La memoria herida
"ROMERÍA” êê
DIRECTOR: Carla Simón.
INTÉRPRETES: Llucía García, Mitch, Tristán Ulloa,
Celine Tyll, Miryan Gallego, Janet Novás, José Ángel Egido, Alberto Gracia.
GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 115 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025
Tenía muchos reparos a la hora de enfrentarme al visionado de esta película porque las temáticas y el estilo cinematográfico de Carla Simón nunca han logrado interesarme, aunque en el caso de la directora catalana es siempre el mismo y soy consciente de que sus tres películas filmadas hasta la fecha forman parte de una trilogía sobre la memoria familiar. En cualquier caso, siempre estaré abierto a nuevas propuestas.
La función nos presenta a Marina (Llucía García) una chica catalana que viaja a Vigo para conocer a la familia de su padre biológico que murió de sida al igual que su madre por su adicción a la heroína cuando ella era muy pequeña, siendo adoptada por un tío materno y su mujer. Cuando llega y empieza a indagar, se da cuenta de que la familia paterna siente pudor al hablar de los conflictos con las drogas de la pareja que Marina insiste en conocer. Será la historia de amor que vive con su primo lo que le permite imaginar a sus padres y conectar con ellos. A través del diario de su madre inventa un cuento que la libera de la vergüenza que su familia siente por ellos cumpliendo así su deseo y además figurar en el registro civil como hija natural de su padre biológico.
Romería es una película que insiste en la introspección como valor en sí mismo, lo hace con una convicción tan tenue que termina diluyendo cualquier posible impacto. Carla Simón vuelve a un terreno claramente autobiográfico, apoyándose en la memoria familiar y en las heridas heredadas, pero el resultado es más bien un ejercicio de autoobservación indulgente que una verdadera exploración cinematográfica. El planteamiento es austero: encuentros breves, diálogos mínimos, miradas curiosas y silencios prolongados. Simón cree que con la acumulación de pequeños gestos y miradas será suficiente para generar significado. Sin embargo, esa confianza rara vez se ve recompensada. La película avanza sin urgencia ni dirección clara, como si temiera perturbar el recuerdo que retrata.
El tono autobiográfico pesa más de lo que ayuda. Hay una sensación constante de cautela, de no querer cuestionar demasiado el material personal del que parte el film. Esa prudencia se traduce en una ausencia notable de conflicto real. Las tensiones familiares nunca se desarrollan; los reproches quedan suspendidos en el limbo; las emociones más ásperas son sustituidas por una melancolía uniforme que acaba por resultar plana. Formalmente, Romería repite recursos ya habituales en el cine de Simón: cámara discreta, iluminación natural y materiales de archivo que funcionan como ecos del pasado. Hay pulcritud, el problema es que la estructura narrativa no aporta una complejidad nueva, sino que refuerza la sensación de estar viendo una variación menor de ideas ya exploradas en sus trabajos anteriores.
Las interpretaciones apuestan por la naturalidad extrema que, en muchos momentos, roza la inexpresividad. Marina (el trabajo de Llucía García es lo mejor del relato), como personaje central, carece de un arco definido: escucha, observa, asiente, pero rara vez logra romper el hermetismo e inventa una ficción para calmar su deseo. Los personajes secundarios quedan reducidos a presencias funcionales dentro del recuerdo, sin densidad ni carisma.
En conjunto, Romería es una
película contenida hasta la inercia, cuidadosamente respetuosa con su origen
autobiográfico, pero poco dispuesta a asumir riesgos narrativos o emocionales,
su mirada íntima no se traduce en una experiencia especialmente reveladora para
el espectador. Más que conmover o interpelar, la función se limita a
acompañar -con una distancia tibia- un proceso personal, tal vez catártico, que
nunca termina de encontrar una forma cinematográfica auténticamente
significativa.

















El proceso de búsqueda por parte de la protagonista se transfiere a su plasmación en imágenes, que peca de cierta indefinición a pesar de puntuales hallazgos.
ResponderEliminarCreo que no se ha hecho todavía la película definitiva sobre lo que supusieron para toda una generación la heroína y el sida. Afectaron en particular a muchos jóvenes con inquietudes. La película de Carla Simón lo aborda con demasiada cautela, si bien cabe respetar su punto de vista.
Un abrazo.
Claro que respeto su visión, si no fuera así hubiera despachado la reseña con un par de burdos brochazos. Mi problema no es sólo con esta película, es con el cine de esta directora que nunca consigue atraparme, aunque yo seguiré esperando. Sé lo que me quiere contar en su trilogía, pero su forma de contarlo me impide sumergirme en el relato y sus habituales recursos no acaban de conmoverme.
ResponderEliminarTal vez esa escasa inmersión sea culpa mía o que nuestras sensibilidades no conectan. Siento que hay una distancia sideral entre el carácter íntimo de su cine y mis profundas emociones. Mientras me quede tiempo, seguiré esperando.
Por cierto, pertenezco a esa generación y perdí muchos amigos en Barcelona por esas lacras. Fue una de las razones que me llevaron a buscar lejos un nuevo horizonte para tratar de evitar la zozobra de mi alma.
Una abraçada.
A mí digamos que Carla Simón me inspira simpatía como cineasta, si bien es cierto que sus películas no acaban de ser del todo redondas. Con todo y con eso, en el caso particular de "Romería" me gusta su parte más onírica, cuando la protagonista imagina/reconstruye el pasado de sus padres.
ResponderEliminarSaludos.
Lo podría plantear al revés: a mí Pedro Almodóvar me cae como una bomba y sin embargo hay tres películas suyas que me resultan fantásticas y que defenderé siempre.
EliminarApenas conozco a Carla Simón, si sólo me fío de las sensaciones que me provoca su cine, la conclusión es que me deja un poco frío. Pero le deseo lo mejor a nivel personal y profesional.
Saludos.