El director británico Adran Lyne convierte en Una proposición indecente (1993) una premisa provocadora en un elegante melodrama sobre el deseo, el dinero y los límites de la fidelidad. La función parte de una situación casi de fábula: una pareja joven y enamorada David y Diana (Woody Harrelson y Demi Moore) recibe de un millonario John Cage (Robert Redford) la oferta de un millón de dólares a cambio de pasar una noche con ella. Más que juzgar a sus personajes, Lyne se interesa por las consecuencias íntimas de una decisión que, en apariencia, podría resolverse simplemente con una cifra.
El verdadero interés de la película reside en el progresivo deterioro de la pareja formada por Harrelson y Moore. Lo más doloroso no es la noche que ella pasa con el millonario, sino aquello que sucede después: la experiencia abre entre ellos una grieta que va creciendo alimentada por los celos, la culpa, la desconfianza y, sobre todo, por la imposibilidad de volver a sentir la relación con la misma inocencia.
Lyne retrata con cierta delicadeza cómo el dinero, una vez aceptado, deja de ser una solución económica para convertirse en una presencia permanente dentro de la intimidad. La pareja empieza a cuestionar sus propias decisiones y acaba convirtiendo el amor en un territorio de reproches y sospechas. En ese sentido, Una proposición indecente resulta más interesante cuando abandona la proposición inicial y se concentra en las consecuencias psicológicas de aquel pacto.
También conviene subrayar que las verdaderas intenciones del personaje de Robert Redford son más ambiguas de lo que parece al principio. Su propuesta no responde únicamente al capricho de un hombre rico que quiere comprar una noche de placer: hay en él un deseo de posesión mucho más profundo, casi sentimental. Redford comprende que el dinero puede abrirle una estimulante puerta que de otro modo permanecería cerrada y, poco a poco, la operación económica adquiere una dimensión emocional.
Su aparente generosidad encubre el propósito de conquistar a una mujer que sabe que no podría obtener en condiciones normales. Ahí reside buena parte de la inquietud de la película: Redford no compra simplemente una noche, sino la posibilidad de alterar para siempre la relación de una pareja enamorada. Su personaje resulta más interesante cuando deja de ser el millonario sofisticado para revelarse como alguien que utiliza su poder económico para intervenir en la intimidad ajena.
Así, resulta intrigante la ambigüedad moral.
No estamos ante una historia especialmente sutil, pero sí ante un relato que
sabe explotar las contradicciones e inquietudes de sus protagonistas. Lyne,
director especialmente interesado en el erotismo, las infidelidades y las
relaciones de poder, filma la acción con su habitual pulcritud visual. Una proposición
indecente puede parecer algo ingenua en su planteamiento, pero
conserva una indudable capacidad para entretener y provocar debate. Una película
imperfecta, sí, pero también elegante, picante, morbosa y mucho más interesante
en su mensaje de lo que su reputación de melodrama comercial podría hacer
pensar.











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