sábado, 4 de julio de 2026

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: “LA BESTIA CIEGA” (Yasuzô Masumura, 1969)

 

    Aunque sé que tienen mucho predicamento otras películas del director japonés como La esposa del Dr. Hanaoka, Red Angel, Tatuaje o La escuela de espías de Nakano, Yasuzô Masumura, que aunque murió con sólo 62 años goza de una estimable filmografía, mi película favorita es La bestia ciega, un film que nos cuenta la historia de un escultor ciego obsesionado con la belleza de la piel femenina, Michio (Eiji Funakoshi), que vive recluido junto a su madre, (Noriko Sengoku) en un estudio rebosante de reproducciones parciales o totales de mujeres. Decidido a crear su obra magna, secuestra a una bella modelo, Aki (Mako Midori), y la retiene hasta que accede a posar para él.

    La bestia ciega es una experiencia cinematográfica que parece desarrollarse fuera de cualquier lógica convencional. Yasuzô Masumura utiliza un argumento propio del cine de suspense para construir una inquietante reflexión sobre el deseo, la creación artística y la destrucción mutua. Lo más fascinante de la función no es su carácter provocador, sino la naturalidad con la que convierte lo grotesco en un lenguaje emocional.

   El inmenso estudio del escultor, poblado por reproducciones gigantescas de labios, piernas y pechos femeninos, funciona como un paisaje mental donde el cuerpo deja de ser humano para convertirse en materia de obsesión. La ceguera del protagonista no representa una limitación, por el contrario, es una forma distinta de ver el mundo, basada en el tacto como herramienta de conocimiento y dominio. A medida que avanza la historia, la relación entre secuestrador y cautiva evoluciona hacia un vínculo imposible de clasificar, en el que la dependencia y el deseo terminan anulando cualquier referencia moral.

   Masumura filma esta espiral con una puesta en escena estilizada y asfixiante, sin buscar explicaciones psicológicas ni ofrecer refugio alguno al espectador. El resultado es una obra agobiante, hipnótica y profundamente simbólica, que encuentra belleza en la deformidad y convierte el erotismo en una fuerza tan creativa como autodestructiva. Es un film extremo, pero su verdadera radicalidad reside en a coherencia con la que sostiene su perturbadora visión del ser humano.

    Estamos ante una pesadilla sensorial donde la vista pierde importancia frente al tacto en una dinámica entre el escultor ciego y la modelo secuestrada que evoluciona hacia un vínculo donde se terminan difuminando los roles. A lo que ayuda una dirección que destaca por una puesta en escena teatral, una iluminación expresionista y un uso del espacio que potencia la sensación de encierro y alienación. Masumura desafía al espectador y explora los rincones más oscuros del deseo humano con un ejercicio fascinante de economía narrativa y fascinación visual.

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