jueves, 7 de febrero de 2019

VALERIA LAKHINA, FUEGO DE UCRANIA

       

   La modelo ucraniana Valeria Lakhina (Stahkanov, 25 de septiembre de 1989) fue merecidamente elegida Playmate del mes de julio de 2018 en la revista masculina Playboy. Con 1`67 m de estatura, 46 kg de peso, ojos azules, piel pecosa y una exultante cabellera pelirroja, nos confiesa que no luce ningún piercing, ni tatuajes y que todo lo que muestra es absolutamente natural. Cosa que, para quien esto firma, resulta muy estimulante. Ella comienza las mañanas con música a tope y tiene un gusto muy variado que va desde el rap hasta el jazz, desde Michel Jackson hasta los rudos metaleros alemanes Rammstein. No es de maquillarse en exceso, y como más a gusto de encuentra es con unos jeans, una camiseta y, eso sí, tacones altos.

  
   Sabemos que su tierra natal es conocida por los implacables y gélidos inviernos, por eso busca climas cálidos y mares de aguas templadas y serenas. Como la costa de Setúbal (al sur de Lisboa) en donde posó para una exuberante sesión de fotos. Es tan confiada que, tras conversar cortésmente con una anciana en la calle, se dio cuenta de que la había robado. Tal vez confía demasiado en la gente, pero no puede cambiar esa personalidad suya tan amable y siempre con una optimista perspectiva.


   Valeria comenzó a posar casi por accidente a la edad de 22 años, y su historia es tan típica como tópica: fue camarera y de pronto alguien la descubrió, cuenta tímidamente con una sonrisa. Antes de eso se había graduado en magisterio y psicología. La ex maestra todavía trabaja con niños siempre que puede. Fuera de su trabajo, su idea de pasarlo bien es de una simpleza encantadora, pues confiesa que no es una chica fiestera. Dedica su tiempo libre a conversar con psicólogos y a reflexionar sobre la naturaleza humana. En cuestiones de amor, lo que más valora de un hombre es la honestidad y el sentido del humor. Otra cosa que le encanta es viajar junto a su hermana gemela. Bye, Valeria, pásalo bien.


CRÍTICA: "GREEN BOOK" (Peter Parrelly, 2018)


El libro verde como guía de supervivencia
GREEN BOOKêêê
(Peter Ferrely, 2018)
     
   
   El cine de Peter Farrelly formando pareja con su hermano Bobby no me había interesado nunca. Títulos tan disparatados en los que se fusionan la comedia y a veces el más ñoño romanticismo como Dos tontos muy tontos, Vaya par de idiotas, Algo pasa con Mary, Yo, yo mismo e Irene, Amor ciego, Los tres chiflados, no conforman una filmografía de la que estar muy orgullosos. Ha sido una sorpresa que la primera película de Peter Farrelly en solitario me haya convencido descubriéndome así un talento que nunca hubiera imaginado detrás de esos títulos. Basada en una historia real, Green Book nos traslada al año 1962 para presentarnos a Tony Lip (Viggo Mortensen) un rudo italoamericano del Bronx que es contratado como chófer por el virtuoso pianista negro Don Shirley (Mahershala Ali) para una serie de conciertos por los estados sureños de Estados Unidos. Deberá tener presente “El libro verde”, una guía que indica los establecimientos donde es aceptada la presencia de personas afroamericanas. Juntos tendrán que hacer frente al racismo y los prejuicios allí reinantes, pero a los que el destino unirá obligándoles a dejar de lado las diferencias para sobrevivir y prosperar en sus vidas.


  Uno sólo necesita ver el primer tercio de la película para adivinar por dónde irá la cosa el resto del metraje. Pero eso no importa, Green Book es un relato previsible pero muy bien dirigido aunque conozcamos cuáles son sus intenciones como deriva de la mala conciencia de toda una nación y de Hollywood en particular, asaltado por los remordimientos del mal tratamiento que dieron durante décadas  al tema de la segregación. En formato de road movie, nos encontramos con dos personalidades contrapuestas que se retroalimentarán con la costumbres mutuas (los modales rústicos pero nobles de Lip comiendo pollo con las manos grasientas); y de Shirley (su personalidad sibarita, la corrección de sus modales y el verbo romántico) que les servirá de experiencia y enriquecimiento personal.


 Con una fotografía exuberante, una espléndida ambientación y el eco de Paseando a Miss Daisy asaltando la memoria, Green Book fusiona con acierto la denuncia racista, los buenos sentimientos de respeto y tolerancia y un fino sentido del humor para construir la estructura de una película amable que pone el foco en ese vergonzoso “Green Book” que los afroamericanos tienen como indispensable guía para no meterse en problemas cuando recorren los estados más racistas. Ese es el eje, pero el film como era de esperar se dispersa de manera sugerente hacia las interrelaciones personales del refinado pianista homosexual y el rudo chófer italoamericano. Un virtuoso de las teclas que se gana bien la vida tocando temas clásicos, populares y de jazz, tan culto y pulcro como arrogante y estirado, que encuentra en Lip el sentido más humano, cercano y familiar de una existencia muy alejada de su solitaria vida. Lip actúa de chófer y guardaespaldas, y a pesar de que en su interior guarda un poso de racismo (vemos cómo tira a la basura dos vasos de unos trabajadores negros que han estado trabajando en su casa) se sentirá avergonzado cuando Shirley, en uno de sus conciertos, es obligado por el anfitrión a ir a orinar a una barraca del jardín para que no utilice los lavabos para blancos. Con excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas, Green Book no cuenta nada nuevo, pero la película está muy bien filmada y sirve de lección básica sobre el respeto y otros comportamientos que nos pueden hacer mejores.

domingo, 3 de febrero de 2019

CRÍTICA: "LA FAVORITA" (Yorgos Lanthimos, 2018)


LA FAVORITA  êêê
(Yorgos Lanthimos, 2018)
    

   Ídolo de modernos y de la vanguardia festivalera, el director griego Yorgos Lanthimos goza de un gran predicamento entre los cinéfilos gafapasta. Películas como Canino, Langosta y El sacrificio de un ciervo sagrado se han convertido en obras de culto para cierta intelectualidad siempre sedienta de nuevas formas escénicas y narrativas. En La favorita, un drama de época que el realizador confiesa que fue un encargo, nos sitúa en la guerra entre Inglaterra y Francia a principios del siglo XVIII. Una reina debilitada, Ana Estuardo (Olivia Colman) ocupa el trono británico, mientras su amiga Lady Sarah (Rachel Weisz) gobierna en la práctica el país en su lugar, debido al precario estado de salud y el carácter inestable de la monarca. Cuando la nueva sirvienta, Abigail (Emma Stone) aparece en palacio, Sarah, embriagada por su encanto, no se da cuenta  de que Abigail ve en su nueva posición una oportunidad para regresar a sus raíces aristocráticas. Como la política ocupa una parte del tiempo de Sarah, Abigail comienza a acompañar con más frecuencia a la reina.


    Con un guión que por primera vez no firma el director, La favorita nos traslada a la corte de la reina Ana Estuardo de Inglaterra para narrarnos el ascenso desde lo más humilde y servil de una mujer, Abigail (la criada encarnada con gran fuerza por Stone) hasta la más alta instancia del palacio real. Lo hará del brazo de su prima, protectora y finalmente rival, la duquesa Lady Sarah, a quien da vida de forma excelsa Weisz. Con ellas en la corte, tendrán lugar todo tipo de intrigas, conspiraciones, traiciones y sospechas que lindan con la paranoia, derivadas de estas dos mujeres que forman un triángulo tan temible como ridículo junto a la inclasificable reina, a la que Colman confiere un tono depresivo e histérico, brutal sin conciencia. Tres personajes terribles, comenzando por la primera gran soberana británica, una mujer aquejada de gota, frágil, sexualmente voraz, caprichosa, ciclotímica, rodeada de 17 conejos en recuerdo de los 17 hijos que ha perdido, que necesita estar protegida por mujeres dominantes y fuertes para que, ante su incapacidad, gobiernen en la sombra. 


    El error de Lady Sarah fue rescatar a su pobre prima Abigail, una noble a la que la suerte fue esquiva, porque será testigo de su codicia sin escrúpulos para arrebatarla sin pudor su condición de nueva favorita de la reina. Con un muestrario de recursos técnicos (el uso del ojo de pez, del gran angular y los contrapicados), Lanthimos arma un relato sobre el absolutismo del poder, la naturaleza depredadora humana y su carácter despiadado, en un retrato de personalidades tan tóxicas como espeluznantes. Buena película.