“TO LIVE AND DIE IN L.A.”
Vivir y morir en Los Ángeles (William Friedkin, 1985) se inscribe dentro del cine policial estadounidense de los años ochenta como una obra singular que subvierte los códigos del thriller más clásico para entregarnos una reflexión amarga sobre la moralidad, la obsesión y la identidad en el contexto contemporáneo. Tomando distancia de la estructura convencional de la persecución entre ley y crimen, la película plantea una ambigua simetría entre el agente federal Richard Chance (William Petersen) que pone en marcha un peligroso plan para atrapar al famoso falsificador de dinero Rick Masters (Willem Dafoe), sugiriendo que ambos actúan bajo lógicas éticas igual de erosionadas.
Desde una óptica formal, Friedkin articula una estética marcada por el hiperrealismo y la fisicidad del entorno urbano. La ciudad de Los Ángeles no es sólo un telón de fondo, actuando más como un organismo dinámico que condiciona la acción y refuerza la sensación de inestabilidad. La larga y célebre secuencia de la persecución automovilística, sobre todo cuando está rodada en sentido contrario al tráfico, ejemplifica esta apuesta por una puesta en escena visceral que privilegia la experiencia sensorial del espectador por encima de la claridad narrativa clásica.
Desde un plano temático, la película cuestiona la noción de justicia. Chance, lejos de encarnar un ideal heroico, se nos presenta como un individuo impulsivo, narcisista y progresivamente corrompido por su obsesión por capturar a Masters y vengar la muerte de un colega. Así, su conducta transgrede los límites legales y éticos que, supuestamente, definen su rol institucional, erigiendo una crítica a la fragilidad de las estructuras de autoridad. Se puede decir que, en este sentido, la función dialoga con una tradición de cine negro en la que la distinción entre policía y delincuente se vuelve difusa.
El personaje de Masters, por su parte,
introduce una dimensión metatextual particularmente relevante. Como
falsificador, su oficio consiste en reproducir la apariencia en valor, lo que
puede leerse como una metáfora del propio sistema capitalista y de las
ficciones que sostienen el orden social. Su enfrentamiento con Chance no es
sólo físico, también simbólico: ambos participan en la producción de falsificaciones,
ya sea de dinero o de justicia.
El desenlace de la película constituye una ruptura radical con las expectativas genéricas. La resolución narrativa, abrupta y desestabilizadora, niega cualquier forma de catarsis y obliga al espectador a reconsiderar retrospectivamente la trayectoria del protagonista. De este modo, Friedkin no sólo cuestiona los fundamentos morales del relato policial, sino que también desarticula la identificación emocional clásica, proponiendo una experiencia cinematográfica profundamente desoladora y crítica.
Definitivamente, Vivir y morir en Los
Ángeles se erige como una obra clave para entender la evolución del
thriller moderno, destacando por su complejidad ética, su osadía formal y su
incisiva mirada sobre el deterioro de los valores institucionales. Una gran película
que necesita ser reivindicada.














