martes, 6 de enero de 2026

“SE7EN” Y LA CAJA DE CARTÓN

 

    Se7en (David Fincher, 1995), no trata solamente de un asesino en serie, sino de la imposibilidad de escapar del Mal, incluso cuando crees haberlo vencido. La caja de cartón que una empresa de reparto deja en el lugar desértico donde están parados el detective William Somerset y David Mills (Morgan Freeman y Brad Pitt) junto al asesino John Doe (Kevin Spacey), es el símbolo perfecto de eso: no importa ya los procedimientos, cuánto hayas investigado, las pruebas, tu condición de agente de la ley… el horror llega igual.

   

    Esa caja no es sólo lo que contiene (que no se muestra, pero se adivina), es la prueba final de John Doe: demostrar que el mundo está podrido, que la ira habita incluso en el hombre más justo. Somerset lo sabe y por eso suplica, por eso entiende antes que nadie. El plano no necesita mostrarnos nada. Porque Se7en confía más en la imaginación, Al final, obviamos al asesino. Recordamos una caja de cartón bajo el sol y la sensación de que, en medio de la desolación, el Mal ha vencido sin disparar ningún arma.

Somerset

    Cuando ve la caja, ya lo sabe. No hubiera necesitado abrirla para confirmarlo. La experiencia le ha enseñado que el mundo siempre encuentra una manera nueva de ser peor. Por eso corre. No para salvar lo inevitable, sino para evitar el último pecado. Somerset no lucha contra Doe: lucha contra el tiempo, contra la ira, contra la certeza de que todo el caso ha sido una lección cuidadosamente diseñada.

 Cuando suplica no es cobardía, es lucidez. 

    

John Doe

    Para él, la caja de cartón representa el sermón final. No hay rabia, no hay improvisación. Sólo coherencia. Doe no quiere escapar. Quiere ser recordado como una idea, no como un hombre. Por eso se convierte en la envidia y le regala a Mills (entonces pareja también de Gwyneth Paltrow en la vida real) la ira. La caja es su prueba empírica: demostrar que, incluso frente al amor, el ser humano elige destruir.

   Cuando Doe sonríe no es triunfo personal. Es la calma de quien cree haberle dado sentido al caos.

El detective y el asesino

   Somerset representa al hombre que entiende el Mal y sigue viviendo. Doe, el que decide abrazarlo y darle forma. La caja los une. Uno intenta cerrarla para siempre y largarse lejos. El otro la envía por mensajería

   ¿Y el mundo? El mundo sigue girando, como dijo Hemingway en boca de Somerset: “El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar”, pero él sólo está de acuerdo con la segunda parte de la frase.

La caja de cartón como McGuffin

    Durante toda la película creemos que el motor es el asesino, los pecados capitales, el procedimiento policial. Pero todo eso es una distracción genial y elegante. La caja de cartón no impulsa la trama: la clausura. Hitchcock decía que el McGuffin es aquello que importa a los personajes, no al espectador. Aquí Fincher hace lo contrario: cuando aparece la caja, deja de importar la investigación y sólo importa lo que sentimos. Ni siquiera necesitamos verla abierta. La historia ya ha llegado exactamente donde quería.

La caja como castigo al espectador

    Fincher nos induce durante dos horas a mirar: miramos la atmósfera lluviosa, los antros infectos, las atrocidades cometidas por John Doe a las víctimas, miramos sin parpadear porque el cine nos ha enseñado que mirar es seguro. Y entonces la función nos dice: ahora imagina.

   La caja es el castigo por haber sido cómplices. Nos priva del morbo y nos obliga a completar el horror con nuestra mente. El plano fijo, el desierto, el sol impenitente… todo está diseñado para que no podamos escapar. No hay montaje que nos proteja. No hay música que nos alivie. Sólo una caja y una certeza.

La caja de cartón como verdadera protagonista

    La caja es el único elemento que vence a todos: vence a Mills, porque destruye su identidad, su familia, su carrera; Vence a Somerset, porque confirma todo lo que se temía; y vence a Doe, incluso a él, porque lo reduce a un medio, deja de ser importante.

    Desde el momento en que llega, la película ya no trata de personas, sino de una idea materializada: el Mal no necesita monstruos. Sólo necesita orden, paciencia y una entrega puntual.

Lazo final

   Como McGuffin, nos engaña; como castigo, nos hiere; como protagonista, nos sobrevive.

   Por eso, Se7en no termina en los disparos de Mills sobre John Doe. Termina con una frase trillada y una caja que ya no está en el plano, pero que no se va de la cabeza. Y por eso, cada vez que alguien cita a Se7en y señala la caja de cartón, no hablaremos de una escena, sino de una herida cinematográfica.

lunes, 5 de enero de 2026

CRÍTICA; "ROMERÍA" (Carla Simón, 2025)

 

La memoria herida

"ROMERÍA”  êê

DIRECTORA: Carla Simón.

INTÉRPRETES: Llucía García, Mitch, Tristán Ulloa, Celine Tyll, Miryan Gallego, Janet Novás, José Ángel Egido, Alberto Gracia.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 115 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2025

    Tenía muchos reparos a la hora de enfrentarme al visionado de esta película porque las temáticas y el estilo cinematográfico de Carla Simón nunca han logrado interesarme, aunque en el caso de la directora catalana es siempre el mismo y soy consciente de que sus tres películas filmadas hasta la fecha forman parte de una trilogía sobre la memoria familiar. En cualquier caso, siempre estaré abierto a nuevas propuestas.

    La función nos presenta a Marina (Llucía García) una chica catalana que viaja a Vigo para conocer a la familia de su padre biológico que murió de sida al igual que su madre por su adicción a la heroína cuando ella era muy pequeña, siendo adoptada por un tío materno y su mujer. Cuando llega y empieza a indagar, se da cuenta de que la familia paterna siente pudor al hablar de los conflictos con las drogas de la pareja que Marina insiste en conocer. Será la historia de amor que vive con su primo lo que le permite imaginar a sus padres y conectar con ellos. A través del diario de su madre inventa un cuento que la libera de la vergüenza que su familia siente por ellos cumpliendo así su deseo y además figurar en el registro civil como hija natural de su padre biológico. 

   Romería es una película que insiste en la introspección como valor en sí mismo, lo hace con una convicción tan tenue que termina diluyendo cualquier posible impacto. Carla Simón vuelve a un terreno claramente autobiográfico, apoyándose en la memoria familiar y en las heridas heredadas, pero el resultado es más bien un ejercicio de autoobservación indulgente que una verdadera exploración cinematográfica. El planteamiento es austero: encuentros breves, diálogos mínimos, miradas curiosas y silencios prolongados. Simón cree que con la acumulación de pequeños gestos y miradas será suficiente para generar significado. Sin embargo, esa confianza rara vez se ve recompensada. La película avanza sin urgencia ni dirección clara, como si temiera perturbar el recuerdo que retrata.

   El tono autobiográfico pesa más de lo que ayuda. Hay una sensación constante de cautela, de no querer cuestionar demasiado el material personal del que parte el film. Esa prudencia se traduce en una ausencia notable de conflicto real. Las tensiones familiares nunca se desarrollan; los reproches quedan suspendidos en el limbo; las emociones más ásperas son sustituidas por una melancolía uniforme que acaba por resultar plana. Formalmente, Romería repite recursos ya habituales en el cine de Simón: cámara discreta, iluminación natural y materiales de archivo que funcionan como ecos del pasado. Hay pulcritud, el problema es que la estructura narrativa no aporta una complejidad nueva, sino que refuerza la sensación de estar viendo una variación menor de ideas ya exploradas en sus trabajos anteriores.

   Las interpretaciones apuestan por la naturalidad extrema que, en muchos momentos, roza la inexpresividad. Marina (el trabajo de Llucía García es lo mejor del relato), como personaje central, carece de un arco definido: escucha, observa, asiente, pero rara vez logra romper el hermetismo e inventa una ficción para calmar su deseo. Los personajes secundarios quedan reducidos a presencias funcionales dentro del recuerdo, sin densidad ni carisma.

  En conjunto, Romería es una película contenida hasta la inercia, cuidadosamente respetuosa con su origen autobiográfico, pero poco dispuesta a asumir riesgos narrativos o emocionales, su mirada íntima no se traduce en una experiencia especialmente reveladora para el espectador. Más que conmover o interpelar, la función se limita a acompañar -con una distancia tibia- un proceso personal, tal vez catártico, que nunca termina de encontrar una forma cinematográfica auténticamente significativa.


domingo, 4 de enero de 2026

PREESTRENO: "DREAMS" (Michel Franco, 2025)

 

Balada para un sueño roto

“DREAMS”  êêê

DIRECTOR: Michel Franco.

INTÉRPRETES: Jessica Chastain, Isaac Hernández, Rupert Friend, Marshall Bell, Jim Anderson, Eligio Menéndez, Tracy Todd.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 100 minutos / PAÍS: México / AÑO: 2025

     Con Dreams, el director mexicano Michel Franco demuestra una vez más que es uno de los cineastas más incisivos y menos complacientes del panorama contemporáneo. Fiel a una filmografía marcada por la frialdad emocional, los vínculos de poder y la violencia soterrada que atraviesa las relaciones humanas, Franco construye aquí un drama íntimo que, bajo una apariencia contenida, esconde una aguda reflexión política, social y moral.

  La película se desarrolla sobre la base de una relación sentimental con evidentes asimetrías de clase, origen y expectativas vitales entre una acaudalada dama de la alta sociedad californiana, Jennifer (Jessica Chastain), y un bailarín de ballet mexicano de clase humilde, Fernando (Isaac Hernández). En la convicción de que su amante le ayudará, él cruza ilegalmente la frontera para perseguir sus sueños en San Francisco. Pero cuando la ambición y el deseo chocan con la dura realidad, Fernando debe enfrentarse a la verdadera naturaleza de su relación.

  En Dreams Franco no presenta el amor como un refugio idealizado, sino como un terreno minado en el que afloran el deseo de control, la dependencia y la ilusión de pertenecer a un mundo que siempre parece reservado para otros. De hecho, el título de la película funciona de manera irónica: los sueños que mueven a los personajes no son promesas de libertad, sino motores de frustración que revelan la crueldad de un sistema que vende esperanzas mientras levanta muros imposibles. Uno de los logros del relato es hablar de temas como la persecución de los inmigrantes, la pasión volcánica e irrefrenable, los privilegios de la clase adinerada y la explotación emocional sin recurrir a discursos explícitos, a Franco le basta con mostrar cómo esas problemáticas se filtran en lo cotidiano con honestidad y una mirada implacable sobre el poder y el deseo.

   Si nos detenemos en la pareja protagonista nos encontramos con una Jessica Chastain dando oxígeno a una mujer perteneciente a la élite cultural y económica estadounidense, una figura que parece moverse con naturalidad entre el privilegio, la sofisticación y una forma de poder que no necesita imponerse de manera explícita. Su personaje resulta inquietante precisamente porque cree estar actuando con generosidad y amor, incluso cuando ejerce un férreo control. Frente a ella, Isaac Hernández ofrece una interpretación notablemente física y vulnerable. Proveniente del mundo de la danza, su personaje encarna el sueño migrante en su versión más cruda: talento, disciplina y deseo de ascenso enfrentados a una estructura que lo admira mientras lo rebaja y mantiene en una posición subordinada. La cámara explota su expresividad corporal con inteligencia, también su frustración y su rabia.

   La relación entre ambos no se presenta como un simple romance y una atracción casi animal, sino como un acuerdo implícito lleno de ambigüedades de carácter moral. Dreams evita juzgar abiertamente a sus personajes y el director construye el conflicto desde lo cotidiano con una normalidad aparente mostrando a Fernando introducido ya en la sociedad y cumpliendo su sueño de bailarín, encuentros sexuales tórridos entre la pareja de amantes y una sensación de desasosiego y desconfianza que acabará revelando oscuros abismos de clase y posición dominante que parecen indicar un drama inminente. Lo que hace previsible el clímax final, pues el amor nunca se muestra como redención, sino como un espacio donde se reproducen las desigualdades del mundo exterior.

    La frialdad visual refuerza el tono del relato y obliga al espectador a ocupar una situación activa frente a lo que ve. Los estallidos emocionales alertan de una situación de dependencia peligrosa y Dreams avanza como una herida que se va abriendo lentamente. Así, la película se sostiene gracias a la tensión precisa y descarnada de Chastain y Hernández, dos intérpretes que no sólo dan vida a sus personajes, también a dos mundos irreconciliables. Dreams es una obra dura, elegante y profundamente política, que confirma a Michel Franco como un autor dispuesto a explorar las zonas más oscuras del deseo, los privilegios, las miserias cotidianas y el sueño como promesa universal tantas veces inalcanzable.

jueves, 1 de enero de 2026

LAS MEJORES PELÍCULAS DE 2025

 1- VALOR SENTIMENTAL (Joachim Trier)


    Valor sentimental es una obra de madurez, el director noruego nos muestra su capacidad para articular emociones contenidas, densidad psicológica y una hiriente reflexión sobre la autorrepresentación que convierte la película en un estudio conmovedor de aquello que persiste y se rompe… y se reconfigura en el seno de una familia. La aproximación que hace el cineasta a la condición humana, marcada por la ambigüedad afectiva y la fragilidad de la memoria, convierte la función en una pieza resonante, capaz de dialogar tanto con la tradición como con las inquietudes emocionales de nuestro presente. De lo mejor del año cinematográfico.

2- UNA BATALLA TRAS OTRA (Paul Thomas Anderson)


    Una batalla tras otra es, al fin, un fresco analítico sobre la extenuante moral de nuestro tiempo. No hay consuelo ni catarsis: la cámara registra los restos del naufragio de un idealismo que se resiste a morir, sin saber ya por qué se lucha. El film, más que un amargo manifiesto, es un epitafio escrito con obstinación por alguien que aún espera algo de la vida en sociedad. En su contención formal y su densidad ética, Anderson demuestra que el cine político puede seguir siendo una forma de profunda reflexión. La batalla, parece decirnos, continúa incluso cuando ya nadie cree que pueda ganarse.

3- MISERICORDIA (Alain Guiraudie)

   Tal vez debería advertir que Misericordia es una película incómoda que enojará a mucha gente y que el espectador acabará encadenado a una historia tan intrigante como morbosa que le puede deparar sensaciones desagradables de las que no podrá escapar porque se alojarán permanentemente en su cabeza. Es lo que Guiraudie busca. Desde la llegada al pueblo del protagonista y la presentación de los personajes, uno intuye que la enrarecida y enfermiza atmósfera del pueblo oculta secretos inconfesables y misterios oscuros. Así, durante el increscendo dramático del relato todo saldrá a la luz con momentos de humor bizarro y situaciones que oscilan entre lo macabro y lo absurdo. Me gusta Alain Guiraudie, un cineasta de moral desvencijada que huye de las reglas éticas y los convencionalismos sobre el sexo, la muerte, las relaciones sociales y la religión. 

4- OUR GIRLS (Mike Van Diem)

    Para quien esto escribe, la última campanada del año la ha dado esta cinta holandesa titulada Our Girls (Voor de Meisjes) dirigida por Mike Van Diem que nos sitúa en los Alpes austriacos durante las vacaciones de dos parejas de padres holandeses que ven cómo su antigua amistad se agrieta cuando afloran las frustraciones y desconfianzas latentes al sufrir sus hijas adolescentes un accidente que deja a una de ellas en coma. Lejos de efectismos, el relato se despliega como un mecanismo de precisión que va apretando al espectador escena a escena, hasta colocarlo ante un abismo ético del que resulta imposible salir indemne.

5- AÚN ESTOY AQUÍ (Walter Salles)

  Dirigida por Walter Salles y basada en las memorias de Marcelo Rubens Paiva, Aún estoy aquí nos sitúa en el Brasil de 1971 durante la dictadura militar, cuando su padre Rubens Paiva (Selton Mello), diputado izquierdista, fue secuestrado por el régimen totalitario, y su madre Eunice (Fernanda Torres), se vio obligada al activismo político y a sacar adelante a una familia destrozada. Con la historia y desventuras de Eunice Paiva, esposa del diputado Rubens Paiva, desaparecido durante la dictadura militar brasileña, la película pinta un oleo poderoso de una mujer que, incluso en el ocaso de su existencia y bajo la espesa nebulosa del Alzheimer, se niega a olvidar. 

6- THE BRUTALIST (Brady Corbet)

    En su tercer largo, The Brutalist, (título que proviene del estilo arquitectónico llamado Brutalismo), nos traslada a la Europa de la posguerra para presentarnos al visionario arquitecto Lászlo Tóth (Adrien Brody), que emigra a los Estados Unidos acogido por su primo para tratar de reconstruir su vida, su obra y su matrimonio con su esposa Erzsébet (Felicity Jones), tras haberse visto separados durante la guerra a causa de los cambios de fronteras y regímenes. Sólo y en un país desconocido, Lászlo se establece en Pensilvania, donde el potentado empresario Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), recurre a su talento para la arquitectura. Conocerá entonces las dificultades y el precio de abrirte camino en un sistema capitalista sin conciencia.  Lászlo, separado de su mujer y con el currículum de una obra original en su país de origen y abrumado por los traumas de su pasado reciente, comienza a trabajar para hacerse un nombre y obtener un reconocimiento artístico, pero pronto se convertirá en víctima de las dinámicas de poder en una sociedad sumida en un hipercapitalismo salvaje. 

7- SIRÂT. TRANCE EL EL DESIERTO (Oliver Laxe)

    Con su tercera película de ficción, que se mueve entre el drama, la road movie y la intriga titulada Sirât. Trance en el desierto, una historia que sigue a Luis (Sergi López) un hombre acompañado de su hijo Esteban (Bruno Núñez) que buscan en una rave que se celebra en un remoto lugar de las montañas del sur de Marruecos a su hija y hermana Mar, desaparecida hace meses en una de esas eternas fiestas. Reparten su foto en el lugar envueltos en un frenesí de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Allí conocen a un grupo de raveros y deciden seguirlos a una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida. Lejos de ser un simple fondo exótico, el desierto en Sirât es un umbral, una vía de paso (significado de esa palabra árabe) entre lo humano y lo trascendente. Allí no se transita por carreteras, sino por la naturaleza del alma. Una vasta geografía que exige la rendición del cuerpo, del ego, del tiempo.

8- NOUVELLE VAGUE (Richard Linklater)

   En Nouvelle Vague, Richard Linklater no solo mira (y nos hace mirar) hacía una época específica de la historia cinematográfica: la habita. Su película no es tanto un homenaje general al movimiento francés como una inmersión emocional y creativa en el tumultuoso proceso de producción y creación a finales de los años 50 de Al final de la escapada (1960), la obra con la que Jean-Luc Godard, hasta entonces conocido crítico de la revista Cahiers Du Cinemá, redefinió el lenguaje cinematográfico tras ver cómo triunfaba en el Festival de Cannes su amigo François Truffaut.  En conjunto, Nouvelle Vague más que un ejercicio metacinematográfico o una película sobre un rodaje es una carta de amor al cine y un estudio sobre cómo nace una idea y cómo el cine, a veces, surge del caos más fértil.

9- LOS PECADORES (Ryan Coogler)

    Ryan Coogler, que ya me atrapó con su ópera prima Fruitvale Station (2013), un drama social de denuncia racista basado en hechos reales, se muestra más original que nunca narrando las vicisitudes de dos hermanos gemelos Smoke y Stack, interpretados ambos por Michael B. Jordan, que dejan atrás sus problemáticas vidas como gánsteres en Chicago para regresar a su pueblo natal de Clarksdale, situado en el Delta del Misisipi, y comenzar una nueva vida transformando un granero en un club nocturno musical, pero lo que se encuentran es un mal mayor que les da la bienvenida. Los pecadores no es sólo una película de terror gótico sureño, también una inmersión en el legado del pecado colectivo del racismo que permea todo el relato, explorando como una comunidad temerosa de Dios, envuelta en una atmósfera enrarecida, puede ser abducida por un Mal pretérito enraizado en la comunidad, en la tierra… en la sangre.    

10- BALA PERDIDA (Darren Aronofsky)

   La nueva película de Darren Aronofsky tras La ballena (2022) nos sitúa en la Nueva York de finales de los 90. Hank (Justin Butler) era una gran promesa del beisbol en el instituto, pero como consecuencia de un accidente ya no pudo seguir jugando. La cosa ahora no le va mal, tiene una novia estupenda Yvonne (Zöe Kravitz), trabaja de camarero en un garito de la ciudad y su equipo favorito está sorprendentemente luchando para ganar el campeonato. Cuando su vecino punki Russ (Matt Smith), le pide que cuide de su gato durante unos días, Hank se ve atrapado entre un variopinto grupo de gángsteres amenazantes. Todos quieren algo de él; el problema es que él no sabe por qué. En términos filosóficos, Hank es un personaje arrojado al mundo en un sentido heideggeriano: no elige las circunstancias, sino que está obligado a vivir en medio de fuerzas que lo superan. El encargo banal de cuidar un gato se convierte en el detonante de una espiral de violencia y crímenes, recordándonos cómo el azar mínimo puede alterar radicalmente la existencia.