Se7en (David Fincher, 1995), no trata solamente de un asesino en serie, sino de la imposibilidad de escapar del Mal, incluso cuando crees haberlo vencido. La caja de cartón que una empresa de reparto deja en el lugar desértico donde están parados el detective William Somerset y David Mills (Morgan Freeman y Brad Pitt) junto al asesino John Doe (Kevin Spacey), es el símbolo perfecto de eso: no importa ya los procedimientos, cuánto hayas investigado, las pruebas, tu condición de agente de la ley… el horror llega igual.
Esa caja no es sólo lo que contiene (que no se muestra, pero se adivina), es la prueba final de John Doe: demostrar que el mundo está podrido, que la ira habita incluso en el hombre más justo. Somerset lo sabe y por eso suplica, por eso entiende antes que nadie. El plano no necesita mostrarnos nada. Porque Se7en confía más en la imaginación, Al final, obviamos al asesino. Recordamos una caja de cartón bajo el sol y la sensación de que, en medio de la desolación, el Mal ha vencido sin disparar ningún arma.
Somerset
Cuando ve la caja, ya lo sabe. No hubiera
necesitado abrirla para confirmarlo. La experiencia le ha enseñado que el mundo
siempre encuentra una manera nueva de ser peor. Por eso corre. No para salvar
lo inevitable, sino para evitar el último pecado. Somerset no lucha contra Doe:
lucha contra el tiempo, contra la ira, contra la certeza de que todo el caso ha
sido una lección cuidadosamente diseñada.
John Doe
Para él, la caja de cartón representa el sermón final. No hay rabia, no hay improvisación. Sólo coherencia. Doe no quiere escapar. Quiere ser recordado como una idea, no como un hombre. Por eso se convierte en la envidia y le regala a Mills (entonces pareja también de Gwyneth Paltrow en la vida real) la ira. La caja es su prueba empírica: demostrar que, incluso frente al amor, el ser humano elige destruir.
Cuando Doe sonríe no es triunfo personal. Es la calma de quien cree haberle dado sentido al caos.
El detective y el asesino
Somerset representa al hombre que entiende el Mal y sigue viviendo. Doe, el que decide abrazarlo y darle forma. La caja los une. Uno intenta cerrarla para siempre y largarse lejos. El otro la envía por mensajería
¿Y el mundo? El mundo sigue girando, como dijo Hemingway en boca de Somerset: “El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar”, pero él sólo está de acuerdo con la segunda parte de la frase.
La caja de cartón como McGuffin
Durante toda la película creemos que el motor es el asesino, los pecados capitales, el procedimiento policial. Pero todo eso es una distracción genial y elegante. La caja de cartón no impulsa la trama: la clausura. Hitchcock decía que el McGuffin es aquello que importa a los personajes, no al espectador. Aquí Fincher hace lo contrario: cuando aparece la caja, deja de importar la investigación y sólo importa lo que sentimos. Ni siquiera necesitamos verla abierta. La historia ya ha llegado exactamente donde quería.
La caja como castigo al espectador
Fincher nos induce durante dos horas a mirar: miramos la atmósfera lluviosa, los antros infectos, las atrocidades cometidas por John Doe a las víctimas, miramos sin parpadear porque el cine nos ha enseñado que mirar es seguro. Y entonces la función nos dice: ahora imagina.
La caja es el castigo por haber sido cómplices. Nos priva del morbo y nos obliga a completar el horror con nuestra mente. El plano fijo, el desierto, el sol impenitente… todo está diseñado para que no podamos escapar. No hay montaje que nos proteja. No hay música que nos alivie. Sólo una caja y una certeza.
La caja de cartón como verdadera protagonista
La caja es el único elemento que vence a todos: vence a Mills, porque destruye su identidad, su familia, su carrera; Vence a Somerset, porque confirma todo lo que se temía; y vence a Doe, incluso a él, porque lo reduce a un medio, deja de ser importante.
Desde el momento en que llega, la película ya no trata de personas, sino de una idea materializada: el Mal no necesita monstruos. Sólo necesita orden, paciencia y una entrega puntual.
Lazo final
Como McGuffin, nos engaña; como castigo, nos hiere; como protagonista, nos sobrevive.
Por eso, Se7en no termina en los disparos de Mills sobre John Doe. Termina con una frase trillada y una caja que ya no está en el plano, pero que no se va de la cabeza. Y por eso, cada vez que alguien cita a Se7en y señala la caja de cartón, no hablaremos de una escena, sino de una herida cinematográfica.


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