viernes, 12 de abril de 2019

LORENA MEDINA, TAN ADICTIVA COMO EL TEQUILA




     Nacida el 18 enero de 1992 en Ciudad de México (México), la modelo Lorena Medina además de una estrella en Instagram fue elegida Playmate del mes de agosto de 2018 en la publicación masculina Playboy. Ella suele pasar tanto parajes abiertos como el desierto en interiores o estudios. Muchas de sus fotografías y vídeos los comparte con sus seguidores en su cuenta de la citada red social (donde tiene 85K), convirtiéndose en un gran escaparate para poder seguir sus pasos profesionales y en su rutina diaria más íntima. El comienzo de sus publicaciones en Instagram data de abril de 2013, año en que abandonó su país.

  
    Representada por las agencias Elite Models Miami y No Ties Management de Los Ángeles, cuenta que sus padres fallecieron cuando ella tenía 16 años, así que tuvo que resolver las cosas por su cuenta y riesgo. Incluso tuvo que fabricarse una identidad falsa y bailar de go-go en diferentes clubes nocturnos. En realidad, dice, “hice lo que tuve que hacer para sobrevivir”. Fue en 2013 cuando se mudó a Los ángeles y comenzó trabajando de camarera. Un día una agente le dio su tarjeta de visita por si quería dedicarse al mundo de los posados y el modelaje. A partir de entonces, cambió su vida y su carrera profesional mejoró.


    Lorena también escribe canciones en su tiempo libre y aprende a tocar el piano, dice que su bebida favorita es el tequila (preferiblemente Don Julio 1942), y relata que su forma de canalizar la energía la hace sentir sexy. “Si te amas, te sientes sexy”, afirma. Uno cree entender ese positivismo cuando comenta: “Me he sentido extrañamente en sintonía con las cosas desde que era niña. Un día canalicé a alguien de repente. Fui a leer mis cartas del tarot y me dijeron que tenía un don muy potente. Siempre pensé que era una tontería, pero de pronto las cosas comenzaron a tener sentido”. Da igual como canalice sus vibraciones Lorena, su pasión es tangible y siempre está latente. Besos, querida.



jueves, 4 de abril de 2019

CRÍTICA: "DOLOR Y GLORIA" (Pedro Almodóvar, 2019)


De lo sufrido y amado
“DOLOR Y GLORIA” êêê
DIRECTOR: PEDRO ALMODÓVAR.
INTÉRPRETES: ANTONIO BANDERAS, ASIER ETXEANDÍA, ASIER FLORES, NORA NAVAS, PENÉLOPE CRUZ, JULIETA SERRANO, RAÚL ARÉVALO
GÉNERO: DRAMA / ESPAÑA / 2019 / DURACIÓN: 108 MINUTOS.


     Sin ser ni mucho menos una obra maestra como he leído que algunos críticos la han calificado en varios medios, Dolor y Gloria es la mejor película de Pedro Almodóvar desde Volver (2006), y ya ha llovido. Ni la tediosa Los abrazos rotos (2009), ni la artificiosa La piel que habito (2011), ni la cochambrosa Los amantes pasajeros (2013), una peli que olía a glande, dejaron el más mínimo poso en mi saturada memoria cinéfila. Se podría hacer un collage grotesco con todas. El director manchego levantó un poco el vuelo (raso) con Julieta (2016) pero más allá del buen trabajo de Emma Suárez, la historia de esa madre rota y distanciada de su hija, no consiguió emocionarme.


    Dolor y Gloria narra una serie de encuentros en la vida de Salvador Mallo (Antonio Banderas), un director de cine en el ocaso de su carrera. Algunos de ellos físicos, y otros recordados, como los retazos de su infancia en los años 60, cuando emigró con sus padres a Paterna (Valencia), en busca de prosperidad, así como el primer deseo, su primer amor adulto ya en el Madrid de los 80, el dolor, la ruptura de ese amor cuando aún estaba vivo y palpitante, la escritura como única terapia para olvidar lo inolvidable, el temprano descubrimiento del cine, y el vacío ante la imposibilidad de seguir rodando. En la recuperación de su pasado, Salvador encuentra la necesidad de volver a escribir.


    Como alter ego de Almodóvar, Antonio Banderas crea una espléndida composición interpretativa. Él es Almodóvar en el espejo, con sus laceraciones físicas (múltiples dolencias y operaciones quirúrgicas) y del alma (el imborrable recuerdo de su madre en el ocaso de su vida, la herida del amor anclada en la memoria). Sin ser estrictamente un biopic, Dolor y Gloria tiene un tono testamentario, no sólo porque nos abre el corazón del director con el legado de su infancia, sino por ajustar cuentas con un pasado del que queda mucho más que las cenizas: el episodio de la Filmoteca de Madrid en donde se proyecta la película “Sabor” (que puede ser entendida como La ley del deseo) que dirigió hace ya 32 años, y que sirve de excusa para hacer las paces con el protagonista Alberto Crespo (Asier Etxeandía) (émulo de Eusebio Poncela), con quien no ha contactado desde el rodaje de aquella película. El propio Mallo expondrá las claves de ese largo distanciamiento pues la relación no acabó bien.


    Las escenas en las que Mallo recrea su infancia (las más logradas e interesantes de la película) junto a su madre, Penélope Cruz lavando la ropa en el río, la precariedad económica de su familia viviendo en una cueva, el despertar sexual, su pasión por el cine y la literatura, su mala educación en un colegio religioso, se ven alternadas con el itinerario actual en donde un Salvador Mallo casi aislado tiene unos encuentros cruciales:  primero con Cecilia Roth cuando abandona las instalaciones de una piscina, y será ella la que le ponga en contacto con Alberto Crespo, a quien no ve desde el rodaje de “Sabor”; y más tarde con un antiguo amor refractario llegado de Argentina con quien vivió una apasionada relación (Leonardo Sbaraglia), que le hace una visita tan inesperada como agradecida.


      El dolor físico y la depresión, y el anhelo de un tiempo varado en los meandros de la memoria conforman los saltos temporales de Dolor y Gloria, que se ve con facilidad e incluso con gratitud, aunque uno quede un poco saturado del calvario físico y emocional del tal Mallo, más esclavo de los recuerdos que de un presente que asume sin ilusión y sin retos, proyectando la sensación de que el esfuerzo sólo merece dedicárselo ya a lo vivido. Un esfuerzo que al menos sirve para tranquilizar su conciencia y volver sin rencor sobre los pasos perdidos.


martes, 26 de marzo de 2019

SHELBY ROSE, CALIFORNIA DREAM


      

    
   La modelo norteamericana Shelby Rose nació en Orlando (California) y se crió en una familia católica conservadora (son cinco hermanos) pero ella es muy liberal y sociable, tanto que comenzó en la profesión de modelo con 18 años recién cumplidos. Tras mudarse a Nueva York, anduvo saltando de un trabajo a otro en países como Alemania, Inglaterra, Suiza e Italia, aunque mantuvo sus estudios en el Miami Dade College, donde le fue concedido el título de relaciones públicas. Marcó un brusco punto de inflexión en su carrera cuando, durante una temporada en China, obligó a su cuerpo a adelgazar más de lo aconsejable, pues los agentes siempre la tildaban de gorda. Recuperada psicológicamente, comenzó a amar su cuerpo y sus peligrosas curvas, que es lo que le hubiéramos aconsejado otros.


   
   Playmate del mes de noviembre de 2018, reconoce que su decisión de posar desnuda para la revista Playboy fue toda una sorpresa (desagradable para su familia) e impactante para todos los que la conocen. A ella no le importó porque siempre está dispuesta a probar otras cosas. Ahora, además de desfilar y posar dirige una cuenta para el cuidado de la piel en una red social. También ha descubierto su pasión por el boxeo. Y nos sorprende que su fuerza y su sensualidad sean las características que mejor definen a esta magnética joven. Shelby cuenta que nunca ha salido con un chico estadounidense, tiende a buscar hombres de otros lugares porque le encanta lo diferente, la diversidad.


   
   Yo soy español, por si te sirve, Shelby, aunque sé que ti eso te dará igual. Tal vez no tanto si te digo que vivo alejado del mundanal ruido. Y ya que la ciudad te parece cada vez más agresiva, pues esto es un remanso de paz por si te quieres pasar por aquí a relajarte. Sí, es una invitación formal, pero te llegarán tantas… Al parecer, nuestra chica de la semana no tiene mucho tiempo para las redes sociales, ni siquiera para Instagram, y por mucho que lo he intentado tampoco he podido averiguar su edad, ni mucho menos se lo he preguntado porque siempre consideré esto como una falta de educación hacia una dama. Da igual porque Shelby es de una belleza tan perenne como inmarcesible. Queda ahí el misterio y el azul infinito de su mirada.