viernes, 9 de enero de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE CULTO: “TRAS EL CRISTAL" (Agustí Villaronga, 1986)

   Tras el cristal (1986), ópera prima de Agustí Villaronga, se erige como una de las películas más perturbadoras y radicales del cine patrio. Esto es así no sólo por lo que muestra -de por sí extremo-, también por la forma en que obliga al espectador a mirar el Mal sin refugio moral, sin distancia histórica ni consuelo simbólico. Villaronga no crea un relato sin redención ni castigo, sino un espacio cerrado donde el horror se perpetúa.

   La premisa es casi alegórica: Klaus (Günter Meisner) un exmédico nazi responsable de torturas, abusos y asesinatos de niños durante la Segunda Guerra Mundial, tras un intento de suicidio sobrevive inválido dentro de un pulmón de acero y ayudado solamente por su mujer, Griselda (Marisa Paredes) y su hija Rena (Gisèle Echevarría). Convertido en un cuerpo inmóvil, reducido a respiración mecánica, parece un monstruo derrotado. Sin embargo, la llegada de Ángelo (David Sust), antigua víctima que se ofrece como cuidador, subvierte rápidamente esa apariencia. La sórdida relación entre ambos no se articula como una simple venganza, ya que se nos presenta como una repetición del trauma, una transferencia enfermiza donde víctima y verdugo se confunden hasta hacerse intercambiables.

   El pulmón de acero es el gran símbolo de la función: una jaula de cristal que preserva la vida del criminal nazi y al mismo tiempo lo exhibe. Klaus no está encerrado para expiar su culpa, sino para seguir existiendo, protegido por la tecnología y por el silencio cómplice de su entorno. Villaronga sugiere que el Mal no muere, sino que se conserva, se hereda y se transforma. Cuando Ángelo comienza a reproducir los rituales de tortura, la película abandona cualquier lectura de justicia poética: no hay reparación posible, sólo contagio.

   Uno de los aspectos más interesantes e inquietantes de Tras el cristal es su negativa a psicoanalizar excesivamente a los personajes. No busca explicar por qué existe el Mal, pues importa más mostrar cómo opera a través del poder, del deseo, de la mirada. La cámara es fría, distante, casi clínica; el tono es opresivo y silencioso, reforzando la idea de que el horror no necesita grandes gestos, sino constancia. En este sentido, la película se emparenta más con cierta tradición europea (Haneke, Pasolini) que con el cine de terror convencional.

  El personaje de Rena, la hija, testigo pasivo del encierro y de la violencia, introduce una introspección significativa: la transmisión intergeneracional del trauma. El Mal no sólo ejerce, también se observa, se normaliza y se interioriza. Villaronga parece decir que la verdadera monstruosidad no reside únicamente en Klaus, sino en la cadena de silencios que permite que siga respirando.  

  
  Tras el cristal no es una película complaciente y precisamente por eso conserva su fuerza. Es una obra que no permite al espectador sentirse moralmente superior, que lo obliga a enfrentarse a la posibilidad de que la violencia no se resuelve nunca, que constantemente se recicla. Más que una historia sobre nazis y pedofilia, es una reflexión brutal sobre la imposibilidad de cerrar ciertas heridas y un estudio preciso sobre la fragilidad de cualquier frontera entre víctima y verdugo.

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