lunes, 15 de abril de 2019

CRÍTICA: "LO DEJO CUANDO QUIERA" (Carlos Theron, 2019)


Sólo los delincuentes triunfan
“LO DEJO CUANDO QUIERA” êê
(Carlos Theron, 2019)

    
   Remake de la exitosa comedia italiana de 2014 Lo dejo cuando quiero dirigida por Sydney Sibilia que incluso tuvo una secuela, Carlos Theron (Es por tu bien) firmante de otras comedias infumables, nos presenta a tres amigos y profesores universitarios, Pedro, Arturo y Eligio (David Verdaguer, Ernesto Sevilla y Carlos Santos) a los que la crisis ha dejado sin trabajo. Hastiados, sin dinero ni ilusiones, encuentran accidentalmente la solución a sus problemas en un proyecto científico que Pedro (el químico) lleva tiempo desarrollando. Un complejo vitamínico que, para sorpresa de ellos, hace que quien lo tome tenga un subidón importante y una euforia desmedida. Los tres, con el apoyo de Anabel (Miren Ibargúren) una abogada que trabaja en una gasolinera, y de J (Mero) una estudiante más interesada en las fiestas que en las matemáticas, se lanzarán al mundo de la noche y los negocios turbios para colocar la mercancía. Algo para lo que no parecen estar preparados.


    Cómo crítica al zarrapastroso estado del mercado laboral y los problemas que incluso la gente con estudios (licenciados, diplomados) tiene para encontrar un empleo decente, la película presenta a tres profesores que tienen que recurrir al tráfico de drogas que uno de ellos, casualmente, ha creado para dejar atrás sus miserables vidas y los trabajos basura. Y la verdad es que uno echa unas carcajadas (tampoco muchas) con la inmersión en el mundo del narcotráfico y el ambiente nocturno de las discotecas, de un trío que tiene que hacer negocio con el peligroso dueño, Tacho (Ernesto Alterio) de unos de esos templos de la música, que quiere pillar cacho gordo del negocio que se traen entre manos los tres pardillos. 


   Lo dejo cuando quiera discurre con dinamismo mezclando las miserias de la crisis económica, el fracaso laboral y la alternativa de reinventarse para tratar de salir del agujero aunque sea cometiendo actos delictivos. Como dice Pedro: “Antes hacía lo que estaba bien y todo me salía mal, ahora hago lo que está mal y todo me sale bien”. “Esto es España”, le contesta un gracioso, macarra y caricaturesco Ernesto Alterio. Amén. Una película que al menos raya por encima de la media de la comedia española reciente.

viernes, 12 de abril de 2019

LORENA MEDINA, TAN ADICTIVA COMO EL TEQUILA




     Nacida el 18 enero de 1992 en Ciudad de México (México), la modelo Lorena Medina además de una estrella en Instagram fue elegida Playmate del mes de agosto de 2018 en la publicación masculina Playboy. Ella suele pasar tanto parajes abiertos como el desierto en interiores o estudios. Muchas de sus fotografías y vídeos los comparte con sus seguidores en su cuenta de la citada red social (donde tiene 85K), convirtiéndose en un gran escaparate para poder seguir sus pasos profesionales y en su rutina diaria más íntima. El comienzo de sus publicaciones en Instagram data de abril de 2013, año en que abandonó su país.

  
    Representada por las agencias Elite Models Miami y No Ties Management de Los Ángeles, cuenta que sus padres fallecieron cuando ella tenía 16 años, así que tuvo que resolver las cosas por su cuenta y riesgo. Incluso tuvo que fabricarse una identidad falsa y bailar de go-go en diferentes clubes nocturnos. En realidad, dice, “hice lo que tuve que hacer para sobrevivir”. Fue en 2013 cuando se mudó a Los ángeles y comenzó trabajando de camarera. Un día una agente le dio su tarjeta de visita por si quería dedicarse al mundo de los posados y el modelaje. A partir de entonces, cambió su vida y su carrera profesional mejoró.


    Lorena también escribe canciones en su tiempo libre y aprende a tocar el piano, dice que su bebida favorita es el tequila (preferiblemente Don Julio 1942), y relata que su forma de canalizar la energía la hace sentir sexy. “Si te amas, te sientes sexy”, afirma. Uno cree entender ese positivismo cuando comenta: “Me he sentido extrañamente en sintonía con las cosas desde que era niña. Un día canalicé a alguien de repente. Fui a leer mis cartas del tarot y me dijeron que tenía un don muy potente. Siempre pensé que era una tontería, pero de pronto las cosas comenzaron a tener sentido”. Da igual como canalice sus vibraciones Lorena, su pasión es tangible y siempre está latente. Besos, querida.



jueves, 4 de abril de 2019

CRÍTICA: "DOLOR Y GLORIA" (Pedro Almodóvar, 2019)


De lo sufrido y amado
“DOLOR Y GLORIA” êêê
DIRECTOR: PEDRO ALMODÓVAR.
INTÉRPRETES: ANTONIO BANDERAS, ASIER ETXEANDÍA, ASIER FLORES, NORA NAVAS, PENÉLOPE CRUZ, JULIETA SERRANO, RAÚL ARÉVALO
GÉNERO: DRAMA / ESPAÑA / 2019 / DURACIÓN: 108 MINUTOS.


     Sin ser ni mucho menos una obra maestra como he leído que algunos críticos la han calificado en varios medios, Dolor y Gloria es la mejor película de Pedro Almodóvar desde Volver (2006), y ya ha llovido. Ni la tediosa Los abrazos rotos (2009), ni la artificiosa La piel que habito (2011), ni la cochambrosa Los amantes pasajeros (2013), una peli que olía a glande, dejaron el más mínimo poso en mi saturada memoria cinéfila. Se podría hacer un collage grotesco con todas. El director manchego levantó un poco el vuelo (raso) con Julieta (2016) pero más allá del buen trabajo de Emma Suárez, la historia de esa madre rota y distanciada de su hija, no consiguió emocionarme.


    Dolor y Gloria narra una serie de encuentros en la vida de Salvador Mallo (Antonio Banderas), un director de cine en el ocaso de su carrera. Algunos de ellos físicos, y otros recordados, como los retazos de su infancia en los años 60, cuando emigró con sus padres a Paterna (Valencia), en busca de prosperidad, así como el primer deseo, su primer amor adulto ya en el Madrid de los 80, el dolor, la ruptura de ese amor cuando aún estaba vivo y palpitante, la escritura como única terapia para olvidar lo inolvidable, el temprano descubrimiento del cine, y el vacío ante la imposibilidad de seguir rodando. En la recuperación de su pasado, Salvador encuentra la necesidad de volver a escribir.


    Como alter ego de Almodóvar, Antonio Banderas crea una espléndida composición interpretativa. Él es Almodóvar en el espejo, con sus laceraciones físicas (múltiples dolencias y operaciones quirúrgicas) y del alma (el imborrable recuerdo de su madre en el ocaso de su vida, la herida del amor anclada en la memoria). Sin ser estrictamente un biopic, Dolor y Gloria tiene un tono testamentario, no sólo porque nos abre el corazón del director con el legado de su infancia, sino por ajustar cuentas con un pasado del que queda mucho más que las cenizas: el episodio de la Filmoteca de Madrid en donde se proyecta la película “Sabor” (que puede ser entendida como La ley del deseo) que dirigió hace ya 32 años, y que sirve de excusa para hacer las paces con el protagonista Alberto Crespo (Asier Etxeandía) (émulo de Eusebio Poncela), con quien no ha contactado desde el rodaje de aquella película. El propio Mallo expondrá las claves de ese largo distanciamiento pues la relación no acabó bien.


    Las escenas en las que Mallo recrea su infancia (las más logradas e interesantes de la película) junto a su madre, Penélope Cruz lavando la ropa en el río, la precariedad económica de su familia viviendo en una cueva, el despertar sexual, su pasión por el cine y la literatura, su mala educación en un colegio religioso, se ven alternadas con el itinerario actual en donde un Salvador Mallo casi aislado tiene unos encuentros cruciales:  primero con Cecilia Roth cuando abandona las instalaciones de una piscina, y será ella la que le ponga en contacto con Alberto Crespo, a quien no ve desde el rodaje de “Sabor”; y más tarde con un antiguo amor refractario llegado de Argentina con quien vivió una apasionada relación (Leonardo Sbaraglia), que le hace una visita tan inesperada como agradecida.


      El dolor físico y la depresión, y el anhelo de un tiempo varado en los meandros de la memoria conforman los saltos temporales de Dolor y Gloria, que se ve con facilidad e incluso con gratitud, aunque uno quede un poco saturado del calvario físico y emocional del tal Mallo, más esclavo de los recuerdos que de un presente que asume sin ilusión y sin retos, proyectando la sensación de que el esfuerzo sólo merece dedicárselo ya a lo vivido. Un esfuerzo que al menos sirve para tranquilizar su conciencia y volver sin rencor sobre los pasos perdidos.