Gasté un paquete de pañuelos la primera vez que vi esta obra maestra en la Filmoteca de Catalunya siendo un tierno adolescente. Martin Scorsese dijo de ella que “es una lección de cine puro centrada en la dignidad humana y la capacidad del cine para captar la realidad”. Con un libreto de Cesare Zavattini, Vittorio de Sica crea una de las cumbres del neorrealismo italiano y, quizá, su expresión más descarnada. Aquí no hay grandes gestos ni épicas falsas, sólo una vida al borde de la invisibilidad, la de Umberto Domenico Ferrari (Carlo Battisti), un antiguo funcionario del Estado jubilado que sobrevive en la posguerra romana con una pensión mísera, una dignidad obstinada y el amor silencioso por su perro Flike. Desde esa premisa mínima, la película construye un retrato universal del abandono y la indiferencia.
En la película se sugiere que Umberto Dominico había sido un funcionario del Estado, concretamente del Ministerio de Transportes o de una oficina pública similar. El dato no es baladí, porque indica que no era una persona marginada desde siempre, sino un hombre que sirvió al sistema, y, aun así, termina abandonado por él. De ahí que su miseria resulte todavía más lacerante: representa a toda una generación de trabajadores que, tras la guerra, quedaron fuera de un país que ya no tenía lugar para ellos.
De Sica opta por un tono de observación casi documental. La cámara no juzga, acompaña. Cada plano se convierte en una cuestión ética: captar el pulso de la realidad, sentir su latido y respiración, dejar que los cuerpos se muevan con torpeza, que el tiempo pese. La Roma de posguerra -con sus pensiones miserables y hostales de mala muerte, con su prisa indiferente- no es un decorado, sino una fuerza que empuja a Umberto hacia el borde del abismo. Roma se convierte en un laberinto frío donde nadie escucha, y donde la pobreza no es sólo material, también moral, y es esto lo que más duele.
El guión de Zavattini evita el sentimentalismo directo y los sustituye por una ternura austera. El drama no estalla de forma automática, se filtra a través de una historia rebosante de sinsabores y desgarros emocionales. El momento en el que Umberto intenta pedir ayuda y se traga las palabras resulta más devastador que cualquier discurso. Y cuando la película se acerca al precipicio -la idea del suicidio, el desamparo absoluto- no lo hace con música pomposa, sino con un silencio letal. La emoción se genera por lo que no se dice.
Compara con otras obras como Ladrón de bicicletas o El limpiabotas, Umberto D. es la más radical en su renuncia a cualquier esperanza viable. No encontramos redención externa, sólo pequeños actos de resistencia íntima. El perrito Flike no es un simple símbolo; es la razón última para seguir respirando, el lazo que ancla a Umberto a un mundo que lo ha desplazado.
El impacto emocional de la película no
proviene del llanto fácil, sino de la identificación profunda: todos podemos
ser Umberto D. cuando la sociedad deja de mirar y te ignora. Por eso
sigue la película sigue conmoviendo, porque no apela a la compasión con trucos,
sino con la más transparente verdad. Y porque, al final, nos enfrenta a una
pregunta dolorosa: ¿qué hacemos con quienes ya no producen, con quienes creemos
que estorban en el ritmo arrollador del progreso? Umberto D. no responde; nos
obliga a sentir, a refugiarnos íntimamente en excusas piadosas.












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