“ADOLESCENCIA, SEXO Y MUERTE EN
CAMPAMENTO MIASMA” êêê
DIRECTOR: Jane Schoenbrun.
INTÉRPRETES: Hannah Einbinder,
Gillian Anderson, Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor, Sarah Sherman, Patrick
Fischler.
GÉNERO: Terror paródico / DURACIÓN: 112 minutos / PAÍS: EE.UU. / AÑO: 2026
Jane Schoenbrun vuelve a internarse en los territorios de la identidad, el deseo y el terror en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (2026), un film que utiliza las convenciones del slasher como un espejo deformante de la adolescencia y de aquello que significa sentirse diferente. Tal vez al aficionado le interese más que El brillo de la televisión (2024), si lo que se busca es una película de género con autentica personalidad. Es bastante menos contemplativa y mucho más física, excesiva y juguetona. Pero también puede resultar irritante si consideras que Schoenbrun subordina demasiado el relato al discurso sobre identidad, sexualidad y representación.
La historia nos narra que, tras años de secuelas cutres y un fandom en declive, la franquicia slasher “Camp Miasma” es puesta en manos de una joven y entusiasta directora, Kris (Hannah Einbinder) para que la resucite. Pero cuando visita a la estrella de la película original, Billy (Gillian Anderson), una actriz que ahora vive recluida y envuelta en misterio, las dos caen en una espiral de sangre, deseo, miedo y delirio.
Esa pretensión de la joven cineasta de hacer un remake teniendo como protagonista a un antiguo icono del terror, pronto se convierte en un juego de espejos donde ficción, memoria y experiencia personal terminan confundiéndose. El campamento deja de ser el simple escenario de una matanza para convertirse en un espacio mental, cargado de pulsiones sexuales, miedo y recuerdos reprimidos.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se estrenó como película inaugural de Un Certain Regard en Cannes y posteriormente ganó la Queer Palm, y por supuesto, no existe realmente una franquicia llamada “Camp Miasma”. Es una invención de Schonbraun dentro de la propia película. Es por eso que el juego resulta sugerente como concepto de cine dentro del cine: vemos una película sobre alguien que intenta rehacer una película que sólo existe en el imaginario argumental. Gillian Anderson tiene un papel algo pasado de vueltas, mientras que Hannah Einbinder sostiene el componente más íntimo y psicológico. La relación entre ambas constituye el eje central del relato.
El elemento transgénero y homosexual está presente en
el relato, pero Schonbraun no presenta la identidad trans como una simple
cuestión temática o reivindicativa, sino como parte del núcleo traumático y
emocional de sus personajes. El peculiar villano del slasher, tradicionalmente asociado a lo extraño
o excluido, adquiere aquí otra dimensión: el cuerpo que provoca miedo es
también el cuerpo que busca liberarse de una identidad impuesta.
Hay ideas poderosas en esta inversión,
aunque Schoenbrun las subraya demasiado en ciertas ocasiones. Con todo, la
película posee una personalidad visual y conceptual innegable donde domina lo camp,
lo hortera, lo analógico y la nostalgia por los antiguos formatos domésticos de
los 80, y demuestra que el slasher todavía puede utilizarse para hablar de
identidad sin renunciar al sexo, la sangre y el humor negro. La función permite a Schoenbrun
cambiar el viejo mecanismo del género que convertía al personaje sexual o genéricamente
diferente en monstruo. En fin, estamos ante una película que abraza el espíritu
de los nuevos tiempos festejando la nostalgia.













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