THE FRIENDS OF EDDIE COYLE
Tenía ganas de revisionar El confidente (The Friends of Eddie Coyle), magnífico thriller dirigido en 1973 por Peter Yates (Bullit), en la versión Blu-ray que adquirí de Criterion. Una vez cumplida esa misión, va siendo hora de afirmar que estamos ante un excelente film, una de las obras más sobrias y desencatadas del cine criminal estadounidense de la década de los 70, y tal vez, de las más honestas en su mirada sobre el fracaso moral. Lejos del glamour mafioso o del heroísmo criminal, el potente relato se instala en una zona gris, donde todos los personajes son, en mayor o menor grado, una panda de perdedores, losers transitando en un mundo desolador plagado de traiciones y mentiras.
Eddie “Fingers” Coyle (Robert Mitchum), es un tipo que se dedica a hacer de intermediario en el suministro del tráfico de armas para toda clase de delincuentes de los bajos fondos de Boston. Pero con un juicio pendiente por el transporte ilegal de un camión cargado de alcohol, pretende conseguir el apoyo de la policía delatando los planes de sus clientes.
Robert Mitchum da vida a un Eddie Coyle con una mezcla de hastío y cansancio, atrapado en su mediocridad. No es un gran cerebro del crimen ni un villano carismático, sólo un intermediario, un eslabón en el tráfico de armas de poca monta que intenta sobrevivir delatando a otros delincuentes mientras suplica a un policía un mejor trato para sí mismo. Mitchum interpreta esta doble condición -chivato y víctima- con una economía de gestos envidiable. Su rostro parece siempre derrotado, incluso cuando cree estar ganando tiempo.
Yates adopta un estilo casi documental, seco, sin subrayados emocionales ni estallidos de violencia estilizada. Las conversaciones largas y aparentemente triviales son el verdadero núcleo dramático de la función. Encuentros que se desarrollan en bares, coches y cafeterías en donde se negocian traiciones con la misma rutina con la que se pide una cerveza. El crimen se presenta como un trabajo más, despojado de épica y romanticismo.
Lo que resulta más perturbador de la película es su visión del sistema: policías y delincuentes funcionan con una lógica casi idéntica, intercambiando información por mercancía. Nadie es realmente leal a nadie; sólo existen jerarquías de conveniencia. En ese contexto, Eddie no caerá por ser peor que los demás, sino por ser el más ingenuo. A diferencia del pérfido Peter Boyle, en quien fatídicamente Eddie confía y cree tener un amigo, porque sigue pensando que aún hay espacio para la piedad dentro de un engranaje completamente abyecto e hipócrita.
El confidente (The Friends of Eddie Coyle), uno de los mejores
thrillers de los años 70, busca más la erosión de la conciencia que el impacto
o el artificio. Su final frío, tristísimo, abrupto, desesperanzador,
confirma lo que la película insinúa desde el principio: en ese mundo de ratas,
amoral y sin escrúpulos, no hay redención posible, sólo una cadena de intereses
criminales. Estamos ante un retrato implacable y magistral del mal en su
vulgaridad más cotidiana.













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