allen) se encuentra perdida en el desierto tras sufrir un percance con el coche. Lo que no esperaba es la compañía de un muerto viviente rabioso que además de desayunarse a su compañero de viaje la persigue pisándole los talones. Al principio no tiene demasiados problemas para darle esquinazo, pero la cosa se complica cuando Molly se da cuenta de que el infectado no tiene la necesidad física de pararse a descansar.


    Con el retrato de un zombie un tanto bobalicón, de lento caminar y movimientos pesados al estilo clásico, a Minihan le bastan unos simples planos aéreos de la ciudad de Las Vegas arrasada para ahorrarnos el prólogo de una explicación que tampoco nos interesa demasiado sobre el origen del apocalipsis. A él lo que realmente le interesa es realizar un ejercicio de estilo con una peculiar persecución de un zombie a una chica a través del abrasador desierto.


 El relato, no exento de un cástico romanticismo y con una potente interpretación de Brittany Allen que carga con el peso de la película, proyecta una visión humanista cuando se acerca el clímax final. Y es que cuando vemos un film de temática zombie siempre nos olvidamos que los muertos vivientes también tuvieron una vida muy similar a la nuestra. Minihan se las apaña para rellenar 90 minutos de metraje sin que la función resulte aburrida echando mano de algunos recursos de manual aunque algunas secuencias resulten prescindibles, lo hace con descaro, apoyándose en una potente iluminación y algún giro no tan inesperado. Atención a la escena del tampón que chorrea sangre. 


miércoles, 2 de agosto de 2017

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "KILL BILL VOL. 1 Y 2" (2003/2004)


   La esperada película de Tarantino representa un gran mosaico de referencias, una hábil mezcla entre el cine de kung-fu, el spaguetti-western y el anime japonés. Kill Bill da mucho más de lo que cabían esperar aquellos espectadores que se sintieron defraudados con su anterior film, Jackie Brown (1997). Estrenado en dos partes, en el primer volumen de este film mayor protagonizado por una soberbia Uma Thurman que da vida a “la novia”, también conocida por “Mamba negra”, el realizador nacido en Knoxville opta por dividir en cinco episodios una historia de venganza sangrienta, la que la novia lleva a cabo contra su antiguo jefe y su Pelotón Mortal de Asesinos Viperinos (DIVAS) en respuesta a la masacre que estos cometieron el día de su boda, matanza de la que ella, que era su principal objetivo, sobrevive quedando en estado comatoso.


     El argumento es pues muy simple: la novia se recupera, inicia la búsqueda, se enfrenta y elimina a quienes destrozaron su vida. Puro cine de acción, sí, nada más y nada menos. Aquellos que como González de Iñárritu piensan que Tarantino aborda la violencia de manera frívola, pueden considerar que esta película confirma plenamente sus opiniones. No estoy de acuerdo, Kill Bill es un film caleidoscópico y provocador que encierra una lección de cine de alta escuela, la que se aprende en los vídeo-clubs. Siguiendo los patrones narrativos de sus dos primeros films, la cinta avanza de atrás hacia adelante, volviendo otra vez atrás sin decaer ni un momento. Uma Thurman disemina esporas de seducción desde casi la primera secuencia, el brutal combate que la enfrenta a Vermita (Vivica A. Fox) en la casa de esta última. Todo el relato es un tributo a ella, un homenaje que nos contagia con la fuerza de su belleza y decisión, embutida en su traje amarillo Bruce Lee avanza directa, implacable, hasta culminar su explosiva venganza.
   
     
    Ese ansia vampírica con la que el autor se retroalimenta con material de deshecho de serie B (o Z) resulta especialmente fascinante en su reconocimiento al cine oriental, de artes marciales, yacuzas y el manga (impactante el corto anime que hace un recorrido infernal por la traumática infancia de Lucy Liu), y al maestro Sergio Leone, glorificado en cada combate, teatrales ordalías a modo de duelos rituales en los que los callejones polvorientos dejan paso a esa mística casa de las hojas azules. Exquisita esta primera entrega de una obra total que condensa lo mejor del género de las últimas décadas, insólita por su carácter iconoclasta que rinde pleitesía al cine que nos hizo soñar a generaciones enteras. Un capítulo aparte merecería su banda sonora, recopilación brillantísima y adictiva que se ajusta como un guante al anfetamínico ritmo de un film delirante en su sentido del humor, desmesurado en sus coreográficos enfrentamientos, donde los cuerpos desmenbrados de la víctimas despiden sangre como aspersores. Difícil será olvidar a su atormentada heroína, escapar de su adrenalínico magnetismo, abstraerse del hipnótico influjo de un ejercicio estilístico que nos sirve en bandeja de lujo un delicioso banquete para cinéfilos y mitómanos.



    Quien esto escribe puede entender que a mucha gente no le guste Kill Bill, del mismo modo que me esfuerzo por comprender a todos esos ordinarios que desprecian la ópera, el caviar o el Vega Sicilia. Lo que ya me cuesta más de asimilar es que unos pocos críticos especializados y un más amplio sector del público se muestre incapaz de percibir que ésta es una película cardinal en el cine del nuevo milenio. En Kill Bill Vol. 2, nos encontramos de nuevo con el Tarantino mas esencial: acción brutal y estimulante, violencia operística de diseño, cáustico y desbarrado sentido del humor, personajes estrambóticos, diálogos chispeantes, amores al límite, flash-backs y continuos saltos narrativos en la historia, laceración, intensidad, emoción. Todo lo que es y hace grande el cine, no soy yo quien inventó aquello de que “una película es una chica y una pistola”(fue Godard), en este caso una katana. En su lucha por la venganza total -y una vez eliminadas O-Ren Ishii (Lucy Liu) y Vermita Green (Vivica A. Fox)-, Beatrix Kiddo (Uma Thurman) -la novia ahora tiene nombre propio-, continúa su inexorable vendetta contra sus antiguos compañeros del escuadrón de asesinos, del que su pieza más cotizada es Bill (David Carradine), la última parada de su sangriento y despiadado itinerario, él fue su amante, también el culpable de que le robaran a su hija y pasara cuatro años en coma. 


    En su planificada y purificadora misión, siguiendo su propio e inalterable código de valores, la novia tacha de su lista negra cada objetivo cumplido, en tan sombría relación se encuentra Budd “serpiente de cascabel” (Michael Madsen) un vaquero paleto que, además de no ser un angelito, es el hermano pequeño de Bill, y ahora se encuentra trabajando de matón en un local de strip-tease. Pero en la lista negra, como objetivo principal, también está Elle Driver (Daryl Hannah) la sibilina rubia tuerta que intentó envenenarla en el hospital. A la heroína Beatrix su encuentro con Bill le depara una enorme sorpresa que le dará fuerza para concluir su misión, pues tras inundar de sangre diferentes escenarios, todo está preparado para el último combate.
    
    
    Está claro que Tarantino ha entrado en un nuevo estadio de creación, hemos penetrado ya en una novedosa dimensión del metalenguaje cinematográfico, y la presente obra inunda de luz y abre camino al nacimiento de un mito revolucionario. En efecto, se acabaron los virajes intermedios, a partir de materiales de derribo y aplicando la linterna detrás de las telarañas, el director de Reservois dogs (re)crea un universo que, en estado latente, emitía señales en el imaginario colectivo. Todo un mundo que el crítico serio detesta, el coleccionista mima y persigue y el gran público ignora, microcosmos referencial no sólo reducido a producciones de serie B con ínfulas rupturistas (cuando no demoledoras en su descarnada verdad sobre las angustias del hombre moderno), también en su amplia mirada sobre la literatura pulp, los cómics, la sabiduría popular y una antología de canciones y bandas sonoras que, tal vez pasaran desapercibidas para el aficionado medio, jamás para el limpio y exquisito pabellón auditivo de Quentin. Frente a los standars de Hollywood, Tarantino crea escuela, convertido en icono y director de culto, su rol model es imitado hasta la nausea, muy a pesar de las artimañas que memos, cagones y mediocres inventan en su obsesiva y estéril lucha contra la violencia en el cine. 


     Y no es que Tarantino cumpla una misión encomendada por Dios, como apuntó el incombustible David Carradine, pues lejos de ser una revelación, el cine es para el realizador una cuestión de supervivencia. Así, cada estreno de un film suyo se convierte en algo insólito y en todo un acontecimiento cinematográfico. Como en la primera parte del film, el director despliega una extensa munición visual y narrativa, apoyándose en una compleja estructura dividida en capítulos terminantes y cambios cromáticos y de formato. Empero, hay algo sustancial que las diferencia, ya que si en aquella todo se resolvía en el terreno de la pura acción, en ésta, sin mucho menos despreciarla, nos ofrece unas pausas que arrastran el potencial de la historia hacia espacios más filosóficos y profundos. Sólo que habrá quien siga machacando en el track de la violencia, poniendo el énfasis en unas secuencias de ultrarrealistas abstractas, pasando por alto el valor de la reflexión y unos diálogos magistrales, frescos y contundentes. Estallidos febriles tan cargados de tensión, emoción y electricidad como el rayo que precede al trueno. Cómo olvidar esa originalísima joya, en forma de diatriba, sobre el origen de Superman y su superioridad moral sobre los demás superhéroes que Bill le suelta a Beatrix mientras nuestra heroína está siendo víctima de un poderoso suero de la verdad.



    “Matar a Bill”, esa es la misión de la pertinaz Beatrix Kiddo o “la novia” o “ Mamba negra”, y a ese (con)fin destina la película su verdadero clímax, todo aquel flow sangriento iniciado en el minuto uno de la primera parte, confluye en un cuadro crepuscular teñido de un abrasivo sentimentalismo; Tarantino aparta su mirada obscena y salvaje cuando madre e hija comienzan sus contactos, aplaca su fulgor y su furia para el desafío final, y nosotros, espectadores de lujo, tenemos un billete de primera clase para viajar al ocaso. Moderna revisión del spaguetti-western pasado por el tamiz oriental, Kill Bill da -repito- cumplido homenaje al maestro Leone, de quien extrae su fisicidad expresiva, una marcada debilidad por los antihéroes, y cómo no, una retahíla de frases lapidarias escupidas cual sentencias de muerte por los desolados callejones de El Paso. 


    Si la muerte de Budd “serpiente de cascabel” resulta realmente sádica, la pelea con Elle de una crueldad goremaníaca, la fugaz lucha con Bill es digna de ser recordada: letal golpe de los cinco puntos y al caminar cinco pasos el corazón explota. Dos seres que han traspasado la inexistente línea que separa el amor del odio, y que, por tanto, deben matarse. Duele, porque se producen desgarros, el peso insoportable del pasado desnudado en secuencias introspectivas y acusadamente intimistas. El postrero duelo, ese latigazo intenso y el abrazo del fatal destino. Mirada fronteriza que pone el punto y final a esta hermosa obra maestra.