Como apasionado cinéfilo y estudioso de
este maravilloso y centenario invento llamado cine, nunca he llegado a
comprender algunos fenómenos. El éxito de la saga Fast & Furious se
escapa a mis menguadas entendederas: guiones patéticos, acción inverosímil,
actuaciones mediocres y diálogos que son una sucesión de chistes malos y frases
tan lapidarias como obtusas. La buena noticia es que todo lo que chirría para
el buen gusto de los amantes del cine, es en demasiadas ocasiones un bombazo para la taquilla. Y esto siempre es un balón de oxígeno para el
negocio.
Fast & Furious 8 nos
presenta a Dom y Letty (Vin Diesel y Michelle Rodríguez)
disfrutando en cuba de su luna de miel. Todo parece normal, pero cuando una
misteriosa mujer, Cipher (Charlize
Theron) convence a Dom para que regrese al mundo del crimen, lo que le convierte
en un traidor para su grupo, que tendrán que averiguar qué está pasando. Así,
desde las costas de Cuba y las calles de Nueva York hasta el paisaje helado del
océano Ártico, la familia de Dominic Toretto recorrerá el globo para impedir
que una organización terrorista desencadene el caos en el mundo, y de paso,
traer de vuelta al hombre que hizo de ellos una familia.
Seamos serios: una película, y da igual
si dentro del cine de terror, ciencia ficción o de acción, tiene que resultar
mínimamente creíble para que tenga algún sentido. Pero precisamente esto es lo
que menos importa en este tipo de artefactos, pues cuanto más estrafalaria e hiperbólica sea la aventura y más exagerada
la acción más le gusta a sus incondicionales. Como no me encuentro entre los
espectadores que no quieren gastar ni una sola neurona en ver cine, escenas
patadecabras como la de la primera carrera en La Habana, la del caos que forman
cientos de coches hackeados o la lluvia de automóviles desde lo alto de los
edificios, sólo me provocan estupor y sonrojo.
F.
Gary Gray, firmante de uno de los mejores títulos de acción de los 90, Negociador
(1998), y de la excelente Un ciudadano ejemplar (2009),
recluta a Kurt Russell, Helen Mirren y Charlize Theron para dar un poco de
lustre al invento, pero todo resulta obscenamente ridículo, hueco y arbitrario,
como un huevo Kinder caducado y sin sorpresa. Dwayne Johnson a Jason Statham: “De
una hostia te cambio el signo del zodiaco”. Frases así, cargadas de
testosterona y chulería, y secuencias indigestas por excesivas como la del bebé
y la del submarino, hablan por sí solas del tono autoparódico de la función cuya poción mágica reside en repartir estopa, destrozar coches y liquidar villanos que no asustarían ni a las monjas de un convento de clausura. Por cierto, Elena
(Elsa Pataky) es ejecutada/sacrificada y al final a nadie parece importarle. Un
fiasco.
La ópera prima del director francés Christophe Deroo parece que no ha
convencido a demasiada gente. No obstante, y teniendo en cuenta que ha sido
rodada en 12 días en unas condiciones precarias y con un presupuesto mísero, a
mí me ha parecido una obra digna que podemos entender como un homenaje al cine
setentero y ochentero de John Carpenter, David Lynch y, sobre todo, a la
magistral El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1973) que a
pesar de ser concebida para la televisión se estrenó en muchos cines.
La acción nos sitúa en un caluroso y
atemporal día en el Desierto de Mojave (California). Una luz roja potente
ilumina el cielo. Mientras tanto, Sam
(Rusty Joiner) un agente comercial cuarentón, transita con su coche por una
carretera que cruza los parajes desolados en busca de clientes. El terreno es inhóspito
y su esposa no responde a sus llamadas. Para colmo, su coche se avería, por lo
que Sam se convierte en prisionero de un ambiente hostil y fantasmal. Solo y
sin poder contactar, comienza a caminar hasta llegar a un hotel. En la radio
escucha un programa de entrevistas. Es entonces cuando descubre que un asesino
pedófilo va dejando un reguero de cadáveres por el lugar. A su vez, empieza a
recibir mensajes amenazadores en su busca. De repente, todo el mundo le
persigue y quiere liquidarlo. Sam no sólo tiene que sobrevivir al árido y bochornoso
ambiente, también a la implacable caza que se ha iniciado contra él.
Presentada en el pasado Festival de
Sitges en la sección oficial de largometrajes y estrenada en Francia con el
título de Némesis, estamos ante uno de esos relatos que generan
reacciones extremas entre los aficionados al género, pero está claro que, entre
los que la amen u odien, a nadie dejará indiferente. Y no precisamente por su
carga de violencia ni sus destellos de imaginería, sino porque muchos
espectadores se preguntarán por el sentido último que esconde la trama y la
atmósfera paranoica que envuelve la función. Para disfrutar de Sam
Was Here hay que olvidarse de todo esto y centrarse en la acción, en la
progresiva angustia que se va apoderando del protagonista, convertido sin motivos aparentes en presa de unos lugareños enmascarados y víctima de una especie de
conjura sin saber a qué intereses responde.
Sólo así se podrá saborear un film en el
que Rusty Joiner realiza un gran tourdeforcé rodeado de un clima opresivo y un suspense que irá in
crescendo al tiempo que su vida se ve amenazada. Con una eficaz música
electrónica a cargo de Christine (homenaje a Carpenter), que pone énfasis a la
atmósfera psicotrónica y kafkiana que se ve asistida por el polvoriento y
desolador paisaje que crea en el protagonista una insoportable angustia emocional
y el vacío desgarrador que supone el no poder contactar con su familia, pero
que está constantemente presente con la visión de ese gran oso de peluche que
ha comprado para regalárselo a su hija el día de su cumpleaños. Nuestro héroe,
que parece salido de un episodio de Dimensióndesconocida, se verá abocado a un
final horroroso de resonancia hitchcocknina, un final en el que un extraño locutor
de radio asoma como el cerebro detrás de la infernal trama. Será su adiós a un
mundo desquiciado y sus inextricables avatares.
INTÉRPRETES: BRAD PITT, CATE BLANCHETT,
ADRIANA BARRAZA, GAEL GARCÍA BERNAL, RINKO KIKUCHI, KOJI YAKUSHO, ELLE FANNING,
NATHAN GAMBLE. GÉNERO: DRAMA/ EE.UU./ 2006. DURACIÓN: 142
MINUTOS.
1 Tal vez la verdad sólo se encuentre ya en el tañido
melancólico de esa campana que reúne rezos y monsergas, en la blanca desnudez
de mi amada musa que no esconde el placer ni los lamentos, en los ojos sin luz
divina de los que sufren. Tal vez, como escribió el poeta, todo lo que no es
música se confunde con el silencio... y uno intenta inútilmente alejarse de un
mundo con síntomas que apuntan a una inminente extinción, donde ser viejo no
dignifica porque resulta horrible y humillante, un mundo que ha convertido las
fronteras en enormes cuchillos amenazantes que señalan la imagen vívida de la
esperanza que sangra, que te vende perfumes asegurándote -prácticamente ante
notario- que con unas gotitas de esa sutil fragancia en tu cuello follarás
mucho y variado, un mundo donde la estupidez es la primera causa de mortalidad.
Yo busco mi instante de grandeza en el llanto, el amor en la primera mirada,
camino arrastrando una maleta cargada de olvido porque ya sólo me interesa
profundizar en la ausencia y el vacío donde se asienta la vida... y es que el asco abre las primeras alboradas
del nuevo año con la misma sensación de angustia, desolación y hastío.
2 No sé por qué escribo esto, será por el estado de
consternación, la sensación de pesar que me invadió tras visionar la nueva obra
de arte firmada por el mexicano Alejandro GonzálezIñárritu, del
que recuerdo haber escrito la crítica de su ópera prima Amores Perros
(2000) en lo que representó mi primera colaboración para este semanario. Es
imposible no amar este centenario invento llamado Cine tras el visionado de
relatos fílmicos como el que nos ocupa y que cierra la trilogía sobre el amor,
el sufrimiento, la compasión y las coincidencias que inició con el film
anteriormente citado y continuó con la magnífica 21 gramos
(2003). Habrá quien piense que la fórmula está ya muy gastada, pero a mí me
sigue pareciendo una obra perfecta de ingeniería narrativa, cuyo modélico
ensamblaje sigue sorprendiendo aunque se haya convertido en la marca
intransferible de sus responsables, el guionista Guillermo Arriaga y el
propio Iñárritu. Babel es muchas
cosas; con una espléndida puesta en escena recrea con agudeza el tan en boga efecto
mariposa; cumple el papel de balanza de Zeus que marca el peso exacto de
las almas, del dolor absoluto y su inabarcable desconsuelo; sirve como
reflexión sobre la violencia como realidad telúrica que traspasa fronteras,
anida en cualquier parte, disemina el sufrimiento y extiende sus tentáculos
para destruir los jardines de la inocencia; sirve, en fin, como ejercicio
catártico para que los espectadores nos sintamos insignificantes ante la
tragedia o la desgracia, para que lloremos empáticamente enredados en la
inmensa aflicción e impotencia de sus protagonistas, encierra el código mágico,
la hipnosis y el virtuosismo de los dramas más auténticos y universales, te
hace tomar conciencia, lavar impurezas, iniciar una cura de humildad, te deja
desnudo, confundido y herido, como el niño a quien preguntan por su madre y
señala el cielo.
3Babel
nos hace viajar por tres continentes para concluir el lacerante itinerario
sobre la pasión, la pérdida y la compasión presentando tres situaciones
finalmente relacionadas: una pareja acomodada de turistas estadounidense, Richard
y Susan (Brad Pitt y Cate Blanchett) que se encuentran viajando en
autobús por Marruecos cuando dos niños marroquíes disparan hacia el vehículo
con el fusil que acaba de adquirir su padre, una acción que parece accidental y
que termina hiriendo gravemente a Susan. El suceso será tergiversado por la
prensa que lo reviste de atentado terrorista. A miles de kilómetros de allí, en
Japón, una adolescente sordomuda, Chieko (Rinko Kikuchi) sufre la
ausencia de su madre que se suicidó y el desprecio y la indiferencia de su
padre, Yasuhiro (Koji Yakusho) que no la entiende. La joven tiene
problemas para entablar relaciones sexuales y se comporta en público de manera
poco recomendable. Finalmente, al otro lado del mundo, en la frontera entre
México y Estados Unidos, una mujer madura llamada Amelia (Adriana
Barraza) viaja con su sobrino Santiago (Gael García Bernal) camino de
Tijuana para asistir a una boda familiar. Con ellos viajan también dos niños
pequeños, Debbie y Mike (Elle Fanning y Nathan Gamble) que
resultan ser los hijos de Richard y Susan y que Amelia ha cuidado desde que
eran bebés. Obligada ante la imposibilidad de encontrar a alguien de plena
confianza para que los cuide en su ausencia, tomó la decisión de llevarselos
con ella a México, sin sopesar las terribles consecuencias un acto
aparentemente normal.
4 Para la construcción de este artefacto transfronterizo,
de narrativa alterada y discontinua, el director ha empleado diferentes
formatos de película para cada una de las historias (buscando remarcar
visualmente las constantes dramáticas y emocionales) algo que es perceptible pero
que no es lo más interesante de la función, de lo que se trata al fin es de que
todas las piezas del rompecabezas formen un gran mosaico en el que quede
sobredimensionado lo efímero de la felicidad, la imposible redención y una
hiriente letanía del fracaso. Da igual que yo les cuente que ese rifle que
de en mano en mano va... y que hiere a la turista norteamericana es el vínculo
que une el relato japonés con el resto de las historias, porque el rifle es
sólo un símbolo infernal, un icono maldito inmerso en el tráfico de las
fronteras de la globalización, un instrumento precioso que revela nuestro
carácter siniestro y depredador. Iñárritu bucea en nuestro desamparo, en la
incomunicación de un cosmos que ha multiplicado la paranoia y la psicosis de la
Guerra Fría, el hombre dejará de existir como paisaje urbano ante la
inseguridad de verse abocado al abismo de un terror cotidiano, el rifle es el
tótem que fusiona lenguas y culturas, un legado de poder que siembra el odio y
la destrucción, allí donde puede que sólo quede ya soledad, miseria y
alienación.
Ha bastado sacar a dos turistas occidentales económicamente
solventes de su medio urbano natural, colocarles en esa nada virtual llamada
Tercer Mundo, para que todos sus sueños solidarios, su romanticismo de diseño,
su ingenua e ilusa moral, sus moderneces y afanes aventureros salten en
pedazos, y el film resulta muy eficaz en ese sentido, al mostrar que el
fantasma de la globalización no ha hecho sino ahondar en la neurosis, la
desconfianza y remarcar las diferencias. Todo el elenco está magnífico -sobre
todo en los momentos de mayor dolor, como ese magistral Brad Pitt realizando la
estremecedora llamada final- y el gran director de actores que tienen detrás de
la cámara les sacude con sadismo, sacando de ellos el desgarro y la
desesperación que proyecta la anomia, el malestar y el pesimismo de un hábitat
en proceso de demolición.
No sabía nada de este director mexicano que
debutó en el año 2007 con Partes usadas, un drama adolescente sobre la amistad
y con la inmigración como trasfondo. Sin embargo, cuando llegó hasta mi su
nuevo y hasta la fecha último trabajo no me sentí decepcionado, porque Las
horas muertas, que parte de un guión del mismo director, nos muestra de manera
bifocal una realidad social dentro de un país tan peculiar como México y a la
vez nos sumerge en una historia intimista recreando una magnética atmósfera.
La historia sigue a Sebastián (Kristyan Ferrer) un
adolescente de 17 años que se ocupa solo de administar un motel en la desolada
costa de Veracruz. Miranda (Adriana
Paz) es una mujer que le dobla la edad y que tiene encuentros ocasionales en el
motel con Mario (Sergio Lasgón) su
amante. Pero Mario siempre llega tarde a los encuentros amorosos, por lo que
Miranda tiene que esperarle. Durante esas horas muertas, Miranda y Sebastián se
van a conocer y poco a poco van intimando a pesar de que los dos saben que lo
suyo es una historia pasajera.
Sebastián se encarga del cuidado del
motel porque su tío está enfermo y pendiente exámenes médicos, pero si al
principio el trabajo le podía ofrecer alguna motivación, poco a poco la abulia
y la monotonía se van apoderando de sus días en el motel. Miranda, una agente
inmobiliaria insatisfecha con su trabajo puede representar un punto de
inflexión en su vida, pero también en la de ella, cuyos encuentros sexuales con
Mario son cada vez más rutinarios y distantes. Aaron Fernández explora esas dos vidas que confluyen en un apartado
motel donde las horas se hacen eternas, el atisbo de ilusión de un amor que se
nos antoja imposible debido a los prejuicios sociales y a la mala conciencia
por la castrante educación recibida; así la historia de amor de Sebastián y
Miranda está coronada por un halo tan especial como efímero.
Ni que decir tiene que la belleza
inmarcesible de Adriana Paz brilla como el reflejo de la luna en un lago, como el fulgor extasiante de una estrella Sirio. Pero también Kristyan Ferrer se
desenvuelve bien en un relato que bucea por las emociones y los estados de
ánimo de los personajes. Y es que Aaron Fernández hace uso de larguísimos
planos y dilatados silencios para capturar la lentitud del tiempo en un lugar
que parece fuera de la órbita terrenal, y hacernos vivir la vertiente más
enternecedora del sexo que no siempre sigue una lógica interna. Un film digno
con una muy estudiada narrativa.
Tower es una interesante película
documental que fusiona imágenes reales con imágenes animadas para situarnos
justo el día 1 de agosto de 1966. Ese caluroso día, Charles Whitman, un ex marine de 25 años, mató a 15 personas e
hirió a otras tantas en el campus de la Universidad de Texas en Austin. Pertrechado
en el mirador de la famosa Torre del Reloj del centro universitario y armado con
un arsenal, disparó indiscriminadamente con un rifle de precisión a todas las
personas que asomaban por la mira telescópica. Previamente había asesinado a su
madre y a su esposa (para que, según él, no sintieran vergüenza ante lo que iba
a hacer), así como a tres personas dentro de la torre. Algunos de los heridos
murieron posteriormente y Whitman fue abatido por los agentes de policía Ramiro
Martínez y Houston McCoy.
El mensaje se repetía insistentemente en
los medios de comunicación de Austin ese 1 de agosto de 1966: “Aléjense de la
zona universitaria, hay un francotirador en la torre y está disparando”. El sitio
del campus de la University of Texas duró 96 minutos, lo mismo que esta
magnífica película dirigida por Keith Maitland, que poniendo en práctica una
fascinante técnica que combina imágenes de archivo del suceso con la animación,
nos acerca a la reconstrucción de una tragedia que ha quedado reflejada en la
historia como el primer tiroteo masivo en un centro educacional. Luego,
desgraciadamente, vinieron muchos otros.
Tower cuenta con un
prodigioso montaje para desarrollar una técnica visual y narrativa innovadora
que Maitland desarrolla con excelencia para ofrecer diferentes perspectivas y
puntos de vista sobre aquel infernal tiroteo perpetrado por Whitman (un tipo
blanco, rubio y de clase media), que escupía muerte con su rifle mientras el
calor derretía el asfalto. Utilizando como banda sonora grandes éxitos de la
época e intercalando entrevistas con los supervivientes de la matanza y los
héroes que jugándose la vida ayudaron a algunas víctimas heridas tendidas en el
suelo del campus (como la joven embarazada de ocho meses Claire Wilson, cuyo
feto murió y que quedó tendida junto a su novio muerto) el film nos ofrece un
enfoque humanista, y lo hace con dignidad y precisión, sin mencionar al autor
de la masacre ni contarnos nada sobre su vida.
Si lo hubiera hecho, sabríamos que
Charles Whitman tenía un tumor cerebral aunque él lo ignoraba, pero que algunos
exámenes médicos señalaron como maligno y situaron en la zona emocional del
cerebro. Seguramente el tumor le hubiera matado en poco tiempo y no sabemos qué
hubiera ocurrido si se le hubiera diagnosticado antes… pero esa es otra historia.
La animación rotoscópica es muy realista, tanto que nos acercan a los
personajes con la edad que tenían entonces, su estado de ánimo, sus
sentimientos e ilusiones. Y es que algunos de los personajes reales están ahí
para evocar aquél día aciago que, aunque distante, ha dejado una huella
indeleble en todos lo que sobrevivieron o estuvieron allí para narrar el
inmenso drama que se vivió.
Claire Wilson es el alma de la función,
pero en el suceso tuvieron un papel preponderante otros personajes: un
adolescente repartidor de periódicos que fue alcanzado por una bala, dos
policías, una joven que se acercó hasta Claire y se quedó tendida junto a ella
en el suelo del campus, un dependiente de unos grandes almacenes que subió a la
torre con los policías, un estudiante de 21 años que junto a un amigo ayudó a
Claire y un locutor de radio que narraba y advertía de cómo se iban
desarrollando los acontecimientos. Después del terrible episodio, todos los involucrados
perdieron el contacto, eran otros tiempos, pero la herida sigue abierta hoy, y
Tower sólo puede servir de catarsis y desahogo… de consuelo purificador que
hace aflorar las lágrimas al rememorar la estancia en un infierno sobrevenido
en un ya lejano día de verano. Una película espléndida.