sábado, 11 de julio de 2026

CRÍTICA: "THE FURIOUS" (Kenji Tanigaki, 2025)

 

La violencia como lenguaje universal

“THE FURIOUS”  êêêê

DIRECTOR: Kenji Tanigaki.

INTÉRPRETES: Xie Miao, Joe Tasim, Enyou Yang, Brian Le, Joey Iwanaga, JeeJa Yanin

GÉNERO: Acción / DURACIÓN: 113 minutos / PAÍS: Hong Kong / AÑO: 2025

   The Furious, la primera película como director en solitario del actor y coreógrafo japonés Kenji Tanigaki fue presentada en el pasado Festival de Sitges con gran éxito de público y crítica. La historia sigue al experto en artes marciales Wang Wei (Xie Miao) que ve cómo su hija, Rainy (Enyou Yang), es secuestrada por una red criminal de tráfico de menores. En una endiablada lucha por recuperarla, el padre se lanza a una guerra abierta contra una banda de criminales y policías corruptos. En el camino conoce a Navin (Joe Taslim), un periodista en busca de su esposa desaparecida. Juntos despliegan sus habilidades de combate mientras aprenden las virtudes de la confianza mutua.

    La verdadera fuerza de The Furious no reside tanto en la sucesión de combates, sino la forma en que convierte la ira en un proceso de autodestrucción. Kenji Tanigaki plantea un relato donde la violencia deja de ser una solución para convertirse en un lenguaje potente; los personajes ya no dialogan porque han llegado a un punto en el que únicamente saben responder mediante el impacto físico, y nada tiene que ver con que el protagonista sea mudo. Estamos ante una película que entiende el combate como una forma desesperada de comunicación.

  Lo más interesante es que la acción nunca transmite sensación de omnipotencia. El protagonista avanza como alguien que sabe que el próximo paso puede ser el último. No hay coreografías concebidas para glorificar al héroe, sino enfrentamientos donde el cansancio, las torpezas provocadas por las heridas y el miedo terminan formando parte de la puesta en escena. La película parece recordar constantemente que incluso el mejor luchador acaba siendo prisionero de su propio cuerpo

   Tanigaki demuestra un fantástico sentido del espacio cinematográfico. La cámara concede importancia a las distancias, a los obstáculos y a la arquitectura de cada escenario. Escaleras, pasillos, puertas metálicas o habitaciones estrechas dejan de ser simples decorados para convertirse en elementos que van modificando el ritmo del combate. Cada localización obliga a reinventar la manera de pelear y evita la monotonía que afecta a muchas producciones recientes del género de acción.

    Sin embargo, el mayor acierto de The Furious es su atmósfera. La ciudad aparece como un organismo enfermo donde la corrupción parece haberse infiltrado en cada rincón. No existen espacios acogedores (la matanza más gore se produce en una mansión de ensueño) ni personajes completamente inocentes salvo los niños, que son utilizados como carnaza. Incluso los momentos de calma conservan una tensión latente que anticipa una nueva explosión de violencia. Esa sensación de fatalidad dota a la película de una identidad melancólica que trasciende el simple thriller de acción.

  Reconozco que no todo funciona con la misma intensidad. Algunos personajes secundarios parecen existir únicamente para impulsar la siguiente secuencia de combate y el desenlace opta por una resolución más convencional de lo que el tono sombrío hacía esperar. Aun así, estos aspectos apenas disminuyen el impacto de un conjunto notablemente coherente. The Furious propone una idea sugerente: la venganza no engrandece al individuo, sino que lo reduce hasta convertirlo en un instrumento dominado por la furia. Es una obra donde los golpes y puñetazos importan menos que el desgaste emocional que deja tras ellos. Tanigaki firma una película seca, áspera y sin concesiones, convencida de que la violencia sólo resulta interesante cuando revela las grietas de quienes la ejercen. 

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