viernes, 27 de marzo de 2026

CRÍTICA: "AMARGA NAVIDAD" (Pedro Almodóvar, 2026)

 

Absurda autocomplacencia

“AMARGA NAVIDAD”  ê

DIRECTOR: Pedro Almodóvar.

INTÉRPRETES: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Patrick Criado, Victoria Luengo, Milena Smith, Quim Gutiérrez.

GÉNERO: Drama / DURACIÓN: 111 minutos / PAÍS: España / AÑO: 2026

 

    Pedro Almodóvar se ha vuelto tan trascendente y críptico que no hay quién coño le entienda, y mucho menos a algunos críticos de sus películas. Lean, por ejemplo, a Luis Martínez del periódico El Mundo que ha calificado esta última película del director manchego de “obra maestra” y en su texto sólo hace que decir chorradas inextricables sobre la película y los espejos como recurso metafórico. Almodóvar, que vive alejado de la realidad de la calle en su aséptica burbuja con muebles de diseño y colores chillones para dar luz a su vejez y adornar su soledad, acaba de estrenar Amarga Navidad. En teoría, su película número 24. En la práctica, es más bien una experiencia antropológica: observar hasta qué punto un director consagrado puede recrearse en sus obsesiones y manías con la creencia de que esto interesará al espectador.

    Aquí no hay historia, sólo excusas para repetir tics de auteur que en otro tiempo fueron estilo y que en sus últimas películas son autoparodia. Los personajes no hablan, declaman, como si cada frase estuviera desesperada por ser impresa en un marcapáginas. Y todo envuelto en un envoltorio visual carísimo e impecable, recreado más para resultar bonito que para ser creíble. El drama, que debería resultar lacerante, se queda en un mero simulacro. Cada conflicto se siente impostado, cada recurso narrativo y visual parece diseñado para reafirmar la marca registrada del director: colores saturados, mujeres al borde de un ataque borde y una sensación constante de déjà vu creativo.

  La historia sigue a Elsa (Bárbara Lennie), una directora de publicidad cuya madre muere durante un largo puente del mes de diciembre. Encuentra refugio en el trabajo sin darse cuenta de que no se concede tiempo para guardar duelo por el fallecimiento de su madre. Hasta que una crisis de pánico la obliga a detenerse y tomarse un descanso. Su pareja, Bonifacio (Patrick Criado) un bombero stripper, es su tabla de salvación en esos momentos de crisis. Elsa decide viajar a la isla de Lanzarote acompañada de su amiga Patricia (Victoria Luengo), mientras que Bonifacio se queda en la ciudad. La historia de estos tres personajes se narra paralela a la del guionista y director de cine Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia), alter ego del director  que vampiriza las historias vitales de quienes le rodean, entremezclando ficción y realidad.

    Y aquí nos detenemos en la palabra autoficción, que suena muy profunda, moderna e incluso atrevida, pero que funciona más como coartada que como propuesta. Si la idea estuviera bien desarrollada, la autoficción (género híbrido en donde el autor, narrador y protagonista son la misma persona, mezclando hechos reales de su vida con otros de ficción), tiene algo de desnudez real, de incómoda honestidad, de estar hurgando en una herida propia sin saber muy bien qué va a salir, pues algunos autores convierten su vida en material narrativo y salen perdiendo en el proceso. En estos casos, salta a la superficie una punzante verdad.

     En Amarga Navidad, en cambio, la autoficción parece un decorado más. No hay riesgo, no hay contradicción, ni siquiera una grotesca fealdad.  Es como si Pedro Almodóvar jugara a representarse a sí mismo… pero en versión idealizada, estilizada, perfectamente iluminada. No nos dice “esto soy yo”, sino “esto es lo que quiero que pienses que soy”.

   Y es ahí donde encontramos la mayor impostura. Todo parece confesional, pero nada se siente como una confesión. La película parece decirte “esto es muy personal”, mientras con la mano coloca el foco y el atrezo para que resulte cool. No hay desgarro, sólo pose. No hay vulnerabilidad, sólo control absoluto. La autoficción cuando funciona tiene algo de suicidio creativo. Aquí, en cambio, es puro narcisismo sin fugas ni grietas.

    Por supuesto, está el ritmo. Mejor dicho, la ausencia de él. Escenas que se alargan hasta lo exasperante, silencios nada sugerentes y una narrativa que parece perderse en su propio laberinto trascendental. Lo más frustrante no es que estemos ante una mala película -eso pasa a veces-, lo peor es que resulta autocomplaciente. Una obra con diálogos inverosímiles, personajes abatidos muy pagados de sí mismos y un director situado en una zona de confort tan acolchada que cualquier atisbo de frescura o espontaneidad queda opacado por una coartada metacinematográfica con ese toque de complejidad que tanto gusta a los críticos pedantes.



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