sábado, 15 de agosto de 2026

“LA ODISEA”, DEMASIADO RUIDO PARA TAN POCAS NUECES

 

     Hace ya mucho tiempo que el concepto de espectacularidad tal y como se entiende en el cine dejó de impresionarme y, casi, de importarme. La Odisea (2026), la última propuesta del megalómano director británico Christopher Nolan, puede fascinar a mucha gente por su escala, pero eso no significa que necesariamente se traduzca en una experiencia cinematográfica extraordinaria ni excitante.

    De hecho, existe una paradoja interesante en Nolan: La Odisea, concebida como el espectáculo cinematográfico definitivo, resulta pesada precisamente por su monumentalidad. Si la narración pierde tensión, la duración se termina sintiendo físicamente. Y cuando además los recursos visuales y técnicos no te provocan el asombro esperado, queda mucho metraje para estar esperando que suceda algo sin dejar de mirar el reloj.

    Nolan ha construido gran parte de su prestigio alrededor de una determinada idea de cine-evento: IMAX, efectos prácticos, grandes formatos, sonido atronador, imágenes monumentales. Pero llega un momento en que la exhibición del dispositivo deja de tener equivalencia con la emoción cinematográfica. Es posible reconocer el virtuosismo con que está rodada una secuencia y, al mismo tiempo, no sentirte conmovido por ella. Aun reconociendo su talento y el control absoluto de algunos mecanismos para filmar sus faraónicas películas, no voy a entrar en esa corriente de opinión que convierte instantáneamente cada estreno de Nolan en un acontecimiento histórico ni, por supuesto, en una obra maestra.

   La Odisea parece construida desde una premisa casi imperial: llevar el poema homérico al límite de lo que el cine contemporáneo puede ofrecer en escala, sonido, fotografía, efectos físicos y formato. Pero aquí aparece una contradicción: cuando una película necesita recordarte continuamente que estás contemplando algo gigantesco, el asombro acaba convirtiéndose en rutina. Nolan es consciente del poder material del cine. El problema es que su cine reciente tiende a confiar en que la dimensión física de la imagen produzca por sí misma una experiencia emocional. Y no siempre ocurre. Una tormenta gigantesca, una batalla espectacular o un escenario monumental pueden resultar técnicamente impresionantes y, sin embargo, resultar también monótonos si no existe una tensión análoga entre los personajes, las situaciones y las imágenes.

   No afirmo que la película sea despreciable, pero está muy lejos de ser una película redonda. En bastantes momentos el tedio se apoderó de mí. Y eso significa que el ritmo interno no consigue justificar su duración. Una película puede ser lenta y fascinante -pienso en Bela Tarr o Tarkovski- porque cada plano genera una expectativa, una atmósfera o una tensión. En cambio, cuando el extenso metraje de una película sólo acumula acontecimientos, episodios y demostraciones visuales, la excesiva duración comienza a percibirse con un sopor plomizo. La mitología de Nolan pesa sobre la película. Tras sus últimas obras, existe una expectativa crítica enorme: cada nueva película debe ser el acontecimiento cinematográfico del año, algo que hay que experimentar en una pantalla gigantesca y con el sonido más poderoso posible. Esa expectativa puede predisponer a confundir magnitud con grandeza.

    La Odisea es, en ese sentido, una película que funciona mejor como demostración de la megalomanía de Nolan que como experiencia emocional plena. Se puede admirar su ambición, su voluntad de recuperar el espectáculo épico y su confianza absoluta en el cine de gran formato, y al mismo tiempo preguntarse si debajo de esa pesada maquinaria existe una película verdaderamente fascinante.

    Y personalmente creo que esa es la crítica más lacerante que se le puede hacer: Nolan quizá haya conseguido lo que pretendía armando una película de una dimensión colosal sin lograr que esa grandeza sea proporcional a la escasa emoción que transmite. Insisto, ni mucho menos es un desastre, es algo mucho más demoledor al menos para mí: esperaba quedar deslumbrado y, simplemente, me aburrí.

4 comentarios:

  1. Tengo una ventaja en relación al cine de Nolan, y es que nunca participé del entusiasmo generado por algunas de sus obras, y pienso sobre todo en la saga de Batman y en "Interstellar". No es que me parezcan malas, pero no tan extraordinarias como pretenden los fans de Imdb. De manera que, aunque me parece que está mejorando película tras película, y me gustó mucho "Oppenheimer", mis expectativas en relación en esta su última producción no eran tan elevadas.

    Debo decir que me gustó, pero no tanto por su espectacularidad, que ya daba por supuesta y no me impresionó pero tampoco me decepcionó, sino por su inteligente utilización del flash-back. En definitiva, lo que mejor parece dominar Nolan es la estructura temporal de sus películas. En este caso, tenía mucho margen sin tener que recurrir a paradojas einstenianas.

    Un abrazo.

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  2. Crecí rodeado de cines y aprendí desde muy pequeño que, más allá de sus valores cinematográficos, si una película te ha entretenido es que te ha gustado, por el contrario, si una película te ha aburrido es que no te ha gustado. Con La Odisea me ocurre esto: Nolan sabe filmar muy bien estos artefactos faraónicos con un despliegue técnico brillante y además se apoya siempre en un gran elenco. Esto para mí no es suficiente si la película, como es el caso, carece de alma y no me provoca una experiencia emocional. Memento y Dunquerque siguen siendo mis películas favoritas de este director. No me hace falta acudir a imdb, tengo en mi hijo mayor el fan número uno de Nolan.

    Una abraçada.

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  3. A mí tampoco me convenció una película cuyo director parece que utiliza el clásico de Homero como pretexto para hablar (una vez más, como ya hiciera en "Oppenheimer") de sus propios fantasmas. En ese sentido, me parecen mucho más interesantes la adaptación de Mario Camerini de los cincuenta, con Kirk Douglas en el papel principal, o incluso la serie televisiva del 97 protagonizada por Armand Assante.

    Saludos.

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  4. Pues estoy de acuerdo contigo. Para mí ha resultado una decepción este espectáculo aparatoso y solemne, pero sin emoción, misterio o verdadero sentido de la aventura. Demasiada grandilocuencia y una duración que termina pesando más que la propia odisea.

    Saludos.

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