"THE HONEYMOOM KILLERS"
La ópera prima y única película dirigida por Leonard Kastle es una de esas anomalías dentro de la historia del cine que, con el paso del tiempo, fue consolidándose como una obra de culto incontestable y fascinante. Inspirada en las correrías criminales reales de la pareja formada por Raymond Fernández (Tony Lo Bianco), nacido en Hawái, pero de padres españoles, y la estadounidense nacida en Florida Martha Beck (Shirley Stoler), quienes fueron ejecutados en la silla eléctrica en la prisión de Sing Sing en 1951. Ambos se habían conocido a través de una agencia matrimonial de contactos para “corazones solitarios”, y a partir de que ella se enamora de él, un estafador mediocre, se convierte en su cómplice estafando a mujeres solteras o viudas solventes a las que Raymond conquistaba para deshacerse posteriormente de ellas.
La película rehúye cualquier tentación de romanticismo para sumergirse en una historia donde el amor, lejos de redimir, se convierte en catalizador de la violencia. Rodada en un extasiante blanco y negro que nos remite tanto al documental como a la pureza del cine negro, Kastle crea un relato seco que potencia la sensación de realismo. No hay estilización, la puesta en escena es funcional, como si el director quisiera eliminar cualquier barrera estética entre el espectador y los hechos narrados. Esta crudeza formal se ve reforzada por el uso de la música clásica con piezas de Gustav Mahler que introduce un contraste perturbador entre la sublimación emocional y la sordidez de lo que se muestra.
El verdadero núcleo de la función reside en la relación entre sus protagonistas conocidos como “los asesinos de los corazones solitarios”. Raymond, es un estafador anodino, un seductor de medio pelo cuya seguridad tiene más de impostura que de realidad. Martha, en cambio, emerge como una figura mucho más compleja y aterradora: vulnerable, deseosa de afecto, pero también impulsiva, celosa y profundamente posesiva. La dinámica entre ambos evoluciona desde una alianza oportunista hasta convertirse en una dependencia enfermiza donde los celos y la frustración derivan en una violencia cada vez más adictiva e inevitable. Es en ese retrato donde la película encuentra su mejor hallazgo: el retrato de seres humanos patéticos, casi marginales, dominados por impulsos primarios.
A diferencia de otras aproximaciones al true crime, Los asesinos de la luna de miel evita cualquier atisbo de glamour. Los crímenes son torpes, desagradables, casi banales en su ejecución, lo que los hace aún más turbadores. Kastle parece sugerir que el horror no necesita ni espectacularidad ni artificio, pues conmociona más la proximidad, la fisicidad vulgar, sórdida, tangible. He visto varias películas inspiradas en las andanzas criminales de esta pareja de asesinos y, junto a la película de Kastle, tanto Profundo Carmesí (Arturo Ripstein, 1996), como Alleluia (Fabrice du Welz, 2014) también son magníficas, siendo Corazones solitarios (Todd Robinson, 2006), la que menos me ha convencido.
Finalmente, La película funciona como un
estudio descarnado de la soledad, la manipulación emocional y la necesidad de
afecto llevada a un extremo casi obsceno. Su frialdad narrativa puede resultar
distante, aunque en mi opinión ahí reside su atractivo, pues obliga al
espectador a enfrentarse a lo que se muestra sin filtros ni consuelo. Alabada
por Martin Scorsese, estamos ante una obra áspera, angustiosa a la vez que
honesta, que deja poso mucho tiempo después de su visionado.












No hay comentarios:
Publicar un comentario