El cine nos
asusta, y Lars von Trier es de los
que más miedo transmite. Olvidémonos de hueras polémicas infantiles, de
insidiosos escándalos, de abucheos, insultos, desmayos y vomitonas en las
salas. Olvidémonos por un momento de las airadas protestas de la gilicrítica
en Cannes –incapaz de soportar la suficiencia genial del artista-, del carácter
egomaníacodepresivo del director... y centrémonos en lo que realmente importa:
los valores estrictamente cinematográficos de su última obra, Anticristo,
más que una película, un desafío: una pareja (Willem Dafoe y Charlotte
Gainsbourg), sumida en el dolor por la trágica muerte accidental de su hijo
mientras practican sexo (enlace siniestro entre Eros y Tánatos), deciden
retirarse a una cabaña situada en el corazón del bosque con la esperanza de
reencontrar la serenidad necesaria e intentar rehabilitar su matrimonio. El
marido es psicólogo y piensa en ese lugar porque fue allí donde ella pasó el último
verano con su hijo. Lo cierto es que la terapia no funciona y ella comienza a
comportarse de un modo extraño, y la naturaleza también.
En primer lugar se confirma que Von Trier
es un gran esteta (atención al espléndido y ultrasensorial prólogo y a la confección
de bellísimos encuadres que adornan las imágenes y secuencias más inquietantes
y terroríficas), un esteticismo radical de tintes góticos y expresionistas. Puede
que también sea la obra de un perturbado (terrible la depresión sufrida por el
director que le ha mantenido observando monstruos en el abismo cerca de 2 años)
pero, ¿qué pasa, ya no nos interesa Van Gogh ni Verlaine ni el Marqués de Sade?
¿Ahora toca despreciar y criminalizar al artista desbordante de creatividad y
genialidad asociándolo con la locura? Pues vaya mundo de mierda que me ha tocado
vivir, como si la línea que separa la genialidad de la locura fuera tan
evidente.
El arte debe comunicar,
penetrar por los sentidos, situarse en la vanguardia para explorar las heridas
y luchar contra los monstruos que produce el sueño de la razón, y Von Trier es
un ego con heridas y cicatrices. Película episódica (un prólogo, cuatro
capítulos y un epílogo), mezcla de thriller psicológico y cine de terror, Anticristo, que no es una obra de digestión
fácil, incide una vez más en la guerra de los sexos (tema obsesivo y cardinal
en la filmografía de su autor), en el sacrificio de la mujer capaz de soportar
todo el dolor (en este caso la traumática muerte de su hijo) en la más absoluta
soledad, sin que nadie, ni siquiera su distante marido psicólogo, encuentre la
manera de aliviar su padecimiento. Un crescendo de dolor y culpa que sólo
encuentra el camino de la expiación a través del martirio y la autodestrucción.
La carga del pecado original (origen de la culpabilidad en la fe cristiana) y
la búsqueda de la naturaleza del Mal.
Hay quien ha querido ver en el nuevo film
del director danés una relectura nunca confesa de Secretos de un matrimonio (Ingmar Bergman, 1973), película que
aunque adolecía de la energía de otros títulos del maestro sueco, funcionaba
como un juego de espejos en el que se iban reflejando las distintas fases por
las que pasa un matrimonio burgués. Pero, dotando de un nuevo valor estético a
la narrativa cinematográfica, por Anticristo sobrevuelan un sinfín de
apuntes referenciales que van de Dreyer a Lynch pasando por Kubrick, y en el
sentido caótico de su dramaturgia resuenan ecos audibles del teatro de Artaud y
Strindberg, así como una manifiesta evocación de las pinturas de El Bosco. Las
turbadoras y hermosas primeras imágenes de la función, rodadas en blanco y
negro, con cámara superlenta y el fondo musical del aria “Rinaldo” de Händel, trasmiten ya el sufrimiento venidero, la
aflicción como enfermedad casi irreversible, la posterior bajada a los
infiernos como terapia teñida de exorcismo.
Así será: estilismo de tinieblas,
decorados austeros, iconografía cristiana, atmósfera opresiva y malsana, montaje
abrupto, el recurso esencial de los primeros planos para remarcar el
padecimiento y la ansiedad en los rostros demacrados, la perfecta utilización
de la música y la fastuosa luz, la habilidad para jugar con los tiempos,
conforman un cosmos asfixiante donde el miedo es palpable y profundo, donde el
delirio nos empuja en caída libre por una vertiente tenebrosa hasta expulsar la
intrademencia al exterior. Activada la
polémica, en el último y desasosegante tercio nos adentramos en el puro terror,
y si bien una parte sustancial de la crítica y el público reprueban la extrema
violencia física y psíquica, las truculentas imágenes salpicadas de sexo
explicito, mutilaciones y perforaciones de miembros (la naturaleza humana presa
de la locura), el solemne epílogo que parece abrir camino a la redención
desactiva la polémica y nos enseña una verdad imposible de ocultar y difícil de
aceptar: el Anticristo situado en el vértice de la pirámide es uno mismo porque
el infierno somos nosotros. Un film dolorosamente sincero de un autor esencial.
Una película muy sugerente, horrible y fascinante a partes iguales, que condensa temas presentes en toda su filmografía y preludia la magistral "Melancolía".
ResponderEliminarUn abrazo.
Pues sí, y molesta como una almorrana en verano. Un viaje a las más activas llamas del infierno que ni siquiera sirve como exorcismo para alejar un dolor que se adivina inabarcable.
ResponderEliminarUn abrazo.