sábado, 24 de enero de 2026

CRÍTICA: "MASPALOMAS" (José Mari Goenaga, Aitor Arregi, 2025)

 En busca del paraíso perdido

 “MASPALOMAS”  êêêê

DIRECTOR: José Mari Goenaga, Aitor Arregi.

INTÉRPRETES: José Ramón Soroiz, Nagore Aramburu, Kandido Uranga, Zorion Eguilor, Kepa Errasti, Itziar Aizpuru.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 115 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025

    José Mari Goenaga ya había surcado la temática de la homosexualidad en la vejez en su primera película de ficción titulada En 80 días (2010), ahora, junto a Aitor Arregi, firmando como Moriarti, en Maspalomas nos plantean una cuestión que el cine pocas veces se atreve a formular sin paternalismos: ¿qué ocurre con el deseo cuando el cuerpo envejece, cuando la identidad sexual ya no es un descubrimiento sino una conquista frágil que puede perderse en cualquier momento? La película -y sobre todo Goenaga como guionista- no responde con consignas, sino con una narración que se mueve entre dos espacios simbólicos tan claros como diferentes: el paraíso luminoso de la libertad y el interior gris de una normalidad triste que, bajo una función cuidadora, resulta opresiva.

     Vicente (José Ramón Soroiz) tiene 76 años y desde que rompió con su mujer debido a su condición homosexual lleva la vida que le gusta en Maspalomas: su vida transcurre sin preocupaciones buscando diversión y placer. Tras sufrir un ictus, se ve obligado a regresar a San Sebastián, y a reencontrarse con su hija, Nerea (Nagore Aramburu) a quien abandonó años atrás. En la residencia geriátrica donde está ingresado se verá empujado a volver al armario y a ocultar una parte de sí mismo que creía solucionada. En ese nuevo entorno, Vicente debe replantearse si aún está a tiempo de reconciliarse con los demás… y consigo mismo.

  El contraste entre Maspalomas y San Sebastián no es sólo climático o geográfico, también existencial. En Gran Canaria, Vicente vive una vejez activa, sexual y socialmente, dentro de una comunidad gay que valida su identidad. Aquí no se trata de un hedonismo superficial, es la posibilidad real pero tardía de habitar el cuerpo sin culpa ni remordimientos. La puesta en escena en estas secuencias es abierta, cálida, con una cámara que acompaña sin invadir, sin caer en la postal turística. La luz no idealiza, simplemente deja que todo fluya.

   El ictus que sufre Vicente introduce el verdadero conflicto del film: no me refiero a la enfermedad en sí, sino al regreso forzado a un entorno en donde su identidad queda opacada. La residencia de ancianos se convierte en un espacio de control laxo, nadie prohíbe explícitamente ser homosexual -de hecho, uno de los cuidadores, Iñaki, lo es-, pero todo invita a no serlo. Es ahí donde la película alcanza su dimensión más política al mostrar que la represión contemporánea ya no opera con castigos, sino haciéndote sentir incómodo y con una supuesta protección.

   Vicente no vuelve al armario por miedo, lo hace por cansancio. La vejez aparece como un momento vital en el que la energía para sostener la diferencia se agota. Defender quién eres requiere esfuerzo, y la película entiende que incluso la identidad más fortalecida puede volverse vulnerable cuando el cuerpo deja de responder. Esa fragilidad, lejos de dramatizarse, se presenta con una sobriedad casi cruel sin grandes escenas de rupturas, sólo decisiones pequeñas que, por acumulación, construyen una forma de renuncia. Vicente comparte habitación con un compañero, Xanti (Kandido Uranga), con el que entabla una sincera y sana amistad, la vitalidad y los consejos de Xanti le ayudarán a aclimatarse en la residencia y en su proceso de recuperación de la enfermedad. Pero estamos en la época más cruda de la pandemia del coronavirus y un geriátrico no es el mejor lugar para aislarse. Hay perdidas que duelen mucho.  

   La relación de Vicente con su hija introduce otro eje fundamental: la familia como espacio de reparación tardía. No hay sentimentalismos ni grandes redenciones. El vínculo se recompone desde la torpeza, el resentimiento y la dificultad para conversar sobre lo que nunca se dijo, en este sentido, Maspalomas es también un film sobre el daño estructural que produce una vida vivida a medias: el precio de no haber sido quien uno era cuando todavía importaba. Sin subrayados musicales ni giros de guión, la cámara observa más de lo que explica, y confía en la expresividad de Vicente como campo de batalla emocional. Su cuerpo es el archivo donde se inscriben todas las tensiones: el placer, el miedo, el deseo, la vergüenza y la dignidad.

  Maspalomas no ofrece una salida clara y al final, con la pandemia y los confinamientos, todo se vuelve más inestable, triste y desolado. Tampoco propone heroísmo ni derrota, anclándose en una zona intermedia: la de quienes han conquistado su libertad demasiado tarde y corren el riesgo de perderla justo cuando más la necesitan. La película no es una celebración simple de la diversidad, pero sí expone su precariedad, sin que ese lugar mítico llamado Maspalomas aparezca nunca como un gueto. Y en esa exposición, sin discursos ni moralejas, reside su mensaje más profundo. 

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