Desde hace cuatro décadas, 9 semanas y media (Adrian Lyne, 1986) ha sido reducida a un puñado de imágenes convertidas en iconos de la cultura popular: la nevera abierta, la venda en los ojos, el hielo sobre la piel, la canción de Joe Cocker, el cuerpo desbordante de sensualidad de Kim Basinger y su striptease. Sin embargo, esa simplificación ha ocultado el verdadero valor de una obra más compleja, incómoda y amarga de lo que se suele reconocer.
No estamos ante una película que celebre el erotismo como un paraíso. Lyne no filma el deseo con intención de embellecerlo, por el contrario, intenta mostrar cómo puede convertirse en obsesión, dependencia y pérdida de identidad. John y Elizabeth no representan una fantasía romántica: forman una pareja incapaz de establecer una relación equilibrada porque el poder, la manipulación y la vulnerabilidad acaban imponiéndose al amor.
Quienes la tildan de superficial suelen quedarse en el envoltorio estético. Precisamente ahí reside una de sus mayores logros. La fotografía sofisticada, la tenue iluminación y la sensualidad de cada plano funcionan como un espejismo. La película seduce al espectador del mismo modo que John seduce a Elizabeth, para revelar después el vacío emocional que se esconde tras esa fascinación. La belleza visual no contradice el discurso: lo refuerza.
Kim Basinger nos regala una interpretación extraordinariamente valiente. Su personaje atraviesa un proceso de transformación que va de la curiosidad a la entrega y de la entrega a la destrucción emocional. Mickey Rourke, por su parte, compone una figura magnética precisamente porque nunca resulta del todo comprensible. Su atractivo nace de su misterio, pero también de su inquietante incapacidad de amar sin dominar.
Vista hoy, 9 semanas y media alcanza una dimensión incluso más interesante. En una época en que se debate sobre los límites del consentimiento, las relaciones de poder y la manipulación afectiva, la película invita a reflexionar sin ofrecer respuestas fáciles. No moraliza, pero tampoco glorifica lo que muestra. Quizá su mayor virtud sea esa ambigüedad. No pide aprobación ni condena; no lo necesita, exige que el espectador soporte el desarrollo de una relación que se mueve continuamente entre el placer, el dolor y la humillación.
Así, ha llegado el momento de dejar de pedir perdón porque a uno le guste 9 semanas y media. Durante demasiado tiempo se la ha tratado con una condescendencia impropia de una obra que marcó el imaginario visual de los años 80 y que, cuarenta años después, sigue despertando debates. Se le acusa de estilizada y frívola, de publicitaria, videoclipera y vacía. Pero esas críticas suelen revelar más los prejuicios de quien las formula que las verdaderas cualidades de la película.
Adran Lyne comprendió hace ya muchos años algo que sus propios detractores parecen ignorar: el cine también puede expresar ideas a través de la textura de la imagen, de la luz, de la música y del cuerpo. No todo debe ser verbalizado. Hay películas que piensan mediante el diálogo y otras que piensan mediante sensaciones. 9 semanas y media pertenece a esa segunda categoría.
Resulta curioso y hasta sospechoso que se desprecie su sofisticación estética cuando esa misma sofisticación es celebrada en cineastas europeos considerados intocables. Si el deseo se filma con solemnidad es arte; si se filma con sensualidad y vocación popular pasa a ser frívolo y vacuo. Esa doble vara de medir ha perseguido a Adran Lyne durante toda su carrera. Además, quienes reducen la película a un catálogo de fantasías sexuales parecen olvidar su desenlace. No existe triunfo, ni felicidad, ni exaltación del juego erótico. Lo que queda es el desgaste psicológico, la imposibilidad de amar y la constatación de que la obsesión acaba devorando cualquier posibilidad de intimidad auténtica. Estamos ante una nueva crónica de un fracaso y no ante una celebración.
Mickey Rourke y Kim Basinger forman una de las parejas más magnéticas del cine de la modernidad precisamente porque nunca llegan a entenderse. La química entre ellos nace del conflicto permanente, del deseo mezclado con miedo, de la atracción contaminada por el desequilibrio. Pocas películas han captado con semejante intensidad esa contradicción. Quizá el mayor pecado de 9 semanas y media fue convertirse en un fenómeno popular. Su éxito hizo que muchos dejaran de verla para consumir únicamente sus imágenes más icónicas. La cultura popular acabó devorando a la propia película.
Reivindicarla hoy no significa negar algunas lagunas narrativas. No obstante, 9 semanas y media merece ser vista de nuevo libre de prejuicios morales y tópicos críticos. Porque detrás de su erotismo existe una amarga historia sobre el poder, la dependencia emocional y la soledad. Y porque Adrian Lyne filmó esa tragedia con una elegancia visual que sigue siendo inimitable. No es un simple clásico del cine erótico, es una tragedia sentimental disfrazada de fantasía sexual. Esa capacidad de engañar a primera vista y revelar, con el paso de los años, una profunda melancolía sobre el deseo y la imposibilidad de poseer al otro es la razón por la que sigue siendo una película viva, provocadora y digna de ser reivindicada. Además, si hay algo que en verdad me jode, es el cinéfilo exquisito. El de la superioridad intelectual y la ignorancia supina. Desde la nostalgia en la vasta y eterna Extremadura: ¡Felices 40!







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Puede que tengas razón en lo de la melancolía subyacente. Pero luego pienso en "El último tango en París", que es una tragedia y que también presenta una relación erótica sin mucho futuro, y me parece una obra maestra con la que la película de Lyne no puede competir. En fin, ya me disculparás por disentir y, además, reconozco que las comparaciones pueden ser odiosas.
ResponderEliminarPese a todo -en esto quizás estemos de acuerdo-, creo que Adrian Lyne es un realizador incomprendido y reivindicable. Su último film, "Aguas profundas", que no gozó de un gran éxito, me parece un excelente compendio de sus obsesiones.
Un abrazo.
Sería una osadía, tal vez una blasfemia, comparar "9 semanas y media" con "El último tango en París", una de mis diez películas favoritas de todos los tiempos y de la que comentado largamente en este blog y otros foros. Salvo en una cuestión: Kim Basinger me gusta más que Maria Schneider. "9 semanas y media" es una película víctima de su tiempo, y así tiene que ser y así me gusta que sea. El cine está también para captar el instante, una época, y esta película recoge mucho mejor que otras de aquella década el imaginario visual y sensual de un tiempo irrepetible.
EliminarLo que sí te puedo asegurar es que en estos últimos cuarenta años he visto centenares de películas peores que la película de Lyne que han contado con el aplauso una desnortada crítica oficialista sólo porque la firma algún auteur. Si no me diera tanta pereza, te citaría de un tirón decenas de ejemplos. En cualquier caso, la mejor película de Adrian Lyne es "La escalera de Jacob", aunque aquel remake titulado "Infiel" no estaba nada mal.
Una abraçada.
Leyendo tu análisis todo resulta muy interesante y perceptivo sobre las intenciones y contenidos que supuestamente el director quiso introducir en esa historia... hasta que uno sacude la cabeza porque se está hablando de una película con las características de NUEVE SEMANAS Y MEDIA. Ahí se me cae todo.
ResponderEliminarYo debo ser uno de los que se quedaron en el envoltorio estético. Mal asunto, en mi opinión, cuando una puesta en escena, por opción o por incapacidad, es sustituida por un “envoltorio estético”. Eso me retrotrae al mal rato que pasé viendo en mi primera juventud UN HOMBRE Y UNA MUJER de Claude Lelouch con la posterior y nefasta escuela que creó su “envoltorio estético”.
En NUEVE SEMANAS Y MEDIA asistimos -permítaseme la osadía- a una especie de EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS (Ricard se me adelantó en sacar a colación la de Bertolucci; era inevitable) solo que situado en Manhattan y con el estilo narrativo y el falsificador preciosismo de un spot publicitario para televisión. Un producto sencillamente inaguantable en su ridícula impostura. Sin embargo, resultó un histórico hito en las taquillas y sirvió, eso sí, para lanzar a Kim Basinger como estrella erótica (algunos años después, demostraría que además podía ser una buena actriz).
Un saludo.
Pues no sé que más comentar. Teo. Estoy en desacuerdo con Ricard y estoy en desacuerdo contigo. Lo que pienso lo he expuesto con una claridad pristina en el artículo. La lista de la cantidad de películas que a mí me parece absurdas, grotescas y ridículas y a otros les parecen excelsas tendría la amplitud de un rollo de papel higiénico-.
EliminarSaludos.