Son muchos los aficionados
que me comentan que sin estar considerada por casi nadie una de las actrices
más bellas del Olimpo hollywoodiense, Jessica
Chastain (Sacramento, California, 24 de marzo de 1977) es, a punto de cumplir
los 40 años, una de las actrices que más verriondos les pone. Tal vez sea por
su pelo de fuego, su piel de nata, tal vez porque además de su escultural (y
natural) anatomía física, todos amamos a una de las actrices con mayores dotes
dramáticas de todo el panorama actual.
Lo cierto es que Jessica es
una gran actriz de teatro, cine y televisión que apareció allá por 2005 en un
capítulo de la serie Ley y orden, y ha participado en
films tan potentes como La deuda (John Madden, 2011), Take
Shelter (Jeff Nichols, 2011), El árbol de la vida (Terrence
Malick, 2011), Sin ley (John Hillcoat, 2012), La noche más oscura
(Kathryn Bigelow, 2012) por cuya actuación obtuvo el Globo de Oro a la Mejor
Actriz, El año más violento (J. C. Chandor, 2014), Interstellar (Christopher
Nolan, 2014) y Marte (Ridley Scott, 2015).
Jolene es un film aseado que sigue a
una huérfana de quince años, Jolene
(Jessica Chastain) que habiendo crecido en casas de acogida, emprende un largo
viaje de diez años a través de todo el país, cosechando experiencias en busca
del amor, padeciendo por el camino la angustia y enfrentándose a las pruebas que
le pone la vida. Película desconocida para el gran público pero que se impone
como un apreciable drama sobre la odisea vital de una preciosa adolescente que
ha pasado su infancia en hogares de acogida, y que una vez llegada la primera
juventud, vagabundea sin rumbo, tratando de dejar atrás su proceloso pasado. Dirigida
con buen pulso por Dan Ireland y
escrita por Dennis Yares según una obra de E. L. Doctorow, Jolene se ve surcada por
una serie de personajes interesantes que la joven se encuentra a su paso a lo
largo de un tormentoso itinerario existencial. Entre ellos un peculiar
matrimonio formado por Theresa Russell y Dermot Mulroney, una celadora lésbica
interpretada por Frances Fisher y un Chazz Palminteri en un personaje de mafiosillo que se le ajusta como un guante. Si eres un fan de Jessica, Jolene
es la película en la que más hermosa aparece.
La belleza más profunda se encuentra en las pequeñas cosas
“PATERSON” êêêê
Paterson es una ciudad que cuenta con
cerca de 150.000 habitantes y que está situada en el condado de Passaic (New
Jersey, Estados Unidos). Conocida como la ciudad de la seda, en ella se
encuentra la gran catarata del río Passaic y sus habitantes presumen de que en
esta ciudad, fundada en 1831, han nacido personajes tan famosos como el poeta
Allen Ginsberg y el actor Lou Costello, entre otros. El siempre peculiar Jim Jarmusch, firmante de títulos
míticos del cine independiente como Bajo el peso de la ley (1986), Mistery
Train (1989) y Noche en la tierra (1991) y de ese
extraño e hipnótico western titulado Dead Man (1995), sitúa en esa ciudad
su última y hermosa película que sirve de homenaje a las personas que, aun en
tiempos tan malos para la lírica, saben apreciar las cosas sencillas y
hermosas.
Paterson
(Adam Driver) trabaja como conductor de autobuses en Paterson (Nueva Jersey).
Cada mañana se levanta temprano y ejecuta la misma rutina: sin utilizar el
despertador se despierta y consulta su reloj de muñeca, da un beso a su mujer,
su amada Laura (Golshifteh
Farahani), desayuna, camina hasta su lugar de trabajo, conduce el autobús y
escribe en una libreta algunos poemas. Por la noche pasea al perro (Marvin, un personaje más de la función) y visita el
bar de su amigo, en donde se rinde homenaje a figuras clave de la ciudad, se
toma una cerveza y otra vez de vuelta a casa. Paterson, poeta en su tiempo
libre, vive tranquilo en su cotidiana existencia. Las repeticiones marcan su
diario discurrir, y su único compromiso es escribir unos poemas que proyectan
su visión del mundo, mientras vive una bella historia de amor junto a su mujer.
Mentiría si dijera que la nueva criatura de Jim Jarmusch
resulta accesible para toda clase de público, porque el asiduo espectador de
multisalas saldría echando sapos y culebras por la boca tras su visionado. Paterson
es una ciudad de Nueva Jersey, el nombre del protagonista del film y el título
de una de las obras más significativas del poeta William Carlos Williams, que
vivió en Paterson aunque no nació en
esta ciudad. Por lo que al mismo tiempo la película surca un espacio geográfico
particular, una filosofía de vida (la del protagonista) y un universo de
inspiración lírica. Dividida en siete capítulos que se corresponden con los
siete días de la semana, el espectador asiste a los ritos cotidianos de un
conductor de autobuses con ínfulas de poeta que escribe poemas sobre los
objetos más comunes (una caja de cerillas) o sobre las sensaciones de su
relación sentimental con la mujer amada, que tras la jornada laboral le espera
para contarle sus sueños e ilusiones, y que está empeñada en pintar todo lo que
está a su alcance.
Es como el
día de la marmota, siempre el mismo ritual, porque en esos planos reiterativos,
en la reminiscencia e impresiones déjà
vu se encuentra el latido de la vida, el embrujo profundo de las relaciones
humanas, el poder los sentidos, la esencia del amor en su extracto más íntimo y
perdurable. De la palabra hablada o escrita como cauce universal para servir de
guía a los pensamientos y los sentimientos… y así encontrar la verdad en las
cosas más simples y bellas.
Paterson (un pluscuamperfecto Adam
Driver dotando de sublimes matices a su personaje) no tiene ordenador ni
teléfono móvil ni le interesa internet ni las redes sociales. Jarmusch dibuja a
un hombre frente (y dentro) de su austero microcosmos: desayunando cereales,
desarrollando con responsabilidad su trabajo, conversando (siempre de manera
lacónica) con su mujer o el dueño del bar que frecuenta, escribiendo poemas en
sus ratos libres y rara vez le interesa alguna cosa extraña a ese entorno,
salvo cuando, de camino a su casa, se encuentra a una niña que como él escribe
poemas. Paterson no tiene coche, camina hasta su lugar de trabajo observando la
arquitectura urbana de Paterson o medita sentado frente a la gran catarata que
preside la ciudad, siempre es puntual sin necesidad de utilizar el despertador,
sólo obedece a los dictámenes de su corazón y aprovecha los tiempos muertos
para alimentar sus sueños, sin otra pretensión que dar sentido a la existencia.
Vale
la pena señalar el contraste entre la parquedad y hermetismo de Paterson y la
explosiva vitalidad de su mujer, siempre enérgica e inventando actividades de
dudoso gusto artístico para rellenar el tiempo, que pasa tan lentamente y sin
alteraciones reseñables en esa pequeña y gris ciudad con más pasado que futuro.
Paterson es una excelente película
que edifica su exiguo aparataje para alcanzar lo sustancial de la vida en un
tiempo tan extraño como vacuo: los besos y las caricias sobre la piel cálida al
despertar, el refugio del hogar, el silencio contemplativo… y los sueños, que
aunque envueltos con la forma de la mentira, reflejan nuestro espíritu de la
realidad.
Conocida por su papel en la serie Vida secreta de una adolescente
(2008) y nominada a los Globos de Oro por sus interpretación junto a George
Clooney en Los descendientes (Alexander Payne, 2011), la actriz Shailene
Woodley (Simi Valley, California, 15 de noviembre de 1991) es más conocida por
las generaciones de jóvenes aficionados por su papel de Tris Prior en las adaptaciones cinematográficas de la trilogía
escrita por Veronica Roth Divergente. Recientemente la hemos
visto en el film Snowden (Oliver Stone, 2016) cinta en la que da vida a la novia
del protagonista. Woodley obtuvo también el reconocimiento juvenil con su papel de la adolescente Hazel, que
sufre un cáncer terminal en el drama romántico Bajo la misma estrella
(Josh Bone, 2014).
Shailene Woodley dejó atrás su inocencia
al protagonizar la película de Gregg
ArakiPájaro blanco de la tormenta de nieve, largo título que sitúa
la acción a finales de la década de los 80 y que nos presenta a Kat Connor (Woodley), una joven de 17
años cuya vida cambia de forma inesperada cuando su madre (Eva Green), una ama
de casa aparentemente perfecta, desaparece de repente sin dejar rastro. Aunque será
complicado, Kat debe hacer frente a su nueva situación e intentará seguir
adelante con su vida.
Basada en la novela homónima de Laura
Kasischke, Araki, uno de los popes de aquella corriente surgida a finales de
los 80 y principios de los 90 denominada New Queer Cinema, fusiona el drama
familiar (y adolescente) y la intriga detectivesca para construir una película
interesante pero que está lejos de la frescura e irreverencia de su primigenio
universo, debido a una temática y una narrativa más convencional que nos narra
la desaparición de una madre desequilibrada y la relación con su hija adolescente, dentro de un
relato irregular, a ratos brillante y a ratos vago pero, finalmente, bastante
deslavazado.
Ni siquiera los flash backs, construidos
más con los recuerdos de Kat que con los avances de una investigación que no
aporta demasiado, ayudan en su misión de explicar el presente y la sensación de
orfandad que se va adueñando de la protagonista. Pájaro blanco de la tormenta de
nieve se eleva como una cinta aceptable y en cierto modo simpática por
sus nulas pretensiones y sus hechuras de telefilm, por el aseado trabajo de sus
máximas protagonistas, Woodley y Green, y las fabulosas secuencias oníricas
dotadas de un tono inquietante, pero se ve penalizada por una premisa que
incide en los conflictos familiares que en su monótono discurrir atomizan el
núcleo deparando unas derivadas que atormentan a la joven Kat, que de paso irá
descubriendo su sexualidad para alegría de sus fans. Buena apuesta para la
tarde de un lluvioso domingo.
Desde el día de
su estreno, vengo manteniendo que Irréversible (Gaspar Noé, 2002), no
resultaría tan espeluznante, salvaje y perturbadora sin la presencia de Jo Prestia (Sicilia, 5 de junio de
1960), pues no puede existir nadie con un aspecto físico tan maligno y
amenazador como el que tiene este triunfal boxeador y actor francés de origen
italiano. Llegó a Francia cuando contaba con 10 años de edad y ha sido múltiple
campeón francés, europeo y mundial con 70 victorias y 15 derrotas.
Reconocido en la gran pantalla desde que
Érick Zonca le diera algunos papelitos en películas como La vida soñada de los ángeles (1998)
y El
pequeño ladrón (1999), es con su papel del peligroso macarra Le Tenia en el terrorífico film del
argentino afincado en Francia Gaspar Noé, cuando su figura se eleva al altar
mayor de los más aberrantes villanos de la pantalla grande. El Mal en su forma
más burda y obtusa, en su esencia más física, brutal y real. Aunque debutó en
la comedia Rai (Thomas Gilou, 1995) y ha trabajado a las órdenes de Brian
De Palma en Femme Fatale (2002), Jo Prestia será recordado así pasen los
años como el más asqueroso y vomitivo asesino y violador que jamás se ha visto
en una pantalla de cine. Un esquinado hijo de puta que si te lo encuentras por la calle
te cambias de acera, y aun así, nunca dejas de mirar a tu espalda.
Irréversible fue la película escándalo de la 55º
edición del Festival de Cannes que pasará a la historia por una impactante y
perturbadora escena de violación que dura 10 minutos. El film está narrado en
sentido inverso con una utilización virtuosa de flashback que
nos introduce en una angustiosa pesadilla: la delirante y desesperada búsqueda
por los antros más infectos y gores de la noche parisina que
emprenden dos amigos Marcus y Pierre (Vincent Cassel y Albert
Dupontel), para encontrar al responsable de la violación y asesinato de la
novia del primero, la escultural y preciosa Alex (Mónica Belucci), a quien la ruleta de la vida le ha deparado
el peor de los destinos: morir en un sombrío subterráneo peatonal tras ser
víctima de una violación y una paliza brutal. Así, el film se nos muestra como
introspección realista sobre la temible capacidad destructora-depredadora del
hombre y la venganza como mecanismo que impone su propia lógica.
La secuencia de la violación es absolutamente devastadora e hiperrealista, tan demoledora, tan estremecedora que, incapaces de soportarla, los espectadores huían en masa de los cines dejando las salas casi vacías. Utilizando el mantra “El tiempo todo lo destruye”, el director franco-argentino Gaspar Noé deja la cámara estática en el subterráneo durante diez lacerantes, eternos, insufribles minutos, que dan comienzo cuando la joven Alex es agredida a punta de navaja, sufriendo en sus carnes la violación más cruel jamás filmada. No contento con eso, el salvaje violador Le Tenia (un Jo Prestia de aspecto verdaderamente siniestro), golpea con tanta saña el rostro de la hermosa y desdichada mujer que lo convierte en un pegote sanguinolento y tumefacto. No es apta para estómagos delicados pero es una gran película. Nadie lo puede negar, “el tiempo todo lo destruye”, pero Prestia también ayuda.
Basada en la novela de homónima de Dennis Lehane y
escrita, protagonizada y dirigida por Ben
Affleck, Vivir de noche nos sitúa en Boston durante los años 20, en la
época de la ley seca. La trama gira en torno a Joe Coughlin (Affleck), hijo de un eminente policía de la ciudad
(Brendan Gleeson), y ex soldado de la Primera Guerra Mundial que todavía sufre
las consecuencias de esa guerra. Sin embargo, Coughlin no sigue los pasos de su
padre y se une al crimen organizado, para convertirse en un contrabandista que
trafica con alcohol. Poco a poco, su ascendente carrera en el mundo de la mafia
le llevará a convertirse en un importante gangster de la Costa del Golfo. En su
camino se cruzará con una mujer, Emma
Gould (Sienne Miller) que le arrastrará por el camino de la perdición.
Una prodigiosa ambientación y un
exuberante diseño de producción se demuestran una vez más insuficientes para
calibrar una película que adolece de una dirección más enérgica y cuya
narrativa no está a la altura de la puesta en escena y el potente look visual. Es inútil insistir en las dotes
interpretativas de Ben Affleck, muy lejos de su ya demostrado talento como director
en películas como Adiós pequeña, adiós,
The Town(Ciudad de los ladrones) y Argo.
Pero es que en esta ocasión, la prosa del escritor bostoniano, que también le
sirvió de fuente para su excelente debut protagonizado por su hermano Casey, sólo
parece ser una excusa para que el cineasta rinda homenaje al cine clásico de
gangsters.
Vivir de noche está llena de situaciones
esquemáticas y retratos tópicos de mafiosos en su guerra por el poder, por el
contrabando de alcohol y el control de los casinos. Estereotipos que nada
aportan ya a los trillados lugares comunes y que actúan dentro de un relato que
se dispersa en estériles subtramas, como la aparición de Elle Faning en un
papel absurdo y en tránsito de expiación de puta a predicadora… pero que no se
detiene mucho en uno de los hilos narrativos más atractivos de la función: la
relación paternofilial entre el guardián de las esencias de la ley y su hijo
delincuente.
Live By Night es sólo la radiografía de una buena película a la que
le falta el armazón corpóreo, músculo y solidez narrativa, pues además de no aprovechar
el magnífico elenco, está construida sobre un guión que se derrumba cuando
pretende resultar didáctico, y que sólo brilla en las escenas de ensaladas de
tiros que enfatizan de manera estruendosa un drama mil veces visto.