Adam
Robitel (The Taking of Deborah Logan, Insidious: La última llave)
nos presenta una nueva película de terror, género en el que se ha especializado
y que ya tiene prevista una secuela en 2020. La sinopsis del film es la
siguiente: seis desconocidos reciben un misterioso paquete. En su interior se
encuentran un mensaje que promete al propietario una oportunidad de ganar diez
mil dólares y alejarse de la vida rutinaria. El grupo llega al local señalado y
se dan cuenta de que se disponen a competir en una “Escape room”. Pronto descubrirán
que sea quien sea el que ha organizado el juego, conoce todos y cada uno de los
detalles de sus vidas. Ahora no tendrán más remedio que encontrar las pistas y
resolver el puzzle. Sólo así saldrán con vida de esa habitación.
Cogiendo el testigo y la evidente
inspiración de Saw y Cube, Escape room se desarrolla
a buen ritmo y con medidas dosis de adrenalina. Todos estaremos de acuerdo en
que la premisa de la película está ya muy trillada, pero Robitel sabe cómo
sacar partido al aspecto visual y hacer uso del suspense con una creatividad no
excesivamente macabra. Hablamos de una película realizada con mimo, con momentos
de humor corrosivo y unos intérpretes semidesconocidos que aportan lo que se
les exige.
Construida a partir de los
códigos estructurales del subgénero Escape
room (habitaciones mortales rebosantes de trampas de las que sólo es
posible escapar resolviendo rompecabezas), la acción va directamente al grano
encerrando a los seis desconocidos en una claustrofóbica sala de la que
tratarán de escapar con vida cuando se convierta en un horno y posteriormente
saltarán a otro escenario ambientado con un frío glacial. Con menos hemoglobina
y gore que Saw pero con un perverso
juego de puzles, Escape room tiene su
punto de ingenio y logra crear una cierta empatía hacia los personajes arquetípicos
pero muy humanos. No pasará a la historia pero tampoco resulta despreciable.
GÉNERO: DRAMA / EE.UU / 2018 / DURACIÓN: 116 MINUTOS.
Cerca de 40 películas (creo
que ésta hace la número 37) lleva dirigidas el casi nonagenario (88 años)
director californiano Clint Eastwood
desde su debut con Escalofrío en la noche (1970), y por su trabajo en Sin
perdón (1993) y Million Dollar Baby (2004) fue
galardonado con los Oscars al Mejor Director y Mejor Película. Nacido en San
Francisco en 1930, debuto como actor en pequeños papelitos en Lady
Godiva (Artur Lubin, 1955), El regreso del monstruo (Jack Arnold,
1955) y Tarántula (Jack Arnold, 1955), pero su gran oportunidad le
llegó cuando un olvidado actor llamado Eric Fleming (entonces compañero de
Eastwood en la serie televisiva Rawhide)
rechazó protagonizar un western hispano-italiano titulado Por un puñado de dólares (1964).
La película resultó un hito del género Spaghetti western y el éxito de la
película convirtió a Eastwood en un ídolo en Europa. Aunque las últimas
películas del director Poder absoluto me han decepcionado (15:17
Tren a París es horrorosa), le estaré eternamente agradecido por su
legado cinematográfico, que incluye un buen puñado de películas entretenidas y
un ramillete de obras maestras.
Mula nos presenta a Earl Stone (Eastwood) un octogenario
cultivador de flores que vive solo, está en quiebra y se enfrenta a la
ejecución hipotecaria de su casa y su negocio. Un día se le ofrece un trabajo
aparentemente fácil en el que sólo tiene que conducir. Pero, sin saberlo
inicialmente, se convierte traficante de drogas para un cartel mexicano, y pese
a estar bajo el radar del agente de la DEA Colin
Bates (Bradley Cooper) seguirá haciendo de “mula” para ayudar a su
distanciada familia.
Película superior a sus
últimas obras, Clint Eastwood se vuelve a dirigir a sí mismo desde que lo hiciera
en Gran
Torino, su última gran película y con la que guarda gran similitud: la
soledad del personaje, un hombre jubilado, ex combatiente de Corea y desubicado
en un mundo cambiante que no entiende. Sólo que aquí no ha perdido a su esposa,
sino que vive desde hace años separado de ella, de su hija y de su nieta, con
la única que mantiene un vínculo cercano. Los apuros económicos le empujan a
aceptar un trabajo que parece fácil pero que esconde una misión peligrosa. A
punto de perder su casa porque su labor como cultivador de lirios no le da para
pagar la hipoteca, los narcos ven en él a la “mula” perfecta porque nadie
sospechará de un anciano que consume ya los últimos años de su vida y al que
jamás le han puesto una multa. Inspirada
en el caso real de Leo Sharp, que trabajó para el cartel mexicano de Sinaloa por
los mismos motivos que el protagonista y cultivaba rosas para George Bush
padre, el interés de Eastwood se centra sobre todo en la visión de un mundo
decadente y la mirada de arrepentimiento que desde un aspecto crepuscular puede
ser entendida como un testamento fílmico y personal del propio director y su
reflejo en el espejo.
La investigación que lleva a cabo el agente
de la DEA encarnado por Bradley Cooper (un actor mediocre) no tiene mucho
interés, pero sí algunas reflexiones que plantea la historia en su vertiente
social y emocional: el humor negrísimo que aguijonea sobre las identidades
sociales y los comportamientos racistas endémicos de una sociedad construida a
base de acontecimientos violentos, el turbio egoísmo humano que hace que
descuides lo más importante de la existencia que es la familia, la redención
que te obliga a hurgar en los errores y pecados cometidos sin la certeza de que
serán perdonados y una herida abierta que supura desde hace años. Con un guión económico y una espléndida
iluminación, en este ejercicio de introspección sobre la culpa (su veneno) y la
expiación, Earl Stone/Clint Eastwood se encuentra ante una toma de conciencia
teniendo que recapitular en el final de su vida, cuando siempre se mostró
amable con todo el mundo menos con los suyos (prefirió quedarse bebiendo
mientras se casaba su hija), y su dolor, su confusión, sus dilemas morales le
llevan a una huida hacia adelante en la que nada tiene que perder, todos
pensamos que el anciano camello se merece una segunda oportunidad, al fin y al
cabo, hablamos de un antihéroe arrepentido y autocrítico… De la salvación de su
alma.
Hace pocas fechas, con el motivo del estreno en
Netflix de Polar ya tuve la oportunidad de hacer un recorrido por la
filmografía del director sueco Jonas Âkerlund,
que incluye varios documentales sobre artistas del pop y del rock y alguna otra
película destacable de ficción cono Spun (2002) un film independiente en
formato de comedia ácida sobre el mundo de las drogas, y el mediocre thriller Los
jinetes del Apocalipsis (2009). Para entender Lords of Chaos sería
bueno, aunque no necesario, que el espectador tuviera algunas nociones de lo
que representó la escena black metal en la década de los 80 y 90 en Noruega.
Ostein Aarseth, que se hace llamar Euronymous (Rory Culkin) es un joven de
17 años que muestra su rebeldía con las tradiciones y la forma de pensar que
impera en su país. Por eso centra toda su energía en crear una banda de black
metal llamada Mayhem y así poder
expresar su enfado y frustración ante el estado de las cosas. El ascenso a la
fama es difícil, pero poco a poco gracias al fenómeno que él y su grupo han
creado se abren un hueco en el panorama musical extremo de su país. La cosa no
tarda en desmadrarse y el límite entre espectáculo y realidad se van
difuminando y derivando en la quema de iglesias e incluso en el asesinato.
Para quien esto firma,
siempre interesado en la historia de los movimientos musicales, nada de lo que
narra Lords of Chaos resulta una novedad. Sin embargo, he de reconocer
que Âkerlund nos relata los trágicos episodios reales con bastante fidelidad
sin grandes licencias narrativas y manteniendo siempre un ritmo dinámico
durante todo el metraje. Centrada en el proceso de creación de la banda Mayhem,
pioneros del Nuevo Black Metal noruego (nombre que cogieron de una canción de
la banda Venom) y liderada por Euronymous, el film se mueve entre el biopic,
los conflictos sociales de una juventud que, tal vez porque lo tienen todo, se
siente desencantada y el terror, como consecuencia del aspecto y filosofía
satanista y fanática de los miembros de la banda, finalmente abocados a una
espiral de violencia en la que pierden las riendas de sus vidas cometiendo
crímenes y delitos execrables.
En Lords of Chaos asistimos a los
primeros ensayos de la banda en un sótano; la llegada del siniestro vocalista
sueco Per Yngve Ohlin (que se hace llamar Dead), un tipo que se cortaba los
brazos con cristales durante los conciertos, que estaba obsesionado con la
muerte y acabó suicidándose de un disparo de escopeta; la irrupción de Varg
Vikernes interpretado por Emory Cohen
y conocido como Count Grishnackh, el hombre orquesta y único componente de la
banda Burzum; la quema de iglesias;
el asesinato de un hombre homosexual a manos de Faust, baterista de la banda Emperor; la feroz competencia entre Euronymous y Vikernes, que va fermentando un
odio desde casi el principio de la relación amistosa y profesional. Y que
concluye en la tragedia final debido a una lucha personal cruel e interesada
por el dominio del black metal (y el Inner Circle, el movimiento de este estilo
musical del cual la banda Mayhem fue fundadora) y su tétrica y brutal leyenda.
La aproximación que hace
Âkerlund a aquellos años en donde en una Noruega rica, tradicional, civilizada
y temerosa de Dios (aunque con una alta tasa de suicidios), el mal y la locura
se va apoderando de unos muchachos amantes de la provocación y la impostura
resulta aún más terrorífica porque el relato nunca impone un discurso didáctico
ni moral, y el director sólo se limita a levantar acta sobre unos hechos reales
tal y como sucedieron sin fundir el clímax con ninguna moraleja. Deberán ser los espectadores los llamados a
reflexionar sobre cómo unos niños pijos sin ninguna carencia y con mucho tiempo
libre, llegaron a realizar una serie de acciones delictivas y tan macabras. La
lucha de egos entre Oistein Aarseth/Euronymous y Varg Vikernes/Count Grishnackh
por alcanzar el éxtasis de la popularidad es lo más interesante de un film que
provocará repulsa y una mórbida fascinación.