domingo, 12 de enero de 2014

CRÍTICA DE: "EL LOBO DE WALL STREET"

Mesura, Scorsese, mesura
EL LOBO DE WALL STREET êêê
DIRECTOR: MARTIN SCORSESE.
INTÉRPRETES: LEONARDO DICAPRIO, JONAH HILL, KYLE CHANDLER, MATTHEW MCCONAUGHEY, MARGOT ROBBIE, JEAN DUJARDIN.
GÉNERO: COMEDIA / EE. UU. / 2013  DURACIÓN: 179 MINUTOS.   

      Este cronista esperaba más de la nueva apuesta de Martin Scorsese, y un análisis juicioso nos indica que sus mejores tiempos pasaron a la historia y que va a ser muy difícil que nos entregue otra obra magna a la altura de sus incontestables obras maestras. El eterno idilio del director italoamericano con el actor Leonardo DiCaprio nos otorga una nueva muestra con una narración que está basada en el libro autobiográfico del protagonista de la función, Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) un joven ambicioso de 24 años al que su obsesión por el dinero le lleva a convertirse en un destacado bróker de Wall Street. Está dispuesto a todo para enriquecerse, algo que le enseñará su mentor, Mark Hanna (Matthew McCounaghey), que le instruye en el objetivo de hacerse rico aunque se perjudique al cliente, por lo que hay que aprovechar las oportunidades que te ofrece la vida, o lo que entienden ellos por eso: ponerse de drogas hasta las trancas, follar con las prostitutas más caras y permitirse cualquier capricho. Bueno esto será así hasta que un crack bursátil los ponga a los dos de patitas en la calle.


      Desesperado, Belfort comienza a trabajar en una destartalada oficina situada en Long Island desde donde venderá por centavos acciones de empresa sin ningún respaldo mediante promesas que hacen picar a muchos incautos de clase humilde. Lo bueno es  que las comisiones son altas y el 50% de cada venta se lo embolsa el agente. Poniendo en práctica todo lo que ha aprendido en Wall Street, se convierte en el líder de la nueva empresa y poco después pone en marcha su propia compañía, Stratton Oakmont. Para ello contrata a una cuerda de palurdos a los que enseña las técnicas de ventas y que resultan ser tan eficaces como él. Un día conoce en un bar a otro tipo con sus mismas ambiciones, Donnie Azoff (Jonah Hill), y se lo lleva a trabajar con él. No tendrán que esperar mucho para ver como el dinero entra a espuertas, y Belfort compartirá los beneficios con sus mil empleados, con los que organizará las más depravadas bacanales en la lujosa oficina que ha montado en Long Island: enanos que son arrojados contra una diana, un chimpancé que se pasea en patines, tanta cocaína que la oficina parece una fábrica de harina y prostitutas que comparten todos los trabajadores. A todo esto, Belfort se ha divorciado de su esposa y ha encontrado otro artículo de lujo para su colección en la preciosa Naomi (Margot Robbie). Sin embargo. Belfort siente en su cuello desde hace tiempo el aliento del agente del FBI Patrick Denham (Kyle Chandler), que no parará hasta ver que Belfort da con sus huesos en la cárcel.  


      EL LOBO DE WALL STREET no es una película despreciable, tampoco, créanme, una cinta memorable. Típica historia de ascensión y caída de la que tantos ejemplos nos  ha regalado el cine estadounidense en esa manida búsqueda del sueño americano con su épica del triunfo y la redención final. Es ahí donde precisamente reside uno de sus mayores defectos: la sensación de déjà vu, de aportar muy pocos elementos novedosos más allá –como mayor aliciente- del talento de Scorsese para rodar películas y convertir historias mil veces vistas en experiencias frenéticas y espídicas que le dejan a uno sin aliento. Una radiografía estroboscópica que pone en escena a unos tipos, agentes de bolsa, con una carencia absoluta de moral y que salvo en la ausencia de derramamientos de sangre, poco se diferencian de los gánsgteres, y que igualmente roban el dinero a los pobres aprovechándose de su ignorancia. Asquea la petulancia y falta de escrúpulos de estos brokers, representantes genuinos del más voraz e insaciable capitalismo, sus fraudulentas técnicas de venta, que conscientemente les convierte en vendedores de humo inmunes a las tragedias de todos aquellos a los que estafan. Sólo les importa su avaricia que atiende a su interés personal, sus sucios tejemanejes que les procuran un insultante lujo asiático, saben que el dinero es poder, y nada mejor para celebrarlo que un explosivo cóctel de sexo y drogas. Si Scorsese pretendía un retrato fiel de las vivencias reales de Belfort, le traiciona su vena manierista e hiperbólica sin cambiar nunca de marcha, una montaña rusa que produce un efecto de incredulidad en el espectador y pone énfasis en los tics de autocomplacencia tan característicos del director en los últimos tiempos.


        Eso sin contar con la duración excesiva de un film que, para lo que cuenta, luciría mejor con la mitad de su metraje, pero claro, Scorsese contagiado por la retahíla de pantagruélicos excesos de los protagonistas se muestra muy reiterativo sin tener en cuenta lo que el padre de Belfort dice a su hijo “los excesos acaban pasando factura”. Tanto Leonardo DiCaprio como Jonah Hill cumple de manera delirante con las exigencias del director hasta producir en la platea un empacho importante, aunque es justo señalar esa secuencia en que las pastillas de Quaalude caducadas retardan el efecto que aparece justo cuando Belfort se encuentra en el Country Club hablando con su abogado, y se las tiene que apañar sin que se le entienda lo que dice ni le respondan las piernas para llegar hasta al coche y conducir hasta su casa. La mejor escena para mí del film y en la que se puede apreciar la maestría de Scorsese para la planificación, las florituras y recursos formales.



      EL LOBO DE WALL STREET no descubre la pólvora, y hay quien ya teme la deriva del director hacia la orgia visual de Baz Luhrmann, ese barroquismo indigesto que te zarandea y te deja exhausto recabando muy poca sustancia. Se hablará del enfoque sexista que se da del modelo de mujer que nos presenta, que tiene que ser guapa como condición indispensable para tener éxito, a diferencia de esa galería de paletos que DiCaprio reúne, que les basta con tener un poco de ambición para medrar a su antojo. Claro que todo está milimétricamente calculado, y ahí reside la denuncia del film, de la abundancia de putas y cocaína como fulgurante trasfondo de Wall Street, que convierte la nueva apuesta del director en la más atrevida y desfasada de su ya larga carrera. También en la más grandilocuente, artificial e histriónica. Scorsese cae en su propia trampa, como el cazador al que devora el fuego que había iniciado para ahuyentar a los lobos.  

viernes, 10 de enero de 2014

"JEUNE ET JOLIE", LA ÚLTIMA PEQUEÑA JOYA DE OZON


      La verdad, querido lector, es que cuando a François Ozon le salen bien las cosas demuestra tener un talento innegable, y parece estar en racha pues tras la sensible y magnética En la casa (2012), con aquella fascinante relación entre un profesor y un inquietante e inteligente alumno, que hizo que nos olvidáramos de de la irregular Potiche (2011), nos presenta ahora un poderoso drama que tiene como principal protagonista a Isabelle (Marine Vacth), una joven de 17 años perteneciente a una familia adinerada que aparentemente tiene el mundo a sus pies. Pero que un viaje de autodescubrimiento sexual le arrastrará a una doble vida: estudiante de día y prostituta de noche. Una historia narrada a través de cuatro estaciones y cuatro canciones.
     

      Tomada como un vaporoso y rendido homenaje a Belle de jour (Luis Buñuel, 1967), JEUNE ET JOLIE es una película muy francesa, con ese punto transgresión que tienen muchos films del país vecino a la hora de abordar el tema de la sexualidad, sus peligros, confines y extrañezas. El argumento no es muy original ni tiene gran interés, aun así resultará incomodo , sobre todo para esas mentalidades mojigatas que ponen el grito en el cielo cuando una película muestra alguna escena sexual más o menos explícita en la que esté involucrado algún menor, aunque en este caso la protagonista (una turbadora y preciosa MarineVacth) tenga 17 años, cierto que esa puede ser la razón de que la cinta no se muestre más incisiva en su vertiente transgresora.



      François Ozon no indaga demasiado en las razones por las que Isabelle decide prostituirse (¿para experimentar? ¿Por la sensación de poder? ¿Morbosidad? Nunca por dinero) tras una primera experiencia sexual frustrante con un chico alemán en la playa, al cineasta sólo le interesa ilustrar la drástica determinación como un señal extrema de rebeldía ante la hipocresía y mediocridad de esa clase media alta, aunque el realizador nunca juzga los comportamientos.


      Tampoco el de Isabelle, a la que nos encontramos de veraneo en la casa familiar junto a la playa, momento que sirve  para plasmar su primer e insatisfactorio encuentro sexual, un despertar que en otoño le conducirá por los pasillos y estancias de los hoteles de lujo como chica de compañía, hasta que en el invierno y debido a un hecho trágico, quede al descubierto su inconfesable secreto. La diremos adiós en primavera, cuando sin arrepentimiento parece haber saciado su íntima curiosidad. Queda apuntado, Isabelle no necesita el dinero, pero es consciente de su poder, no necesita prostituirse para mantener relaciones sexuales porque su belleza es el objeto del deseo de muchos hombres, y sobre todo, no necesita dar explicaciones porque su personalidad libérrima la hace tan impenetrable como los misterios del alma. Ningún cineasta conoce mejor a las mujeres que François Ozon.

      

lunes, 6 de enero de 2014

LAS MEJORES PELÍCULAS DE 2013


     En una selección que limita a diez el número de películas seleccionables resulta ineludible que alguna que otra obra excelsa se quede fuera (Stark Trek: En la oscuridad, El Consejero, las aún por estrenar La gran estafa americana y El Lobo de Wall Street, etc.), por lo que no están todas las que son pero estoy seguro de que son todas las que están. Se preguntarán mis lectores por la extraña ausencia de una mínima representación española en la lista, pero considero que la cosecha del pasado año referente al cine patrio no ha arrojado ni una sola propuesta que me haya convencido (ni La Herida ni Caníbal, en donde tenía puestas mis mayores expectativas, lograron finalmente cautivarme).


      Había que decidirse y esta es mi lista, pero como ya sabemos que los gustos son como el culo; todos tenemos uno, la lista que presento se presta a la crítica e incluso al acoso y derribo, algo que no sólo no me molesta sino que me parece higiénico y democrático, aunque ello no me haga variar un ápice mi opinión. He incluido algún film que todavía no se ha estrenado en nuestro país pero que como producción y estreno en otros países pertenece a 2013, una acción factible cuando somos conscientes de que algunos estrenos llegan con mucho retraso a nuestro país y en demasiadas ocasiones ni se estrenan.  Espero, sinceramente, que el presente ejercicio le sirva al aficionado de referencia.


1-LA VIDA DE ADÉLE  (Abdellatif Kechiche)
Para este cronista, estamos ante la mejor película sobre el deseo y el amor que se ha rodado hasta la fecha. El director tunecino Abdellatif Kechiche, afincado en Francia (país donde verdaderamente saben apreciar la dimensión en el cine del amor y el erotismo) necesita casi tres horas de metraje para sumergirnos en el despertar sentimental y sexual de una adolescente como jamás habíamos visto, un amor tan veraz, sentido, transparente, humano y libre que es imposible que el espectador no se sienta conmocionado. 


2- 12 AÑOS DE ESCLAVITUD (Steve McQueen)
Estamos, amigo lector ante una obra cumbre, un clásico que perdurará en el tiempo, una obra maestra incontestable que ruge como un volcán de sangre inocente, un ejercicio de angustiosa revisión histórica que debería ser proyectado en todos los institutos y universidades por dos motivos fundamentales: su punzante, brillante y dramático carácter de documento que actúa como un martillo pilón sobre la conciencia colectiva; y por la impagable recuperación de un personaje para la historia, Solomon Northup, al que da oxígeno y auxilio un pluscuamperfecto Chiwetel Ejiofor, un  hombre que aun en la humillación y la tortura no pierde nunca la determinación y sus ansias de libertad para volver con su familia.


3-EXPEDIENTE WARREN: THE CONJURING (James Wan)
Filmada a la vieja usanza con sofisticación y un depurado estilo, la función nunca abusa de los trucos y sustos fáciles, desarrollando una trama mínima que encuentra el cóctel perfecto en los fenómenos poltergeist, las posesiones y las casas encantadas, el halo visible de una intensa y desgarradora dramaturgia, y a través de esos ingredientes redefinir los acontecimientos violentos de origen sobrenatural que amenazan y acaban dinamitando la paz de una familia de manera progresiva y escalofriante.


4- GRAVITY (Alfonso Cuarón)
GRAVITY es una experiencia sensitiva arrebatadora e innovadora, una maravilla visual narrada con gran pericia técnica y un control exquisito de las emociones, excitación y estremecimiento ante la trágica certeza de que ese ciego, abisal vagabundeo al que está expuesta nuestra principal heroína sólo puede tener un destino fatal. Jamás la soledad fue tan sinuosa en la desventura, tan tétricamente bella en su marcada y lacerante profundidad, en su electrizante y desnuda crueldad.



5- JAGTEN/LA CAZA (Thomas Vinterberg)
Cualquiera puede ser detenido por una mentira o una denuncia falsa y todo el mundo es culpable hasta que no se demuestra lo contrario, de ahí la importancia de un film que puede ser tomado como un oportuno documento social (está inspirado en hechos reales) y la valentía de un cineasta que clausura la cinta con un disparo que roza la cabeza de Lucas, una advertencia de que la caza nunca cesa. 


6- STOKER (Park Chan-wook)
Sangre y sexo como evocación freudiana de Eros y Tánatos, la vida y la muerte, subliminando una estética entre el gótico y el camp que eleva a poesía visual cada plano, las medidas transiciones (una cabellera que funde su textura con la hierba de una pradera), los encuadres y el juego de sombras, luces y colores de una fotografía impecable. STOKER es un magnífico film que se adentra en el terreno del thriller psicológico buscando el sustrato ideal para sembrar las semillas de las flores del Mal, que germinarán vigorosas en un microclima favorable.


7- PRISIONEROS (Denis Villeneuve)
PRISIONEROS es thriller denso, complejo y envolvente que comienza con una inquietante escena de cacería en la que oímos a Keller (Hugh Jackman) rezar un padrenuestro mientras su hijo mayor tiene en el punto de mira a un hermoso ciervo. El mantra cristiano se nos antoja fundamental en la tenebrosa deriva de Keller de ángel a demonio, un pulso a un Dios que le guiará por sus más tortuosos renglones torcidos.


8- SPRING BREAKERS (Harmony Korine)
La espléndida banda sonora a cargo de Clift Martínez y Skrillex pone énfasis a un ejercicio de estilo que nos deja momentos memorables, como ese espectacular plano secuencia del atraco, aunque tal vez no se entienda que su estética de videoclip, el abuso del slow motion, los impenitentes flash backs y su caótico montaje, son efectos buscados por el director para hacer más indigesto el explosivo cóctel que mantiene en éxtasis a esta generación perdida, el culto y el mantra (“spring brakers siempre, zorras”) que proyecta el nihilismo existencial y autodestructivo de estas jóvenes en bikini en un fondo hortera de neones y colores chillones. Son las tinieblas en versión naïf del “gran sueño americano” representadas con taimada exactitud, un cuento ácido sobre la modernidad más voluble, el placer sintetizado en la pasión por las bagatelas y el vértigo del abismo. Un film excelente.


9- FRUITVALE STATION (Ryan Coogler)
FRUITVALE STATION es un espléndido film que nos narra una historia no por repetida menos dolorosa, un suceso de gran trascendencia y enorme peso político-social por el drama que denuncia, y a uno no le queda más remedio que preguntarse ¿a quiénes deben temer más los ciudadanos norteamericanos a los policías o a los delincuentes? La respuesta se presenta fácil: si son negros o hispanos, a la policía. La ópera prima de Ryan Coogler nos muestra a una nueva víctima, otro mártir de un sistema que no se sostiene, un chico negro que no había hecho nada y al que primero insultan, luego golpean y finalmente es asesinado por un policía blanco, Johannes Mehserle, se llama el policía fascistoide, el asqueroso racista con uniforme que puso como excusa que se confundió y cogió su revólver en vez de la pistola Taser, que según su versión era lo que realmente quería emplear.


10- OUT THE FURNACE (Scott Cooper)
Me ha sentado muy bien, a pesar de sus formulismos, el visionado de OUT OF THE FURNACE, film que se eleva como un devoto homenaje al film de Cimino El Cazador, una historia de tono costumbrista que finalmente trenza sus hilos en una venganza anunciada, un largo clímax que transcurre en paralelo mostrando varias acciones determinantes. El último plano nos indica que lo que queda es el tormento, la soledad, las heridas del alma de un ser atrapado en una encrucijada vital y que no encuentra expiación posible para el peso de su conciencia ni la fuerza para escapar del metafórico horno al que alude el título. Cierto que la película no deja el poso indeleble que nos dejó la magistral obra de Cimino, a diferencia de aquella escasean los momentos y secuencias perdurables, pero nos encontramos ante unas excelsas interpretaciones que elevan mucho el tono del relato convirtiendo la función en una película de actores que en todo momento dan el do de pecho desplegando un desbordante sentido emocional derivado de la fuerza inquebrantable de los lazos de sangre.

sábado, 4 de enero de 2014

CRÍTICA DE: "LA GRAN ESTAFA AMERICANA"

Monstruosa lección interpretativa
LA GRAN ESTAFA AMERICANA êêêê
DIRECTOR: DAVID O. RUSSELL.
INTÉRPRETES: CHRISTIAN BALE, AMY ADAMS, BRADLEY COOPER, JEREMY RENNER.
GÉNERO: THRILLER / EE. UU. / 2013  DURACIÓN: 138 MINUTOS.   
ESTRENO EN ESPAÑA: 31 DE ENERO DE 2014

      Aunque el nombre David O. Russell ya era conocido por los aficionados tras haber dirigido Flirteando con el desastre (1996), su nombre comenzó a sonar con fuerza tras el estreno de Tres Reyes (1999), a este cronista el film no le pareció gran cosa, un relato contradictorio en el que su taimado y panfletario patriotismo ahogaba los ecos del alegato antibelicista que pretendía lanzar, y si todavía la recuerdo es gracias al trabajo de su plantel  de protagonistas. Cuando verdaderamente me comencé a tomar en serio al director neoyorquino fue tras el estreno de The Fighter (2010), en donde contando de nuevo con el concurso de Mark Whalberg nos presentó un drama basado en hechos reales sobre unos reporteros de la HBO que están rodando un documental que tiene como protagonista a un ex boxeador (Christian Bale) que en sus buenos tiempos logró incluso tumbar una vez a Sugar Ray Leonard, pero que poco después cayó en el abismo de las drogas e intentaba redimirse ayudando a su hermano (Whalberg) a ser campeón del mundo. Una magnífica película sobre los aciagos senderos del sueño americano, un tema que al parecer le interesa mucho al cineasta. Tampoco resultó nada despreciable la comedia romántica El lado bueno de las cosas (2012), que nos presentaba a una peculiar pareja: un Bradley Cooper que tras abandonar el psiquiátrico por agredir al amante de su mujer se enamora de una chica extraña del barrio, Jennifer Lawrence.


      Basada en hechos reales, LA GRAN ESTAFA AMERICANA, que sitúa la acción a finales de los años 70, es un espléndido thriller político que nos narra la historia de un brillante estafador, Irving Rosenfeld (Christian Bale) que junto a su astuta y seductora compañera, Sydney Prosser (Amy Adams) se ve obligado a trabajar para un tempestuoso agente del FBI, Richie DiMaso (Bradley Cooper). DiMaso les arrastra bajo chantaje al mundo de la política y la mafia de Nueva Jersey, que resulta tan peligroso como atractivo. Carmine Polito (Jeremy Renner) es un apasionado y volátil político local que quiere construir casinos en su ciudad y así crear puestos de trabajo en una zona con un alto índice de desempleo, pero que se verá atrapado entre los estafadores y los agentes federales. La imprevisible y celosa mujer de Rosenfeld, Rosalyn (Jennifer Lawrence) tirará de la manta haciendo que todo se desmorone.


      David O. Russell tiene una confianza ciega en una serie de actores que viene alternando en todos sus trabajos, aquí ha reunido a casi todos esos monstruos de la interpretación (falta Mark Whalberg) para dar forma a una de sus mejores películas. Lo cierto es que esa misma confianza demuestran tener los intérpretes en el realizador, nada extraño si tenemos en cuenta que la mayoría de ellos suelen contar a la hora de realizar las quinielas de los Oscar, un excepcional proceso simbiótico que redunda en la calidad de las producciones, que si llegan a alcanzar tal punto de excelencia es gracias a la labor en la dirección de actores y el valioso esfuerzo de todo el reparto. Porque, no nos engañemos, Russell no es Martin Scorsese, a pesar de la manifiesta influencia del director italoamericano en obras como The Fighter y sobre todo en su nueva apuesta (para más coña por ahí aparece en un cameo Robert De Niro haciendo un papel de... ¡gángster!).
      

    LA GRAN ESTAFA AMERICANA tiene grandes reminiscencias a Casino y también comparte cierta similitud con la premisa del nuevo film de Scorsese, The Wolf of the Wall Street, que se estrenará a finales del presente mes. Sin embargo, aunque sus películas son técnica y artísticamente impecables, les falta la garra y visceralidad del maestro, y si la función resulta a ratos hilarante y siempre inteligente es debido a la osadía y fabulosa caracterización de sus personajes, al perfecto trabajo de ambientación y vestuario que, como es el caso, nos traslada a aquel periodo de loca vanidad que fueron los convulsos años 70 y sus esperpénticos peinados.


        He señalado a Christian Bale como tal vez el mejor actor de su generación, un intérprete camaleónico capaz de adaptar su cuerpo a las más duras exigencias en films como El Maquinista (la extrema delgadez) o como en esta cinta en donde se nos muestra además de hortera muy adiposo, en una caracterización donde vuelve a demostrar su amplio abanico de recursos y jugosos matices (atención a la desternillante escena inicial con el peluquín delante del espejo). Todo el elenco se muestra deslumbrante; Bradley Cooper (y sus bigudíes) como un agente federal con delirios de grandeza; Amy Adams como una artera, sexy y despechugada estafadora (sigan su baile en la disco con Cooper); y una Jennifer Lawrence que se sale, una bomba de relojería nada aconsejable para la dolencia cardiaca de su marido. Pero es que además Jeremy Renner siempre cumple, en esta ocasión en un papel secundario de político que se ve enredado por el impetuoso agente del FBI y la pareja de estafadores en una espiral de engaños que la que nadie parece estar a salvo. 



        Insisto, al buen libreto de Eric Singer y el propio Russell le falta algo más de mordiente, de sustancia, para que su película se convierta en una obra memorable. Me gusta cómo combina el drama y la comedia, los temas musicales están muy bien seleccionados, empatizo rápidamente con esa extravagante pareja de geniales estafadores que sobreviven gracias a su pericia, afinidad y una química especial que les hace salir indemnes de cualquier atolladero. Pero si a toda esa efervescencia que incluye una soberbia puesta en escena, los vertiginosos travellings característicos de su director y una excelente labor de montaje que hace que la acción se desarrolle de forma dinámica, se le hubiera añadido más mala leche, unas gotas de violencia seca, grotesca o desmedida (aprovechando la larga sombra de la mafia aunque ya sabemos que siempre se libra de cualquier marrón), seguro que estaríamos hablando de una obra maestra redonda, total y absoluta. Aun así, se queda muy cerca.

jueves, 2 de enero de 2014

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "LA LEY DE LA CALLE" (RUMBLE FISH)

LA LEY DE LA CALLE
(RUMBLE FISH)
Drama Juvenil - USA, 1983 - 90 Minutos - Blanco y Negro.
DIRECTOR: FRANCIS FORD COPPOLA.
INTÉRPRETES: MICKEY ROURKE, MATT DILLON, VINCENT SPANO, DIANE LANE, DIANA SCARWID, NICOLAS CAGE, DENNIS HOPPER.
   
      Para la factoría de Roger Corman, del que fue ayudante de dirección, Francis Ford Coppola dirigió en 1963 Dementia 13, un film infumable de terror serie Z. Anteriormente había realizado algunos cortos y posteriormente ganaría prestigio como guionista de ¿Arde París?, Reflejos en un ojo dorado y Patton. Sin embargo, es en el año 1969 con Llueve sobre mi corazón cuando empieza a mostrar destellos de su talento y una indudable aptitud técnica. Tras el rotundo fracaso de Corazonada (1981), toda una fantasía romántica de luces y de colores en donde prueba con el cine electrónico, y que de paso le deja sentado en el umbral de la ruina económica, Coppola adapta dos novelas de S. E. Hinton rodadas en el mismo año, Rebeldes (1983) y La ley de la calle (1983), dos cintas que versan sobre un mismo tema: la delincuencia y la lucha entre bandas callejeras, films que sirvieron de trampolín para los integrantes de una nueva generación de jóvenes actores bautizados como “pandilla de mocosos”.
    
      La ley de la calle es una crónica callejera sobre la problemática juvenil, en donde el joven Rusty James (Matt Dillon) anda siempre buscando pelea con otros chicos, añora a su hermano al que todo el mundo conoce como “el chico de la moto” (Mickey Rourke) y que hace tiempo se marchó de la ciudad, un hermano al que idolatra hasta el punto de soñar con ser un día como él. Rusty James recibe una puñalada en el transcurso de una de tantas peleas en las que se ve envuelto, el chico de la moto reaparece en ese momento salvando a su hermano y evitando una tragedia mayor. Hay un policía que vigila todos los movimientos de nuestro héroe, al que considera persona non grata, quizás porque no se fía, tal vez porque le teme. No sabe que a éste su estancia en California le ha cambiado, le ha hecho reflexionar e intenta desmitificar la imagen de figura legendaria que su hermano pequeño tiene de él, está desencantado y quiere olvidar el pasado, constatando además que las pandillas ya no son lo que eran, pues han degenerado a causa de las drogas. El padre de ambos (Dennis Hopper) convertido en borracho incurable, malvive en un penoso estado. En un paseo por las fiestas del barrio, “el chico de la moto” confiesa que es daltónico, lo que le hace ver la vida como una televisión a blanco y negro con el sonido muy bajo, esto le lleva a tener una especial sensibilidad y una extraña obsesión por los peces de colores.


    Estamos ante una de mis películas favoritas de Francis F. Coppola, a pesar de que sus más atribulados exégetas opinen que es un film menor de simple supervivencia. Sin poner en cuestión tal aseveración, también es verdad que nos encontramos ante una de sus obras más filosóficas y emocionales, en la que desarrolla un discurso académico que el director se encarga de subrayar con mensajes claramente doctrinales. La ley de la calle está rodada en las mismas localizaciones que Rebeldes -la ciudad de Tulsa (Oklahoma)- y repiten algunos actores que ya trabajaron en aquella, pero ahora nos encontramos con una obra muy superior a esa primera y mediocre adaptación de un relato de Hinton, no sólo porque la obra en que se basa denota una mayor madurez de la escritora -cuando escribió Rebeldes tenía solo 16 años-  también porque Coppola se olvida de desarrollar la trama para centrarse en crear un relato totalmente atmosférico, todo un espectáculo de puro cine en el que brilla el elemento esencial de la tristeza onírica. Las magníficas imágenes con las que abre el film, en las que se ven unas nubes pasar a una velocidad vertiginosa en un blanco y negro espectral -gracias a la soberbia y atractiva fotografía de Stephen H. Burum- parecen remarcar ya desde el principio lo efímero del tiempo y lo absurdo de esa quimera llamada felicidad.
   

  Este microcosmos circular, escenario sombrío de límites tangibles y abundante en personajes existencialistas, refleja una mirada abrasiva sobre la desolación de unos seres desorientados, introspección melancólica y fatalista que nos hace evocar referencias visuales que basculan entre el expresionismo de Orson Welles y el romanticismo autodestructivo de Godard o Nicholas Ray. Cierto es que el inconfundible estilo personal de Coppola, su intransferible lenguaje cinematográfico, la belleza de las imágenes, la excelente música de Steward Copeland, se sobreponen a la historia y dominan todo el film, por algo este cineasta, siempre en busca de nuevos horizontes y una estética lejos de lo establecido, renovador de la poesía cinematográfica, que sabe ahondar en sensibilidades humanas, está considerado unánimemente como un maestro.

      
      En el film, rodado en blanco y negro, el color adquiere un carácter simbólico; Motorcycle Boy sólo ve en color los peces a los que hace referencia su título original, y al final, con su hermano abatido por el policía cuando intentaba liberar los peces lanzándolos al océano, Rasty James vera reflejado en el coche patrulla su propio reflejo en color, y buscará , subido a la moto de su hermano, el camino de la libertad. Aunque todos los jóvenes actores están espléndidos, quiero resaltar la actuación de Mickey Rourke como “el chico de la moto”, en una de las mejores interpretaciones de su irregular carrera.