Las películas Al final de la escalera (The Changeling, 1980) y Doble juego (Romeo is Bleeding, 1993) muestran dos facetas muy distintas del talento del director de origen húngaro Peter Medak, pero ambas comparten una atmósfera inquietante y un enfoque muy personal de la tensión y el suspense cinematográfico.
ALFINAL DE LA ESCALERA
Al final de la escalera es, para muchos aficionados entre los que me encuentro, una de las grandes joyas del cine de casas encantadas. La historia sigue a un compositor, John Russell (George C. Scott) que, tras una tragedia en la que ha perdido a su familia, se muda de Nueva York a una mansión solitaria en Seattle donde comienzan a ocurrir fenómenos inexplicables. Hasta que un día descubre una habitación secreta ubicada al final de la escalera.
Medak construye el terror de forma clásica tomando como escenario un impresionante caserón y sus múltiples estancias vacías y una sensación constante de duelo. Lo más destacable es el carácter evocador del relato que evita el gore y el susto fácil: aquí el duelo nace de lo emocional, de la pérdida y del pasado que se niega a desaparecer.
La interpretación de George C. Scott aporta una gravedad poco habitual en el género, elevando la historia hacia un drama sobrenatural profundamente humano. La utilización sugerente del escenario, largas panorámicas, la cámara auscultando cada rincón y el uso del sonido -golpes lejanos, ecos de una pelota rebotando- se convierten en elementos narrativos clave que siguen resultando escalofriantes y perturbadores en cada nuevo visionado. Estamos ante una obra elegante, contenida y muy influyente en el cine posterior.
DOBLE JUEGO
En Doble juego nos encontramos con el reverso estilístico de la anterior: una película caótica, estilizada, contaminada por la época en que se rodó y cargada de cinismo. Aquí seguimos a un sargento corrupto de la policía, Jack Grimaldi (Gary Oldman) que informa a la mafia sobre sobre la ubicación de los testigos protegidos y que está atrapado en una espiral de traiciones, violencia y deseo. La función destaca por su tono neo-noir enfático, con una narrativa fragmentada y una estética que roza lo alucinatorio.
Gary Oldman ofrece una actuación intensa e histriónica (muy parecida a la que nos regala en El profesional de Besson) perfectamente alineada con el carácter autodestructivo del protagonista. Pero quien realmente se hace dueña de la película es Lena Olin en el papel de Mona, mujer vinculada a la mafia y acusada de matar a varios agentes federales, y cuya presencia magnética y muy peligrosa convierte cada escena en algo imprevisible.
Medak apuesta aquí por un estilo visual agresivo, una preciosa fotografía de Dariusz Wolski con colores saturados y una violencia casi operística y fascinante, tanto como el toque erótico que aportan la inocente Juliette Lewis como amante de Grimaldi o la misma actriz sueca Lena Olin, tan bella y venenosa como una serpiente Coral Azul.













No hay comentarios:
Publicar un comentario