domingo, 18 de mayo de 2014

CRÍTICA DE: "GODZILLA" (2014)

El sueño de la (sin)razón produce monstruos
GODZILLA êêê
DIRECTOR: GARETH EDWARDS.
INTÉRPRETES: AARON TAYLOR-JOHNSON, BRYAN CRANSTON, ELIZABETH OLSEN, KEN WATANABE, JULIETTE BINOCHE.
GÉNERO: FANTÁSTICO / EE. UU. / 2014  DURACIÓN: 123 MINUTOS.   

    Por fin llega a las pantallas de cine el reebot dirigido por el británico Gareth Edwards (Monsters) que sitúa la acción antes de la época en que transcurría la película dirigida en 1998 por Roland Emmerich, y que nos lleva a conocer los orígenes del famoso monstruo de la compañía Toho. Con un guión firmado por Max Borenstein y David Callaham, el film nos presenta a Joe Brody (Bryan Cranston), un científico que descubre que algo terrible está a punto de suceder cuando una serie de tsunamis comienzan a llegar a las costas del Pacífico, anticipando la llegada de numerosos monstruos de gran tamaño mientras el ejército intenta defenderse en vano. Brody, que tiene un hijo soldado, Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson), tiene que hacer frente al gigantesco Godzilla y luchar contra una imagen aún más monstruosa: el recuerdo de la cara de su mujer, Sandra Brody (Juliette Binoche), desvaneciéndose por las radiaciones mientras él sellaba su salida de la central nuclear japonesa donde trabajaba de ingeniero.


     Podemos estar de acuerdo en que en una película de monstruos en lo que menos se fija el espectador es en el reparto, un axioma que parece construido con cemento armado. Sin embargo el elenco de lujo de GODZILLA funciona medianamente aunque no nos importen mucho las claves de la tragedia humana (aspecto científico y drama familiar) y seguimos pensando que su concurso puede deberse a esa fijación que tienen productores y directores para incluir estrellas en estos artefactos y dar empaque así a una función que no lo necesita porque bebe originariamente de la serie B.


      Cierto que las relaciones entre los personajes humanos tiene menos interés para Edwards que la acción bélica y destructora en donde ha afinado de manera portentosa el sentido estético. Con homenajes a anteriores entregas de la franquicia, GODZILLA regresa más espectacular que nunca, un esmerado producto realizado con sumo respeto, algo que se nota en la entrega –a veces estéril- de todo el reparto, en el diseño del imponente monstruo y su catálogo de movimientos. Y el mérito de Edwards es haber recuperado la esencia primigenia de uno de los monstruos más carismáticos de la historia del celuloide, una enorme apisonadora que destruye todo lo que se encuentra a su paso con una fuerza y un cabreo indescriptibles.


      La película baja notablemente el ritmo sin la presencia del bicho (que debería haber gozado de más minutos)  perdiéndose por momentos en las cuestiones de poco interés y llenas de tópicos que rodean al protagonista, Aaron Taylor-Johnson, y a la chica guapa, una Elizabeth Olsen de la que sólo oímos frases irrelevantes, regalando sonrisas y corriendo todo el tiempo. Como era de esperar, el ejército, los valerosos soldados, tienen un protagonismo excesivamente enfático en la defensa del mundo libre o la humanidad, un barniz patriótico consustancial a este tipo de producciones en donde el espectador sabe que la amenaza real no es el letal kaiju sino la imprudencia humana que ha creado a la bestia, y que actúa como metáfora del terror de la guerra nuclear.



      Lo innegable es que Gareth Edwuards demuestra buen pulso y talento, que resulta evidente que una de sus fuentes de inspiración es el Spielberg más lúdico y encantador (Jurassic Park, Tiburón), que sabe dotar a la historia de tensión atmosférica (claramente identificable por la insignificancia de las personas ante las catástrofes naturales) y que acierta controlando la aparición tenebrosa y progresiva de la descomunal criatura hasta el explosivo y alucinante clímax final. Con la clásica estructura introducción, nudo y desenlace, nos encontramos amigo  lector, ante un entretenido y digno blockbuster, un espectáculo que visionado en 3D amplifica la sensación de desasosiego y atroz realismo.

sábado, 17 de mayo de 2014

CRÍTICA DE: "MANIAC" (2012)

Cómo rodar de manera brillante un remake
MANIAC (2012) êêêê
DIRECTOR: FRANCK KHALFOUN.
INTÉRPRETES: ELIJAH WOOD, NORA ARNEZEDER, AMERICA OLIVO, MORGANE SLEMP, LIANE BALABAN.
GÉNERO: TERROR / FRANCIA / 2012  DURACIÓN: 90 MINUTOS.   
     
      Corría el año 1980 cuando William Lustig dirigió Maniac, un relato sórdido y escalofriante rodado en formato semidocumental que se centraba en las andanzas de Frank Zito (Joe Spinell), dueño de una mente fatalmente alterada y castigada por los remordimientos, un tipo vulgar, anodino, incapaz de encontrar su lugar en el mundo ni la estabilidad emocional para llevar una vida normal. Con obsesión por los maniquíes, deambula por la peligrosa calle 42 confundido con el sucio y deprimente paisaje urbano asesinando con su enorme cuchillo a jóvenes hermosas para sustraerles la cabellera que luego lucirán la galería de maniquíes que pueblan su siniestro apartamento. Trasladando la acción a Los Ángeles, Franck Khalfoun (Parking 2, 2007) firma un brillante remake de esta mítica película de culto que dejó una muesca indeleble en la memoria del aficionado, y cuya producción ha sido posible gracias al padrinazgo de Alexandre Aja y Grégory Lavasseur, que además de productores también firman el libreto.


      En esta nueva versión ya no nos encontramos con la corpulencia ni el rostro picado y algo repulsivo del fallecido Joe Spinell, que con gran acierto ha sido sustituido por el cuerpecillo delgado e insignificante de Elijah Wood, al que la profundidad de sus ojos claros aporta un falso halo de serenidad y equilibrio, un rasgo que mutará en frenesí cuando se entrega a los más repugnantes actos criminales. Pero Frank Zito sigue siendo un ser solitario, varado en su inmensa soledad y aislamiento, víctima de sus traumas y con una dolorosa e impotente relación con las mujeres, consecuencia de una relación enfermiza y malsana con su castrante madre, cuya sombra sigue deformando su percepción de la realidad. La influencia de su madre es una machacona e hiriente resonancia en la mente de Frank, presente en tenebrosos y turbadores flash backs que nos devuelven a su infancia y reflejan su insoportable angustia existencial. La cámara subjetiva se nos antoja un recurso eficaz para sumergir al espectador en el laberinto mental de Frank, un gran hallazgo que nos acerca con más piedad que saña a el castigo por sus tremendos pecados. Para Frank, como para Norman Bates, no hay otra salida que el infierno, y el juego de espejos conlleva una lucha entre la consciencia y la inconsciencia, el espejo roto representa el anhelo y la imposibilidad de esa imagen con la que desearía romper. Un film magnífico.

  

viernes, 16 de mayo de 2014

EL CINE MÍTICO: PARÍS, TEXAS (WIM WENDERS, 1984)

PARÍS, TEXAS
Drama - Alemania-Francia, 1984 - 140 Minutos.
DIRECTOR: WIM WENDERS.
INTÉRPRETES: HARRY DEAN STANTON, NASTASSJA KINSKI, DEAN STOCKWELL, AURORE CLÉMENT, HUNTER CARSON.

El realizador alemán Wim Wenders (Düsseldorf, 1945) tras abandonar los estudios de medicina y filosofía se propone ingresar en la IDEC (prestigiosa escuela de cine de París), pero al ser suspendido en el examen de ingreso decide aprender viendo cine en la cinemateca francesa. Posteriormente logra matricularse en la recién inaugurada Escuela Superior de Cine y Televisión de Munich, donde consigue diplomarse como director. Realiza varios cortos y ejerce como crítico de cine en varios periódicos. Descendiente del nuevo cine alemán y con referentes tan dispares como Ray y Ozu, en 1970 rueda su primer largometraje Summer in the city, un singular paseo por el paisaje urbano que viene a ser un esbozo de lo que serán las constantes de su obra. Entre los títulos más significativos de este vanguardista cineasta germano podemos citar: El miedo del portero ante el penalty (1971), Alicia en las ciudades (1973), Falso culpable (1974), En el curso del tiempo (1975), El amigo americano (1977), El relámpago sobre el agua (1979), El hombre de Chinatown (1982), El estado de las cosas (1982), Cielo sobre Berlín (1987), ¡Tan lejos tan cerca! (1993), Lisboa Story (1995), El final de la violencia (1996).

      Wenders gana la Palma de Oro y el Premio de la Crítica Internacional en Cannes’84 al narrar la historia de Travis (Harry Dean Stanton) un hombre confundido que vaga por el desierto en busca de sus orígenes y sobre todo parara encontrarse a sí mismo. En Texas está París, un pueblo fronterizo al que Travis llega. Separado de Jane (Nastassja Kinski) su silencio encierra un lacerante vacío. Acompañado de su hermano Walt (Dean Stockwell) y de su hijo Hunter (Hunter Carson) emprende viaje hacia Houston para hablar con Jane, que se gana la vida en un peep-show y a quien entrega a su hijo. El solitario Travis partirá sin rumbo fijo.

      En formato de road-movie, París, Texas es una espléndida película que condensa todos los recursos temáticos e ideológicos de su autor: personajes desorientados que desde algún punto muerto deciden la búsqueda de su identidad, la presencia de un turbador silencio -consecuencia seguramente de un profundo debate moral-, espacios luminosos que se abren al paso de seres apasionados y atormentados, el movimiento como un lenguaje fílmico lleno de poesía y atracción visual, y relaciones sentimentales que diseminan múltiples esporas de destrucción. Con un guión escrito por el polifacético Sam Shepard (escritor, actor, director) el director de Cielo sobre Berlín se aleja de la pretenciosidad de algunas de sus obras para mostrarnos con sencillez el peregrinaje de un hombre enigmático y prisionero de una historia de amor. 



      Pero lo malo de las historias de amor cuando acaban son los recuerdos, esa tira de imágenes y palabras que amenazan cualquier atisbo de calma. Y para Travis el amor es ya sólo un símbolo enjaulado en una cabina de peep-show, un invento, por cierto, muy significativo de la América y la sociedad contemporánea, en la que la soledad y la incomunicación arrastra la pérdida progresiva de la autoestima y sirve de puente a la marginación. Esta parte final de la película, bellísima, es de lo mejor que ha rodado Wenders en toda su carrera, todo en el film parece desembocar en esa preciosa secuencia de la conversación a través del cristal de la cabina, en la que Travis decide explicarle a su esposa que ha regresado con el hijo de ambos y todo el doloroso itinerario recorrido desde su separación. Con buenas interpretaciones de los tradicionalmente secundarios Harry Dean Stanton y Dean Stockwell y una deslumbrante fotografía de Robby Müller, París, Texas es una película sensible que ataca directamente a los sentimientos, una fascinante reflexión al mismo tiempo poética y desoladora sobre la angustia existencial y la encrucijada espiritual del individuo. Excelente banda sonora a cargo de Ry Cooder para un film bello e intimista.

DEJO, COMO BONO REGALO PARA MIS LECTORES, UNAS SUGERENTES IMÁGENES PERTENECIENTES A LA ANATOMÍA DE LA BELLA NASTASSJA KINSKI, PROTAGONISTA DEL COMENTADO FILM DE WENDERS Y MUSA INSUSTITUIBLE PARA LOS CINÉFILOS EN LAS DÉCADAS DE LOS 80 Y 90. ESPERO QUE LES GUSTE, TRES DE ELLAS PERTENECEN AL MEDIOCRE THRILLER "COLD HEART" (DENNIS DIMSTER, 2001).


domingo, 11 de mayo de 2014

CRÍTICA DE: "IDA"

Visión dolorosa sobre los desolados parajes del alma
IDA êêêêê
DIRECTOR: PAWEL PAWLIKOWSKI
INTÉRPRETES: AGATA TRZBUCHOWSKA, AGATA KULESZA, JOANNA KULIG, DAVID OGRODNIK.
GÉNERO: DRAMA / POLONIA /2013 / DURACIÓN: 80 MINUTOS.


      Comencemos por la sinopsis de esta espléndida película: Polonia, 1962. Anna (Agata Trzbuchowska) es una guapa jovencita de 18 años que se prepara para convertirse en monja en el convento donde ha vivido desde que quedó huérfana siendo una niña, pero pronto descubre que tiene una pariente viva a quien tiene que visitar  antes de tomar los votos, la hermana de su madre, Wanda (Agata Kulesza). Ambas se embarcan en un viaje de descubrimiento sobre ellas mismas  y de su pasado en común. Anna descubre que su tía no sólo es una antigua abogada del Estado comunista conocida por sentenciar a muerte a sacerdotes y otras personas, sino que además es judía y que su verdadero nombre es Ida. Esta revelación hace que Anna inicie un viaje para descubrir sus raíces y enfrentarse así a la realidad sobre su familia. Ida debe elegir entre su identidad natal  y la religión que la salvó de las masacres de la ocupación nazi de Polonia. Y Wanda debe enfrentarse al peso de su conciencia por las decisiones que tomó durante la guerra, cuando eligió la fidelidad a la causa antes que la familia.


      Dirigida por Pawel Pawlikowski en formato 4:3, en portentoso blanco y negro y con clara influencia del esteticismo expresionista de Dreyer, IDA es uno de esos milagros  que el cine nos regala  de vez en cuando, proveniente, además, de una cinematografía no muy dada a regalarnos joyas en las últimas décadas. Con sentimiento, inteligencia y una pericia desbordante, Pawlikowski nos sumerge en una época, la Polonia de la década de los 60, sin inútiles subrayados musicales y narrativos, para concentrar en sólo 80 minutos de puro cine un relato lacerante y trágico sobre la responsabilidad de nuestras decisiones, la culpa, el remordimiento y la erosión de la conciencia de la que es imposible huir y sólo la muerte te ofrece un remanso para la expiación. Ida se enterará por las revelaciones de su tía que es judía e irá atando cabos hasta llegar a conocer atroz verdad sobre la desaparición de sus padres y de su hermano, un horror indescriptible, pues aunque el holocausto fue ideado y ejecutado por los nazis, estos encontraron grandes cómplices en las naciones ocupadas, arrastrados por la codicia y el miedo.



        El espectador se sentirá cautivado por esta exquisita pieza de cámara rebosante de imágenes memorables sin que ni un solo plano resulte gratuito: la bruma en el bosque, el convento con un manto de nieve, las decadentes calles de la ciudad, el prodigioso juego de sombras y espacios que enmarcan el hiriente itinerario  de dos personajes magnéticos que irán dejando sus huellas en la blanca nieve en un ejercicio de regresión a la noche más oscura de los tiempos. Y si la bellísima Agata Trzebuchowska nos roba el corazón dando oxígeno  a esa novicia que desde que tiene conciencia ha vivido en el convento ajena a lo que sucedía en el exterior, la interpretación de Agata Kulesza se me antoja superlativa en el rol de una antigua fiscal del Estado que condenó a muerte a muchas personas desafectas al régimen y que intenta ahogar los demonios en alcohol y practicando sexo de forma compulsiva. IDA no sólo es una obra maestra que nos hace recuperar las sensaciones de un cine perdido proyectando un volcán de emociones y un amplio abanico de matices, también una visión sutil y dolorosa sobre los desolados parajes del alma, la imposibilidad del olvido y el error de transitar por el presente sin tener en cuenta el pasado.

martes, 6 de mayo de 2014

EL DESCONOCIDO DEL LAGO, NUEVA PROPUESTA VALIENTE QUE LLEGA DE FRANCIA


      La estructura de EL DESCONOCIDO DEL LAGO (Alain Guiraudie, 2014) se me antoja tan minimalista como su mundana premisa: Verano. Un lago de aguas azul turquesa en torno al cual se congrega un grupo de bañistas. Hombres que utilizan el bucólico paraje para sus escarceos sexuales con otros hombres a la orilla del lago o en el interior del bosque contiguo. Franck (Pierre Deladonchamps) pasa el tiempo entre la amistad  con el orondo Henri (Patrick D´Assunçao) y los escarceos con Michel (Christophe Paou), adonis oscuro y peligroso. La aparición en el lago del cadáver de un joven, romperá la armonía del idílico entorno atrayendo hasta el lugar a un meticuloso inspector de policía (Jerome Chappatte), que iniciará una investigación para saber si la causa de la muerte fue violenta o accidental


      Nada me interesa el tema de cómo se ve representada la comunidad homosexual en el film porque para mí dicha comunidad no vive en un gueto y el debate ya se agotó tras el estreno de A la caza (William Friedkin, 1980) con resultados estériles. EL DESCONOCIDO DEL LAGO es ante todo un film valiente, la visión de Guiraudie sobre el sexo me resulta tan lúcida como natural y las pasiones emanan de una forma espontánea y descarnada, ya sea a través de insinuantes flirteos, de las miradas y los gestos o vertebrando secuencias sombrías de sexo explícito. Eros y Tánatos, el sexo y la muerte en un edén convertido en un vertedero de amor, soledad y muerte. Guiraudie, que con una filmografía compuesta por media docena de títulos, entre las que sigue sobresaliendo su potente mediometraje Ce vieux rêve qui bouge (2001), un drama sobre un obrero que se enamora de su capataz y que es su mejor film hasta la fecha, logra su segundo mejor trabajo  con esta fascinante y lacónica historia con resonancias al Chabrol más campestre


       Centrada en el submundo del cruising, el director galo prescinde de filtros, tabúes y toda formalidad para acercarnos con hiriente transparencia a la compulsión del deseo y el peligro, y los momentos de explicitud sexual (besos negros, masturbaciones, felaciones y eyaculaciones) forman parte del magnetismo de ese tentador fenómeno al mismo tiempo oscuro y seductor del placer instantáneo, que aunque teñido de una evanescente sordidez, marginalidad, amoralidad y decadencia, jamás limita las emociones y el éxtasis que fusiona con fluidez orgásmica la atracción y la amenaza, creando una atmósfera perturbadora en donde ni la muerte servirá de obstáculo para la pasión desmedida.