martes, 28 de julio de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS ESPAÑOLAS DE CULTO: “LOS PECES ROJOS” (José Antonio nieves conde, 1955)

 

    José Antonio Nieves Conde tiene para quien esto escribe tres películas que estarían incluidas en una lista de las cien mejores películas de la historia del cine español: Surcos (1951), El inquilino (1957) y Los peces rojos (1955). Si nos detenemos a analizar esta última película podremos comprobar que es de esos relatos que parecen avanzar por un camino conocido para, de pronto, revelar que todo cuanto hemos visto estaba sostenido por una ilusión. Nieves Conde no utiliza el suspense como un simple mecanismo para mantener la atención del espectador, sino como una herramienta para explorar la fragilidad de la identidad y el peso insoportable de las mentiras que uno crea para sobrevivir.

    La función nos sitúa en Gijón una noche de tormenta cuando Hugo e Ivón (Arturo de Córdova y Emma Penella) llegan acompañados de su hijo a un hotel de la ciudad. Salen a ver el mar embravecido y poco después Ivón regresa pidiendo socorro porque el muchacho ha sido arrastrado por el mar. Como el cadáver no aparece, un comisario, Don Jesús (Félix Defauce), se hace cargo del caso.

    Lo más interesante de Los peces rojos es la confianza del director en la inteligencia del público. Así, la narración rehúye explicaciones innecesarias y prefiere sembrar dudas antes que ofrecer respuestas inmediatas. Cada escena desplaza ligeramente el punto de vista, obligándonos a reconsiderar los acontecimientos y a desconfiar incluso de aquello que parecía incuestionable. Esa sofisticación narrativa resulta sorprendente en el contexto del cine español de la época.

  El título resulta muy acertado, no alude simplemente a un objeto presente en la narración, pues también resume perfectamente el tema central de la película: los personajes, como los peces rojos de una pecera, viven en universo cerrado por el engaño, observados por otros y, sobre todo, incapaces de escapar de la realidad que ellos mismos han construido.

   Nieves Conde dirige con una precisión casi quirúrgica. El blanco y negro no tiene como misión prioritaria el embellecimiento del paisaje y la atmósfera, sino convertir las sombras y claroscuros en un territorio moral donde los personajes ocultan deseos, culpas y fracasos. El mar, omnipresente, adquiere un significado casi metafísico: es refugio, amenaza y espejo de unas conciencias incapaces de encontrar reposo. Las interpretaciones rehúyen el melodrama simplista. Sus personajes viven permanentemente al borde del derrumbe emocional, atrapados entre lo que fueron y aquello que desesperadamente quieren aparentar.

   Esa tensión interior dota a la película de una intensidad permanente, tan innata hoy como en el año de su producción. Los peces rojos es una de esas películas que confirman que el mejor cine negro nunca trató únicamente de crímenes o investigaciones, también de seres humanos condenados por sus propias decisiones. Nieves Conde firmó una gran obra de culto, de una modernidad insólita, elegante en su construcción y profundamente amarga en su mirada sobre la condición humana. Hoy sigue siendo una de las cimas más sofisticadas, arriesgadas y perdurables de nuestra cinematografía.

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