jueves, 8 de agosto de 2013

CRÍTICA DE "PACIFIC RIM"

Nacida para la nostalgia
PACIFIC RIM êêê
DIRECTOR: GUILLERMO DEL TORO.
INTÉRPRETES: CHARLIE HUNNAM, RINKO KIKUCHI, DIEGO KLETTENHOFF, IDRIS ELBA.
GÉNERO: FANTÁSTICO / EE. UU. / 2013  DURACIÓN: 131 MINUTOS.   

    No negaré que soy mucho más fan de la tradición y el estilo occidental del cómic que del manga japonés. No puedo decir lo mismo de la animación, pues el anime nipón me ha convencido desde aquella magistral aventura ciberpunk titulada Akira (Katsuhiro Otomo, 1988). Guillermo del Toro cocina un sabroso menú para los aficionados a esas dos expresiones artísticas fusionando el Kaiju eiga (película de monstruos) y el Suppa robotto (robots gigantes) en su variedad mecha, es decir, robots gigantes conducidos por pilotos. Todo para dar forma a un armatoste que inundará de nostalgia a generaciones de espectadores obligados a realizar un ejercicio de regresión que les situará delante del televisor viendo los dibujos animados favoritos de su infancia. 


      El director mexicano (un niño grande, muy grande) logra su propósito de entretener al público palomitero creando un artefacto que no está muy lejos en sus intenciones de la saga Transformers: Cuando una legión de monstruosas criaturas denominadas Kaiju comienzan a salir del mar, se inicia una guerra que acabará con millones de vidas y que consumirá todos los recursos de la humanidad durante interminables años. Para combatir a los gigantes kaiju se diseña un tipo especial de arma: enormes robots llamados Jaegers que son controlados por dos pilotos cuyas mentes están bloqueadas en un puente neuronal.


     Pero incluso los Jaegers ofrecen pocas defensas ante los incansables Kaiju. A punto de ser derrotadas, las fuerzas que defienden a la humanidad no tienen más remedio que recurrir a dos insólitos héroes: un ex piloto acabado, el americano Raleigh Becket (Charlie Hunnam) y un aprendiz que todavía no se ha puesto a prueba, Mako Mori (Rinko Kikuchi). Ambos se unen para traer a un tan legendario como obsoleto Jaeger del pasado. Juntos, son la última esperanza de la humanidad frente al apocalipsis que se avecina.


      No nos engañemos, esta especie de batalla épica entre “Mazinger Z” y “Godzilla” no tiene mucho recorrido, pero Del Toro es único para trasladar ciertas sensaciones a la platea y grabar en las retinas imágenes potentes. PACIFIC RIM es un artilugio en donde los aspectos técnicos y visuales están cuidados al detalle, lo que deja sin muchas costuras al componente humano, elemento casi siempre prescindible en un guión en exceso tópico y previsible. En primer lugar se hace necesario resaltar el trabajo del director de fotografía Guillermo Navarro, de nuevo, deslumbrante, otorgando a la función un tono retro que luce muy bien dentro de la gran variedad de hallazgos y detalles visuales.


       Cierto que estamos ante una película que nace de la nostalgia (reminiscencias a Evangelion, Astroboy, Mazinger Z, Tetsujin 28-go) como celebración u homenaje a una época en que la animación nipona marcó la niñez de varias generaciones. Tal vez por eso el director de Cronos toma a los pilotos protagonistas como espejos para rememorar los recuerdos de la infancia al mismo tiempo que desarrolla una ingenua introspección sobre su desgraciado pasado (el conflicto de los personajes que han perdido a familiares en manos de los Kaijus, la relación paternal entre Stacker Pentecost y Mako), y en donde el apoyo sincero del otro sirve de base para la superación personal.


      No me parece suficiente en relación con el derroche de imaginería que termina opacando el atractivo de la trama. Insisto, como blockbuster el artefacto resulta decididamente musculoso, un regalo para ese público adolescente para el que el cine es sólo evasión, que podrán saborear el trabajo de inmersión digital y la recreación de unos escenarios que rayan con lo delirante. PACIFIC RIM no engaña a nadie (se habla del mayor espectáculo friki engendrado por la industria, pero ese galardón se lo merece Sucker punch, aunque no costó 200 millones de dólares), y este crítico tampoco esperaba encontrar un sello autoral en una historia de narrativa minimalista en donde la pirotecnia, las peleas y batallas tenderían a soterrar cualquier atisbo de irrelevante lectura filosófica o socio-política.



      Todo queda ahogado por las contundentes escenas de acción y destrucción con una batería de fabulosos efectos especiales, al fin una serie B lujosa que aúna dos de las grandes debilidades del director: los engendros mecánicos y las criaturas viscosas, siempre con el punto gamberro con que suele perfilar a sus héroes. Falta el componente mágico que siempre ha imprimido a sus relatos, dedicado más al producto fast-food, su efervescente inventiva se vulgariza, de ahí ese final happy ending blando, decididamente frustrante.

domingo, 4 de agosto de 2013

MIS PELÍCULAS FAVORITAS: "A SANGRE FRÍA"

A SANGRE FRÍA
(IN COLD BLOOD)
Thriller - USA, 1967 - 134 Minutos - Blanco y negro.
DIRECTOR: RICHARD BROOKS.
INTÉRPRETES: ROBERT BLAKE, SCOTT WILSON, JOHN FORSYTHE, PAUL STEWART.


    Richard Brooks nació en Filadelfia en 1912, murió en Los Ángeles en 1992. Tras cursar estudios en la Universidad de Temple y antes de dedicarse al cine trabajó de periodista deportivo, locutor de radio, director de obras de teatro y novelista. Como guionista se ganó una gran reputación gracias a sus guiones de Forajidos (1946) que aunque el guión estaba firmado por Anthony Veiller en realidad lo escribió él; Encrucijada de odios (1947) película basada en su novela “The brick foxhole”; Fuerza bruta (1947) y Cayo largo (1948) sólido libreto basado en la obra de Maxwell Anderson. Más tarde escribiría y realizaría sus propias películas, también produciría algunas de ellas, convirtiéndose así en director independiente. Algunos de los títulos más destacados de su extensa filmografía son: Semillas de maldad (1955), La gata sobre el tejado de zinc (1958), El fuego y la palabra (1960), Dulce pájaro de juventud (1962), Buscando al señor Goodbar (1977).
    
     
   Sinopsis: Finales de los años cincuenta. Dos ex-presidiarios Perry Smith y Dick Hickock (Robert Blake y Scott Wilson) se reúnen en el estado de Kansas para llevar a cabo un golpe que Dick ha ideado y que no puede fallar. Éste consiste en robar la caja fuerte de la casa de una familia de granjeros, los Clutter. Con todo dispuesto se dirigen una noche a la granja, y una vez dentro, se dan cuenta de que dicha caja no existe. Desesperados, debido a la enorme frustración, cometen un múltiple crimen a sangre fría. Los dos jóvenes emprenden la huida con la convicción de que nada ni nadie les pude relacionar con el crimen y abandonan el país. La policía comienza a investigar el asesinato, pero no comprende el motivo de unos asesinatos brutales y sin sentido. Pasado un tiempo, los asesinos vuelven a Kansas y son detenidos. Se les interroga y finalmente acaban confesando. En el juicio son condenados a la pena de muerte, siendo ejecutados con la misma sangre fría que ellos cometieron los asesinatos.
    
     
   Antes de el estreno comercial de la película en 1967, en los estudios Columbia, Truman Capote -el escritor en cuyo libro está basado el film- asistió invitado por Brooks a un pase privado de la película. El gran novelista describe de forma magistral el comienzo de la misma: “la pantalla blanca se convirtió en una carretera en el crepúsculo: la 50, serpenteando bajo un cielo que diluvia a través de una campiña vacía como una vaina de maíz, desolada como las hojas húmedas. En el lejano horizonte aparece el típico autocar plateado de la Greyhound, se va haciendo cada vez más grande y pasa como el rayo. Música: una guitarra solitaria. Ahora surgen los créditos mientras cambia la imagen: vemos el interior del autocar, casi todo el mundo duerme. Sólo una niña aburrida recorre el pasillo, se acerca lentamente a la parte de atrás, en penumbra, atraída por los rasgueos solitarios e inconexos de una guitarra. Encuentra al guitarrista, pero nosotros no le vemos; le dice algo, pero no oímos qué. El guitarrista prende una cerilla para encender el cigarrillo, y la llama ilumina una parte de su cara: es la cara de Perry, los ojos soñolientos, distantes de Perry. Hay un fundido y vemos a Dick. A continuación hay otro fundido y vemos a Dick y Perry en Kansas. Entonces pasamos a Holcomb, donde vemos a Hebert Clutter desayunando en el último día de su vida; a continuación vemos de nuevo a sus asesinos: la misma técnica de contrapunto que yo utilicé en el libro. (Los perros ladran. Truman Capote; Anagrama, 1999).


    Si Capote con su relato, auténtico superéxito de ventas, inventó un nuevo género literario, la non-fiction o novela-reportaje, consiguiendo popularizar entre la middle-class norteamericana la idea de un nuevo periodismo, Richard Brooks consiguió uno de los mejores films-documento de la historia del cine. El director conocía la obra de Capote desde principios de 1965 en su manuscrito original, pues ya el escritor le había elegido a él para el caso de que se realizara la adaptación cinematográfica de la obra literaria. Eso sí, Brooks tenía que aceptar dos condiciones importantes impuestas él: la película se tenía que rodar en blanco y negro y los protagonistas tendrían que ser desconocidos (el estudio había pensado en Paul Newman y Steve McQueen para el papel de asesinos), algo que a la vista de los resultados podemos considerar un acierto pleno.


       Filmada en panavisión, con un guión propio y una maravillosa música de Quincy Jones, A sangre fria, que el director rueda tras Los profesionales (1966) se apoya en la misma disposición técnica que el libro, el sistema de contrapunto al que el novelista hace referencia. El cineasta norteamericano, con la precisión que caracteriza todas sus adaptaciones literarias -está considerado el mejor adaptador de las obras de Tennesse Williams- organiza el film sobre la base de dos piezas temáticas: la primera comprende desde que empieza la película hasta que los criminales son detenidos y confiesan su crimen. La segunda nos muestra el juicio, la ejecución y la inflexibilidad de la ley, la frialdad de un aparato judicial que se muestra demoledor en el castigo, un sistema que desde una cobertura legalista, desciende a la misma altura moral que los asesinos.
    

 En realidad esto es lo que a Brooks le interesa, mostrar como son seis y no cuatro los asesinatos cometidos a sangre fría, para ello, y desde la introspección social e implicación ideológica siempre ligada a su obra, refleja de una manera implacable lo ilógico de ese cruel contrasentido. Los excelentes retratos literarios de Dick y Perry -dos marginados sociales de sueños imposibles, con unas vidas rotas y nacidos para perder- dan el juego suficiente para que el director profundice en la desilusión que hace que se desvanezca su fugaz espejismo. El proceso interior que se va produciendo en ellos desde que salen de prisión en libertad condicional, hasta el mismo momento en que son ahorcados. También, y en contraposición, la espléndida descripción que el realizador hace de la unidad familiar típicamente norteamericana -los Clutter-  con un padre educado en la más estricta moralidad (ni siquiera dejaba fumar en casa) y sus hijos llenos de ilusión y de vida. 


      En In cold blood todo está planteado en un sentido dual, vidas divergentes y antagónicas que se van a cruzar en una noche trágica. La gran meticulosidad del director se demuestra en la elección de los actores, de un parecido impresionante con los verdaderos Dick y Perry, también porque parte del rodaje se efectuó  en Holcomb y Garden City, lugares donde ocurrieron los hechos. Algunas escenas de esta excepcional película han quedado grabadas como muescas en mi insustituible memoria cinematográfica. Por ejemplo, la de los asesinatos, que se rueda en la oscuridad y que sólo esta iluminada por la luz tenebrosa de unas linternas, consiguiendo así un efecto claustrofóbico y que la angustia del espectador se multiplique. Cuando los dos asesinos son ahorcados, tras un fundido en negro, un cartel con las palabras “a sangre fría” nos asalta, toda una descarga eléctrica para las conciencias y que expone con indiscutible impacto y elocuencia  lo que opina el autor sobre el tema.
   


      Uno de los principales protagonistas del film, Robert Blake, recordado también por su recreación del detective Baretta en la famosa serie televisiva de los años setenta, ha sido detenido recientemente por la policía de Los Ángeles acusado del asesinato de su esposa, Bonny L. Bakley. Parafraseando a James Ellroy: “la muerte evoca a los años 70, su coartada es demasiado burda y él es bajo”.  

jueves, 1 de agosto de 2013

CRÍTICA DE "GUERRA MUNDIAL Z"

Holocausto zombie con la violencia fuera de plano
GUERRA MUNDIAL Z êê
DIRECTOR: MARC FORSTER.
INTÉRPRETES: BRAD PITT, MIREILLE ENOS, DANIELA KERTESZ, DAVID MORSE, MATTHEW FOX, ERIC WEST.
GÉNERO: TERROR / EE. UU. / 2013  DURACIÓN: 116 MINUTOS.   


    Tengo claro que La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) es la mejor película de temática zombie que jamás se ha rodado. Pienso esto no sólo por su estatus de clásico imperecedero y de película seminal, también por la fascinante influencia que ejerció posteriormente en directores de la talla de Sam Raimi, Tobe Hooper o David Cronenberg. El film, que sirvió como debut de Romero, inició un subgénero dentro del terror que a partir de entonces se convertiría en uno de los favoritos para millones de aficionados. En 1978 el mismo director nos presentó una magnífica secuela titulada Zombie, el amanecer de los muertos, en donde un grupo de supervivientes de una epidemia se refugiaba en un centro comercial, una cinta con un claro sesgo político-social sobre la pérdida de valores y de la que Zack Snyder realizó una potente secuela en 2004. Aunque presumo de haber visto todas las películas esenciales de zombies, pocas me han resultado tan estimulantes como estas, tal vez la apocalíptica 28 días después (Danny Boyle, 2002) o la hiperrealista Rec (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007).



     GUERRA MUNDIAL Z pretende ser la película definitiva de zombies, pero se ha quedado muy lejos de ello al contar con un director, el alemán Marc Forster (Monster´s Ball, Quantum of solace), sin pasión ni conexión con el género, es por eso que el resultado está más cercano al thriller de acción que a los cánones que marca el cine fantástico. Veamos: Es un día normal y corriente para Gerry Lane (Brad Pitt) y su familia. Todo da un vuelco cuando se ven inmersos en un atasco de tráfico. Como antiguo investigador de las Naciones Unidas, Lane pronto se da cuenta de que no están ante un atasco normal, sólo hace falta observar el caos de policías en helicópteros y derrapando con sus motos por los suelos.


      Existe algo que está haciendo que multitud de personas se ataquen salvajemente entre sí: un virus mortal que se transmite por un simple mordisco, lo que convierte a los seres humanos en criaturas irreconocibles y feroces. Se desconoce el origen del virus y el número de afectados aumenta exponencialmente por minutos, convirtiéndose en una pandemia mundial. Los infectados derrotan a los ejércitos del mundo y hacen caer a sus gobiernos. Lane se ve obligado a volver a su antigua y peligrosa vida para garantizar la seguridad de su familia, poniéndose al frente de una búsqueda desesperada por todo el mundo de la fuente de la epidemia y de algún medio para detener su incesante avance.


       GUERRA MUNDIAL Z (la Z del título viene de Zombie) se nos presenta como la típica blockbuster veraniega que fusiona el cine de acción y el terror liviano de una forma dinámica, un artefacto que se puede disfrutar en familia ya que sus responsables han evitado la explicitud de la sangre, las vísceras y desmembramientos para dar forma a un relato espectacular aunque muy poco original. Después de las reescrituras del libreto y los problemas de producción, este crítico se esperaba más de de una cinta que suponíamos adaptaba una fenomenal novela de Max Brooks, pero como he leído la novela, no encuentro ninguna semejanza más allá de compartir título.


      El cine nos viene mostrando en los  últimos años un tipo de zombies ágiles como gatos y veloces como guepardos, una imagen muy alejada del muerto viviente torpe y de movimientos lentos que tradicionalmente han sido sus señas de identidad. Si en la película de Forster esto sirviera para redoblar la agresividad caníbal de sus criaturas lo podíamos dar por amortizado, pero ocurre exactamente lo contrario; se ha domesticado al zombie para hacer de él un producto mainstream de fácil digestión familiar.  


     Es, sin duda, el mayor error de la función, y me pregunto ¿cómo coño me van a vender una peli porno sin penetraciones orales, vaginales y anales? Es lo mínimo ¿no? Quiero decir, sin necesidad de meterme en otros floridos jardines. La corrección pierde a esta producción en la que me las veo y deseo para encontrar segundas lecturas, incluso el conflicto entre naciones latente en la novela se ve transformado en unas sociedades armónicas sorprendidas por la velocidad de propagación de la extraña pandemia, de la que no conocemos el origen, cómo se propago ni mucho menos qué pasará después.


       Por otra parte, es la enésima vez que la hija de un protagonista sufre de crisis asmática, un truco demasiado manido para añadir al invento un plus de tensión. Y claro que este carísimo armatoste cuenta con un buen diseño de producción, un correcto empleo del 3D, unos efectos digitales deslumbrantes (atención a las escenas de batalla y destrucción a gran escala) y unos cambios de escenarios que resultan estimulantes ¡El prota es Brad Pitt, coño!, y este tío no está para cutrerío, está en su papel, ya saben, de héroe solitario con cara de póquer capaz de conseguir él solo lo que ni la más moderna maquinaria armamentística puede. En fin, estamos ante un relato de supervivencia en donde queda demostrado que las pandemias son tan democráticas que reparten el sufrimiento y la muerte sin discriminación alguna ¿Arquetípico? Si, como todo en este artilugio, entretenido pero falto de garra, carente de la descarnada visceralidad de una violencia que queda siempre fuera de plano.



lunes, 22 de julio de 2013

ASÍ APARECE ROSARIO DAWSON EN "TRANCE"


      El director británico Danny Boyle (Manchester, 1956), tras formarse en la televisión, dio el salto al cine con la interesante Tumba abierta (1994), un film de suspense con toques de comedia que sirvió de trampolín a actores como Ewan McGregor. Fue en 1996 cuando dirigió la que sigue siendo su mejor película hasta la fecha, Trainspotting, un film de culto instantáneo basado en la novela de Irvine Welsh sobre las correrías de un grupo de jóvenes heroinómanos de Edimburgo. Salvo 28 días después (2002), magnífica película de zombies rodada con un ajustado presupuesto y protagonizada por Cillian Murphy, casi nada de su cine posterior –tal vez 27 horas- ha logrado interesarme, ni siquiera la muy oscarizada Slumdog millonaire (2008).


     Boyle nos presenta ahora Trance, un thriller psicológico que sigue a Simon (James McAvoy), un empleado de una casa de subastas que se asocia con una banda criminal liderada por Franck (Vincent Cassel), para robar un valiosísimo cuadro de Goya. Pero, tras recibir un fuerte golpe en la cabeza durante el atraco y quedar inconsciente, descubre que no recuerda dónde ha escondido el cuadro. Cuando ni la tortura física logran arrancarle una respuesta, Franck contrata a una hipnotista, Elizabeth (Rosario Dawson), para que le ayude a recordar.


      Película laberíntica rebosante de trucos, giros y subterfugios que resulta tan fascinante como agotadora, lo mejor de Trance es el desnudo integral con el pubis completamente depilado de Rosario Dawson, a quien ya habíamos visto desnudarse en films como Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004). Eso sí, nunca tan bella y absolutamente desbordante como en este complicado puzzle que la sitúa como eje central de la trama.


       Lejano ya su debut adolescente en Kids (Larry Clark, 1995), la sensual y deliciosa actriz de 34 años se convirtió en una de mis musas sagradas a raíz de su intervención en la excelente La última noche (Spike Lee, 2002), y en la no menos espléndida Sin City (Robert Rodríguez, Quentin Tarantino, Frank Miller,  2005), una de las mejores adaptaciones de un cómic a la pantalla grande, y en donde aparecía con un look genuinamente bizarro. Actual pareja de Danny Boyle, si le preguntan cómo se siente en las escenas de sexo contesta: “Muy natural, el sexo es parte de nuestras vidas, una bendición para los seres humanos. Me gusta mi cuerpo y mostrarlo no significa prostituirlo. Si te desnudas, perteneces a una categoría más “ligera”, entonces nunca podrás ganar un Oscar”. Mierda para los académicos, una ralea de puretas trasnochados ¿A quién le importa? Tú, Rosario, sí que eres una bendición para mi libido. 


domingo, 21 de julio de 2013

CRÍTICA DE "EXPEDIENTE WARREN: THE CONJURING"

Clasicismo y maestría
EXPEDIENTE WARREN: THE CONJURING êêêêê
DIRECTOR: JAMES WAN.
INTÉRPRETES: PATRICK WILSON, VERA FARMIGA, LILI TAYLOR, RON LIVINGSTON, JOEY KING.
GÉNERO: TERROR / EE. UU. / 2013  DURACIÓN: 112 MINUTOS.   


    Siento una conexión total con James Wan, el director australiano de origen malayo, desde su recordado debut con Saw (2004), se ha convertido en un icono del cine de terror para el aficionado que convierte cada estreno suyo en todo un acontecimiento. Aunque siempre nos encontraremos con una legión de críticos trasnochados y catetos que babean vapuleando un cierto tipo de cine basándose en prejuicios cavernícolas e intelectualoides que les lleva a creerse muy especiales.


      Que se jodan, yo supe apreciar la inventiva de aquel cuento macabro titulado Silencio desde el mal (2007), me pareció un film de justicieros más que digno Sentencia de muerte (2007), y me lo pasé bien sumergiéndome en la atmósfera perturbadora de aquella casa encantada de Insidious (2010). Wan logra la que es su mejor película hasta la fecha con EXPEDIENTE WARREN: THE CONJURING, y tal vez esa babosa crítica pequeñoburguesa se rinda ahora al talento de un hombre que ha evolucionado desde el terror más visceral hasta la fábula hiperrealista.


      Basada en la historia real de la familia Perron, el film nos sitúa en el año 1971 para presentarnos al matrimonio de investigadores paranormales Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga), él demonólogo y ella médium, que tienen una especial reputación en el mundo de los fenómenos sobrenaturales. Un día son llamados por una familia formada por Roger y Caroline Perron (Ron Livingston y Lili Taylor), que con sus cinco hijas se han mudado a un caserón en una granja aislada de Harrisville, en Rhode Island, que está siendo acosada por una entidad supuestamente diabólica. Obligados a enfrentarse a la oscura presencia demoníaca, los Warren se encuentran con el caso más terrorífico de sus vidas.


      Si este crítico fuera actor confiaría a ciegas en James Wan, el director más ingenioso y original –junto con Rob Zombie- dentro del panorama del cine fantástico actual. Lo haría al menos para que  mi filmografía incluyera una película firmada por un cineasta que se convertirá en una leyenda del género, pero también porque debe resultar fascinante formar parte de un universo creativo que busca celebrar nuevas formas escénicas, narrativas y plásticas del terror: la ilusión de un territorio fértil donde se deconstruyen las fórmulas y códigos clásicos para potenciar sus elementos más eficaces y significativos, eliminando lo puramente anecdótico y/o superfluo. Wan regresa a la temática de las casas encantadas que ya visitara en Insidious, una premisa en apariencia nada original que con el latiguillo “basada en una historia real” conforma un relato que integra elementos novedosos en un paraje de lugares comunes y reconocibles.


       EXPEDIENTE WARREN: THE CONJURING abre dos vías narrativas que van a confluir de forma electrizante: por un lado la relación existente entre el matrimonio de investigadores de lo paranormal; y por otro la familia que se ve asaltada por un ente demoníaco. Fusión de almas que se verán envueltas en una espiral aterradora que marcará las pautas de un suspense insoportable en el epicentro de una atmósfera muy elaborada y asfixiante. Filmada a la vieja usanza con sofisticación y un depurado estilo, la función nunca abusa de los trucos y sustos fáciles, desarrollando una trama mínima que encuentra el cóctel perfecto en los fenómenos poltergeist, las posesiones y las casas encantadas, el halo visible de una intensa y desgarradora dramaturgia, y a través de esos ingredientes redefinir los acontecimientos violentos de origen sobrenatural que amenazan y acaban dinamitando la paz de una familia de manera progresiva y escalofriante.



      Wan hace tiempo que abandonó la violenta y descarnada explicitud de su primera obra para explorar el magma psicológico donde fermenta el miedo como detonante del sometimiento y la devastación emocional, y el espectador más cinéfilo quedará extasiado con los magnéticos y elegantes planos secuencia sobre un espacio que es más psíquico que físico, apreciando cada encuadre en su amenazante dimensión, quedará atrapado desde el minuto uno con ese magnífico prólogo que nos presenta a los Warren con otro espeluznante caso, el de la muñeca Annabelle. Con un equilibrio perfecto entre cine mainstream y película de autor, la función triunfa en su deliciosa ambientación setentera, tamizada por una textura y un tono naturalista, en la elección de un impecable elenco del que sobresalen un sobrio Patrick Wilson y unas soberbias Vera Farmiga y Lili Taylor. Y, por supuesto, triunfa en su misión de erizar el vello del espectador, a quien arrastra a un clímax final terrorífico y purificador, como catarsis definitiva de los miedos más ancestrales. Wan se dio a conocer ante el público con Saw cuando sólo tenía 27 años, nueve años después ha firmado su primera obra maestra.