Las edades de Lulú es probablemente uno de los proyectos más arriesgados del cine español en la última década del pasado siglo. Una película que sería imposible estrenar en estos tiempos gazmoños y mojigatos, tanto por su temática y explicitud sexual como por la franqueza con que mi adorado Bigas Luna decide exponer la historia de iniciación sexual de una chica quinceañera. Basada en la primera novela de Almudena Grandes que ganó el XI premio La sonrisa vertical, la película se adentra sin medias tintas en un terreno donde sexualidad, identidad y peligro se confunden, y lo hace con una audacia que, a día de hoy, sigue molestando a mucha gente. Algo que para quien junta estas letras siempre resulta estimulante.
Lulú (Fracesca Neri) es una colegiala de 15 años que siente una atracción poderosa por Pablo (Óscar Ladoire), amigo de la familia. Tras una primera y excitante experiencia, ese deseo marcará toda su vida. Pablo se marcha como profesor a Filadelfia, y años después vuelve a reencontrarse con Lulú. Reviven su deseo, se casan y ambos inician una relación intensa marcada por la experimentación sexual.
La mirada de Bigas Luna está marcada por su obsesión por el cuerpo, el deseo y la lúcida transgresión. No obstante, aquí su estilo encuentra una tensión particular: intenta respetar la perspectiva de Lulú como eje emocional, pero en más de una secuencia la cámara se aproxima ella desde un punto de vista externo, casi voyeurista. Esto origina un choque entre el espíritu feminista y subjetivo de la novela y la mirada eminentemente masculina del director. Ese desajuste es, a la vez, una debilidad y un rasgo que vuelve la película fascinante. Así, nos encontramos con una obra contradictoria, perturbada por sus propias intenciones.
Una sensual Francesca Neri dando oxígeno a Lulú ofrece una actuación entregada, intensa, tal vez más ingenua que la Lulú literaria, pero capaz de sostener la desnudez física y emocional del personaje. La presencia de Óscar Ladoire como el profesor amigo de su hermano, aporta cierta ambigüedad moral, y perdonamos que en algunos momentos el relato caiga en la caricatura de otros personajes y ambientes. No es el caso de la travesti Ely que encarna maravillosamente María Barranco, que aporta una calidez sentimental y física conmovedora y tangible, o de un siniestro Javier Bardem que se busca la vida prostituyéndose en los antros de la noche. Se me hace necesario subrayar que la atmósfera de degradación emocional está muy lograda, Bigas Luna sabe crear espacios que parecen existir entre lo real y lo onírico.
Las edades de Lulú no es sólo una película polémica (la actriz elegida en principio para dar vida a Lulú era Ángela Molina que rechazó el papel alegando que la historia deriva en una película porno) y su recepción estuvo marcada por una sucesión de escándalos, malentendidos y prejuicios ñoños, tanto por su tratamiento explícito de la sexualidad, como por su decisión de no justificar ni moralizar los deseos de su protagonista. Y en cierto modo podemos considerarla una película maldita porque surgió en medio de tensiones, cambio de la actriz principal a última hora, sufrió duras críticas, tocó temas tabús cómo el incesto y quedó atrapada en el limbo entre el cine de autor y el cine erótico comercial, sin encajar plenamente en ninguno.
Con el tiempo, sin embargo, esa condición se ha vuelto única. Es una obra imperfecta pero valiente, excesiva, contradictoria, imposible de ver sin sentir algo, y ese, al final, es su verdadero triunfo. Las edades de Lulú conserva el espíritu provocador de la novela, el intento de narrar el deseo femenino sin moralismos. Bigas Luna refuerza la crudeza mediante atmósferas decadentes, personajes secundarios extremos y una estética más cercana al erotismo de los años 80-90. Algunos episodios están más estilizados, sobre todo los que exigen mayor introspección, y otros se enfatizan visualmente para causar mayor impacto. Y lo más importante, Luna consigue que la película aumente la temperatura emocional y rompa el termómetro de la fiebre sexual. Insisto, todo lo que a un sector mojigato de la sociedad le molesta o incomoda, a mí me sirve de estímulo.
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Me ha gustado mucho cómo planteas la lectura de "Las edades de Lulú". Tu análisis no se queda en la superficie del erotismo, sino que conecta la película con el contexto cultural y cinematográfico de los años noventa. Es interesante cómo señalas la mezcla de provocación y vulnerabilidad en el personaje de Lulú, y la manera en que Bigas Luna juega con los límites de lo permitido en pantalla. Gracias por rescatar esta obra y darle un espacio de reflexión tan necesario.
ResponderEliminarTengo debilidad por Bigas Luna, tuve la oportunidad de saludarle cuando cerró el cine Savoy de Barcelona. Entonces yo vivía allí y le agradecí que hubiera dejado como legado para la posteridad una obra maestra irrepetible como Bilbao. Le defenderé siempre a muerte de toda esa gentuza que, por criticar su obra, ensucia su memoria.
EliminarComo he comentado en la reseña, hoy no se podría ni imaginar estrenar una película así. Vivimos una época sórdida rebosante de cobardes. Créeme, en cuanto al cine, cualquier tiempo pasado fue mejor... y más libre.
Gracias a ti por comentar. Saludos.
Es verdad que la película tuvo muy malas críticas. Sin embargo, Bigas Luna sortea el riesgo de caer en lo superficial y acierta a compartir la fascinación de su mirada, ayudado por una sensual Francesca Neri.
ResponderEliminarUn abrazo.
Generalmente, a Bigas Luna, descubridor de muchos de nuestros mejores actores y actrices, se le apreciaba poco. A mí eso me da igual porque cada cual es dueño de sus filias y fobias, lo que no entendía nunca eran las nimias argumentaciones y el escarnio con que eran despachadas por cierta crítica oficialista la mayoría de sus películas.
EliminarCierto, Francesca Neri lucía con una inocencia muy lasciva. No sé si Ángela Molina me hubiera inspirado tanto.
Una abraçada.